Kiara le dice a Kovu que lo intenta pero que le cuesta. ¿Le va a contar lo de la otra voz detrás de Zira, o se lo calla hasta que sea tarde?
Capítulo 6: "Recuerdos indeseables"
Los recuerdos son maestros silenciosos. Nos acompañan desde siempre, enseñándonos sin pedir nada a cambio, recordándonos cada paso que hemos dado, cada error que cometimos y cada triunfo que nos…
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Kiara le dice a Kovu que lo intenta pero que le cuesta. ¿Le va a contar lo de la otra voz detrás de Zira, o se lo calla hasta que sea tarde?
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Los recuerdos son maestros silenciosos. Nos acompañan desde siempre, enseñándonos sin pedir nada a cambio, recordándonos cada paso que hemos dado, cada error que cometimos y cada triunfo que nos hizo crecer. No siempre son cómodos; a veces nos enfrentan con aquello que preferiríamos olvidar, nos muestran heridas que creíamos cerradas, y nos confrontan con decisiones pasadas. Y a veces, lo que traen consigo no es solo el pasado, sino un eco de lo que está por venir, revelado a través de lo que ya vivimos.
¿Aparecen únicamente para darnos una lección... o para advertirnos de lo que está por llegar?
La noche cubría la sabana africana con un manto de quietud. Reinaba un silencio profundo, uno de esos que no incomodan, sino que reconfortan. La luna llena, brillante y majestuosa, iluminaba las tierras del reino, disipando la oscuridad y ofreciendo una falsa sensación de seguridad.
Pero no todos encontraban paz bajo su luz.
En la Roca del Rey, los leones dormían profundamente, ajenos al paso del tiempo y a los fantasmas del pasado. Todos, excepto Kiara.
Su cuerpo descansaba, pero su mente no. Cada vez que cerraba los ojos, la oscuridad tomaba forma, y entre sus pensamientos surgía una presencia que creía haber dejado atrás. No era solo una pesadilla. No del todo.
Tal vez nunca lo había sido.
Porque algunos recuerdos no se quedan en el pasado... esperan el momento adecuado para volver.
SUEÑO
La oscuridad la envolvía por completo.
No había luna.
No había estrellas.
No había sol.
Solo un vacío inmenso, extraño, incómodo, como si la sabana misma hubiera dejado de existir. El aire era pesado, denso, y cada respiración le costaba más que la anterior. Todo estaba en silencio... un silencio antinatural, expectante, como si algo estuviera a punto de suceder.
Entonces lo sintió.
Un escalofrío recorrió su lomo cuando el suelo bajo sus patas comenzó a transformarse. La hierba verde se marchitó en segundos, tornándose seca, gris, quebradiza. El viento sopló con violencia y trajo consigo un olor que Kiara conocía demasiado bien.
Cenizas.
Y rencor.
A su alrededor, la oscuridad se quebró.
Imágenes fragmentadas surgieron como destellos violentos: fuego devorando la sabana, gritos desgarrando el aire, miradas cargadas de odio. Kiara se vio a sí misma más joven, temblando, observando cómo el mundo que conocía se desmoronaba sin poder hacer nada. Vio la batalla de su padre. Vio el caos. Vio el enfrentamiento que ella misma había detenido junto a Kovu.
Todo estaba ahí.
Todo era demasiado real.
De pronto, entre las sombras, unos ojos amarillos se abrieron lentamente y Kiara pudo escuchar una especie de susurro en medio de todo el caos.
—No... —susurró Kiara, pero su voz apenas existía.
Frente a ella, colgada de un acantilado, una figura luchaba por no caer en la furia del río. El agua rugía abajo, reclamándola. Kiara reconoció ese pelaje oscuro al instante.
—¡Zira! —gritó, corriendo hacia ella— ¡Dame tu pata, déjame ayudarte!
Extendió la suya... pero la escena se rompió.
Zira ya no colgaba.
Ahora estaba de pie, firme, segura, como si nunca hubiera estado en peligro. Su pelaje se confundía con la noche, y esa sonrisa torcida, cargada de desprecio, era exactamente la misma que Kiara recordaba.
Zira.
