Cuando nadie me ve…
me desarmo.
Se me cae la voz,
la sonrisa,
la armadura.
Me quedo solo con mis pensamientos,
que son cuchillos…
y refugio a la vez.
Y me pregunto,
si alguna vez fui verdad
en los ojos de alguien,
o solo una mentira bien aprendida.
A veces sonrío por costumbre,
como quien saluda al dolor
para que no se note tanto.
Otras, me derrumbo en silencio,
porque hasta el silencio
aprendio a no gritar.
Cuando nadie me ve,
el pasado me encuentra.
No me grita…
me mira,
me recuerda que aún duele.
Y lo dejo pasar,
como quien mira llover por dentro.
He amado mal.
He callado peor.
Fui juez, castigo,
verdugo de mí mismo.
Y sin embargo,
aquí sigo,
remendando el alma
con los hilos del arrepentimiento.
Cuando nadie me ve,
hablo con mis sombras.
Les pregunto si alguna vez
supieron ser luz.
Y ellas,
callan.
Entonces respiro.
Dejo que la tristeza me abrace,
sin culpa,
sin miedo.
Y la escucho susurrar mi nombre
como si aún creyera
que puedo cambiar.
Y lo entiendo…
no se trata de ser feliz,
sino de ser honesto.
Porque cuando nadie me ve,
soy lo que queda
después del ruido,
después del amor,
después de mí.
Soy el eco que no busca respuesta,
la herida que ya no sangra,
el verso que tiembla
esperando ser leí
do.
Y aunque duela…
en esa soledad sin máscaras,
por fin,
soy verdad.