Haruto le habla a Reina como quien va a pagar una deuda de ocho años, y ella se ríe y le dice que no le debe nada. Me late que ahí está el capítulo: solo deja de temblar cuando la vuelve a ver como la niña de la banca del parque.
Capítulo 9: La primera cita
Pensamiento
Haruto le habla a Reina como quien va a pagar una deuda de ocho años, y ella se ríe y le dice que no le debe nada. Me late que ahí está el capítulo: solo deja de temblar cuando la vuelve a ver como la niña de la banca del parque.
Contenido de la publicación
El sábado por la mañana, la estación central estaba mucho más concurrida de lo habitual. Personas entraban y salían sin detenerse, estudiantes aprovechaban el fin de semana para regresar a sus hogares, familias cargaban bolsas y maletas, y turistas se detenían confundidos frente a los mapas, intentando orientarse entre los distintos andenes. El bullicio llenaba el aire, mezclándose con los anuncios por megafonía y el sonido de los trenes llegando y partiendo.
En medio de todo aquel movimiento, Haruto permanecía de pie junto a una de las grandes columnas de piedra, mirando su reloj por enésima vez.
Faltaban todavía cincuenta minutos para la hora acordada.
Había llegado una hora antes.
—...Quizá exageré un poco —murmuró mirando las manecillas.
Guardó el reloj y volvió a mirarlo.
—No. Está bien. Es mucho mejor llegar temprano que hacerla esperar.
Se acomodó los bordes de la chaqueta, alisó la camisa, miró su reflejo en la pantalla apagada de su teléfono, se pasó una mano por el cabello, acomodó el cuello una vez más, revisó que los pantalones no estuvieran arrugados... y suspiró.
—¿Está bien así? ¿Seguro que está bien?
A unos metros de distancia, agazapados detrás de una máquina expendedora de bebidas, tres pares de ojos observaban atentamente cada movimiento.
—Sí —susurró Hina, apoyando un codo sobre la máquina—. Definitivamente está nervioso. Nunca deja de arreglarse cuando lo está.
—¿Cuántas veces se ha revisado ya? —preguntó Rina, asomando apenas la cabeza.
Yuto miró su propio reloj.
—Perdí la cuenta hace diez minutos.
—¿Significa que han sido demasiadas?
—Exactamente.
Los tres habían llegado diez minutos antes que Haruto. La misión era clara y se la habían asignado a sí mismos: observar. Vigilar. Tomar nota. Eso era lo que habían decidido llamarlo: la misión de observar la cita.
Aoi y Mizaki no habían podido acompañarlos por asuntos familiares, pero antes de despedirse habían dejado una orden muy clara: «Queremos un informe completo. Cada detalle. No se salten nada.»
Así que Hina, Yuto y Rina habían tomado posición.
—¿Creen que realmente no se da cuenta de que está teniendo una cita? —preguntó Rina en voz baja.
Hina sonrió con cierta ternura.
—Haruto puede enfrentarse a profesores estrictos, grupos enteros de alumnos mirándolo y problemas imposibles sin perder la calma. —Lo miró de nuevo: Haruto acababa de sacar el teléfono para peinarse mirando su propia imagen en la pantalla—. Pero dile que es una cita y pierde toda capacidad de razonar.
Yuto suspiró hondo y se dejó caer un poco más.
—Nuestro amigo está completamente perdido.
—Completamente —confirmó Rina asintiendo.
Mientras tanto, Haruto seguía esperando. Intentaba distraerse mirando a la gente que pasaba, pero no funcionaba. Miraba el reloj. Se acomodaba la ropa. Miraba el teléfono. Repetía. Nada lograba calmarlo.
Entonces escuchó una voz suave y clara detrás de él.
—Haruto.
Su corazón dio un salto tan fuerte que casi se detiene. Se quedó rígido, sin atreverse a girarse. Reconocería aquella voz entre cientos, entre miles.
Giró lentamente.
—¿Reina...?
Y entonces la vio.
Por unos segundos, Haruto olvidó completamente cómo respirar.
