El ambiente en la oficina es tan viciado, no solo por el aire acondicionado, sino por el aura de falsa esperanza que flotaba en el aire. Me encontraba haciendo mis reportes, escuchando el discursos motivacional de la presencia sobre la "luz interior".
—Que ternura me da la gente cuando empieza con sus discursos motivacionales y místicos... —dije, con un tono de voz que intentaba ser grave pero que sonaba a puro hastío—. La oscuridad es solo para los vacíos de ser, no para los que claman justicia, no para los llenos de luz. Respondió Valeria..... PATÉTICO. Le solté sin filtros.
No pude evitar soltar una sonrisa seca. Giré la cabeza para verla. Me daba exactamente igual la chica.
—¿En serio crees en esa basura? —le dije, interrumpiendo su monólogo—. Como si al sistema en el que vives atrapada le importar un cacahuate tu "luz". Eres prescindible.
Valeria no dijo nada. Se encogió de hombros, intentando mantener una dignidad frágil, y con voz temblorosa la escuché soltar:
—Dios vendrá.
Mmmmmm. Me giré completamente en mi silla para ver qué insecto emitía ese ruido. Ahí estaba ella, sintiendo esa efervescencia religiosa tan estéril, pero tan frágil como las alas de una mosca atrapada en telaraña.
—¿En serio? —le pregunté, clavándole la mirada—. Entonces, ¿por qué dudas de tu Dios? ¿No eres una fanática religiosa? O ni siquiera crees lo que dices.
Valeria me miró con los ojos llenos de una condena piadosa.
—Eres mala. La oscuridad te envuelve...
Solté una risa irónica, divertida por su patetismo.
—Gracias a Dios soy así —le respondí.
—Te burlas y eso es despreciable.
—¿Burlarme? Tal vez. Pero no de tu Dios, si no de la borregada que cree ciegamente en cuentos de hadas fabricados por un sistema que, aunque los oprime, los sobaja y los mata de hambre, lo alaban creyendo que es su salvación. Es tan cansado ver en sus rostros la estupidez diaria.
—No dices lo mismo de tu familia —me atacó ella, buscando un punto débil—. Tus padres creen en Dios.
Solté una risa aún más pronunciada, una que resonó en el cubículo.
—Mi padre... ese ser imperfecto e imponente que ama más a sus mascotas que a sus patéticos hijos. Es más fácil que crea en el polvo de sus suelas que en un Dios inventado. Pero claro, carajo, dice que la creencia en un Dios es un negocio potencial. Él mismo lo dice: "que si vive cien años más, se atreverá a formar su propia religión. Es el mercado cautivo más grande del mundo: vender salvación a cambio de diezmos". Solo para inflar más sus cuentas bancarias y morir en paz. Igual y el señor lo logre... seguiré sus pasos. Es el único legado que vale la pena.
Valeria estaba con la boca abierta, petrificada ante la disección de su realidad. Me levanté. Al pasar junto a ella, le cerré la mandíbula de un movimiento seco con la punta de los dedos.
—Hay larvas por aquí, Valeria. No creo que quiera comer una, aunque dicen que son nutritivas... —sus ojos se cristalizaron, dejando asomar un llanto de desilusión absoluta, la pequeña grieta en su fe—. Tienes suerte de que me sienta generosa hoy.
La tomé con la punta de los dedos de los hombros y la giré hacia la salida. Le dije al guardia de seguridad que la próxima vez se encargarán de contratar a un mudo, con referencia estricta y contratación inmediata. Suficiente tenía con las letanías matutinas de mi jefe como para aguantar a esta fanática de segunda.
El hastío se vuelve cada vez más espeso con las criaturas de Dios.