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Capítulo 77: una misión sin precedentes

DNavarrete
Pensamiento

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Nuria

Myria ofreciéndose a vivir en el bosque para no molestar es lo que dice quien teme ser una carga. Anna le contesta con la cueva de los minerales y encima pone a su pueblo a vigilar los yacimientos: a quien teme estorbar le das una tarea, y eso es listo.

Myria ofreciéndose a vivir en el bosque para no molestar es lo que dice quien teme ser una carga. Anna le contesta con la cueva de los minerales y encima pone a su pueblo a vigilar los yacimientos: a quien teme estorbar le das una tarea, y eso es listo.

Contenido de la publicación

El silencio volvió a apoderarse de cada rincón de la celda, y todas las miradas se clavaron en Anna con una mezcla de expectación y respeto. Myria seguía arrodillada frente a ella, inmóvil, esperando con el corazón en la mano la respuesta que decidiría el destino de toda su especie. Nadie se atrevía a romper aquel momento cargado de emoción.

 

Anna permanecía quieta, con la vista fija en el suelo de piedra fría, como si estuviera sopesando cada detalle de lo que implicaba aquella decisión. No era solo ayudar a una persona: aceptar significaba asumir la responsabilidad de proteger a un pueblo entero, algo que cambiaría su propia vida y la de todos los que la rodeaban para siempre.

 

Tras unos segundos que parecieron eternos, Anna abrió lentamente los ojos. Y quienes la conocían bien reconocieron al instante esa expresión: Garoum esbozó una sonrisa apenas perceptible, Sylwen cruzó los brazos con aire de confianza, y Lyra dejó escapar una pequeña risa suave. Sabían que esa mirada significaba una sola cosa: ya había tomado su decisión, y nada la haría retroceder.

 

Anna levantó la vista despacio, pero no se dirigió primero a Myria. Fijó sus ojos directamente en el Emperador, con seriedad absoluta.

 

—Su Majestad —dijo con voz clara y firme.

 

El Emperador asintió, devolviéndole la mirada con atención.

 

—Dime, Lady Anna.

 

Anna respiró hondo, preparando sus palabras.

 

—Antes de nada, necesito saber: ¿cuál será exactamente mi castigo?

 

La pregunta sorprendió a varios de los presentes, que no esperaban que sacara ese tema en ese momento. El Emperador respondió con calma, sin rodeos:

 

—El Rey del Reino Bestia ha hecho una propuesta que hemos aceptado. Mientras dure tu condena, te encargarás de organizar y redactar toda la documentación necesaria para establecer las futuras relaciones diplomáticas y comerciales entre ambos territorios. Será un trabajo bajo la supervisión directa de la Corona, y no habrá restricciones excesivas, pero tendrás que cumplirlo.

 

Anna se quedó pensativa unos segundos, asimilando la situación. Luego, una sonrisa leve y con un toque de ironía apareció en sus labios.

 

—Entiendo. Entonces, oficialmente sigo siendo una prisionera bajo arresto, ¿verdad?

 

Algunos de los presentes soltaron una pequeña risa ahogada, reconociendo su forma de ver las cosas.

 

—Exactamente —confirmó el Emperador con una sonrisa—. No puedes abandonar el territorio del Imperio hasta que tu condena haya finalizado.

 

Anna cerró los ojos un instante, como si estuviera organizando en su mente todos los pasos que debía seguir. Al abrirlos, giró la cabeza y miró fijamente a tres personas entre la multitud: Garoum, Lyra y Sylwen.

 

No hizo falta que dijera nada. Conocían esa mirada de sobra: significaba que tenía una misión para ellos.

 

Garoum fue el primero en hablar, con su voz grave y decidida.

 

—¿Qué necesita que hagamos, Lady Anna?

 

Anna asintió con una sonrisa tranquila.

 

—Necesito que los tres salgan del Imperio.

 

La habitación volvió a quedar en silencio, sorprendidos por aquella indicación.