Reina caminaba hacia él con paso tranquilo y elegante, sin prisa pero sin demora. Su cabello negro azabache caía perfectamente peinado sobre sus hombros, y llevaba un conjunto sencillo pero exquisitamente elegido: una blusa de tono suave y una falda que se movía con cada paso, junto a una chaqueta ligera que le daba un aire delicado. No llevaba el uniforme de la academia ni la formalidad del consejo estudiantil. No había medallas ni insignias.
Era simplemente Reina.
Y precisamente por eso, se veía aún más hermosa de lo que él recordaba. Tan natural, tan serena... que Haruto se quedó sin palabras, mirándola con la boca entreabierta y el corazón latiéndole desbocado.
Detrás de la máquina expendedora ocurrió exactamente lo mismo.
Rina abrió los ojos de par en par. Hina se quedó inmóvil, con la boca ligeramente abierta. Yuto, que sostenía un vaso de plástico en la mano, aflojó los dedos sin darse cuenta.
Ploc.
El vaso cayó al suelo y rodó un poco.
Los tres se quedaron mirándolo en silencio.
—... —Rina fue la primera en recobrar el aliento—. Ahora entiendo por qué la presidenta nunca necesita hacer nada para llamar la atención. Simplemente... aparece.
Hina asintió lentamente, sin apartar la vista.
—Sí... es impresionante.
Yuto apretó los puños con fuerza, mirando a Haruto.
—Ese desgraciado...
Hina lo miró de reojo.
—No.
—¡Pero mira cómo la está mirando! ¡Está totalmente embelesado!
—Yuto.
—¡Está disfrutando de esto! ¡Seguro que presume de ello!
Rina lo agarró inmediatamente del cuello de la camisa, tirando de él hacia atrás.
—Ni se te ocurra salir.
—¡Voy a hablar con él! ¡Tengo que preguntarle qué hizo para merecer esto!
Hina también lo sujetó del otro lado.
—¡No vas a arruinar la primera cita de tu amigo!
—¡Pero está presumiendo sin decir una palabra!
—¡Ni siquiera ha hecho nada! ¡Solo está de pie!
—¡Precisamente por eso! ¡Es lo que más molesta!
Yuto intentó avanzar un paso, pero las dos lo sostuvieron con firmeza.
—¡¡SUÉLTENME!!
—¡NO!
—¡Es nuestro amigo! ¡Tenemos derecho a vigilarlo de cerca!
—¡Precisamente por eso no puedes salir! ¡Déjalos en paz!
Mientras tanto, completamente ajeno al pequeño drama que se libraba a unos metros a sus espaldas, Haruto seguía mirando a Reina, sin saber muy bien qué decir.
Ella se acercó hasta quedar justo frente a él y sonrió suavemente.
—Perdón por hacerte esperar.
Haruto reaccionó de golpe, sacudiendo la cabeza.
—¡No! ¡No, no! ¡Yo llegué mucho antes! ¡Tú no has esperado nada!
Reina ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Cuánto antes?
Haruto miró hacia otro lado, rascándose la nuca.
—...
—Haruto —insistió ella con voz suave.
—Una hora —confesó él casi en un susurro.
Reina abrió ligeramente los ojos.
—¿Una hora? ¿Llevas esperando una hora entera?
—No quería hacerte esperar —murmuró él—. Prefería estar yo esperando a que tú tuvieras que esperarme a mí.
Reina guardó silencio unos segundos. Lo miró a los ojos, y entonces sonrió. Una sonrisa pequeña, dulce, llena de una ternura que hizo que el corazón de Haruto se detuviera un instante.
—Gracias. De verdad.
Haruto sintió que su cara volvía a encenderse.
—N-No es nada... en serio...
Ella lo observó de arriba abajo, deteniéndose en cada detalle de su ropa.
—Te ves muy bien, Haruto. Te queda excelente esa chaqueta.
Haruto se quedó congelado un instante, y entonces, sin pensar, sin darse cuenta, antes de que pudiera detenerse, las palabras salieron solas de su boca:
—Gracias... pero no digas eso... comparado contigo, no tengo con qué competir... tú estás... realmente hermosa.
El silencio cayó sobre ellos como una manta suave.