—¿Creíste que podrías deshacerte de mí tan fácilmente? —su voz era áspera, burlona—. El pasado nunca desaparece, pequeña reina.
Kiara retrocedió un paso. Su corazón latía con fuerza, no solo por miedo... sino por algo peor: reconocimiento.
—Esto no es real —se dijo a sí misma—. Es solo un sueño.
Zira rió.
Una risa hueca, distorsionada, que resonó en la nada y se metió en su mente.
El mundo volvió a girar.
Ahora era Kiara quien colgaba del acantilado. Sus garras se aferraban a la roca resbaladiza mientras el vacío la llamaba desde abajo. El viento golpeaba su rostro, el río rugía, y el terror le oprimía el pecho.
—¡Ayúdame! —gritó desesperada.
Cada paso de Zira hacia ella se sentía como un caos desatado. El suelo temblaba. El aire se volvía irrespirable. Cuando habló, su voz estaba cargada de odio puro.
—Jamás podrás liberarte de mí.
Kiara alzó la mirada.
Zira la observaba desde arriba. Sus ojos brillaban con una intensidad enfermiza, y su sonrisa era cruel, calculadora.
—Tu reinado... —comenzó Zira.
La voz vaciló.
Por un instante, no fue una sola.
Kiara sintió un escalofrío profundo cuando percibió otra presencia detrás de esas palabras, algo más antiguo, más pesado, como una sombra extendiéndose sobre Zira.
Pero sus palabras no sonaron como una amenaza.
Sonaron como una certeza.
Su sonrisa se ensanchó, pero ya no le pertenecía del todo
Zira levantó la garra.
—¡Será mío!
El zarpazo la alcanzó.
Kiara cayó.
El grito desgarró la oscuridad—
FIN DEL SUEÑO
Kiara despertó de golpe.
—¡AH! —gritó, jadeando, con el corazón golpeándole el pecho.
La noche seguía tranquila.
La luna seguía allí.
Pero la sensación de caída...
esa no se había ido.
El grito de Kiara despertó a Kovu, quien, aún adormecido, murmuró en voz baja:
—¿Kiara?
Ella estaba sudada, con la respiración agitada.
—Oh... no era mi intención despertarte —dijo, intentando sonar tranquila.
Kovu alzó la cabeza, ya más despierto.
—¿Te encuentras bien, querida?
Kiara forzó una expresión despreocupada, aunque su corazón aún latía con fuerza.
—Solo fue una pesadilla —respondió—. No te preocupes.
Kovu la observó unos segundos más, como si percibiera algo que ella no decía. Luego asintió lentamente.
—Está bien... descansa.
Pasaron algunos minutos hasta que la respiración de Kovu volvió a ser profunda y regular. Él dormía otra vez.
Kiara no.
Permaneció despierta, inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad de la cueva, mientras la sensación de caída seguía presente en su cuerpo. Sabía que aquello no había sido una pesadilla cualquiera. No había nacido del miedo... sino del pasado.
Un recuerdo.
Uno que había regresado sin avisar.
Uno que hubiera preferido no volver a sentir.
Un recuerdo indeseable.
¿Pero por qué ahora?
La pregunta la atormentaba mientras observaba a su familia. Kovu dormía a su lado. Sus hijos, ajenos a todo, descansaban plácidamente. La paz que tanto había luchado por construir estaba allí... frágil, vulnerable.
Kiara se levantó con cuidado y salió de la cueva de la Roca del Rey. El aire nocturno rozó su rostro cuando alzó la vista hacia el cielo, infinito, cubierto de estrellas. La belleza de la noche no lograba calmar la inquietud que le oprimía el pecho.
—¿Por qué ahora? —susurró para sí misma.
Un temor profundo se abrió paso en su mente.
—Solo espero que el pasado no alcance a mis hijos...
La luna seguía brillando sobre el reino, indiferente.
Pero Kiara ya no podía ignorarlo. Algo le decía que no se debía ignorar, era una especie de presentimiento.
Aquello no había sido solo una pesadilla.
Había sido una advertencia.
Al pasar las horas Kiara logra consolidar nuevamente el sueño.