 

—Quiero que contraten mercenarios —continuó ella, sin titubear—. Gente discreta, con experiencia cruzando fronteras y conociendo rutas que no aparecen en los mapas oficiales. Nada de soldados imperiales ni de ejércitos regulares.

 

Sus ojos se endurecieron levemente, marcando sus condiciones.

 

—Ofrézcanles una recompensa generosa, pero no acepten a aficionados. Solo quiero profesionales que sepan moverse sin llamar la atención.

 

Desvió entonces su mirada hacia Myria, que seguía arrodillada, escuchando con la respiración contenida.

 

—Entrarán en el territorio que controla Lord Valerius —explicó con claridad—. Buscarán el lugar donde se esconden las Kineth y las sacarán de allí sanas y salvas.

 

Myria abrió los ojos con sorpresa, sin esperar que fuera tan lejos.

 

—No enviaré tropas del Imperio —añadió Anna con firmeza, mirando de nuevo al Emperador—. Esto es un acuerdo personal entre yo y el pueblo de Myria, no un asunto entre dos naciones. El Imperio debe mantenerse completamente al margen, sin verse involucrado en ningún conflicto.

 

Nadie objetó sus palabras; todos comprendían que era la única forma de evitar problemas mayores.

 

Volvió a mirar a Garoum, Lyra y Sylwen, con confianza absoluta.

 

—Como yo no puedo salir del Imperio por mi situación actual —continuó con calma—, quiero que ustedes tres acompañen a Myria. Ayúdenla a encontrar el nido, a localizar a su Reina y a traer a todo su pueblo a un lugar seguro.

 

Garoum llevó un puño cerrado hasta su pecho en señal de lealtad.

 

—Será un honor cumplir esta misión.

 

Lyra sonrió con entusiasmo, ya imaginando el recorrido.

 

—Déjamelo a mí, conozco a los mejores hombres para esto.

 

Sylwen dio un paso al frente, con la mirada decidida y tranquila. Su respuesta fue breve, pero contundente:

 

—Los traeremos de vuelta, te lo aseguro.

 

Anna asintió satisfecha, y volvió finalmente la mirada hacia Myria. La joven Kineth seguía arrodillada, pero ahora sus hombros temblaban levemente y lágrimas silenciosas caían sobre la piedra.

 

Anna le dedicó una sonrisa cálida, llena de ternura y honestidad.

 

—Todavía no puedo prometerte que todo saldrá perfecto ni que no habrá peligros en el camino —le dijo con suavidad—, pero sí puedo prometerte esto: mientras quede una sola Kineth en el mundo esperando un hogar seguro, haré todo lo que esté en mis manos para encontrarla y protegerla.

 

La habitación quedó en completo silencio. Myria bajó la cabeza hasta que su frente rozó de nuevo el suelo, y las lágrimas comenzaron a caer con más fuerza, una tras otra, marcando pequeñas manchas oscuras en la piedra.

 

Pero esta vez no lloraba por miedo, ni por la desesperación de haber perdido su libertad. Lloraba porque, por primera vez desde que fue capturada y separada de los suyos, sentía que alguien más estaba luchando de verdad por el futuro de su pueblo. Por primera vez, tenía esperanza.

 

El silencio seguía flotando en el aire, denso y lleno de expectativa. Myria permanecía arrodillada, con la cabeza baja, mientras Anna se quedaba unos instantes más en silencio, como si estuviera repasando mentalmente cada detalle del plan. Luego, levantó lentamente la vista hacia el techo de la celda, donde las sombras se acumulaban en los rincones, y pronunció un solo nombre con voz clara y tranquila:

 

—Maelis.

 

Durante unos segundos no hubo respuesta. La mayoría de los presentes pensaron que solo estaba hablando consigo misma, o que se trataba de un recuerdo lejano. Pero entonces…

 

—¿Me llamó, Lady Anna?