Haruto se quedó con la boca entreabierta, horrorizado por lo que acababa de decir. Su cerebro tardó unos segundos en procesarlo.
—¡E-Es decir! ¡Yo no quería decir que...! ¡Perdón! ¡Fue sin pensar! —balbuceó poniéndose rojo hasta las orejas, llevándose las manos al pecho—. ¡No debí decir eso! ¡Qué tonto soy!
Iba a pedirle disculpas de nuevo, a explicar que se le había escapado, a intentar arreglarlo de alguna manera... pero entonces se detuvo.
Porque Reina estaba allí, de pie frente a él, sin decir nada. Y sus mejillas... sus mejillas se habían teñido de un suave y delicado color rosado, apenas visible pero imposible de ocultar.
Sus ojos se abrieron ligeramente más. Y por primera vez, ella apartó la mirada un instante, como si no supiera muy bien dónde posarla.
Detrás de la máquina expendedora, Hina abrió los ojos de par en par.
—¿Eso...? —susurró ella, llevándose una mano a la boca—. ¿Acabo de ver bien?
Rina parpadeó.
—¿Le acaba de salir colorada?
Yuto se quedó con la boca abierta.
—¿La presidenta? ¿Se sonrojó?
Hina asintió lentamente, sin apartar la vista de Reina.
—Es la primera vez que la veo así por algo que le han dicho... En todos estos años, solo la he visto sonrojarse en muy contadas ocasiones... y siempre por accidentes... nunca... nunca porque alguien le dijera algo así...
Reina tardó unos segundos en volver a mirarlo. Y cuando lo hizo, sus ojos violetas brillaban de una manera distinta, y su voz sonó un poco más suave, casi como un susurro:
—Gracias... Haruto.
Haruto la miró, con el corazón todavía latiéndole a mil por hora, y comprendió que ella no se había ofendido. Que, por el contrario, aquellas palabras que había dicho sin pensar habían llegado a su corazón.
Ella sonrió, y esta vez su sonrisa era distinta, más cercana, más real.
—También noto que estás muy nervioso —dijo ella, recuperando poco a poco su tono habitual, aunque aquel ligero color en sus mejillas no desaparecía del todo.
—¡No estoy nervioso! —respondió él demasiado rápido.
—Lo estás —dijo ella suavemente.
—...Un poco.
—Mucho —corrigió ella divertida.
—...Sí. Mucho.
Ella soltó una pequeña risa clara y ligera.
—Me alegra.
Haruto la miró confundido, parpadeando.
—¿Por qué?
Reina lo miró directamente a los ojos y extendió lentamente una mano hacia él.
—Porque significa que no soy la única que siente esto.
Haruto se quedó mirando aquella mano. Luego subió la vista hasta encontrarse con la mirada de ella. Y despacio, con cuidado, como si temiera romper algo, tomó su mano entre la suya.
Sus dedos se entrelazaron suavemente.
Detrás de la máquina expendedora, Hina soltó un suspiro y una pequeña sonrisa tierna apareció en su rostro.
—Vaya... renacuajo... —murmuró—. No sabía que tenías tanto valor.
Rina se llevó ambas manos a la boca, conteniendo un grito de emoción. Yuto volvió a apretar los puños con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
—...
Hina lo miró de reojo.
—Ni lo pienses.
—No iba a hacer nada —murmuró él sin apartar la vista.
—Tu cara dice algo muy distinto.
—Estoy sufriendo. Mucho.
Rina soltó una risita suave.
—Esto va a ser un informe larguísimo. Tendremos que escribirlo en varias hojas.
Hina asintió suavemente mientras veía cómo Reina y Haruto comenzaban a caminar juntos, tomados de la mano, alejándose entre la multitud. Y aunque Reina caminaba con su habitual elegancia, Hina pudo notar algo más: que cada cierto tiempo, ella apretaba un poquito más la mano de Haruto, y que aquel ligero rubor en sus mejillas no había desaparecido por completo.
—Definitivamente —susurró Hina—. Esto va a ser inolvidable.
Esperaron unos segundos antes de salir de su escondite y comenzar a seguirlos a prudente distancia. Yuto caminaba mirando hacia adelante, todavía con expresión de haber perdido algo muy valioso.
