Comenzó la semana y la lluvia sorprendió por la madrugada. Era claro que, por mucho que quisiera, las tareas de campo debían esperar. "Es de sabios no forzar los tiempos de la naturaleza"
No tenía mucho. Un poco de harina, aceite en la alacena y una botella que había sido de vino. Puse todo en un cuenco enlosado con sus dibujos de firuletes y flores. No amasé con fuerza, amasé con paciencia, como me había enseñado mi madre: hasta que la masa no se te pegue más en los dedos. La dejé al lado de la ventana donde le daba la poca luz que permitía lo gris de un cielo cubierto. Unas horas después la cocina olía a hogar de campo.
Lapiceras Negras