 

Una voz suave, fría y sin inflexiones surgió justo al lado de la cama, tan cerca que parecía haber estado allí desde siempre.

 

Más de la mitad de los presentes dieron un pequeño sobresalto. Incluso varios guardias reaccionaron por instinto y llevaron la mano a la empuñadura de sus armas, buscando el origen de aquella voz.

 

A la derecha de Anna, de pie entre las sombras, había aparecido una mujer vestida completamente de negro: su túnica, su capa y hasta el velo que cubría parte de su rostro parecían fundirse con la penumbra de la habitación. Su presencia era tan discreta, tan silenciosa, que nadie había notado en qué momento había cruzado la puerta o se había movido hasta allí.

 

Anna simplemente sonrió, sin mostrar ninguna sorpresa.

 

—Hola, Maelis.

 

La mujer inclinó levemente la cabeza en señal de respeto. Era ella: Maelis, la espía personal que durante años había servido directamente a la antigua Anna D’Valriene, aquella versión fría y despiadada que todos temían. Pero tras la caída de la antigua jefa de la casa, su lealtad había pasado a manos de Demian, el nuevo líder de la familia.

 

Por eso, antes de responder, desvió la mirada hacia el joven noble, esperando su autorización.

 

Demian comprendió al instante. Esbozó una pequeña sonrisa y asintió con calma.

 

—Tienes mi permiso. Haz lo que ella te pida.

 

Maelis volvió inmediatamente su atención hacia Anna, con la misma expresión impasible y profesional.

 

—¿Qué necesita de mí, Lady Anna?

 

Anna señaló con un gesto suave hacia Myria, que seguía arrodillada observando todo con gran curiosidad.

 

—Necesito que te adelantes al resto del grupo. Irás primero.

 

Maelis escuchaba en silencio, sin interrumpir, guardando cada palabra en su memoria.

 

—Myria te indicará la zona aproximada donde se encuentra el nido de su pueblo —continuó Anna, con voz cada vez más seria y precisa—. Quiero que viajes antes que todos los demás. Busca las rutas más seguras, evita los caminos principales y las zonas de paso frecuente. Localiza todos los puestos de vigilancia, los controles fronterizos y los puntos de riesgo. Y sobre todo, encuentra una forma de entrar y salir del Imperio de Solvaria sin levantar la menor sospecha.

 

Maelis asintió una sola vez, breve y firme.

 

—También necesito que confirmes una cosa —añadió Anna, mirando ahora a Myria con suavidad—. Quiero saber si la Reina de las Kineth y las demás obreras siguen con vida y siguen refugiadas en ese lugar.

 

Myria bajó un poco la cabeza, esperando con ansiedad la respuesta que pudiera traer la espía.

 

Anna volvió a fijar la mirada en Maelis, marcando claramente sus límites:

 

—Pero no intervengas. No hagas nada para llamar la atención, a menos que la situación sea absolutamente crítica y no haya otra opción.

 

La espía permanecía inmóvil, como una estatua vestida de sombras.

 

—No quiero que Solvaria descubra que alguien está observando sus territorios ni que nos interesa lo que ocurre con las Kineth —explicó Anna con firmeza—. Si sospechan que vamos en su búsqueda, todo este plan habrá fracasado antes de siquiera empezar.

 

Maelis guardó silencio unos segundos, procesando cada orden. Luego llevó una mano al pecho, justo sobre su corazón, en un gesto solemne y respetuoso.

 

—Entendido. Exploraré, vigilaré y confirmaré la situación sin dejar rastro.

 

Su respuesta fue breve, directa y sin palabras innecesarias, tal como siempre actuaba.

 

Anna sonrió con satisfacción.

 

—Gracias, Maelis. Cuídate mucho en el camino.

 

La espía hizo una leve reverencia, y en el instante siguiente… desapareció.

 

No hubo nube de humo, ni destello de magia, ni sonido de pasos. Simplemente, cuando todos volvieron a parpadear y fijaron la vista en ese rincón, ya no estaba allí. Era como si se hubiera desvanecido en la propia oscuridad.

