Me siento tan estúpido… Nunca he sido bueno en nada en la vida. Solo mi poesía. Y últimamente lo que sale es tan miserable, tan vacío, sin sentido: solo basura, y basura filosófica. Y ahora que puedo confrontarme con alguien desde un plano superior, solo logro corroborar que mi filosofía jamás fue grandiosa. No era más que un estúpido descubriendo su entorno y su sentir, como un niño emocionado por abrir un juguete, igual de conmovido por el acto de descubrir. ¿Y qué he descubierto? Nada. No sé un carajo sobre nada.
Mi poesía suena cada vez más repulsiva, más simple, y ha perdido por completo su función catártica. Y si cedo a esa contradicción de la que hablan, mis oraciones se han ido al viento y mis salmos no son más que palabras huecas escritas en una maldita hoja que jamás ayudará a nadie. Jamás estuve en la verdad, ni cerca de conocerla. Siempre creí por fe, nunca por evidencias; así fue siempre.
Qué estúpido me siento. Los astros, la ciencia, las leyes físicas y naturales me dejan sobrecogido. Dice el ateo que Dios no existe — y comprendo que fui yo quien no entendía, y que por no entender, decidí creer en Dios como excusa: para mi ignorancia, para mi falta de iniciativa por buscar la verdad, la causa, el motivo y el propósito de las cosas. Si algo me ha quedado claro es que las leyes físicas, la evolución y el conocimiento me alejan de Él, justo ahora que comprendo algo tan básico: la causa de todo.
Creí en Dios porque no encontraba sentido, porque miraba el cielo y preguntaba: ¿por qué? Y ahora que conozco el porqué, me digo a mí mismo: nunca necesité de Dios. No fue más que una excusa para calmar la ansiedad de no comprender. Fue miedo a la muerte, y esperanza ante la horrenda maldad que azota al mundo: niños enfermos sin nadie que los salve, sin nadie que se preocupe por la estúpida raza humana. Al morir no nos llevamos nada, ni siquiera los recuerdos, tan frágiles en la memoria del cerebro. Nadie creó nada; todo surgió por sí solo. Y pese a toda esta desilusión, me sigo sintiendo profundamente estúpido.
— Jorge Guzmán