Lo de los pies blancos con los dedos morados yo lo vi más de una vez. Al taller llegaban choferes de la ruta de altura con los pies igual, y siempre agua tibia, nunca caliente. El dolor de verdad viene después, cuando la sangre vuelve a entrar.
Capítulo 8: El creyente y la fiera guardiana
Pensamiento
Lo de los pies blancos con los dedos morados yo lo vi más de una vez. Al taller llegaban choferes de la ruta de altura con los pies igual, y siempre agua tibia, nunca caliente. El dolor de verdad viene después, cuando la sangre vuelve a entrar.
Contenido de la publicación
El amanecer en la Cueva del Olvido trajo una realidad que Stefan no podía procesar.
Sentado en el suelo, con la espalda pegada a la piedra húmeda, observaba a la mujer que hacía minutos era una fiera blanca.
Amaya, enfundada en la camisa de lana, lo miraba con una intensidad que le quemaba los nervios.
—Ca-mi-sa —repitió Stefan, exagerando el movimiento de los labios.
Amaya lo analizó, escrutando la vibración de su garganta.
—Ca-mi-sa... —repitió ella.
Su voz era ronca, poco acostumbrada a las cuerdas vocales humanas, pero imitó el timbre de Stefan con una fluidez inquietante. Era como si el bosque mismo estuviera aprendiendo a hablar.
Cuando Stefan sacó los libros de medicina, Amaya retrocedió.
El cuero olía a Yeray Zalazar, el hombre que la había sentenciado.
—Libros —insistió Stefan—. Aquí está tu cura.
Amaya acarició la tapa de madera con recelo.
—Li-bros... cu-ra... —repitió las palabras como un mantra, entendiendo que aquellos objetos de árbol muerto eran la clave para que su cuerpo dejara de ser una prisión de dolor.
De pronto, el peso de las últimas horas aplastó a Stefan.
La lógica le dio un puñetazo en el estómago.
Hacía un mes, una diosa le había hablado; por poco un gitano lo había degollado, y ahora estaba enseñándole a hablar a una mujer-loba.
Se tapó la cara con las manos y soltó una carcajada seca, histérica.
—Estoy muerto... —susurró—. Marta me dejó en la tina y mi corazón se detuvo. Esto es el delirio de un cadáver. ¡Tú no puedes ser ella! ¿O es que siempre fuiste una mujer y yo viví con una loca en el bosque?
Amaya lo observó, confundida por el aroma a derrota que emanaba del hombre.
Se acercó, ya calzada con unas botas, sintiendo el dolor en sus pies, y apoyó su frente contra la de él.
El contacto de su piel fría contra la frente febril de Stefan fue un ancla de realidad.
No era un sueño.
Ella olía demasiado a bosque, a vida y a peligro.
—Es-te-fan... —pronunció ella, reconociéndolo.
Stefan cerró los ojos y lloró.
Lloró por el molinero que ya no existía y por el esclavo de la Luna en el que se había convertido.
Pero el tiempo de la autocompasión es corto en la montaña.
Amaya detectó un cambio en el viento: un lobo que no se mueve es un lobo muerto.
Mientras Stefan se hundía en su miseria, ella tomó los pantalones de pana del fardo.
Luchó con la tela. Se los puso al revés y luego acertó, sintiendo el alivio del abrigo contra sus piernas. Volvió a calzarse.
Stefan la observó durante unos segundos.
—¿Entiendes lo que digo?
Amaya asintió sin darle mucha importancia.
—¿Todo?
Ella negó con la cabeza.
—Algunas.
—¿Cuántas?
Amaya ladeó la cabeza.
—Muchas.
Stefan soltó una pequeña risa, sintiendo que el mundo se balanceaba un poco.
—¿Y cómo aprendiste?
Amaya señaló hacia la entrada de la cueva.
—Mirando.
—¿A los humanos?
Asintió.
—Mercaderes... pastores. Campamentos. Familias...
Stefan abrió los ojos ante la inteligencia de su antigua mascota.
—¿Nos espiabas?
Amaya frunció el ceño.
—Observar.
—Eso es espiar.
—No.
