Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 7

Arwen
Pensamiento

Pensamiento

Elvira99

Todos la creían muerta, y eso cambia cómo se lee el beso por la ventana: para él ya la lloraron. Apuesto a que lo que despierta en ella viene de ahí, y Laion lo sabía cuando le dijo que la respuesta igual no era la que esperaba.

Todos la creían muerta, y eso cambia cómo se lee el beso por la ventana: para él ya la lloraron. Apuesto a que lo que despierta en ella viene de ahí, y Laion lo sabía cuando le dijo que la respuesta igual no era la que esperaba.

Contenido de la publicación

Había pasado un mes desde que Erika había despertado en aquella mansión.

Treinta días.

Treinta largos días desde que había abierto los ojos en una habitación desconocida, sin comprender cómo había llegado allí ni por qué aquellos hombres parecían conocer secretos sobre ella que se negaban a revelar.

Durante ese tiempo, había permanecido la mayor parte del tiempo en cama.

Su cuerpo había necesitado recuperarse lentamente. Al principio, apenas podía incorporarse sin sentir que la habitación daba vueltas a su alrededor. Sus piernas no soportaban su peso y cualquier intento de caminar terminaba con ella de nuevo sobre el colchón, respirando con dificultad.

Saira había sido quien más la había cuidado durante aquellas semanas.

Le llevaba la comida, la ayudaba a levantarse y, cuando Erika despertaba sobresaltada por alguna pesadilla, se quedaba a su lado hasta que conseguía tranquilizarse.

Pero ni siquiera la amabilidad de aquella joven podía aliviar el dolor que Erika llevaba dentro.

Porque había algo que no dejaba de perseguirla.

Su marido.

Cada noche, antes de cerrar los ojos, se preguntaba qué pensaría él al volver a verla. Si todavía la reconocería. Si la querría después de todo lo que había ocurrido. Si, al aparecer de pronto frente a él, encontraría en su mirada la misma emoción que ella sentía al pensar en él.

A veces imaginaba que él aparecería de pronto en aquella mansión, abriría la puerta de su habitación y correría a abrazarla.

En aquellos momentos, Erika se permitía sonreír.

Pero después recordaba que nadie había ido a buscarla.

Nadie le había explicado dónde estaba.

Y aquella esperanza volvía a convertirse en una angustia que le oprimía el pecho.

Había intentado preguntarle a Haniel por su marido, pero él siempre encontraba la manera de evitar una respuesta.

Laion, por su parte, parecía disfrutar cada vez que la veía insistir.

«¿Todavía piensas en tu antigua vida?», le había preguntado una tarde, apoyado contra el marco de la puerta.

Erika lo había mirado con rabia.

«Es mi vida. Tengo derecho a saber qué ha pasado con ella».

Laion había hecho girar el anillo de plata que llevaba en uno de sus dedos.

«¿Y si la respuesta no es la que esperas?»

«Eso no te importa».

Él había sonreído de aquella manera suya, como si supiera algo que ella jamás podría imaginar.

«Quizá tengas razón».

Y se había marchado sin decir nada más.

Desde entonces, Erika había dejado de hacer preguntas.

No porque hubiera perdido el interés, sino porque comprendió que nunca obtendría respuestas mientras siguiera encerrada entre aquellas paredes.

Necesitaba salir.

Necesitaba comprobar con sus propios ojos qué pensaría su marido al volver a verla.

Y, sobre todo, necesitaba descubrir si todavía existía un lugar al que pudiera llamar hogar.

---

Aquella mañana, Erika despertó antes de que alguien entrara en su habitación.

La luz del sol se filtraba por las cortinas, dibujando líneas doradas sobre el suelo. Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando el silencio de la mansión.

Después apartó las sábanas y se sentó al borde de la cama.

Sus pies tocaron el suelo frío.

Se levantó con cuidado.

Sus piernas temblaron, pero consiguió mantenerse en pie. Apoyó una mano en la pared y respiró profundamente, esperando a que desapareciera el mareo.

Había recuperado parte de sus fuerzas.

No estaba completamente bien, pero ya podía caminar sin ayuda durante algunos minutos.

Era suficiente.

Al menos, eso quiso creer.

Se acercó al armario y buscó la ropa que Saira le había dejado preparada. Se puso un vestido sencillo, se recogió el cabello y se observó en el espejo.

Su rostro estaba más pálido de lo habitual. Había perdido peso durante aquel mes y todavía tenía sombras bajo los ojos.

