El balón de gas que duró seis meses es el detalle que me quedo de todo el libro, más que la escena del predicador. Se nota que lo contaste tal como pasó, sin agrandarlo. Me hace pensar en toda la gente que agradece cosas así de chicas y no las escribe nunca. Gracias por traerlo acá, Javier!
Desde la oscuridad a la luz.
Agradecimientos
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Pensamiento
El balón de gas que duró seis meses es el detalle que me quedo de todo el libro, más que la escena del predicador. Se nota que lo contaste tal como pasó, sin agrandarlo. Me hace pensar en toda la gente que agradece cosas así de chicas y no las escribe nun
Contenido de la publicación
Agradecimientos
En primer lugar, doy toda la gloria y honra a Dios, mi Padre celestial, quien me rescató de la oscuridad, transformó mi vida y me dio un nuevo propósito. Fue Su amor inagotable el que me alcanzó cuando más lo necesitaba. A Él debo todo lo que soy, todo lo que tengo y todo lo que llegará. Su fidelidad ha sido mi sustento, y Su gracia, mi fuerza.
Agradezco profundamente a Jesucristo, mi Salvador, por redimir mi historia y guiarme paso a paso en este caminar de fe. Gracias, Señor, por nunca soltarme, aun cuando yo me solté.
Con todo mi corazón, quiero expresar mi gratitud a los pastores que han sido fundamentales en mi vida espiritual:
A mi primer pastor, Adrián Escalona, quien con amor, paciencia y sabiduría me guio en mis primeros pasos como cristiano. Su acompañamiento marcó el inicio de mi transformación.
A Román Escalona, Francisco Jeria y David Trigo, pastores que fueron parte importante de mi crecimiento espiritual, y de quienes recibí valiosos consejos, palabra de ánimo y guía en momentos clave.
A mi pastor actual, Juan Beltrán, quien con mucha paciencia ha sido testigo de mi proceso y de cómo el Señor ha ido trabajando en mi vida. Agradezco su acompañamiento, su comprensión y su fidelidad a Dios.
Gracias también a mi familia, por su amor y por estar presentes, incluso cuando no fue fácil comprender mis decisiones. Su compañía ha sido una bendición en mi vida.
Y de manera muy especial, doy gracias a mi esposa, Sara López. Ella ha sido mi apoyo incondicional, mi compañera de vida, y mi “cable a tierra”. Su fe, su amor y su paciencia han sido fundamentales en todo lo que he emprendido. Gracias por creer en mí, caminar a mi lado y estar siempre ahí, aun cuando el camino ha sido difícil.
A todos los que han orado por mí, me han animado o simplemente me han acompañado en esta jornada: gracias. Este libro es una expresión de lo que Dios ha hecho en mí, pero también es un reflejo del impacto que ustedes han tenido en mi vida.
Con amor y gratitud,
Javier Vásquez
Introducción
La vida muchas veces nos confronta con búsquedas profundas y vacíos que parecen imposibles de llenar. Mi historia es la de un camino desde la oscuridad hacia la luz, una travesía marcada por la búsqueda constante de un sentido, la experiencia del sufrimiento y, finalmente, el encuentro transformador con Dios.
Este libro no es sólo un relato personal, sino una invitación a todos aquellos que, como yo, han sentido el anhelo de encontrar algo más grande, una esperanza verdadera que trascienda las circunstancias. Quiero compartir cómo, a pesar de mis errores y momentos de confusión, la gracia de Dios me alcanzó, me levantó y me dio un propósito nuevo.
En medio de las dudas y dificultades, aprendí a esperar en el Señor con paciencia y confianza, tal como dice la Escritura:
“Pero yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; mi Dios me oirá.” — Miqueas 7:7
Mi deseo es que estas páginas te inspiren a buscar a Dios con todo tu corazón, a no perder la esperanza y a descubrir que la luz de Cristo puede transformar cualquier oscuridad.
Que este testimonio sea un faro de fe para tu vida y una guía para caminar hacia la paz y la verdadera libertad.