—Hina... —dijo de pronto.
—¿Sí?
—¿Estamos haciendo algo ilegal siguiéndolos así?
Hina respondió sin siquiera dudar.
—No.
Rina levantó una ceja.
—¿Segura?
—Completamente.
—¿Y si nos descubren? ¿Qué les diremos?
Hina sonrió con malicia.
—Diremos que estamos vigilando que Haruto no haga ninguna estupidez. Es por su propio bien.
Yuto asintió solemnemente, recuperando algo de su porte.
—Eso sí es una misión de suma importancia. Aunque... —bajó la voz—. Parece que esta vez fue él quien consiguió dejar sin palabras a la presidenta.
Hina sonrió suavemente.
—Parece que sí.
A varios metros por delante, Haruto caminaba junto a Reina, sosteniendo su mano con cuidado. Todavía sentía el corazón acelerado y se preguntaba si había dicho algo malo. Pero entonces sintió que ella apretaba suavemente su mano, y al girarse vio que ella lo miraba de reojo, con una pequeña sonrisa y aquel rubor todavía visible en sus mejillas.
Y comprendió que, por una vez, sus palabras torpes habían sido las correctas.
Contra todo pronóstico, la cita comenzó bastante bien. Bueno... relativamente bien. Porque había un pequeño problema: Reina llamaba demasiado la atención.
No importaba cuánto intentara Haruto caminar con naturalidad, ni cuánto se esforzara por actuar como si nada ocurriera. Cada vez que avanzaban por alguna calle comercial, entraban a una tienda o se detenían frente a un puesto, las miradas aparecían inevitablemente.
—¿No es ella...?
—Sí... creo que es la presidenta del consejo de Kōsei.
—¿Y ese chico que camina a su lado?
—¿No es el de primer año? El que... ya sabes...
Haruto fingía no escuchar. Mantenía la vista al frente y hacía como que no oía los susurros. Reina, en cambio, parecía completamente ajena a todo aquello. Caminaba con la misma tranquilidad de siempre, como si no notara que cientos de personas la observaban.
Y había algo curioso en verla fuera de la academia. Sin el uniforme, sin el brazalete del consejo y sin aquella solemnidad que la hacía parecer inalcanzable, se veía mucho más cercana. Mucho más ella.
Se detenía frente a los escaparates con curiosidad. Probaba pequeños dulces que encontraban en los puestos de la calle. Miraba con interés objetos sencillos que le llamaban la atención. Y, de vez en cuando, hasta se le iluminaban los ojos al encontrar algo que le gustaba.
—Mira, Haruto —dijo señalando un pequeño puesto de comida callejera—. Eso parece delicioso.
—¿Quieres probarlo? —preguntó él de inmediato.
—Sí.
Haruto sonrió.
—Entonces vamos.
Mientras él hacía la compra, Reina esperaba de pie junto al mostrador, observando todo con calma. Pero no eran los únicos que disfrutaban del paseo.
A una distancia prudente, agazapados detrás de ellos como tres sombras muy poco discretas, Hina, Yuto y Rina continuaban con su "misión de vigilancia". Aunque, para ser sinceros, después de varias horas, aquello había dejado de parecer una misión.
Los tres ya llevaban comida en las manos.
Yuto mordía tranquilamente un bollo relleno. Rina sostenía una bebida. Hina comía un dulce con expresión satisfecha.
—Esto dejó de ser una vigilancia hace mucho —comentó Rina entre risas.
—No estoy de acuerdo —respondió Hina dándole otro mordisco a su postre—. Seguimos observándolos. Es parte del trabajo.
Yuto señaló su comida con la cabeza.
—¿Y esto? ¿También es vigilancia?
—Son recursos necesarios para una misión prolongada —respondió ella sin inmutarse.
—¿Y esa segunda bolsa que llevas escondida detrás?
Hina la ocultó un poco más.
—Reserva estratégica.
—Son dulces —aseguró Yuto.
—Necesarios —corrigió ella tajantemente.
Rina soltó una carcajada.
—Déjala, Yuto. Al menos no nos hemos descubierto todavía.
Yuto suspiró y volvió la vista hacia adelante.
