No respiro; estoy confundido.
El piso de mi mundo, tan frágil e inestable, cedió justo hoy.
El hueco que por tanto tiempo ignoré abrió sus fauces,
y sin darme cuenta, hoy me tragó.
Despierto… y en otro mundo me encuentro:
un mundo sin cobijo ni sustento,
donde el sol no acaricia el horizonte,
ni las manos, ni los abrazos,
ni el amor pronuncian mi nombre.
Camino y me tropiezo con mi propio lamento;
no puedo creer lo inmenso de este vacío que llevo por dentro.
Debí dejar de jugar, debí dejar de soñar,
antes de hacer de mis ilusiones un lugar para naufragar.
Me hallo flagelado por el horror,
habitante de un reino sin calor,
donde la alegría es un recuerdo,
la tristeza una compañera,
y el dolor un viejo señor.
Oculto mis penas tras una sonrisa y alcohol;
el reloj continúa su marcha,
pero mi condena parece olvidar el reloj.
Los días pasan, las noches perduran…
hasta que un halo de luz atraviesa la penumbra.
Entonces apareces tú.
Esos ojos de café intenso se incrustan en mi pecho;
esa piel tan suave, por la que cruzaría cualquier calle sin miedo;
esa cabellera que desordena mi cautela,
y esa bella dama que visita mis sueños,
noche tras noche, con la delicadeza de una estrella.
En el mundo donde juré que el amor había muerto,
fuiste tú quien lo devolvió con el dulzor de tu voz.
Y mientras el tiempo aprendía lentamente mi nombre,
mi alma, pedazo a pedazo, volvía a recomponerse.
Llegaron los abrazos, las risas y los besos;
llegó también un nuevo deseo:
entregarte mi vida entera,
sin promesas vacías ni palabras de viento,
solo la verdad desnuda de lo que por ti siento.
Para ti, amada mía, mis fortalezas y mis defectos revelo;
porque entre todos los caminos del universo,
solo el tuyo es el que deseo.
Y si este amor fuese un sueño,
le rogaría al destino no despertar jamás;
porque al fin pude encontrarte,
y por el resto de mis días,
contigo… es donde quiero estar.
(IAM)