No sé por dónde empezar
cuando todo parece llegar a su fin,
cuando las palabras resultan insuficientes
para nombrar lo que alguna vez fuimos
y el silencio dice más
de lo que ambos quisiéramos admitir.
Quizás lo poco —y lo mucho—
que quedaba de nosotros
se fue desgastando lentamente,
sin una fecha precisa,
sin un instante definitivo,
sin que advirtiéramos
que, mientras intentábamos continuar,
también aprendíamos a despedirnos.
Y, aun así,
solo me quedan palabras de gratitud.
Gracias por enseñarme a querer,
por darme la oportunidad
de conocer las primeras emociones intensas,
la incertidumbre de cada mensaje,
la expectativa de una mirada,
la certeza de que alguien
podía convertirse
en un lugar al que deseaba volver.
Vivimos momentos extraordinarios,
de esos que uno conserva
aunque duelan al recordarlos.
Y quizá los días difíciles
fueron los que nunca supimos reparar:
las grietas de la comunicación,
los desacuerdos pendientes,
todo aquello que callamos
hasta convertirlo
en una distancia imposible de acortar.
No sé qué será de nuestro destino.
No sé si la vida volverá a cruzarnos
o si terminaremos siendo
dos desconocidos
con demasiada historia en común.
Solo sé que hubo noches
en las que permanecí despierto,
imaginando qué hacías,
cómo estabas,
si alguna vez pensabas en mí.
Mientras yo esperaba una respuesta,
tú apenas encontrabas un momento
para regalarme unas palabras.
No te culpo.
Quizá así funciona la distancia:
primero separa los cuerpos,
después altera las costumbres,
reduce las conversaciones
y, al final, convierte
lo que antes era imprescindible
en un recuerdo.
Eso fue lo que más dolió:
no perderte de repente,
sino sentir cómo el vínculo
se debilitaba poco a poco,
hasta que un día comprendí
que amar también podía significar
saber cuándo dejarte ir.
Por eso hoy no quiero despedirme
con reproches,
con preguntas sin respuesta
ni con la esperanza de que regreses.
Quiero hacerlo desde la gratitud.
Gracias por lo que fuimos,
por lo que intentamos construir,
por las risas,
los abrazos,
las noches
y cada instante de felicidad
que vivimos sin imaginar
que algún día
sería memoria.
Espero que, dondequiera que estés,
encuentres la estabilidad
y la felicidad que buscabas.
Y si alguna vez,
por una de esas coincidencias
que la vida reserva,
mi nombre aparece en tus recuerdos,
solo quiero que conserves una certeza:
hubo alguien que te amó.
No de manera perfecta,
sino con errores,
inseguridades
y demasiadas preguntas;
pero con sinceridad.
Y aunque hoy me marche
con el corazón lleno
de todo lo que nunca dijimos,
me quedo en paz al saber
que, durante un tiempo,
nuestras vidas coincidieron.
Ahora solo queda soltarte.
Dejar que el tiempo resuelva
lo que nosotros no pudimos.
Y marcharme lentamente,
sin hacer ruido,
como quien apaga una luz
en una habitación
que alguna vez llamó hogar.
Adiós.
No porque hayas dejado de importarme,
sino porque comprendí demasiado tarde
que algunas historias no terminan
cuando desaparece el amor,
sino cuando llega el momento
en que amar también significa aceptar
que ya no podemos quedarnos.