Hay una ciudad que ya no camino igual desde que te fuiste. No por tristeza —eso quiero dejarlo claro antes que nada— sino porque las calles aprendieron tu nombre y ahora insisten en repetirlo cuando yo ya no pregunto.
Me alegra, Carolina. Lo digo sin ironía, sin ese doblez que a veces usamos para decir lo contrario de lo que sentimos. Me alegra que hayas encontrado tu camino, que el matrimonio te siente bien, que la vida te haya llevado a donde parece que debías llegar. No te escribo esto para reclamar nada ni para pedir que vuelvas a mirar hacia acá. Te escribo porque hay fantasmas que no se van aunque uno haga las paces con ellos, y el tuyo es de los que no dan miedo, solo compañía.
A veces pienso que el amor que no se cumple no desaparece: se transforma en otra cosa, más silenciosa, menos urgente. Ya no te quiero como te quise —eso también quiero dejarlo claro— pero llevo tu recuerdo como quien lleva una cicatriz vieja: no duele, pero se nota cuando el clima cambia.
No sé si esto es una carta de despedida o apenas un modo de nombrar lo que aún no tiene nombre del todo. Quizás ambas cosas. Quizás ninguna.
Espero que seas feliz, donde sea que estés ahora. Yo también lo soy, a mi manera, con este fantasma tuyo rondando de vez en cuando, sin pedir permiso, sin quedarse mucho tiempo.