—¿Entonces qué es?
Amaya pensó unos segundos.
—Aprender sin acercarse.
Stefan se quedó mirándola.
—¿Y cuánto tiempo llevas haciendo eso?
Amaya levantó los dedos.
Uno.
Dos.
Tres.
Se detuvo con ambas manos extendidas, meditando su respuesta durante unos segundos.
Después bajó las manos.
No sabía contar los años como los humanos.
—Mucho —respondió finalmente.
Stefan sonrió de lado.
—Entonces sabes más de nosotros de lo que yo sé de ti.
Amaya lo miró fijamente.
—Sí.
—Eso es bastante inquietante.
Ella no pareció entender la palabra.
—¿Inquietante?
Stefan señaló sus ojos.
—Que sabes demasiado.
Amaya se encogió de hombros.
—Son ruidosos... Demasiadas palabras.
Stefan soltó una carcajada.
—Eso sí te lo concedo.
Stefan se estaba dejando arrastrar por un sueño peligroso, pero Amaya no lo permitió.
Con una fuerza explosiva, se lanzó sobre él, lo envolvió en la piel de lobo plateada y, ante el asombro del joven, lo cargó sobre su espalda.
—¡Quieto! —rugió ella en un arrumano áspero, la lengua de los pastores que había oído en las colinas—. ¡Quieto!
Stefan intentó forcejear, humillado por ser cargado como un fardo de harina, pero la musculatura fibrosa de Amaya era inflexible.
Ella echó los libros y la medicina al saco y caminó hacia la salida con un tambaleo ligero, adaptando sus nuevos músculos al peso del hombre.
—¿A dónde... a dónde me llevas? —logró preguntar Stefan.
—Lejos... —respondió ella—. Pronto llegarán... lobos.
«No nos quedaremos para saber si están hambrientos o no», pensó Amaya.
Al salir de la cueva, Stefan miró hacia atrás.
En la penumbra de los pinos, varios pares de ojos amarillos se encendieron.
La manada volvía a casa, y Amaya sabía que ahora, en su piel de mujer, ella ya no era la «Séptima».
Ahora, para los suyos y sin ayuda de su madre, ella era la presa.
Mientras Amaya se alejaba de la cueva con Stefan a cuestas, en el molino el aire estaba saturado del olor a levadura y del resentimiento de Marta.
La mujer golpeaba sin piedad la masa sobre la mesa con una violencia innecesaria, imaginando que cada golpe caía sobre la terquedad de Stefan.
—Terco. Egoísta. Irresponsable —gruñía entre dientes.
Marta atendía a los pocos clientes con una sonrisa gélida, ocultando que su prometido se había escapado como un niño asustado.
Por un segundo, al ver la silla vacía de Stefan junto al fuego, sintió una punzada de duda, pero la compasión le duró lo que tarda en enfriarse un rescoldo.
Se recompuso y apretó el delantal.
Si Stefan volvía, tendría que arrodillarse.
Y si alguna vez ponía los ojos en aquella «loba blanca», Marta juró por su honor convertirla en la alfombra de su recámara; una piel que pisaría cada mañana para recordarle quién mandaba en ese hogar.
---
A kilómetros de allí, el sol besaba el filo de las montañas como una herida de color naranja y violeta.
Stefan, envuelto en la piel de plata sobre la espalda de Amaya, había dejado de luchar.
En un gesto de pura vulnerabilidad, hundió la nariz en el cuello de ella, buscando el olor a bosque para anclarse a una realidad que se le escapaba entre los dedos.
Rezaba en silencio para que la melancolía que le apretaba el pecho se disolviera en el calor de ella.
Amaya se tensó de golpe.
Sus mejillas ardieron como brasas.
En el lenguaje de la manada, aquel gesto era una muestra de afecto íntimo, casi indecoroso.
Stefan no sabía que el cuello era uno de sus puntos más sensibles, donde la piel era más fina y el pulso más fuerte.
Al llegar a la cabaña ruinosa, Amaya se detuvo, olvidando por un momento que él era un «sordo» de su lengua divina.
—¿Iahk-mohn’stey, Stefan? ¿Pue-des... ca-minar?