Parecía una mujer que llevaba demasiado tiempo luchando contra algo que no comprendía.

Y quizá era exactamente eso.

Erika apoyó las manos sobre el lavabo.

«Voy a volver», susurró, mirándose a los ojos. «Tendré que hacerlo cueste lo que cueste».

No sabía cómo saldría de la mansión ni qué encontraría al otro lado de sus muros.

Pero ya había tomado una decisión.

No iba a pasar otro día esperando a que alguien le permitiera recuperar su vida.

---

La oportunidad llegó después del mediodía.

Saira había salido de la habitación para buscarle algo de comer y Erika aprovechó aquellos minutos para abandonar el dormitorio.

Caminó despacio por el pasillo, procurando no hacer ruido. Conocía algunos de los recorridos de la mansión después de tantas semanas observando a quienes entraban y salían de su habitación.

Al llegar a una escalera lateral, escuchó voces.

Se detuvo.

«Haniel no va a permitir que siga así mucho tiempo», dijo una voz masculina.

Erika reconoció a Laion.

«No es asunto tuyo decidir cuándo estará preparada», respondió Haniel.

«¿Preparada para qué? ¿Para recordar o para volver a sorprendernos?»

Hubo un breve silencio.

«Ten cuidado con lo que dices».

«No se trata de tener miedo de que despierte», continuó Laion. «Se trata de descubrir cómo hacer que despierte el lado que nosotros necesitamos».

Erika sintió un escalofrío.

No entendía a qué se referían, pero aquellas palabras le provocaron una inquietud que no supo explicar. ¿Qué parte de ella querían despertar? ¿Y por qué necesitaban que fuera precisamente la que ellos elegían?

No quiso escuchar más.

Se alejó de las voces y continuó avanzando hasta encontrar una puerta lateral que daba al jardín.

La abrió con cuidado.

El aire fresco le acarició el rostro.

Por primera vez en un mes, pudo contemplar el cielo sin tener una ventana de por medio.

No se permitió disfrutarlo demasiado.

Cruzó el jardín, bordeó los rosales y los arbustos y se dirigió hacia la zona arbolada que rodeaba los terrenos de la mansión. Recordaba que, más allá de aquellos árboles, había un sendero que conducía hacia el exterior.

Había visto a los guardias recorrerlo en varias ocasiones.

Esperó hasta no distinguir a ninguno y se internó entre la vegetación.

Al principio caminó despacio. Cada paso le exigía un esfuerzo que intentaba disimular incluso cuando estaba sola.

Pero siguió adelante.

Una rama le arañó el brazo. Las piedras le hicieron tropezar un par de veces y, en más de una ocasión, tuvo que apoyarse contra un árbol para recuperar el aliento.

Aun así, no se detuvo.

No después de haber llegado tan lejos.

No cuando estaba tan cerca de descubrir la verdad.

Finalmente, los árboles comenzaron a separarse y el sendero desembocó en un camino que Erika no reconoció.

Miró hacia atrás.

La mansión ya no se veía.

Una mezcla de miedo y alivio le recorrió el cuerpo.

Lo había conseguido.

Había escapado.

Por primera vez desde que despertara en aquella habitación, nadie le decía adónde podía ir ni cuándo debía regresar.

Pero la libertad que tanto había deseado también le planteaba una pregunta.

¿Adónde iría ahora?

La respuesta apareció en su mente casi de inmediato.

A casa.

---

El camino fue largo.

Erika caminó siguiendo los recuerdos de su antigua vida, intentando reconocer las calles y los edificios que aparecían a su alrededor.

No tenía dinero, no llevaba teléfono y ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había estado allí.

Sin embargo, algunas cosas no se olvidaban.

La esquina donde solía comprar café.

La pequeña tienda frente a la parada del autobús.

El parque por el que había paseado tantas tardes con su marido.

Cada lugar le devolvía un fragmento de lo que había perdido.

Y cada recuerdo le apretaba un poco más el corazón.

Cuando finalmente llegó a su barrio, las piernas apenas le respondían.

Se detuvo junto a una pared y respiró profundamente.

Estaba cerca.

Tan cerca que podía reconocer las fachadas de las casas y escuchar las voces de las personas que caminaban por la calle.

El mundo seguía funcionando con absoluta normalidad.

La gente conversaba, reía y regresaba a sus hogares sin imaginar que, para Erika, cada minuto era una lucha por comprender cómo podía seguir existiendo después de todo lo que había vivido.

