Es cierto.
Un día tiene veinticuatro horas.
Veinticuatro horas para vivir.
En mi caso, al menos diez se van trabajando. Intento dormir seis. Y el resto queda para todo lo demás.
Para comer.
Para trasladarme.
Para hacer compras.
Para resolver problemas.
Para cumplir obligaciones.
Para responder mensajes.
Para intentar mantener una relación.
Para ver a mi familia.
Para hacer ejercicio.
Para preocuparme.
Para pensar.
Para seguir sobreviviendo.
Y entonces me pregunto:
¿En qué momento vivimos?
Vivimos en una sociedad donde el tiempo transcurre mientras nosotros intentamos administrarlo.
¿Cuánto tiempo tenemos?
¿Cuánto podemos gastar?
¿Cuánto podemos invertir?
¿Cuánto necesitamos trabajar para conseguir más dinero?
¿Qué actividad podemos hacer?
¿Cuál tenemos que sacrificar porque no alcanza el tiempo?
Todo parece tener un precio.
Y muchas veces ese precio se paga en horas.
Nos dicen que trabajemos para construir una vida mejor.
Pero ¿cuándo tenemos tiempo para vivir esa vida?
Tenemos familias.
Tenemos amigos.
Tenemos parejas.
Tenemos sueños.
Tenemos lugares a los que queremos ir.
Pero ¿cuánto tiempo podemos dedicarles realmente?
Generamos.
Generamos dinero.
Generamos resultados.
Generamos proyectos.
Generamos obligaciones.
Generamos metas.
¿Y para qué?
¿Para generar una vida llena de cargas, frustraciones, ansiedad, logros y derrotas?
¿En qué momento nos sentamos simplemente a disfrutar?
A veces siento que el tiempo es una pulseada constante.
Una pulseada que estamos destinados a perder.
Porque el tiempo siempre está un paso adelante.
Lo vemos pasar todos los días, mientras nosotros intentamos alcanzarlo.
Y él ni siquiera tiene que esforzarse.
Solo espera.
Espera mientras crecemos.
Espera mientras trabajamos.
Espera mientras hacemos planes.
Espera mientras decimos “algún día”.
Y algún día llega.
Solo que muchas veces llega cuando ya pasó demasiado tiempo.
Quizás nos olvidamos de soltarle la mano al tiempo.
De dejar de pelear con él.
De dejar de mirarlo como un enemigo.
De simplemente sentarnos a vivir mientras todavía podemos.
Porque estoy cansado de mirarlo de frente.
De imaginar su sonrisa arrogante, sabiendo que tarde o temprano va a ganar.
Siempre gana.
Vivimos regidos por el tiempo.
Gobernados por horarios.
Por calendarios.
Por fechas.
Por vencimientos.
Por entradas y salidas.
Por horas de trabajo.
Por horas de sueño.
Por días disponibles.
Y hasta nuestras vacaciones parecen una concesión.
Catorce días.
Dieciocho.
Veinte.
Con suerte, un mes.
Como si la vida fuera una cárcel que nos permite salir unos días al año.
Yo quiero un tiempo muerto.
Un tiempo que no tenga que justificar.
Un tiempo que no tenga que producir.
Un tiempo que no tenga que aprovechar.
Un tiempo para ser yo.
Para estar tranquilo.
Para estar con quien quiero.
Para reírme.
Para perder el tiempo sin sentir que realmente lo estoy perdiendo.
Quiero un tiempo que no me pregunte cuánto vale mi hora.
Porque quizás ese sea el verdadero castigo:
que aprendimos a medir nuestra vida en tiempo,
y después aprendimos a venderlo.
Y mientras intentamos ganar dinero para poder vivir,
vamos gastando aquello que nunca podremos volver a comprar.
Nuestro tiempo.
Y tal vez algún día entendamos que la verdadera riqueza nunca fue tener más horas.
Fue haber sabido qué hacer con las que tuvimos.