Capítulo 1. Un vacío que gritaba por Dios
Me llamo Javier Vásquez, tengo 43 años y soy cristiano. Hoy, con el corazón lleno de gratitud, escribo estas líneas con un único propósito: compartir la historia de cómo Dios transformó mi vida, y cómo su luz me rescató de un pasado marcado por la oscuridad, la búsqueda equivocada y el vacío espiritual.
Desde muy niño sentí dentro de mí un anhelo profundo, una especie de vacío que no podía llenar con nada. Era como una voz interna que me decía que había algo más, alguien más. Crecí en un entorno católico, y aunque había prácticas religiosas, aún sentía que algo faltaba. Esa búsqueda me llevó por caminos que hoy sé que solo profundizaron mi confusión: me involucré con el ocultismo, intentando llenar ese espacio que sólo Dios puede ocupar.
Pero en medio de esa oscuridad, Cristo salió a mi encuentro. No fue un proceso fácil ni inmediato, pero fue real. Su amor me alcanzó cuando menos lo merecía, y su luz iluminó rincones de mi alma que ni yo entendía. Su presencia rompió cadenas, sanó heridas, y me dio un propósito nuevo.
Hoy escribo este libro para ti que lees estas palabras. Tal vez también estás buscando, sufriendo, o sintiendo que nada llena ese vacío en tu interior. Mi deseo es que encuentres en este testimonio una chispa de esperanza, una inspiración para acercarte a Dios. Él no está lejos. Él ve, escucha y llama.
Este no es un libro perfecto. Es un relato humano, lleno de luchas, caídas, aprendizajes, pero sobre todo, lleno de la fidelidad de un Dios vivo y verdadero. No escribo desde la teoría, sino desde la experiencia, desde la cicatriz que sanó, desde la lágrima que fue enjugada, desde la oscuridad que fue vencida por la luz.
Te invito a caminar conmigo por estas páginas. Ojalá, al terminar, no solo hayas leído una historia, sino que hayas sentido la voz de Dios hablándote también a ti.
Capítulo 2. Caminos equivocados
Desde temprana edad, hubo en mí una inquietud que no podía explicar. No era tristeza, ni depresión, pero sí una sensación constante de que algo me faltaba. Un vacío interior que, por más que intentara llenar con personas, experiencias o conocimientos, seguía allí.
Crecí dentro de una tradición católica. Fui bautizado, hice la primera comunión, y fui acolito, participé en algunos ritos. Sin embargo, todo era más costumbre que convicción. Aunque hablaban de Dios, yo no lo conocía realmente. Sabía de Él, pero no tenía una relación con Él. En mi corazón había una búsqueda sincera, pero sin dirección.
A medida que crecí, esa búsqueda me llevó por caminos equivocados. Me sentía atraído por lo espiritual, pero no sabía cómo distinguir lo verdadero de lo falso. El mundo del ocultismo se presentó como una respuesta tentadora, con promesas de poder, conocimiento y control. Comencé a involucrarme con prácticas que hoy sé que fueron puertas peligrosas, y que sólo profundizaron mi confusión.
Durante ese tiempo, sentía que estaba adquiriendo “sabiduría”, pero mi alma se volvía más pesada. Había momentos de euforia, sí, pero también una oscuridad silenciosa que me envolvía cada vez más. No había paz. No había propósito. No había verdad.
Sin embargo, Dios, en su misericordia, nunca me soltó. En lo más profundo, yo seguía buscando algo puro, algo verdadero. Y aunque no lo sabía, era Él quien me estaba buscando a mí.
Mis primeros pasos en la fe verdadera no comenzaron en una iglesia ni con una gran revelación. Comenzaron con un susurro del alma: ese momento en que uno empieza a cansarse de sí mismo, de sus errores, y de caminar sin rumbo. Fue ahí cuando Cristo comenzó a hacerse visible en mi vida, poco a poco, pero con una claridad que no se puede negar.
Capítulo 3. El día que Cristo me encontró
No fue una experiencia espectacular ni un milagro visible lo que marcó el inicio del llamado de Dios en mi vida. Fue algo más profundo, más íntimo, más real. Fue un encuentro personal con Jesucristo, que transformó todo lo que yo era.
