A lo lejos se ven niños corriendo, gente charlando y, al lado mío, un extraño que me mira sonriente esperando que reaccione.
—¿Cómo podés ser…? No entiendo.
—Quizás no todo deba ser analizado. A veces está bien solo sentir, creer.
—¿Esto es una especie de juego?
—Si así te gusta, podríamos decir que sí.
—Bueno, no soy una niña. No quiero jugar.
El sonido empieza a bajar nuevamente, las voces se van apagando. El ambiente se vuelve cálido, el parque se desvanece en un abrir y cerrar de ojos.
El lugar es familiar. En el pasto, una muñeca. Igual a la que tenía de niña, esa que jugaba conmigo a tomar el té, pero también a las guerras de barro con mis hermanos.
Es el jardín de una casa pequeña. La entrada está llena de juguetes. Por la ventana se puede ver a unos niños desayunando. Es inevitable mirar esa escena con ternura.
—Es mi casa, soy yo. Qué lindos momentos —susurro.
Lo miro sorprendida por la situación. Luego de unos minutos, la escena comienza a desdibujarse, como si una neblina fuera creciendo de a poco hasta apoderarse de todo el lugar.
—No siempre fui tan malo —dice él.
Con el mate en mano y la mirada llena de recuerdos, la conversación continúa.
—Ahora sí me vas a dar un momento —me pide.
—Eeeh… sí, claro.
—La de anoche no es la primera carta que me escribís. Y no basta con eso, sino que el papel que me toca en tu historia es la de ser el villano. —El Amor hace una pausa—. Es hora de limpiar mi nombre.