 

El silencio volvió a instalarse en la celda, pero ahora cargado de asombro.

 

Lyrielle parpadeó varias veces, mirando de un lado a otro como si esperara encontrarla escondida detrás de un mueble.

 

—¿Por dónde se fue? —preguntó con voz confundida—. No la vi moverse ni un solo centímetro.

 

Rhaegar también recorrió toda la habitación con la mirada, perplejo.

 

—Yo tampoco. Es como si nunca hubiera estado aquí.

 

Incluso Garoum, acostumbrado a ver a los mejores guerreros y exploradores, soltó una pequeña risa de admiración.

 

—Sigue siendo igual de buena que siempre. Nadie se mueve con tanta facilidad entre las sombras.

 

Demian sonrió con un toque de orgullo, cruzándose de brazos.

 

—No por nada es la mejor espía que tiene la Casa D’Valriene. Si ella dice que lo hará, puedes estar seguro de que tendremos toda la información antes de que el sol salga dos veces más.

 

Anna dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, relajando levemente los hombros.

 

—Con Maelis recorriendo el terreno primero —comentó con calma—, cuando llegue el momento de que el resto parta, no tendrán que avanzar a ciegas ni arriesgarse sin saber qué les espera.

 

Myria observaba a Anna en silencio, con los ojos muy abiertos y llenos de una nueva admiración. Cada decisión que tomaba, cada detalle que preveía, cada persona que ponía en marcha… le confirmaba algo que ya empezaba a sentir con toda su alma:

 

Lady Anna no estaba solo prometiendo salvar a su pueblo. Ya estaba preparando el camino, paso a paso, para hacerlo realidad.

 

Anna volvió a sentarse despacio sobre el borde de la cama, soltando un largo suspiro que parecía sacar todo el aire de sus pulmones.

 

—Aaah…

 

Apenas terminó de acomodarse, Lira apareció de un salto a su lado con un pequeño abanico improvisado hecho de hojas secas y tela fina. Con toda la energía que tenía, comenzó a moverlo con fuerza frente al rostro de Anna.

 

—¡Hermana Anna! No te preocupes, yo te refresco para que no te canses.

 

Anna soltó una pequeña risa suave, agradecida.

 

—Gracias, Lira. Eres un sol.

 

Myria observaba aquella escena con timidez, jugando con las puntas de sus dedos. Después de unos segundos, reuniendo valor, habló con voz baja:

 

—Lady Anna…

 

Anna levantó la vista con amabilidad.

 

—Dime, Myria.

 

La joven Kineth bajó un poco la cabeza, nerviosa.

 

—Disculpe haberle pedido algo tan grande. Su ciudad apenas está empezando a construirse, y ahora tendría que recibir a toda mi especie de golpe… —sus manos se apretaron con más fuerza—. No queremos convertirnos en una carga para usted ni para su gente. Si es necesario, podemos vivir en los bosques cercanos, lejos de todo, sin molestar a nadie.

 

El silencio duró apenas un instante. Anna arqueó una ceja y negó con la cabeza con firmeza.

 

—Quítate esa idea de la cabeza de inmediato.

 

Myria parpadeó, confundida.

 

—¿Eh?

 

—Eso jamás ha sido un problema —respondió Anna con total naturalidad, como si estuviera hablando de algo sencillo y cotidiano—. En mis tierras existe una cueva inmensa, lo bastante profunda y espaciosa para albergar a miles de personas. Ahora mismo la usamos para almacenar los minerales que extraemos, pero si hace falta, podemos reorganizar el espacio y ampliarla sin dificultad.

 

Garoum asintió con la cabeza, confirmando sus palabras.

 

—Es cierto. Es una de las cavidades más grandes de toda la zona.

