Tienes un voto negativo, ¿A quién no le puede haber gustado la escalerita que hizo Don Juan con tanto amor?
No entiendo a las personas.
Tienes un voto negativo, ¿A quién no le puede haber gustado la escalerita que hizo Don Juan con tanto amor? No entiendo a las personas.
Tienes un voto negativo, ¿A quién no le puede haber gustado la escalerita que hizo Don Juan con tanto amor?
No entiendo a las personas.
En el cementerio había una escalerita que no existía antes del fallecimiento de mi mamá.
No era de fierro. No era de las que venden en las grandes tiendas ni de las que prestan los cuidadores. Era de madera. Hecha a mano. Con tres peldaños. Barnizada a medias, con las puntas gastadas por el uso y una frase que decía: Por favor si la utiliza, déjela donde corresponde.
La había hecho él. Don Juan. En silencio. Sin decirle a nadie.
La hizo el día que se dio cuenta de que no alcanzaba a limpiar la lápida de su mujer. Que las letras de mármol de "Roxana" se llenaban de polvo y de hojas secas y él, con su altura y sus rodillas que ya no eran las de antes, no llegaba bien arriba.
No le pidió ayuda a nadie. No llamó a Jano ni a Fabian. No quiso molestar. Se metió al patio de atrás, sacó dos tablas que le habían sobrado del arreglo del techo del año pasado y se puso a cortar, a medir, a clavar. Como cuando junto a Roxana, Jano, Fabian y Fabi, construyeron su casa con sus propias manos.
La escalerita tenía un solo propósito. Seguir cuidando al amor de su vida.
Jano la vio por primera vez un sábado de esos de visita al cementerio. Su viejo la tenía guardada dentro del automóvil lista para armarla el día que fueran a visitar a Roxana.
—¿Y esto, papá? —preguntó Jano, riéndose un poco porque le pareció muy tierna la escalerita.
—Para no molestar —dijo Don Juan, como si fuera obvio, con vergüenza—. Así no tengo que pedir una prestada y esperar que vengan a traerla. Así cada vez que vengo, puedo limpiar y conversar con ella tranquilamente.
Ese día Jano subió. Tres peldaños. Madera que crujía un poco bajo sus zapatillas. Arriba, el nombre de su madre limpio, brillante por el trapo de su viejo. Abajo, su viejo mirándolo con las manos en los bolsillos, orgulloso y triste a la vez.
—Quedó firme la escalera —dijo Jano, pasando la mano por la baranda—. Muy firme, viejo, te felicito.
—Si, quedó firme —repitió Don Juan, aliviado.
Meses después, Jano volvió solo al cementerio. Sin su viejo. Fue un sábado a las cuatro de la tarde. No había nadie. Solo el viento de agosto que todavía no se iba.
La escalerita seguía ahí. Escondida. Mojada por la lluvia de la semana anterior, pero firme. Increíblemente firme.
Jano la sacó. La acomodó. Le sacudió en polvo. Subió los tres peldaños. Y por primera vez no le habló a su madre pidiéndole perdón por no haberla salvado. Le habló contándole de su viejo.
—Mamá, el viejo te hizo una escalera —susurró, pasando su mano por las letras de su nombre—. Para no molestar, dice. Para seguir viniendo solo. Se está apagando, mamá. Se está apagando porque siente mucha culpa. No logra olvidar que no estuvo junto a ti en tu último día. Mamá, yo no sé cómo prenderlo. Él no acepta que tú no lo odias y no tienes nada que perdonarle. Cuídalo por favor.
En ese momento el viento le pegó en la cara. La madera crujió bajo sus zapatillas. La misma madera que su viejo cortó.
Ahí, arriba de esos tres peldaños, entendió todo. Su padre no le había hecho una escalera a su madre. Se las había hecho a él y a su hermano Fabian. Les había dejado una forma de seguir cuidándola cuando él ya no pudiera subir. Cuando sus rodillas ya no le dieran. Les había dejado una herencia de madera de tres peldaños.
La culpa que Jano sentía por no haber salvado a su madre, su viejo la sentía por no poder seguir cuidándola como le prometió. Dos culpas distintas, misma madera, mismo amor torpe.
Bajó con cuidado. Limpió la escalerita con la manga de la chaqueta. La acomodó donde su viejo la dejaba. Como un secreto entre los tres.
Esa noche mientras cenaban juntos, le dijo a su padre:
—Viejo, hoy utilicé la escalerita —le dijo—. Fui al cementerio a ver a mi mamá. Está firme. Mucho más firme que yo.
Don Juan se sonrió. Una risa corta, de esas que no le salían hace meses, desde que se empezó a apagar.
—Te dije que iba a quedar firme —contestó—. Esa no se cae. La hice para que no se caiga.
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Mi viejo construyó la única forma que encontró de seguir amando cuando las rodillas ya no le den, y de dejarnos a nosotros una forma de seguir amándola cuando él ya no pueda subir.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
Súper tierno todo… me hace repensar la historia de jano…
Tienes un voto negativo, ¿A quién no le puede haber gustado la escalerita que hizo Don Juan con tanto amor?
No entiendo a las personas.
Fíjese en el letrerito: Don Juan ya sabía que otros la iban a usar, y la dejó ahí de todos modos.
En la cena Jano le dice al viejo que la escalera está más firme que él, y Don Juan no le contesta eso, le contesta de la madera. Que la hizo para que no se caiga. Igual se entiende para quién va, po, es su forma de decirle al hijo que lo sostiene sin decírselo de frente. En las teleseries de antes esa conversación se la llevaba un monólogo de cinco minutos, y aquí bastan dos líneas en la mesa.
«El perdón más difícil no es el que le pides a quienes lastimaste, sino el que le otorgas al hombre que ves en el espejo cada noche.»
«Reconstruirse no es volver a ser el de antes, sino atreverse a descubrir quién eres cuando ya no necesitas esconderte de ti mismo.»
«A veces la vida te da un susto mortal a los cuatro años solo para dejarte una excusa perfecta cuando te pones de mal genio a los cuarenta.»
Jano siempre terminaba en el cementerio. No importaba la fecha ni la hora; cada vez que viajaba a ver a su padre, se hacía un espacio para pasar a visitarla a ella. Sin embargo, casi siempre le daba…
A continuación les dejo la canción que escribí para contar la historia de mi libro, espero sea de su agrado y quizás Alejandra pueda escucharla algún día. Muchas gracias a todos y cada uno de…
"«No se trata de haber llegado a la meta, sino de haber aprendido a disfrutar cada paso del camino, incluso cuando la ruta se pone cuesta arriba.»
«Hay preguntas que no se responden en el último capítulo de un libro, porque la vida real no entiende de cierres apresurados ni de finales de imprenta.»
«A veces, el mayor acto de amor no es tener la última palabra en una discusión, sino respirar profundo y dejar que el silencio proteja lo que el enojo quiere destruir.»
En el cementerio había una escalerita que no existía antes del fallecimiento de mi mamá.