Muy temprano por la mañana, cuando el sol comenzaba a asomarse por el horizonte, Kiara se encontraba en la punta de la Roca del Rey, observando el reino mientras todos aún dormían. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se percató de la presencia de Kovu, quien se acercó en silencio y, con voz serena, dijo:
—¿Kiara?
Ella reaccionó apenas, como si regresara de muy lejos.
—Oh... hola.
Kovu avanzó hasta colocarse a su lado, compartiendo la vista del reino. Permanecieron en silencio durante unos minutos, hasta que él habló nuevamente, procurando no mostrar su preocupación. Desvió la mirada del paisaje para observarla.
—Noté que no pudiste descansar bien... ¿no es así?
Kiara soltó un pequeño suspiro.
—Digamos que no fue una de mis mejores noches.
Kovu bajó levemente la cabeza.
—Estabas aterrada...
—¿Tanto se notó? —respondió ella.
—Fue la pesadilla... ¿verdad?
Kiara bajó la mirada, guardó silencio unos segundos y luego murmuró:
—Se sintió tan real...
Kovu se inclinó hasta quedar a su altura, buscando transmitirle calma.
—Tranquila... solo fue una pesadilla.
Pero Kiara no estaba convencida.
—No lo sé, Kovu —dijo con voz insegura—. Tengo un mal presentimiento. Siento que esto no fue solo un sueño... siento que algo va a ocurrir.
Kovu negó suavemente con la cabeza, intentando tranquilizarla.
—Oye... no pienses en eso. Trata de no hacerlo.
—Lo intento, créeme —respondió Kiara—. Pero siento un tormento en el corazón. Ya no logro sentir la paz y la tranquilidad de antes.
Guardaron silencio unos instantes.
—El pasado volvió a atormentarme —añadió ella finalmente.
Kovu reflexionó antes de responder.
—Puede ser. No voy a negar que el pasado siempre intenta regresar.
—¿Y eso no te preocupa? —preguntó Kiara.
Kovu la miró con calma.
—Kiara, ¿qué podemos hacer?
—¿Qué? —respondió ella, confundida.
—Quiero decir... esto está fuera de nuestro control. Todos tenemos un pasado, ya sea luminoso u oscuro. ¿Acaso crees que el mío no me atormenta?
Kovu continuó, con la voz firme pero serena:
—Mi pasado no fue bonito, y tú lo sabes. Fui criado desde pequeño entre odio, rencor y mentiras, destinado a destruir. Estaba perdido.
Kiara bajó la cabeza, escuchándolo en silencio.
—Pero tu amor me salvó —continuó Kovu—. Me permitió amar, sentir paz... y aun así, el pasado vuelve. Siempre lo hará. La diferencia es que ya no estamos atados a él.
Kovu alzó la mirada.
—No debemos permitir que nos engañe otra vez.
Kiara respiró hondo y, un poco más animada, levantó la cabeza.
—Tienes razón... siento que me estoy dejando influir por algo que ya pasó. Pero a veces... me cuesta.
Lo miró entonces directamente.
—¿Me ayudarás?
Kovu le devolvió la mirada, llena de amor y ternura.
—Toda mi vida lo haré.
Luego desvió la vista hacia el reino y añadió con determinación:
—Pase lo que pase... lo enfrentaremos juntos, cariño.
Kiara lo observó en silencio unos segundos. Respiró hondo y, con una leve pero firme sonrisa, respondió:
—Como siempre lo hemos hecho.
Más tarde ese mismo día...
En las profundidades del reino, en el lugar donde la luz se negaba a entrar, el hábitat de la sequía que mostraba a la tierra agrietada y estéril. Aquel sitio, conocido como las Lejanías, estaba condenado a la oscuridad y al abandono.
Desde la distancia se oían risas.
Pero no eran risas alegres. Eran forzadas, ásperas, casi desesperadas. Provenían de un grupo de hienas flacas y malhumoradas, las mismas que tiempo atrás habían atacado a los cachorros de Kiara y Kovu.
Una de ellas gruñó, babeando de hambre:
—Tengo muchísima hambre.
La líder del grupo, aún más furiosa, respondió con un tono calmado y cargado de sarcasmo:
—¿Ah, sí? No me digas... ¿y qué te apetece? ¿Una cebra, tal vez?