Stefan bajó de su espalda, confundido por el cambio de idioma.
Ella sacudió la cabeza, despejando el rastro del afecto del hombre.
Ya no eran deidad y mortal.
Eran simplemente dos almas bajo el umbral de un refugio.
---
Esa misma tarde, en el campamento Zalazar, la hoguera chisporroteaba con un tono azulado que ponía nerviosos a todos.
Los gitanos rodearon a Yeray; la desaparición de Stefan tras la entrega de los libros era un incendio de rumores.
—¿Por qué, Drao? —preguntó uno—. ¿Por qué darle nuestros secretos a un payo que huele a miedo?
—¡Basta! —rugió Yeray—. Se los di porque era de vida o muerte. Pero si ese payo comparte una sola página, yo mismo lo colgaré para que los osos lo descuarticen.
Pero, en su mente, Yeray solo sentía el frío de un miedo antiguo.
Mientras tanto, Zaira se movía entre los suyos como un espectro, buscando el nombre del «payo del molino».
Se alejó del bullicio y miró hacia la cima de la montaña.
Ya no lloraba.
Una determinación gélida se apoderó de ella.
—Si tú la concebiste en mi vientre, Señora de las Estrellas... —susurró a la Luna—, entonces es tuya, pero también es mía. No me importa si la nieve me entierra viva. Voy a verla. Una sola vez... Aunque sea lo último que mis ojos contemplen.
---
Amaya, aún con los pantalones de pana y la piel de lobo sobre los hombros, sintió un rugido en su estómago que rompió el silencio.
Señaló hacia el arroyo congelado.
—Bayas... —dijo en un arrumano esforzado—. Buscar...
Hizo ademán de salir, pero Stefan la sujetó de la muñeca con una urgencia casi infantil.
Tenía terror de que, si ella cruzaba aquella puerta, el sueño se acabaría.
—No te vayas. Quédate —le pidió con voz ronca—. Podemos cocinar algo aquí.
Amaya observó a Stefan arrodillarse frente a la leña seca con presteza.
Él golpeó el pedernal con decisión.
Una chispa.
Luego otra.
Hasta que una lengua de fuego rojo comenzó a devorar la madera.
Para Amaya, aquel fuego era distinto al azul de su madre; este quemaba con una urgencia mortal.
Stefan miró la carne seca que ella guardaba. Estaba dura como piedra.
—¡No la comas así! —dijo él, viendo a la chica dispuesta a clavarle el diente—. Ahora somos... ahora somos diferentes.
Con manos expertas, talló varillas e improvisó estacas para cocinar la carne cerca de las brasas.
El siseo de la grasa y el aroma que llenó la cabaña fueron el primer rastro de humanidad pura en aquel refugio.
Sentados en el suelo, Stefan sacó el contenido de su bolso: queso, pan fresco y cecina.
Parecía un pícnic, como los que tenían antes en el río, antes de que el error de llevar a Marta lo arruinara todo.
Amaya miraba la carne cocinándose con una concentración absoluta, imitando la postura de Stefan: sentada con las rodillas abrazadas, aprendiendo a ser mujer a través del hambre y el fuego.
—Fuego... bueno —susurró Amaya, estirando una mano hacia las llamas, pero deteniéndose justo antes de que el calor la mordiera.
Hacía horas que no sentía una calidez real.
Stefan asintió, sintiendo que la melancolía le daba un breve respiro.
Por un momento, no era el deudor de la Luna ni el fugitivo de Marta.
Era solo un hombre compartiendo el fuego con una criatura que el mundo no entendía.
Sin embargo, cuando la luz de la fogata iluminó la mano derecha de Amaya, Stefan se tensó.
Tenía un tajo profundo que le cruzaba la palma. Estaba sucia de tierra y carbón.
Ella, al darse cuenta de que Stefan no quitaba los ojos de la herida, retiró la mano y la ocultó detrás de la espalda mientras le gruñía.
Pero él insistió con suavidad.
—Lachi... déjame ver eso.
Amaya entrecerró los ojos.
En el bosque, una herida es una debilidad, y entregarla a otro es el mayor acto de sumisión.