Se limpió el rostro con las manos.

No quería llegar llorando.

Quería verlo.

Solo verlo.

Quería descubrir qué pensaría él al volver a verla.

Después decidiría qué hacer.

Reanudó el camino.

Y entonces apareció la casa.

Su casa.

La fachada seguía igual. Las ventanas, el pequeño jardín y las cortinas que ella misma había elegido continuaban en su lugar.

Erika se detuvo al otro lado de la calle.

Durante un largo instante no pudo moverse.

Sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que le costaba respirar.

Había imaginado aquel momento tantas veces durante el último mes que, al tenerlo finalmente delante, no supo qué hacer.

¿Debía llamar a la puerta?

¿Y si él no estaba?

¿Y si abría y la miraba como si fuera una desconocida?

¿Y si ya no quería verla?

Sacudió la cabeza, intentando apartar aquellos pensamientos.

No podía seguir imaginando lo peor.

Necesitaba comprobarlo.

Cruzó la calle lentamente, pero cuando llegó cerca de la entrada, algo la hizo detenerse.

Voces.

Procedían del interior de la casa.

Erika levantó la mirada hacia el gran ventanal del salón.

Las cortinas estaban abiertas.

Podía ver una parte de la habitación desde la calle.

Entonces distinguió una figura.

Su marido.

El mundo pareció detenerse.

Allí estaba él Vivo a pocos metros de ella.

Erika sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se llevó una mano al pecho, intentando contener la emoción que amenazaba con desbordarla.

Quería llamarlo.

Quería pronunciar su nombre, correr hacia la puerta y abrazarlo con todas sus fuerzas.

Quería decirle que había vuelto.Que no sabía cómo, pero había vuelto.

Que había pasado cada noche pensando en él. necesitaba que la abrazara y le dijera que todo estaría bien.

Pero antes de dar un solo paso, vio que alguien se acercaba a su marido.

Era una mujer.

Erika frunció el ceño, confundida.

La desconocida se colocó frente a él y le dijo algo que Erika no pudo escuchar a través del cristal.

Su marido sonrió.

Aquella sonrisa la dejó inmóvil.

Era la misma sonrisa que ella recordaba. La que tantas veces había visto al regresar del trabajo, la que conseguía hacer desaparecer sus preocupaciones y la que le había hecho creer que, pasara lo que pasara, siempre tendrían un lugar al que regresar juntos.

Pero ahora estaba sonriéndole a otra mujer.

Erika sintió que algo se hundía dentro de ella. La mujer le acarició la mejilla. Y él no se apartó, al contrario.

La tomó suavemente por la cintura y la atrajo hacia él.

Erika dejó de respirar por un instante.

No podía ser. No quería creerlo. Quizá era una amiga. Quizá una familiar. Quizá existía alguna explicación que todavía no comprendía.

Se aferró a aquella última posibilidad mientras continuaba mirando a través del ventanal.

Entonces la mujer rodeó el cuello de su marido con los brazos.

Él inclinó la cabeza y la besó.

Erika sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El beso no fue rápido ni incómodo. Fue tierno, familiar.

Un beso de alguien que sabía perfectamente cómo acercarse a la persona que amaba.

La mujer sonrió contra sus labios y volvió a abrazarlo.

Él la estrechó con fuerza entre sus brazos, apoyando una mano en su espalda y la otra en su cabello. Después le besó la frente y volvió a sonreírle.

Era feliz.

Su marido era feliz.

Mientras Erika había pasado un mes encerrada, intentando recuperar las fuerzas y aferrándose a la esperanza de volver a encontrarlo, él había continuado con su vida.

Había encontrado a alguien más.

Y parecía quererla. Una lágrima resbaló por la mejilla de Erika. Después otra.

Se llevó una mano a la boca, intentando contener el sollozo que le subía por la garganta.

No podía apartar la mirada.

Aquel era el hombre al que había amado.

El hombre por el que habría hecho cualquier cosa.

El hombre al que había esperado durante cada noche de aquel terrible mes.

Y ahora lo veía abrazando a otra mujer como si nunca hubiera existido nadie antes que ella.

Erika retrocedió un paso.

Su espalda chocó contra el tronco de un árbol situado junto a la acera.

Se ocultó detrás de él, casi por instinto, aunque desde allí todavía podía ver el interior de la casa. No quería que él la descubriera no así.

No mientras las lágrimas le empapaban el rostro y sus piernas apenas podían sostenerla.