—Tienes razón en una cosa... Haruto parece estar relajándose.
Los tres observaron a la pareja que caminaba unos metros más adelante.
Y tenía razón. Al principio, Haruto caminaba rígido, con los hombros tensos y respondiendo a cada comentario de Reina con monosílabos, temblando por dentro. Pero poco a poco algo había cambiado. Ahora hablaba. Se reía. Incluso señalaba cosas en los escaparates y le explicaba a Reina qué le parecía interesante.
La razón era sencilla: había empezado a ver a la Reina de ahora como aquella niña que recordaba.
La presidenta del consejo seguía ahí, por supuesto. La chica capaz de imponer silencio con una sola mirada, admirada por toda la academia. Pero delante de él estaba también aquella niña de hacía ocho años. La que siempre tenía tiempo para jugar con él. La que lo escuchaba cuando huía de sus hermanas. La que simplemente se sentaba a su lado en el parque cuando él estaba triste, sin preguntar nada, solo acompañándolo.
Y al verla ahora reírse por alguna tontería que él había dicho, Haruto sintió que aquella distancia que lo atormentaba desaparecía. No estaba frente a la presidenta. Estaba frente a Reina. La misma Reina de siempre. Y eso, por fin, le permitió respirar tranquilo.
Más tarde, ambos terminaron sentándose juntos en una banca de madera dentro de un pequeño parque. El ruido de la ciudad llegaba amortiguado, suave, como si el tiempo se hubiera detenido en ese rincón. Reina sostenía entre sus manos una pequeña bolsa con los dulces que habían comprado. Haruto se recostó contra el respaldo, cerró los ojos un instante y soltó un largo suspiro.
—Esto ha sido bastante agradable —dijo con voz tranquila.
Reina lo miró de reojo.
—¿Ya no estás nervioso?
Haruto soltó una pequeña risa.
—No creas... eso no va a desaparecer tan fácilmente.
—¿Ah no?
—No. Siempre que estoy contigo, el corazón se me acelera.
Se quedó mirando las hojas de los árboles que se mecían con la brisa.
—Pero... contigo puedo relajarme. No sé cómo explicarlo... cuando estoy a tu lado, siento que las miradas, los rumores y todo lo demás dejan de importar tanto.
Giró la cabeza hacia ella y la miró a los ojos.
—Supongo que porque me recuerdas a cuando éramos niños. A esa época...
La expresión de Reina se suavizó por completo.
—¿A aquella época?
—Sí. Cuando eras tú la que siempre estaba ahí para mí. Sin pedir nada a cambio.
Reina guardó silencio unos instantes, observándolo con una ternura infinita.
—Entonces... no ha cambiado tanto —dijo suavemente.
—¿Qué cosa?
—Nosotros. Sigo estando aquí.
Haruto sonrió, sintiendo que el pecho se le llenaba de algo cálido.
—Quizá no.
Hubo unos segundos de silencio, serenos y agradables. Entonces Reina tomó aire y formuló la pregunta que llevaba guardándose desde hacía rato.
—Haruto...
—¿Dime?
—¿Te arrepientes?
Él ladeó la cabeza, confundido.
—¿De qué?
—De que yo haya sido la primera en escogerte. De que todo haya ocurrido así.
Haruto ni siquiera necesitó pensarlo. La respuesta salió de inmediato, clara y firme.
—No. Nunca. Ni por un segundo.
Reina parpadeó, como si no esperara que respondiera con tanta rapidez.
Haruto bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre sus rodillas.
—Eso es algo de lo que jamás me arrepentiría.
Guardó silencio un instante, respiró hondo y continuó.
—Pero... a veces me pregunto si voy a poder estar a la altura. Esperaste mucho tiempo por esa promesa. Hiciste tantas cosas por mí cuando éramos pequeños... y luego esperaste ocho años enteros. A veces pienso que... no sé si podré devolverte todo eso.
Apretó ligeramente las manos, pero levantó la vista y la miró directamente a los ojos. Ya no había miedo ni duda en ellos. Solo determinación.
