Lo del mate ofrecido desde la otra habitación me quedó dando vueltas. En el cuento “Destino” hay un hombre condenado a saber de antemano cuándo será su final.
Consejos que nunca me pediste.
Pensamiento
Lo del mate ofrecido desde la otra habitación me quedó dando vueltas. En el cuento “Destino” hay un hombre condenado a saber de antemano cuándo será su final.
Contenido de la publicación
Una mañana cualquiera, mientras tomaba el café de siempre, un hombre se quedó mirando por la ventana. El sol entraba suavemente por las cortinas, se oía el canto de un pájaro y, desde la cocina, llegaba el ruido familiar de alguien preparando el desayuno.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, años después, cuando la casa estuviera en silencio, cuando aquella voz ya no pudiera llamarlo por su nombre y cuando sus manos fueran incapaces de preparar el café como antes, descubriría que aquella mañana había sido una de las más hermosas de su vida.
Pero entonces no lo sabía.
Nunca sabemos que estamos viviendo un recuerdo mientras sucede.
Nos acostumbramos al abrazo de quien nos quiere, al saludo del vecino, a la mesa compartida, a la risa de los amigos, a las conversaciones sin importancia que se alargan hasta la noche. Nos acostumbramos a que alguien nos pregunte cómo estamos y a tener a quién contarle nuestras preocupaciones. Creemos que todo eso estará siempre ahí, esperándonos, como los muebles de nuestra casa.
Y mientras tanto, corremos.
Corremos detrás de un dinero que nunca parece suficiente, de cosas que pronto pierden su novedad, de metas que, una vez alcanzadas, enseguida son reemplazadas por otras. Posponemos una visita, una llamada, un paseo. Decimos «otro día», «cuando tenga tiempo», «más adelante». Como si el tiempo fuera una cuenta bancaria con fondos ilimitados.
Hasta que un día, sin pedir permiso, la vida cambia.
Una silla queda vacía. Una voz deja de escucharse. Las piernas ya no responden como antes. Un amigo se marcha lejos. La casa que parecía demasiado ruidosa se vuelve demasiado silenciosa. Y entonces comprendemos, con una claridad que duele, que aquello que considerábamos ordinario era, en realidad, extraordinario.
Añoramos el ruido de los niños cuando crecen, las discusiones tontas que hoy nos harían sonreír, las manos arrugadas que alguna vez nos acariciaron la frente. Extrañamos incluso las rutinas que tantas veces nos parecieron aburridas: el café de cada mañana, el camino de siempre, la presencia de quienes dábamos por sentados.
Descubrimos que la felicidad no siempre llega vestida de fiesta. A veces lleva ropa de entrecasa, tiene el pelo despeinado y nos pregunta desde la otra habitación si queremos un mate.
La felicidad suele ser discreta. No anuncia su llegada ni pide que la fotografiemos. Se instala en los detalles, se esconde en los gestos cotidianos y pasa tantas veces frente a nuestros ojos que dejamos de verla.
Por eso, no esperes a que una ausencia te enseñe el valor de una presencia.
Abraza un poco más fuerte. Escucha sin mirar el reloj. Llama a esa persona en la que estás pensando. Visita a quien hace tiempo no ves. Agradece el plato servido, la cama donde descansas, el cuerpo que hoy te permite caminar, la oportunidad de empezar de nuevo.
Si tienes a alguien con quien compartir tus alegrías, cuídalo. Si puedes disfrutar de un amanecer, detente unos segundos. Si todavía tienes a tus padres, a tus hijos, a tus hermanos o a tus amigos cerca, no dejes que la costumbre te haga olvidar el privilegio que eso representa.
Y si hoy tu vida te parece demasiado sencilla, demasiado repetitiva o demasiado común, recuerda algo: quizás algún día mires hacia atrás y descubras que esos días que tanto querías que pasaran eran precisamente los días que más deseabas recuperar.
No necesitas esperar a perder algo para comprender cuánto vale.
La vida no está hecha solamente de los grandes momentos que recordamos, sino también de esos pequeños momentos que no supimos reconocer mientras los vivíamos.
No podemos detener el tiempo, evitar todas las despedidas ni conservar para siempre a quienes amamos. Pero sí podemos elegir cómo vivir el tiempo que tenemos: con menos prisa, menos quejas por lo insignificante y más gratitud por lo esencial.
Porque al final, cuando hagamos el balance de nuestra vida, probablemente no lamentemos tanto no haber comprado algo, no haber llegado más lejos o no haber tenido más dinero.
Quizás lamentemos aquellos abrazos que no dimos, las palabras de cariño que nos guardamos, las tardes que desperdiciamos preocupándonos por cosas que hoy ni siquiera recordamos y las veces que estuvimos físicamente presentes, pero con el corazón en otra parte.
Por eso, hoy, antes de que termine el día, haz una pausa.
Mira a tu alrededor. Mira a las personas que tienes cerca. Mira todo aquello que la costumbre ha vuelto invisible.
Y pregúntate, con sinceridad:
Si mañana ya no pudiera tener alguna de estas cosas, ¿cuánto daría hoy por disfrutarlas una vez más?
Tal vez esa respuesta sea todo lo que necesitas para empezar a vivir de otra manera.
No esperes a que la nostalgia te enseñe a agradecer. Aprende a reconocer la belleza de lo que tienes mientras todavía puedes disfrutarlo.
Porque la verdadera riqueza no consiste en tener una vida perfecta, sino en descubrir cuánto de valioso ya existe en la vida que tienes.
Thoughts
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PermalinkLo del mate ofrecido desde la otra habitación me quedó dando vueltas. En el cuento “Destino” hay un hombre condenado a saber de antemano cuándo será su final.
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PermalinkEl mate ofrecido desde la otra habitación es el detalle que se me queda de todo el texto. En Comida de Campo, un pan amasado a la manera de una madre perfuma una cocina en día de lluvia.
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PermalinkUn océano de convenciones arranca parecido, con una mañana de lluvia vista desde la ventana de un autobús, y desde ahí cuestiona normas que casi nadie revisa.
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PermalinkOye, a mí me sobra la mitad de los consejos y me basta con la felicidad despeinada que pregunta desde la otra habitación si quieres un mate. Esa voz de la cocina ya hace todo el trabajo sin mandarme abrazar a nadie.
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PermalinkCon respeto, mucha gente que corría en mis años lo hacía por el alquiler y los útiles de los hijos, y el café de la mañana lo tomaba de pie. Gratitud les sobraba. Les faltaba una hora para mirar por la ventana.
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