 

—Además —siguió explicando Anna, como si ya hubiera pensado en cada detalle desde antes—, está justo al lado de los yacimientos, así que siempre habrá gente pasando por allí. Ustedes podrían ayudarnos a vigilar la zona, asegurándose de que nadie intente robar nuestros recursos. —Sonrió con cierto brillo en los ojos—. Créeme, nadie se atreverá a acercarse si sabe que debajo de la tierra vive una colonia entera de Kineth.

 

Toda la celda quedó en silencio, impresionada. Incluso el Emperador observaba a Anna con una ligera sorpresa. Ella no solo había aceptado sin dudar; ya tenía en mente dónde alojarlos, cómo integrarlos y qué papel podrían cumplir. Ya estaba organizando su futuro como si fuera algo que siempre había estado en sus planes.

 

Myria sintió que sus ojos se humedecían otra vez, pero esta vez no por tristeza.

 

Anna, por el contrario, volvió a dejar caer los hombros y soltó otro suspiro, mucho más profundo y teatral que el anterior.

 

—Aaah…

 

Lira, al verla, movió el abanico con el doble de entusiasmo.

 

—¡Resista, hermana Anna! ¡No se rinda ahora!

 

Myria la miró con curiosidad, sin entender el cambio de expresión.

 

—¿Ocurre algo malo?

 

Anna dejó caer la cabeza hacia atrás, mirando el techo con una expresión de absoluta desesperación.

 

—Sí…

 

Todos esperaban una respuesta grave, quizás algún problema imprevisto o una dificultad oculta. Pero cuando habló, su voz sonó cansada y derrotada:

 

—Ahora tendré que hacer una cantidad absurda de papeleo como castigo.

 

El silencio se hizo de golpe. Nadie se movió ni dijo nada.

 

Anna siguió hablando con total seriedad, contando cada cosa con desánimo:

 

—Tratados comerciales y de alianza con el Reino Bestia… documentación para autorizar la residencia de una especie extranjera… permisos de tránsito… informes semanales… autorizaciones de la Corona… —levantó lentamente la vista, con el rostro de quien acaba de recibir una sentencia de muerte—. Estoy segura de que voy a morir enterrada bajo montañas de papeles y sellos oficiales.

 

Por un segundo, toda la habitación permaneció muda. Hasta que, como si todos hubieran acordado hacerlo al mismo tiempo, estallaron en exclamaciones:

 

—¡¡¿ESA ES TU PREOCUPACIÓN?!!

 

El grito fue tan fuerte que incluso los guardias en el pasillo dieron un pequeño salto de susto.

 

Anna dio un respingo y parpadeó, confundida.

 

—¿Qué? ¿No es suficiente motivo para preocuparse?

 

Lyra fue la primera en señalarla con el dedo, entre sorprendida y divertida.

 

—¡Hace un momento aceptaste proteger a toda una especie al borde de la desaparición!

 

—¡Y planeaste una misión secreta para rescatarlos de otro Imperio sin desatar una guerra! —añadió Sylwen, llevándose una mano a la frente como si no pudiera creerlo.

 

Garoum negó lentamente con la cabeza, aunque sus hombros se movían levemente, revelando que estaba luchando por no soltar la risa.

 

Hasta el Emperador terminó soltando una carcajada clara y sincera, y Seleneia se cubrió la boca con la mano para no reír con tanta fuerza. Demian suspiró, negando con una sonrisa resignada.

 

—Definitivamente… sigue siendo la misma Anna de siempre.

 

Lira dejó de abanicarla un instante, mirándola con ojos muy abiertos.

 

—¿De verdad te dan más miedo los papeles y las firmas que entrar en territorio enemigo para salvar a todo un pueblo?

 

Anna respondió sin dudar ni un solo segundo, con total convicción:

 

—Sí. Mucho más miedo.

 

La respuesta fue tan inmediata y tan sincera que, durante unos segundos, nadie supo qué decir. Y al instante siguiente, toda la celda estalló en carcajadas.

