Para Cassandra, el mundo nunca fue un lugar de formas y colores, sino de ecos y cicatrices invisibles. Su don no se manifestó como una revelación divina, sino como una condena táctil. De niña, descubrió que rozar el bolígrafo de su maestra bastaba para que las respuestas del examen parpadearan en su mente, claras como la tinta sobre el papel. Pero el precio era devastador. Con la respuesta venía la punzada en las sienes, la angustia asfixiante de las deudas de la maestra, el luto por un amor marchito o la rabia contenida. Cada roce humano era una descarga de sufrimiento ajeno.
Se volvió una niña huraña, confinada a los rincones, caminando con las manos hundidas en los bolsillos. Aprendió a esquivar los bares, los cruces de calles donde el asfalto guardaba la memoria de la sangre y los cementerios que para ella no eran campos de descanso, sino pozos hediondos de tragedia y desesperación. La gente común dejaba su basura emocional impregnada en las paredes, y Cassandra tenía que caminar respirando ese aire envenenado.
A medida que crecía, el don se fue aplacando, o al menos ella aprendió a construir muros de contención en su propia mente. Su adolescencia transcurrió bajo una normalidad frágil, hasta que la soledad la empujó a buscar a alguien que entendiera el peso que cargaba. Así encontró a Helda en el centro de Middletown. La mujer, de unos cuarenta años, se ganaba la vida leyendo las cartas en un local polvoriento. Era un fraude absoluto, pero su madre sí había sido una vidente auténtica. Helda conocía la teoría, los gestos y los rituales, aunque carecía del canal. Cassandra se acercó buscando una maestra, pero Helda solo vio en la joven una herramienta para dotar de poder real a sus patrañas y lucrarse con trabajos oscuros.
El abuso de ese poder cruzó un límite que ninguna de las dos comprendía. Al forzar su don para los encargos de Helda, Cassandra rasgó una membrana invisible. Una noche, el frío en el local de adivinación se volvió denso. Un demonio violento y errático cruzó el umbral y tomó el cuerpo de Helda, retorciéndole las extremidades y haciéndola babear bilis. Aterrorizada, Cassandra hurgó en su memoria, recordando las viejas enseñanzas de la madre de Helda. Con las manos temblorosas, le arrojó al cuello un rosario de plata bendecida. La entidad fue expulsada entre alaridos, pero no regresó al abismo; se aferró a las fibras del abrigo de Cassandra, impregnándose en su ropa como una mancha de aceite invisible.
Cassandra huyó hacia su casa, presa del pánico. Helda, al recuperar la consciencia, entendió la gravedad de lo que habían desatado y corrió a buscar al padre Héctor, un sacerdote que había sido amigo de su madre y que compartía el auténtico don de ver más allá del velo. Cuando llegaron a la casa de la joven, el infierno ya se había desatado. El demonio había saltado de la ropa de Cassandra hacia su madre, atrincherándola en el segundo piso de la vivienda.
El padre Héctor irrumpió en la habitación. Tenía experiencia en exorcismos y comenzó a recitar en latín, salpicando agua bendita sobre las paredes que parecían supurar humedad negra. Acorralado, el demonio hirvió de ira. Se desprendió por un segundo del cuerpo de la madre, materializándose en el centro del cuarto como una masa deforme de sombras y ojos iracundos. Se giró hacia Cassandra, que lloraba encogida en un rincón, y con una voz que era el crujido de huesos rotos, dictó su condena:
—Morirás joven. Jamás en tu vientre habrá vida. Morirás lejos de la tierra que te vio nacer, y tu carne será consumida por las llamas del infierno.
Antes de que el padre Héctor pudiera sellar el ritual, la entidad regresó al cuerpo de la madre. Con una fuerza antinatural, la mujer poseída corrió hacia la ventana, rompió el cristal con su propio peso y se precipitó al vacío, estrellándose contra el pavimento de la calle. El sonido de aquel impacto fracturó el alma de Cassandra para siempre.
Al quedar huérfana —su padre, un comerciante, había muerto a tiros años atrás en los bosques del norte de Castleberry— el padre Héctor la acogió bajo su tutela. El terror paralizó a Cassandra. Enterró su don en lo más profundo de su psique, negándose a usarlo. Estudió, creció y se refugió en la rutina de las aulas como maestra de primaria. Mantuvo un lazo frágil con la congregación de Héctor, pero cuando el viejo sacerdote falleció por la edad, ella cortó el último hilo que la unía al mundo espiritual.
El destino, sin embargo, siempre cobra sus deudas.
Años después, Cassandra notó algo extraño en Martín, un niño alegre que estudiaba en el curso contiguo al suyo y que era primo de sus alumnos. Durante el recreo, lo vio sentado en un rincón. Bajo sus ojos había unas ojeras oscuras, profundas, pero Cassandra sabía que no era cansancio humano; su don reprimido le gritaba que ese niño estaba siendo drenado por una angustia sobrenatural. Le preguntó a la maestra encargada, pero esta lo veía perfectamente normal. El don se le estaba escapando de las manos, mostrándole el sufrimiento invisible. Aterrada de volver a desatar una tragedia, cerró los ojos y decidió ignorarlo.