Pero, tras unos segundos, puso su mano sobre la de él.
Stefan abrió el frasco de Yeray; el olor a hierbas amargas y resina inundó el aire.
Amaya reconoció el aroma de su propio linaje en la medicina gitana.
—¿Te duele en otra parte? —preguntó Stefan mientras limpiaba el corte, sintiendo cómo ella temblaba ante el ungüento.
—No —respondió con sequedad, usando la palabra humana con una seguridad nueva.
Para ella, el dolor en los pies era algo que simplemente «estaba ahí».
Pero Stefan bajó la mirada hacia sus pies, cubiertos por los zapatos robados a su padre.
—Quítatelos —ordenó—. Si no puedes caminar, no podrás moverte por las montañas.
Stefan se arrodilló y, al retirarlos, soltó un siseo de horror.
Los pies de Amaya estaban de un blanco cerúleo, con los dedos amoratados.
Había dejado de circular la sangre.
—Maldita sea, Lachi... un par de horas más y habrías perdido los dedos.
Stefan no perdió tiempo.
Tomó un caldero abandonado y salió a recoger nieve fresca. La dejó sobre el fuego y consiguió el agua tan necesaria en ese momento.
Dejó calentar el agua un poco más y, una vez lista, la cambió a unos cuencos de madera.
—Lachi, mete los pies aquí.
No era una petición.
Para Amaya fue una orden, pero sabía que Stefan no buscaba hacerle daño.
Amaya, obligada, obedeció y, al instante, soltó un gemido que fue mitad gruñido y mitad alivio mientras el calor combatía la muerte blanca en su piel.
—En cuanto estés mejor —dijo Stefan, avivando el fuego con manos temblorosas—, llenaré este lugar de lo que necesitamos. Mantas, leña, comida... No dejaré que este invierno te consuma.
Amaya ladeó la cabeza, observando cómo las manos del hombre empezaban a vibrar.
Recordó el contacto en la cueva.
—¿Tú... bien? —preguntó en su arrumano tosco—. En cueva... frente caliente... Como piedra al sol.
Stefan se tocó la frente.
El esfuerzo, el frío y el miedo al pacto le estaban pasando factura en forma de una fiebre creciente.
—Es solo el cansancio, Lachi —mintió, aunque el suelo empezaba a ondularse—. Los humanos somos así... un poco más calientes que las piedras.
Amaya no le creyó.
Para ella, aquel calor olía a debilidad, a una llama que se consume demasiado rápido.
En cuanto sintió el hormigueo eléctrico regresando a sus dedos, sacó los pies del agua y se puso en pie con una agilidad que dejó a Stefan mareado.
—¡Lachi, siéntate! —balbuceó él, intentando levantarse—. No has terminado...
Pero Amaya ya se movía como un torbellino silencioso.
Arrancó cortinas, sacudió alfombras y recolectó telas viejas para crear una cama improvisada cerca del fuego.
Tomó el caldero, lo llenó de nieve limpia y lo puso a calentar de nuevo.
—¿Qué haces? —preguntó Stefan, cuya voz ya era apenas un hilo—. No pierdas el tiempo... yo estoy bien.
Amaya se acuclilló frente a él, obligándolo a mirarla con sus ojos aceituna.
—Mientes. Cuerpo caliente... ojos de agua. Yo... curar.
Amaya arrastró la pesada mesa de madera cerca del fuego.
Sobre ella, extendió la alfombra y un mantel amarillento, creando una camilla improvisada alejada de la humedad del suelo.
Con movimientos decididos, se quitó el chaleco y la camisa de lana que él le había dado; la tela aún conservaba su calor.
—¡Levántate! —le ordenó, sujetándolo por la cintura con la firmeza de quien arrastra a un compañero fuera de una trampa.
Stefan se puso en pie, tambaleándose.
Su mente, nublada por la fiebre, solo veía la silueta de Amaya a contraluz del fuego, con sus largos cabellos negros cayendo sobre su torso.
En su confusión, el rostro de Amaya se mezclaba con el de una diosa o con un recuerdo prohibido.