 

Incluso Myria, que había vivido tantos años en silencio y miedo, soltó una risa suave entre lágrimas, sin poder evitarlo. Por primera vez desde que fue capturada, no reía por obligación ni para complacer a nadie. Reía porque, en medio de aquella reunión absurda dentro de una prisión, había encontrado un lugar donde podía sentirse segura, aceptada y, sobre todo, en casa.

 

Tres días después…

 

Muy lejos de las murallas del Imperio, en el corazón de un bosque tan espeso que apenas entraba la luz del sol, y oculto bajo capas de tierra, raíces gigantescas y túneles excavados con sigilo, se encontraba el último refugio del Clan Formicida. No era un hogar establecido, ni un nido construido con tiempo y seguridad: era solo un escondite provisional, uno más de los tantos que habían tenido que abandonar a toda prisa en los últimos años.

 

En el centro de una enorme cámara subterránea, iluminada tenuemente por hongos luminiscentes, se alzaba una figura de proporciones imponentes: Zayara, la Reina del Clan Formicida.

 

Era casi tres veces más alta que cualquier otra Kineth, con una estatura que rondaba los tres metros y medio, y una presencia que imponía respeto sin necesidad de palabras. Su cuerpo estaba protegido por un exoesqueleto de color negro profundo, pulido y duro como el acero, adornado con delicados grabados y detalles de un dorado brillante que captaba la luz tenue de la cueva. Su abdomen era mucho más grande y redondeado que el de las obreras, cubierto por placas superpuestas que garantizaban su seguridad, y de su espalda salían un par de alas traslúcidas, finas como gasa, que mantenía plegadas con elegancia. Sobre su cabeza, una corona natural de cuernos y filamentos dorados marcaba su condición de líder, junto con dos antenas largas y sensibles que se movían constantemente, captando cada sonido y vibración del entorno. Vestía una túnica ligera y abierta que dejaba ver la resistencia de su armadura natural, y en su mano sostenía un bastón largo rematado con un cristal luminoso, símbolo de su autoridad.

 

Detrás de ella, dispuestos en filas ordenadas y protegidos por una barrera de tierra y resina endurecida, descansaban cientos de huevos, el futuro de toda su especie.

 

Era Zayara, la única soberana que mantenía unida a las Kineth Formicidas.

 

Una obrera entró corriendo por uno de los túneles laterales y, en cuanto llegó a la vista de su líder, se arrodilló con la frente pegada al suelo.

 

—¡Su Majestad!

 

Zayara abrió lentamente los ojos, de un tono ámbar intenso, con una mirada cansada pero siempre alerta y aguda.

 

—Habla.

 

La joven respiró hondo para calmar su agitación.

 

—Los exploradores han confirmado movimiento de hombres. Se acercan a los límites de este bosque.

 

El aire en la cámara se volvió pesado y tenso.

 

Otra vez. Cada pocos días, los humanos encontraban el rastro de su escondite. Cada vez, tenían que huir más lejos, abandonando lo poco que conseguían reunir. Cada día que pasaba, más obreras salían a vigilar y nunca regresaban.

 

Zayara bajó lentamente la cabeza, como si el peso de toda su raza le apretara los hombros.

 

—¿Y las patrullas que salieron esta mañana? —preguntó con voz grave y profunda, que resonó suavemente en las paredes de piedra.

 

La obrera negó con la cabeza, con un hilo de tristeza en la voz.

 

—No han vuelto. Perdimos otras cuatro.

 

Un silencio absoluto se apoderó de la cámara. A su alrededor, el trabajo no se detuvo: unas trasladaban los huevos con extremo cuidado, otras cargaban a las crías más pequeñas sobre sus espaldas, y las más jóvenes, que aún no tenían el caparazón lo suficientemente duro para luchar, se agrupaban en los rincones más seguros. Si los hombres encontraban la entrada antes de que pudieran huir, sería una masacre sin posibilidad de defensa.