En medio del mundo del ocultismo, ya sentía el peso del engaño y el desgaste del alma. Mi vida parecía exteriormente en control, pero por dentro estaba quebrado. Y fue en ese estado confundido, vacío, desesperado cuando Cristo salió a mi encuentro.
No lo estaba buscando conscientemente. De hecho, aún me movía entre ideas que nada tenían que ver con el evangelio. Pero Dios, con Su infinita gracia, no esperó a que yo llegara a Él; Él vino a buscarme a mí.
Recuerdo claramente el primer impacto: esa reunión del 22 de mayo del año 1997 cuando me impacto un predicador, que tenía una cicatriz en su cara que le quedo cuando lo atacaron por estar predicando el evangelio, pero el nunca bajo sus brazos y siguió predicando el evangelio, una sensación de verdad pura. Algo que me hizo ver que todo lo que había perseguido hasta entonces era una mentira disfrazada. Empecé a sentir una profunda necesidad de limpiar mi vida, de romper con todo lo que me ataba. Y ahí comenzó la voz de Dios a hablarme, no con palabras audibles, pero sí con fuerza espiritual, en lo más profundo de mi corazón.
Me habló a través de personas, de situaciones, y sobre todo, a través de Su Palabra. Versículos que antes no tenían sentido comenzaron a cobrar vida. “Pero yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; mi Dios me oirá.” Miqueas 7:7. Promesas que parecían ajenas se convirtieron en personales. Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz. Y supe que esa paz venía de Él.
Dios no solo me llamó a dejar el pasado, sino a caminar hacia un propósito nuevo. Me hizo ver que había sido creado con un plan, que mi dolor no había sido en vano, y que mi historia sería usada para Su gloria.
Desde entonces, el llamado de Dios se ha ido haciendo más claro: ser testigo de Su poder, llevar esperanza donde hay oscuridad, y mostrar que ningún alma está demasiado lejos para ser alcanzada por Su amor.
No me considero especial. Solo soy un hombre alcanzado por la gracia. Pero lo que sé con certeza es esto: cuando Dios llama, es imposible seguir siendo el mismo. Su luz transforma, sana y redirige. Y ese llamado no es solo para mí. También es para ti, lector, si estás dispuesto a escucharlo.
Capítulo 4. Batallas después de la luz
Aceptar el llamado de Dios no significó que todo en mi vida se arreglara de inmediato. De hecho, fue ahí donde comenzaron las verdaderas batallas. Porque cuando uno decide caminar con Cristo, el enemigo no se queda de brazos cruzados. Las cadenas no se rompen sin lucha, y el corazón no sana sin pasar por fuego.
Pasé por momentos en que dudé. Momentos en que quise volver atrás, pensando que era más fácil vivir como antes. Las viejas costumbres, las amistades equivocadas, las tentaciones... todo parecía regresar con más fuerza. Fue un tiempo de desierto, donde muchas veces sentí que caminaba solo, sin respuestas claras, con el alma sedienta de Dios.
También hubo quebranto familiar, incomprensión, incluso burlas. Algunos no entendían mi cambio, otros lo rechazaban. Y muchas veces me sentí solo. Pero fue en ese dolor donde Dios comenzó a formar carácter en mí. Me enseñó que Su amor no depende de las circunstancias, y que Su fidelidad no se mide por lo que veo, sino por lo que Él ha prometido.
Uno de los momentos más duros fue reconocer que había heridas profundas en mí, no solo por lo vivido, sino por lo que yo mismo había provocado. Culpa, vergüenza, pensamientos destructivos. Pero ahí, en lo más hondo, Dios me enseñó a confiar, a soltar, a perdonar y a perdonarme.
Hubo caídas. Sí, muchas. Pero lo más hermoso es que Dios no me dejó ahí. Cada vez que tropecé, Él me levantó. No con condenación, sino con ternura. Me mostró que su gracia no es una teoría, sino una realidad poderosa que restaura, transforma y guía.
En el desierto aprendí a orar de verdad. Aprendí a depender de la Palabra, a buscar consuelo en su presencia. A veces en lágrimas, a veces en silencio, pero siempre sabiendo que Él estaba allí.
