Hubo un tiempo en el que empecé a tenerle miedo a lo que sentía.
No porque sentir fuera algo malo, sino porque ya sabía lo que podía pasar cuando entregabas demasiado de ti y las cosas no salían como imaginabas.
Entonces aprendí a contenerme.
A pensar demasiado antes de decir lo que sentía. A medir mis palabras. A preguntarme si estaba sintiendo más de la cuenta. A imaginar todos los escenarios posibles antes de permitirme simplemente disfrutar de alguien.
Y lo peor es que, intentando protegerme de volver a sufrir, también estaba impidiendo que algo bonito pudiera suceder.
Porque cuando tienes miedo de tus propios sentimientos, empiezas a vivir todo a medias.
Quieres acercarte, pero te detienes.
Quieres decirlo, pero te lo guardas.
Quieres intentarlo, pero piensas en cómo terminaría antes de descubrir siquiera cómo podría empezar.
Hasta que entendí que no puedo controlar todas las cosas que pueden pasar.
Puedo querer a alguien y que no funcione.
Puedo confiar y equivocarme.
Puedo darlo todo y descubrir que la otra persona no estaba en el mismo lugar que yo.
Pero también puedo querer de verdad y ser correspondida. Puedo encontrar a alguien con quien valga la pena construir algo. Puedo vivir una historia bonita sin pasar cada momento esperando el día en que termine.
Y ahí comprendí que no quiero seguir tomando decisiones desde el miedo.
Si algún día mi corazón vuelve a decirme que ahí quiere estar, quiero permitirme escucharlo.
No significa ignorar las señales, dejar de poner límites o entregar mi vida entera a otra persona.
Significa no sabotear algo bonito solamente porque existe la posibilidad de que algún día duela.
Porque a veces nos protegemos tanto de perder que terminamos perdiéndonos también la oportunidad de vivir.
Y si alguna vez siento que encontré un lugar donde quiero quedarme, quiero tener el valor de intentarlo de verdad.
Sin fingir indiferencia.
Sin hacerme la que no siente.
Sin pensar que demostrar cariño me hace débil.
Quiero poder decir: sí, me importa.
Y si voy a querer, quiero hacerlo con sinceridad.
Porque quizá no siempre podremos controlar cómo termina una historia, pero sí podemos decidir si la vivimos escondiéndonos detrás del miedo o si, por una vez, nos permitimos descubrir hasta dónde puede llegar.
Así que quizá esta vez no se trata de preguntarme cuánto podría doler.
Quizá se trata de preguntarme:
¿Cuánto podría haber vivido si hubiera dejado de tenerle miedo a lo que sentía?