Los ojos de la hiena hambrienta se iluminaron. Baboseó aún más y dijo, emocionada:
—¿Cebra? ¿En serio? ¡Uy, sí! Yo quiero.
La hiena comenzó a correr en círculos alrededor de la líder, riendo como una demente. De pronto, la líder extendió la pata y la hizo caer de bruces al suelo.
—¡No, idiota! —rugió—. ¿De verdad crees que hay comida aquí? ¡Gran cerebro de excremento!
—Pero yo... —intentó decir la hiena, incorporándose.
—¡Todos tenemos hambre! —la interrumpió la líder—. ¡Así que cierra el hocico!
Otra de las hienas intervino, con rencor en la voz:
—Si no hubiera sido por los malditos de Kiara y Kovu...
Pronunció los nombres con burla y desprecio.
La líder dejó escapar una risa seca y mordaz.
—Cuidado... no menciones esos nombres —dijo con sarcasmo—. Qué miedo.
El grupo estalló en carcajadas.
—¡Majestades! —añadió otra hiena, fingiendo temblar—. Tiemblo solo de escucharlos.
Las risas se multiplicaron, descontroladas, como si por un instante lograran olvidar el hambre voraz que las consumía.
Entonces, desde el rincón más oscuro de las Lejanías, algo cambió.
Una figura comenzó a emerger lentamente de las sombras.
Era una leona desconocida. Su cuerpo mostraba los signos del paso del tiempo: arrugas marcadas, mechones de pelaje canoso, una presencia imponente y fría. Avanzó con paso firme y con una pata renga hacia las hienas, y cuando habló, su voz fue calmada... pero temida.
—Ahh... mis hienas.
La leona desconocida comenzó a subirse a una pequeña roca destacada.
—Mis pobres, ridículas e inútiles hienas —continuó, con una voz áspera y rígida.
Las risas murieron al instante.
La leona las observó con desprecio antes de continuar:
—Tanta burla, tanta risa, tanto festejo... y ni siquiera pudieron eliminar a tres pequeños, torpes y patéticos cachorros.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran.
—Desperdiciaron su oportunidad. Pero no me sorprende, es increíble y destacado que un grupo como ustedes aún no se extingue de esta patética tierra.
Escena extra #6
El sol comenzaba a asomar sobre la sabana, tiñendo los pastos de dorado y naranja. Rafiki estaba en lo alto de un baobab, meditando tranquilamente y en silencio reflejando de fondo el bello horizonte.
De pronto algo lo interrumpe: los animales del valle no se comportaban como siempre. Los antílopes se agrupaban nerviosos, los elefantes cambiaban de rumbo sin razón aparente, y los pájaros alzaban el vuelo en bandadas caóticas, como huyendo de algo que todavía no podía ver.
Rafiki apretó su bastón, su mirada fija en las Lejanías, donde las sombras parecían moverse más densas que antes.
—Más señales... —murmuró preocupado—. Se están intensificando. Esto es más grave de lo que pensé. Se acerca cada vez más y amenaza a la naturaleza. Debo advertirle a Kiara.
Mientras la sabana despertaba, el viejo mandril permaneció en silencio, sabiendo que el ciclo de la vida estaba a punto de ser puesto a prueba.
Thoughts
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PermalinkLa leona vieja de la pata renga no bajó a retar hienas, bajó a juntar gente que le sirva. Y para dos capítulos más adelante va a estar hablando por la boca de alguien de la Roca del Rey.
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PermalinkMe agarró la parte en que Kovu se vuelve a dormir y ella se queda quieta mirando la oscuridad de la cueva. Esa hora en que ya descansan todos menos uno.
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PermalinkKiara le dice a Kovu que lo intenta pero que le cuesta. ¿Le va a contar lo de la otra voz detrás de Zira, o se lo calla hasta que sea tarde?
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PermalinkLa caída pega porque ella ya sabía que eso no era un sueño antes de caer. Y Zira riéndose desde arriba, esa risa hueca, me dejó helado.
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PermalinkLas hienas riéndose de hambre me quedó muy real. Esa risa forzada para no pensar en que ahí no hay nada que comer.
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PermalinkLos ojos amarillos.
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PermalinkZira otra vez. uff
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