Las pruebas no fueron castigo, sino preparación. Dios estaba moldeando mi carácter, fortaleciendo mi fe, y enseñándome a no depender de emociones, sino de Su verdad. Y hoy puedo decir que, aunque no fue fácil, valió la pena. Porque en esos desiertos, conocí a un Dios que no abandona.
Capítulo 5. Testimonios de Su fidelidad
Una cosa es conocer a Dios por lo que otros cuentan, y otra es experimentarlo por uno mismo. Yo he vivido Su fidelidad no solo como una doctrina, sino como una realidad poderosa y constante. En medio de mis errores, caídas, luchas y debilidades, Dios siempre fue fiel. Nunca me soltó. Y hoy quiero compartir algunos testimonios que son prueba viva de Su amor y poder.
Restauración interior
Uno de los primeros milagros que experimenté fue la sanidad emocional. Venía cargando heridas desde la infancia, sentimientos de rechazo, culpa, y vacío. A través de Su Palabra, la oración y momentos íntimos en Su presencia, Dios comenzó a sanar lo que nadie veía. Donde antes había angustia, comenzó a florecer la paz. Donde había confusión, trajo claridad. Fue un proceso, no de un día, pero fue real. El gozo que hoy tengo no viene de las circunstancias, sino de haber sido sanado por Él.
Liberación del ocultismo
Otra experiencia poderosa fue la liberación espiritual. El ocultismo no es un juego, y yo había abierto muchas puertas equivocadas. Había ataduras invisibles que afectaban mi mente, mis emociones, incluso mi cuerpo. Pero cuando entregué mi vida a Cristo con sinceridad, Él rompió cada cadena. No fue con gritos ni espectáculos, sino con autoridad y amor. Recuerdo un momento de oración en que sentí literalmente cómo una carga salía de mí. Desde entonces, vivo libre. Libre para pensar, sentir y caminar en paz.
Su provisión en momentos clave
Dios también ha sido fiel en lo práctico. Hubo momentos en que no tenía nada, ni recursos, ni apoyo humano. Pero Dios proveyó de formas que no puedo explicar. Una vez, oré pidiendo algo tan simple como comida, y al poco tiempo alguien apareció con una bolsa de víveres sin yo haber dicho nada. En otra ocasión, ore por provisión de un balón de gas que duro más de 6 meses. Y así, una y otra vez, Dios ha proveído exactamente lo que he necesitado, ni antes ni después, pero siempre a tiempo.
Presencia en lo cotidiano
Más allá de los momentos “grandes”, he aprendido a ver la fidelidad de Dios en lo cotidiano: en la paz que me da en medio del caos, en una palabra exacta cuando la necesito, en una canción, una prédica, una conversación que confirma lo que Él ya me estaba hablando. Su fidelidad no es ocasional, es diaria.
Hoy puedo decir con certeza que servimos a un Dios fiel, que no falla, que cumple Su Palabra, que responde cuando lo buscamos de corazón. Cada testimonio es una marca de Su amor en mi historia, una huella de Su paso por mi vida. Y si lo hizo conmigo, también puede hacerlo contigo.
Capítulo 6. Crecer en fe y carácter
Aceptar a Cristo como mi Salvador fue solo el comienzo. Luego vino el verdadero desafío: seguirlo cada día, aprender de Él, permanecer firme en medio de un mundo que constantemente tira hacia el pasado. No se trataba solo de un cambio momentáneo, sino de una transformación continua, de un crecimiento espiritual que me ha llevado a ser otra persona.
Aprendiendo a alimentarme de Su Palabra
Una de las primeras cosas que Dios me enseñó fue a amar Su Palabra. Antes, la Biblia era un libro lejano, difícil de entender. Pero cuando el Espíritu Santo comenzó a guiarme, cada página cobró vida. Comencé a encontrar respuestas, dirección, consuelo y verdad. Entendí que no puedo crecer espiritualmente sin alimentarme cada día de la Palabra.
Hay versículos que se volvieron parte de mi vida. Uno de ellos es:
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” Salmo 119:105
Cada día que la leía, y hacia resúmenes de lo leído mi mente se renovaba, mis decisiones comenzaban a alinearse con los principios del Reino. Ya no era solo cuestión de fe emocional, sino de convicción espiritual profunda.