—Pero ahora que has esperado tanto... no pienso echarme atrás. No sé si seré perfecto. Probablemente cometa errores. Seguramente diga cosas sin pensar y te haga reír por lo torpe que soy. Pero haré todo lo que esté en mis manos para hacerte feliz. Para corresponderte como te mereces. Como te lo prometí aquella tarde.
Reina se quedó inmóvil. Lo observó en silencio, sin apartar la vista ni un instante. Y entonces, de pronto... soltó una pequeña risa.
—Eres demasiado serio, Haruto.
Él abrió los ojos, confundido.
—¿Qué?
Reina se llevó una mano a los labios, intentando contener otra sonrisa. Aquel ligero rubor volvió a aparecer en sus mejillas.
—Hablas como si estuvieras prestando un juramento solemne frente a todo el consejo estudiantil.
—¡Porque lo digo en serio! —protestó él, sonrojándose.
—Lo sé. Y por eso me gusta escucharlo.
—¡Entonces no te rías!
Reina volvió a reír suavemente, y aquella risa fue tan clara y hermosa que Haruto sintió que se le aceleraba el corazón de nuevo.
—Perdón. No me río de ti. Me río de felicidad.
Haruto cruzó los brazos, fingiendo molestia, aunque una pequeña sonrisa se le escapaba.
—No pareces muy convencida.
—Lo estoy. De verdad.
Ella lo miró entonces, fijamente, y en sus ojos violetas brillaba algo más profundo que cualquier palabra.
—No necesito que seas perfecto, Haruto. No necesito que me devuelvas ocho años. Solo quería saber si aquel niño bueno y sincero que conocí entonces seguía ahí. Y ahora tengo la respuesta.
Sonrió con dulzura.
—Entonces me parece bien.
—¿Qué cosa?
—Que sigas siendo tú. Exactamente como eres.
Haruto se quedó callado, sintiendo que el corazón se le desbordaba. Bajó la mirada, sintiendo el calor subirle al rostro.
—...Eso también me pone nervioso.
Reina soltó otra risita, suave y cariñosa.
—Ya me di cuenta. Y me gusta.
A varios metros de allí, escondidos detrás de unos arbustos y asomando apenas la cabeza, tres pares de ojos observaban la escena en silencio.
Yuto masticaba lentamente el último bocado de su comida.
—...
Rina sonrió con ternura.
—Parece que la cita va bastante bien.
Hina asintió, sin apartar la vista de los dos. Una sonrisa tranquila y sincera apareció en su rostro.
—Sí... ese renacuajo... finalmente está siendo él mismo. Sin fingir nada. Sin temer.
Yuto suspiró y se dejó caer un poco más.
—Eso es lo peor.
—¿Por qué? —preguntó Rina.
—Porque cuando Haruto se pone así de serio y dice cosas desde el corazón... es imposible molestarlo. No se puede interrumpir algo así.
Los tres observaron cómo Haruto y Reina seguían hablando tranquilamente, con sonrisas suaves y miradas que lo decían todo.
Yuto terminó su comida y se limpió las manos.
—...Es imposible burlarse de él ahora. Es injusto.
Hina sonrió de medio lado.
—Entonces tendrás que esperar.
—¿Hasta cuándo?
Hina miró a Reina, luego a Haruto, y finalmente respondió con calma:
—Hasta que termine la cita.
Yuto suspiró profundamente y miró hacia el cielo entre las ramas.
—Qué injusticia... mi mejor amigo se ha vuelto imposible de molestar.
Rina le dio una palmada amable en la espalda.
—Sobrevivirás, Yuto.
Él levantó la vista, resignado.
—Eso espero...
Y mientras los tres permanecían en su escondite, Haruto y Reina seguían sentados en aquella banca, hablando, riendo y mirándose como si en todo el mundo no existiera nadie más que ellos dos.
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PermalinkTres espías con bollo, bebida y reserva estratégica de dulces. A esa hora ya no vigilaban nada, ya era su propia salida de los tres.
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PermalinkHaruto le habla a Reina como quien va a pagar una deuda de ocho años, y ella se ríe y le dice que no le debe nada. Me late que ahí está el capítulo: solo deja de temblar cuando la vuelve a ver como la niña de la banca del parque.
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