Amor, quiero decirte que, por más que tu frío corazón me muestre su rostro, por más que mi mente recuerde que nuestro lazo es nulo, no dudes de que me muero por ti.
Amor, quiero que sepas que, cuando miro el cielo, a veces me encuentro sumido en la profunda soledad de su inmensidad. Sin embargo, cuando cae la noche y el cielo se nubla, comienza la tortura de siempre.
Tus ojos fueron la primera bala; tu risa, la segunda; tu carisma, la tercera; tu ser, la cuarta; tu esencia, la quinta. Y mi corazón, encendido de amor por ti, rebosante de calidez y ternura, es la última y la más mortal.
Amor mío, ven, alimenta este amor desenfrenado; alimenta mis ilusiones, esas que, como el viento, soplaste y dejaste volar. Aunque, a pesar de todo, todavía habita en mi corazón el deseo de una vida contigo.
Amor, no me dejes. Ven, déjame amarte; déjame conquistar cada centímetro de tu corazón, cada rincón de tu alma y cada espacio de tu mente, así como tú ocupas cada rincón de mi ser.
Amor, por favor, mírame. No me dejes con el corazón entre las manos; no me dejes con un «sí» atrapado en la boca. Por favor, no permitas que la soledad vuelva a aprisionarme, que el miedo se convierta en mi única compañía.
Amor, no dejes que este volcán se apague. No permitas que deje de amarte. Por favor, te lo pido, destello de mi vida, estrella de mis noches: no te apagues.