Hay dos personas en el texto y ninguna tiene nombre, ni un detalle siquiera: ni dónde se conocieron ni quién se fue primero. Eso me hace pensar que hay alguien concreto detrás y que lo has dejado fuera a propósito, por cuidado. Yo guardo una historia así de hace muchos años y tampoco le pongo nombre cuando la cuento. Apuesto a que esa persona ni se imagina que existe este texto.
¿Cómo no voy a seguir creyendo en el amor si hasta la luna y el sol volvieron a encontrarse? Pregunta Sin responder
Pensamiento
Hay dos personas en el texto y ninguna tiene nombre, ni un detalle siquiera: ni dónde se conocieron ni quién se fue primero. Eso me hace pensar que hay alguien concreto detrás y que lo has dejado fuera a propósito, por cuidado. Yo guardo una historia así
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¿Cómo no voy a seguir creyendo en el amor si, después de todo, hasta la luna y el sol volvieron a juntarse?
Quizá por eso me cuesta dejar de creer en esas historias que parecen imposibles, en los amores que se quedan guardados en algún rincón del corazón y en las personas que, aunque la vida las lleve por caminos distintos, siguen formando parte de una historia que alguna vez significó tanto.
Porque hay algo profundamente bonito en pensar que no todos los encuentros suceden cuando los esperamos, que a veces la vida necesita llevarnos por otros lugares, enseñarnos cosas que todavía no comprendemos y permitirnos convertirnos en personas diferentes antes de volver a cruzarnos con alguien que alguna vez fue importante para nosotros.
A veces dos personas se encuentran cuando todavía no saben cómo quererse. Se gustan, se acercan, construyen recuerdos y, aun sintiendo algo verdadero, terminan tomando caminos distintos. No siempre porque el amor haya sido mentira, sino porque querer a alguien y saber construir una historia con esa persona no son necesariamente lo mismo.
Y entonces llega el tiempo, ese que parece llevarse tantas cosas, pero que también nos cambia de maneras que nunca imaginamos. Aprendemos, conocemos otras personas, vivimos experiencias que jamás habríamos compartido juntos y descubrimos partes de nosotros que antes ni siquiera conocíamos.
Hasta que un día, cuando ya no somos exactamente quienes éramos, la vida vuelve a cruzar nuestros caminos.
Y qué extraño debe ser mirar a esa persona otra vez y reconocer algo familiar en unos ojos que ahora cuentan una historia diferente. Recordar lo que fueron, pensar en todo lo que pasó mientras estuvieron lejos y preguntarse cómo habría sido todo si nunca se hubieran separado.
Quizá algunas historias merecen una segunda oportunidad. No porque el destino garantice que dos personas terminarán juntas, sino porque a veces la vida nos permite reencontrarnos cuando por fin tenemos la madurez para comprender lo que antes no supimos cuidar.
Y aunque no todas las personas que se alejan regresan, ni todos los amores están destinados a repetirse, me gusta pensar que todavía existen encuentros capaces de devolvernos la ilusión. Que aún hay historias que comienzan de nuevo, sentimientos que sobreviven al tiempo y personas que, después de haber sido desconocidas durante una etapa de sus vidas, vuelven a mirarse con la oportunidad de conocerse de otra manera.
Por eso no quiero dejar de creer en el amor. No en ese amor que nos pide esperar eternamente a alguien que no vuelve, sino en el que nos recuerda que la vida todavía puede sorprendernos, que un final no siempre significa que todo lo bonito haya sido en vano y que, incluso después de las despedidas, todavía podemos encontrar nuevas razones para ilusionarnos.
¿Cómo no voy a seguir creyendo en el amor, si hasta el cielo nos regala momentos en los que la luna y el sol parecen encontrarse? Tal vez no todas las historias estén destinadas a repetirse, pero quiero seguir creyendo que existen encuentros que llegan para recordarnos que, incluso después de tanto tiempo y tanta distancia, la vida todavía puede sorprender al corazón. 🌙☀️💗
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