La oración: mi conexión diaria con el Padre
Aprendí también a orar. Al principio me costaba, sentía que no sabía cómo hablarle a Dios. Pero entendí que la oración no es un ritual, es una conversación sincera con un Padre amoroso. Empecé a abrirle el corazón, a hablarle como a un amigo, a llorar delante de Él, a agradecer, a pedir dirección.
Con el tiempo, la oración se convirtió en mi refugio. En momentos de ansiedad, en decisiones importantes, en tiempos de lucha, ahí está Él, siempre disponible.
Comunidad (iglesia), servicio y obediencia
Dios también me llevó a formar parte de una comunidad de fe, iglesia asamblea de Dios, en la población Carol Urzua, Entendí que no fui llamado a caminar solo. Compartir con otros creyentes, servir, aprender, ser corregido y también animar a otros ha sido parte esencial de este crecimiento.
A través del servicio descubrí dones que no sabía que tenía. Ya no vivía solo para mí, sino que mi vida empezó a tener sentido al servir al prójimo y compartir lo que Dios había hecho en mí.
Un proceso constante
No ha sido fácil. He tenido retrocesos, momentos de frialdad espiritual, dudas. Pero he aprendido que el crecimiento espiritual es un proceso, no una línea recta. Dios no busca perfección instantánea, sino corazones dispuestos a seguir caminando, aún con debilidad.
Hoy puedo decir que soy otra persona. No por mérito propio, sino por Su gracia. Y sigo creciendo, cada día, porque mientras esté vivo, hay más de Dios por descubrir, más que aprender, más que rendir.
Capítulo 7. Un propósito redimido
Una de las verdades más poderosas que aprendí en mi caminar con Dios es que ninguna historia es desperdiciada cuando está en Sus manos. Todo lo vivido el dolor, los errores, las búsquedas equivocadas, las lágrimas ha sido redimido para un propósito mayor.
Dios no solo me salvó del pasado. Me dio un presente con sentido y un futuro con dirección. Hoy, después de años de transformación y crecimiento, puedo decir que camino en ese propósito que Él soñó para mí desde antes de nacer.
Compartiendo mi historia
Uno de los mayores llamados que siento es compartir mi testimonio. Contar lo que Dios hizo en mí es una forma poderosa de sembrar fe en otros. Por eso decidí escribir este libro, no para hablar de mí, sino para hablar de lo que Él puede hacer con cualquiera que se rinda a Su amor.
Cada vez que hablo con alguien que está perdido, enredado en lo oculto, vacío o sin esperanza, mi corazón arde con compasión, porque yo estuve ahí. Y si Dios me sacó de esa oscuridad, sé que puede hacerlo con cualquiera.
Sirviendo donde Dios me ponga
Dios también me ha llevado a servir de maneras prácticas. A veces compartiendo una palabra, otras simplemente escuchando a alguien que necesita desahogarse. No se trata de tener un púlpito, sino de estar disponible.
Mi propósito no es impresionar, sino reflejar a Cristo. Ser un instrumento, una luz en medio de tanta confusión, una voz que diga: "Sí se puede cambiar. Sí hay esperanza. Sí hay una salida."
Vivir con propósito es vivir con dirección
Antes, vivía sin rumbo. Ahora, cada día tiene un sentido. Ya no me muevo por emociones, sino por convicción. No busco agradar al mundo, sino obedecer al que me dio vida nueva. Y eso, aunque a veces cueste, es libertad.
Sé que aún hay mucho por delante. Sé que Dios seguirá abriendo puertas y guiándome paso a paso. Pero también sé que no tengo que entenderlo todo para obedecer, solo confiar.
Hoy vivo con propósito. No perfecto, pero sí transformado. No sin luchas, pero con esperanza. No sin errores, pero con dirección. Y si Dios lo hizo conmigo, puede hacerlo contigo también.
Capítulo 8. Dios también quiere encontrarte a ti
Si estás leyendo estas páginas, quiero que sepas algo muy importante: Dios te está buscando. No importa quién eres, de dónde vienes, ni qué hayas hecho. No importa cuán profundo sea el pozo en el que sientes que estás. Él te ama y quiere encontrarte allí.
