Sé exactamente a qué le tengo miedo.
No voy a decirlo.
Hay cosas que uno guarda tan profundamente que incluso ponerlas en palabras parece una forma de invocarlas.
Pero las conozco.
Sé cuáles son las situaciones que no quiero vivir, las noticias que no quiero recibir, las despedidas que no quiero tener que soportar. Sé perfectamente qué cosas podrían romperme y quizás eso es lo que más miedo me da: saber que, si algún día llegan, no tengo idea de cómo voy a reaccionar.
Porque una cosa es imaginar el dolor.
Y otra muy distinta es vivirlo.
Puedo decirme mil veces que sería fuerte, que encontraría la manera de seguir, que eventualmente todo pasa. Pero no sé si realmente sería así.
No sé qué versión de mí aparecería después de algo que realmente me destruya.
Y quizás por eso a veces intento prepararme para cosas que todavía no ocurrieron.
Como si pensar en ellas antes pudiera hacerlas menos dolorosas cuando lleguen.
Spoiler: nunca funciona.
Hay miedos que no se pueden preparar.
Solo se pueden esperar.
Y odio esperar algo que no quiero que suceda.
A veces pienso que, si algún día ocurre aquello que más temo, probablemente voy a intentar encontrarle un sentido.
Voy a decirme que quizás tenía que pasar. Que algo voy a aprender. Que tal vez la vida me está llevando hacia otro lugar.
Porque necesito creer que las cosas tienen un motivo.
Pero hay otra parte de mí que se pregunta:
¿Y si no?
¿Y si algunas cosas simplemente pasan porque la vida puede ser injusta?
¿Y si no hay una lección escondida, ni un propósito, ni una razón bonita detrás de todo?
No sé cuál de las dos ideas me da más miedo.
Quizás quiero creer que todo sucede por algo porque pensar que algunas pérdidas, algunos dolores y algunas despedidas pueden ser completamente arbitrarios es demasiado para mi cabeza.
Así que supongo que sigo viviendo entre esas dos posibilidades.
Entre confiar en que la vida sabe lo que hace y sospechar que quizás la vida no sabe absolutamente nada.
Y mientras tanto, intento no vivir esperando la tragedia.
Porque también sería injusto pasarme la vida sufriendo por cosas que todavía no existen.
Tengo miedo.
Muchísimo.
Pero todavía quiero vivir.
Todavía quiero enamorarme, hacer cosas que me apasionen, conocer lugares, crear, equivocarme, crecer y descubrir quién voy a ser.
Quizás ser valiente no sea dejar de tener miedo.
Quizás sea aceptar que algún día puede pasar aquello que tanto temés y, aun así, decidir no perderte todos los días que existen antes de que llegue.