 

Zayara apretó los puños con fuerza, hasta que las articulaciones de sus dedos crujieron levemente bajo su armadura.

 

—No queda mucho tiempo —murmuró para sí misma—. Si seguimos huyendo así, tarde o temprano nos acorralarán. Y si logran capturar a la Reina… el Clan Formicida dejará de existir para siempre.

 

Se sentó de nuevo sobre la gran roca plana que le servía de trono, sumida en sus pensamientos. Por primera vez en mucho tiempo, no veía ninguna salida a su situación. Cada camino parecía cerrado, cada refugio terminaba siendo descubierto.

 

Entonces, una voz suave y tranquila rompió el silencio.

 

—Con permiso.

 

Todas las Kineth levantaron la cabeza al mismo tiempo, girándose hacia la entrada principal del refugio. Allí, de pie en la penumbra, había una figura humana.

 

Las soldados reaccionaron al instante: levantaron sus lanzas de madera endurecida y resina, apuntando directamente hacia la recién llegada, y varias se colocaron en fila entre ella y la Reina, listas para defenderla con sus vidas.

 

Pero la desconocida no desenvainó ninguna arma, ni dio un solo paso hacia adelante. Simplemente se detuvo, se arrodilló despacio, bajó completamente la cabeza y apoyó una mano sobre su pecho en un gesto de respeto y sumisión.

 

—No he venido como enemiga —dijo con voz clara y sin miedo.

 

Las Kineth no bajaron sus armas, manteniéndose alerta. La Reina Zayara observó a la mujer con atención, estudiando cada detalle de su ropa oscura y su actitud, sin perder la compostura.

 

—¿Quién eres? —preguntó con tono firme y autoritario, sin dejar traslucir ninguna emoción.

 

La desconocida levantó apenas la vista, sin mostrar ningún atisbo de amenaza.

 

—Mi nombre es Maelis. Traigo un mensaje… de una integrante de su propio pueblo.

 

Los ojos ámbar de Zayara se estrecharon con desconfianza.

 

—¿Qué has dicho?

 

Sin responder de inmediato, Maelis introdujo lentamente una mano dentro de su capa, moviéndose con suma calma para no asustarlas. Las soldados tensaron aún más sus lanzas, pero no atacaron. De entre los pliegues de su ropa, la espía sacó un pequeño objeto de metal pulido, con el grabado del emblema del Clan Formicida, lo dejó con cuidado sobre el suelo de piedra y lo empujó suavemente hacia adelante con dos dedos.

 

Zayara lo observó con atención. Y en cuanto reconoció su forma y el sello personal que tenía en el centro, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida.

 

Conocía esa insignia. Era el distintivo que ella misma había entregado a Myria, una de sus obreras más leales y valientes, antes de que partiera en una misión de exploración. Todos daban por hecho que había sido capturada o muerta hacía meses.

 

La Reina dio un paso al frente, olvidándose por un instante del peligro, y extendió una mano grande y fuerte para tomar la pieza.

 

—¿Dónde está ella? ¿Qué le ha pasado? —preguntó, y por primera vez su voz dejó ver un rastro de esperanza contenida.

 

Maelis esbozó una sonrisa leve, sin perder su compostura.

 

—Está viva. Está sana y salva, y es quien me ha enviado hasta aquí.

 

Un silencio profundo y cargado de emoción recorrió toda la cámara subterránea.

 

Y en ese momento, Zayara comprendió que, tras años de solo huir y desconfiar de todo lo que fuera humano, tenía que tomar la decisión más difícil desde que había asumido el mando de su pueblo: creer en una extraña, o dejar pasar la única oportunidad que quizás les quedaba para sobrevivir.

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    Tratados con el Reino Bestia, permisos de tránsito, residencia para miles de Kineth e informes semanales: alguien tiene que firmarlo todo. Y quien redacta esos papeles decide qué queda escrito sobre las Kineth. Para mí la Corona le dio a Anna el mejor castigo posible.

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