Dentro de la casa, su marido volvió a besar a la mujer.

Después la abrazó todavía más fuerte.

Y sonrió.

Aquella sonrisa terminó de romper algo dentro de Erika.

Cerró los ojos, pero la imagen continuó grabada en su mente.

El beso, el abrazo y la felicidad de su marido.

Todo aquello que ella había deseado encontrar al regresar a casa.

Todo aquello que acababa de perder. «¿Por qué…?», susurró entre lágrimas. No había nadie que pudiera escucharla.

Nadie que pudiera responderle.

Nadie que supiera que, detrás de aquel árbol, una mujer que todos creían muerta estaba contemplando cómo la vida que conocía desaparecía definitivamente ante sus ojos.

Erika se cubrió la boca para ahogar un nuevo sollozo.

Había escapado de la mansión porque necesitaba encontrar una razón para seguir adelante.

Pero ahora, al mirar a través del ventanal, ya no sabía qué le quedaba. Su hogar estaba allí. Su marido también. Sin embargo, ella ya no formaba parte de aquella vida.

Y por primera vez, la esperanza que la había mantenido en pie durante todo un mes comenzó a apagarse.

Abrió los ojos una última vez.

A través del cristal, su marido seguía abrazando a aquella mujer. Erika lo observó en silencio, con el rostro bañado en lágrimas y los dedos aferrados a la corteza del árbol.

Después bajó lentamente la cabeza.

No llamó a la puerta, tampoco pronunció su nombre, ni intento recuperar lo que acababa de ver desaparecer.

Simplemente permaneció allí, escondida entre las sombras, mientras el dolor se extendía por su pecho y el frío comenzaba a recorrerle el cuerpo.

Todavía no lo sabía.

No sabía que aquella escena quedaría grabada en su memoria mucho después de que las lágrimas dejaran de caer.

No sabía que el dolor que sentía en aquel instante sería el principio de algo que ni siquiera Haniel y Laion podrían controlar.

Y tampoco sabía que, cuando volviera a encontrarse frente al peligro, ya no sería el miedo lo que gobernaría sus ojos.

Porque aquella noche, mientras Erika contemplaba por última vez la casa que alguna vez había sido su hogar, algo comenzó a despertar en lo más profundo de ella.

Algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Algo que el dolor estaba a punto de liberar.

Thoughts

  • Elvira99

    Todos la creían muerta, y eso cambia cómo se lee el beso por la ventana: para él ya la lloraron. Apuesto a que lo que despierta en ella viene de ahí, y Laion lo sabía cuando le dijo que la respuesta igual no era la que esperaba.

    Permalink
  • Amaranta

    ¡Ay, el marido! Un mes y ya otra mujer en el salón, con las cortinas que eligió Erika abiertas de par en par. A ese no me lo trago.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

  • El despertar Capitulo 4

    Laion se marchó por el pasillo y Erika volvió rápidamente a la habitación. Cerró la puerta, se apoyó en ella y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, pensando en cómo podría escapar.

  • Capítulo 6

    Laion encontró a Haniel junto a una de las ventanas del pasillo. Se acercó tranquilamente, con una sonrisa traviesa en los labios.

  • Capítulo 5

    La noche había caído por completo sobre la mansión.

  • El despertar

    El sol se filtraba entre los edificios de la avenida como si intentara buscar un último refugio antes de que la ciudad se entregara a la noche. Erika ajustó su abrigo, sintiendo el frío de la tarde,…

  • Capítulo 2

    Laion siguió a Haniel por el pasillo, sus pasos apenas resonando sobre el mármol pulido. La tensión en el ambiente aún vibraba, un eco persistente de la furia de la mujer que acababan de dejar…

  • El despertar capitulo 3

    Entonces, una risa gélida resonó al otro lado de la puerta. Erika se quedó inmóvil. Reconocía aquella voz.

  • Capítulo VIII: La Primera Lección de Leo

    ​Leo alzó la mano derecha, juntó suavemente las yemas de los dedos cerca de la barbilla y luego la desplazó hacia adelante en dirección a ella, abriéndola en un gesto sereno.

  • Eternidad

    Autor si no comprenden la historia lean la primera parte de la anterior publicación muchas gracias. Capitulo 1; V1: I. LA NIEBLA

Pública 2 conversaciones 4 pensamientos 35 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

Había pasado un mes desde que Erika había despertado en aquella mansión.

En series

En grupos