Semanas después, Martín dejó de asistir. Al preguntar a los primos, los niños respondieron con la inocencia que hiela la sangre: Martín y su tía habían muerto de una gripe muy fuerte.
Al acercarse a consolar a uno de los pequeños y tocar su hombro, el mundo de Cassandra se tiñó de rojo. Una hemorragia violenta le brotó de la nariz mientras una visión de podredumbre y sombras asaltaba su mente. Huyó de la escuela, cobarde y asustada. Con el paso de los meses, la tragedia en aquella familia se volvió un goteo macabro. Seis funerales en dos años. Cuando Cassandra vio al abuelo de los niños llegar por el último de sus nietos, el anciano parecía un cadáver andante, seco y marchito.
La culpa comenzó a carcomerla, intuyendo la presencia de un demonio, Cassandra llamó a la congregación, ahora liderada por el padre Teo. Los sacerdotes visitaron la casa, pero sus oraciones rebotaron contra las paredes sin encontrar eco. Todos los habitantes parecían normales, y sin la guía del don de Cassandra, los curas volvieron con las manos vacías. Ella, atrapada en el trauma de su adolescencia, se negó rotundamente a pisar ese lugar.
Pasó un año más. El último niño dejó de asistir a clases.
Las pesadillas la acorralaron. Noche tras noche, Cassandra cerraba los ojos y veía a los niños hundiéndose en un lago negro y espeso. Ella extendía las manos, pero el agua se convertía en fango. Luego, la superficie se rompía y una criatura inmensa, un monstruo ancestral y sin rostro, emergía de la negrura para devorarlos frente a sus ojos.
El terror a no dormir fue mayor que el terror a su propio poder. Armándose de valor, Cassandra llegó a la casa de la familia, que vivían en un barrio al sur de Middletown. Al cruzar la puerta, la opresión en su pecho fue tan brutal que casi la tira de rodillas. No había azufre demoníaco tradicional, no había posesión. Cassandra gritó a los padres de la congregación que la acompañaban que dejaran de buscar espíritus en las personas.
—¡No es un alma! —les dijo, con la voz quebrada por el esfuerzo de canalizar el ambiente—. ¡Es un encantamiento! ¡Hay un objeto que está pudriendo esta casa desde adentro!
Guiados por sus indicaciones, los sacerdotes comenzaron a barrer la vivienda con oraciones, acorralando la energía hasta la habitación de los niños. Allí, en un rincón, yacía el caballito de palo. Al acercarse, el don de Cassandra le permitió ver el horror absoluto: una garra de sombras densas emergía de la madera, aferrando la última chispa de vida del niño pequeño y del abuelo, que agonizaba en la cama contigua.
Los sacerdotes desenfundaron los objetos bendecidos traídos de la catedral. Pero Cassandra sintió el vacío helado en el pecho. Habían llegado tarde.
El monstruo espectral dio un tirón violento. La chispa vital de sus víctimas se apagó de golpe, dejando a la familia seca, vacía de cualquier aliento. Saciada, la sombra se retrajo rápidamente, escondiéndose en una pequeña hendidura purpúrea en la madera, del tamaño exacto de la huella de un pulgar. Llenos de ira divina, los padres levantaron el cincel bendecido y lo clavaron con todas sus fuerzas en la cabeza del juguete.
El impacto no astilló la madera. El caballito estalló en una llamarada purpúrea y cegadora, emitiendo un alarido sordo y agudísimo que hizo estallar todos los cristales de la casa al mismo tiempo. El objeto se consumió hasta quedar en cenizas, pero el daño ya era irreparable.
Esa noche, sentada en la oscuridad de su casa, Cassandra supo que la paz jamás volvería a ella. La inacción había costado una familia entera. Indagando en el vecindario con la urgencia de una mujer que no tiene nada que perder, descubrió el origen de la maldición: el juguete había sido comprado en un viaje de paso por Castleberry. El nombre le heló la sangre, recordando que en los bosques de aquel pueblo su propio padre había encontrado la muerte.
El padre Teo intentó detenerla, advirtiéndole que un demonio capaz de infundir tanto poder en un simple objeto de madera debía ser una entidad antigua y colosal. Pero la determinación de Cassandra era de piedra. Viendo que no podría frenarla, el sacerdote le entregó el cincel bendecido, la única arma que había demostrado ser eficaz.
Cassandra tomó el primer autobús al norte. Al pisar el asfalto frío de Castleberry en la mañana, su cuerpo entero vibró con la energía enferma que bajaba de los cerros. Se dejó guiar puramente por su instinto y su don, que la arrastró como un imán hacia la comisaría central. Allí, al cruzar la puerta, cruzó miradas con un oficial de uniforme rasgado y expresión de estar perdiendo la cordura.
Dario Tapia la miró. Algo en el rostro demacrado de la vidente le dijo que no era una ciudadana más.
—Tienes que ayudarnos —soltó el policía, guiado por una corazonada desesperada.
Sin hacer preguntas, Cassandra subió a la patrulla de Tapia, acelerando hacia el Hogar San José, lista para enfrentar a la entidad que llevaba años devorando su paz y que, aún sabiéndolo, estaba a punto de cumplir cada palabra de la maldición que la marcó en su juventud.