Stefan se dejó guiar, sintiendo que sus piernas eran de paja.
Amaya, con manos inexpertas pero rápidas, empezó a desabotonar la chaqueta de él.
—Lachi... —susurró Stefan, mientras la fiebre le pintaba visiones borrosas—. No... ¿no eran primero los besos y después la ropa?
Soltó una risita seca, una broma triste nacida de la inconsciencia y del recuerdo amargo de los protocolos de Marta.
Amaya se detuvo un segundo, clavando sus ojos aceituna en los de él.
No era tonta.
Había pasado inviernos enteros observando a los humanos desde la linde del bosque; sabía que, cuando los machos y las hembras se desnudaban de esa forma, buscaban el placer.
Incluso recordaba haberle preguntado a la Luna sobre aquellos rituales extraños en sus noches de charla.
Pero no había tiempo para juegos humanos.
Para ella, aquello no era deseo.
Era una transferencia de calor necesaria para que el corazón del molinero no se detuviera.
Sin responder, terminó de despojarlo de las prendas húmedas que le robaban la vida.
Lo ayudó a subir a la mesa-camilla, cubriéndolo de inmediato con las mantas secas y, finalmente, con su propia camisa de lana, todavía impregnada del calor de su piel de cuarzo.
Stefan sintió el abrazo de la lana caliente y cerró los ojos, soltando un suspiro de alivio que se perdió en el crepitar del fuego.
Amaya se quedó junto a él, de pie como una guardiana, ignorando el frío que empezaba a lamer su propia piel desnuda bajo la luz de las llamas.
Sabía que si el fuego de Stefan se apagaba, el suyo también lo haría de una forma u otra.
El destino los había desnudado a ambos, dejando solo la esencia:
Un hombre que aprendía a creer.
Y una fiera que aprendía a cuidar.
Thoughts
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PermalinkMe lo leí en dos partes, causa, entre cliente y cliente. Volví por lo del cuello, que ella se puso colorada y él ni cuenta se dio.
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PermalinkMe ha gustado mucho lo de la madre pidiéndole a la luna verla una sola vez. Igualita a mi hermana, que por su hija cruza lo que sea.
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PermalinkNooo los ojos amarillos
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PermalinkA mí el que me interesa ahora es Yeray. Delante de los suyos ruge que colgaría al payo si comparte una página, y por dentro solo tiene un miedo viejo. Ese hombre sabe qué es Amaya y todavía no lo suelta.
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PermalinkLo de los pies blancos con los dedos morados yo lo vi más de una vez. Al taller llegaban choferes de la ruta de altura con los pies igual, y siempre agua tibia, nunca caliente. El dolor de verdad viene después, cuando la sangre vuelve a entrar.
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PermalinkChe, a mí la que me tiene en alerta es Marta amasando en el molino y jurando que va a hacer de la loba blanca la alfombra de su recámara. La manada tiene hambre y se va. Marta tiene tiempo, tiene el pueblo de su lado y sabe perfectamente dónde duerme Stefan. Me juego a que llega ella primero.
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PermalinkMe quedé pensando en el trueque que pasa al final sin que ninguno lo diga en voz alta. Stefan le promete mantas, leña y comida para todo el invierno, y un rato después es ella la que arrastra la mesa hasta el fuego y le entrega su propia camisa de lana. Vino a salvarla del frío y termina desnudo sobre una mesa. Esa deuda alguien la va a cobrar más adelante.
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PermalinkAmaya levantando los dedos para contar los años y bajándolos a la mitad, porque los años de la manada no se cuentan así. Ahí se ve de golpe cuánto tiempo llevaba mirándonos desde el borde del bosque sin que nadie se diera cuenta. Gracias por seguir subiendo esta historia! ¿Habrá capítulo 9 pronto?
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PermalinkCuando Stefan le pregunta si los espiaba y ella lo corrige, que observar es aprender sin acercarse, se me dio vuelta la escena entera. Él está ahí enseñándole a decir camisa mientras ella lleva inviernos completos estudiándonos desde la linde del bosque. Por eso le sale sola la palabra inquietante, y el que iba en desventaja todo este rato era él.
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