Hola, Dei querida! De nuevo tú y yo.
No sé cómo empezar.
He estado ausente y me cansa pedirte disculpas a cada rato. El quererte como te quiero debería bastarnos, pero ninguna de nuestras dos se conforma con eso. Aquí vengo otra vez: con el corazón inundado, se me coló el agua por la grieta del pecho. ¿En dónde desahogar tanto? Paciencia te he pedido más que cualquier otra cosa y tú siempre me ofreces un sitio seguro, un lugar entrañablemente cálido. Entonces, ¿qué hago buscando sitio fuera de ti? ¿Por qué me escapo con tanta facilidad? Sabes que se me sale de control; en este caso soy yo la impaciente.
Bueno, toca reconocer que no soy la más constante y que, sin embargo, siempre me estás esperando. Cada vez me convenzo más de que soy tercamente fiel, y de que eso me cuesta lágrimas amargas. Pero si no te fuera fiel a ti, sería como ofrecerlo en vano a alguien más. ¿Cómo es ser fiel en medio de la inconstancia? ¿Acaso alguien, por perfecto que sea, lo es? Sólo sé que nunca podría claudicar de nuestro propósito aunque me aleje mil veces; dos mil más volvería a empezar.
Dentro de nuestra promesa, que ya es irrevocable, se mezcla esa sensación de huida, de querer romper de una vez contigo, de volver la mirada hacia un egocentrismo cómodo; pero sería como morir en vida. Así que si alguna vez, por un imposible de la vida, me perdiera de ti, sería la más desdichada persona de todas.¡Recuérdame, oh, Dei querida! Recuérdame que nuestra promesa es nuestra vida.