Quizás te sientas cansado, vacío o desesperanzado. Tal vez hayas buscado respuestas en lugares equivocados, igual que yo. Puede que hayas experimentado dolor, rechazo o pérdida. Pero hoy te digo con el corazón en la mano: hay una luz que puede penetrar cualquier oscuridad. Esa luz es Cristo.
No tienes que esperar a ser perfecto. No tienes que cambiar todo de golpe para acercarte a Él. Dios no busca gente perfecta, sino corazones sinceros, dispuestos a dejarse transformar. Él puede tomar tu historia, con todas sus heridas y errores, y escribir un nuevo capítulo lleno de vida y propósito.
El poder de la oración
La oración es la llave que abre la puerta al encuentro con Dios. Te animo a que hables con Él, como lo harías con un amigo. No necesitas palabras elaboradas, solo sinceridad. Él escucha, comprende y responde. A veces la respuesta es inmediata, a veces tarda, pero nunca falta.
No estás solo
En este camino no estás solo. Dios ha puesto a personas, libros, y recursos que pueden ayudarte a crecer y a fortalecer tu fe. Busca una comunidad (iglesia) de creyentes, alguien que pueda caminar contigo, apoyarte y orar contigo. La iglesia no es un lugar perfecto, pero es el cuerpo de Cristo, y allí puedes encontrar refugio y crecimiento.
Un nuevo comienzo
Hoy es el día para un nuevo comienzo. No importa lo que hayas vivido, lo que hayas hecho o lo que sientas. Dios tiene un plan para ti. Él quiere darte esperanza, paz y un propósito que trasciende esta vida.
Gracias por permitirme compartir mi historia contigo. Oro para que encuentres a Cristo, esa luz que transforma vidas y llena vacíos.
Capítulo 9. La luz no se apaga
En este último capítulo, quiero dejarte con un mensaje de esperanza y perseverancia. La vida cristiana no es un camino sin dificultades, pero es un camino lleno de la presencia de Dios, de Su paz y de Su amor inagotable.
A lo largo de este libro has visto cómo la oscuridad puede ser vencida por la luz, cómo el vacío puede ser llenado por el amor de Dios, y cómo una vida transformada puede inspirar a otros.
Mi oración es que cada palabra aquí escrita haya sido un faro para ti, una guía que te anime a buscar a Dios con todo tu corazón.
Recuerda siempre:
“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” declara el Señor “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza.” Jeremías 29:11
No importa dónde estés hoy, ni lo que hayas pasado. Dios tiene un propósito para ti. Confía en Él, camina en Su luz y permite que Su amor te transforme día a día.
Gracias por acompañarme en este viaje desde la oscuridad a la luz. Que Dios te bendiga y te guíe siempre.
Amen.
Thoughts
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PermalinkApuesto a que lo del predicador de la cicatriz lo contaste en voz alta muchas veces antes de escribirlo, porque la fecha te sale sin dudar.
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PermalinkMe quedé con la parte de la frialdad y los retrocesos, porque casi nadie escribe eso después de contar una liberación. En mis temporadas duras rezo más corto y con menos pedidos, y sigue siendo rezar.
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PermalinkLo de hacer resúmenes de cada lectura es lo que más me sirvió de todo el libro. Yo leo con un lápiz al lado y hay páginas marcadas hace años que sigo sin entender, y ya no me avergüenza. En el capítulo seis lo pones como algo de todos los días y no como un logro, y para mí esa es la parte creíble de un testimonio que empieza en el ocultismo.
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PermalinkEl balón de gas que duró seis meses es el detalle que me quedo de todo el libro, más que la escena del predicador. Se nota que lo contaste tal como pasó, sin agrandarlo. Me hace pensar en toda la gente que agradece cosas así de chicas y no las escribe nunca. Gracias por traerlo acá, Javier!
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PermalinkSara aparece en dos líneas de los agradecimientos y ahí hay años enteros. En mi casa pasó igual pero al revés de lo que se suele contar: mi mujer llegó a la fe primero y se bancó cinco años sin presionarme nada, hasta que yo aflojé a los treinta y cuatro y dejé de tomar. Lo que ella sostuvo no entra en una dedicatoria.
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