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Capítulo 59: Un día de reflexión

DNavarrete
Pensamiento

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TeresaGuz

La pregunta de Sylwen en el banco de piedra es la misma que yo llevaba varios capítulos haciéndome. Ella estuvo en aquella espera de días con su madre y se marchó con una carta seca, así que eso de quedarse con las dos cosas a la vez le cuesta mucho más q

La pregunta de Sylwen en el banco de piedra es la misma que yo llevaba varios capítulos haciéndome. Ella estuvo en aquella espera de días con su madre y se marchó con una carta seca, así que eso de quedarse con las dos cosas a la vez le cuesta mucho más que a los vecinos a los que Anna les trajo grano y refugios. Me parece que Maelys le contesta bien pero desde fuera, y que la conversación de verdad tendrá que ser con Anna cara a cara. ¿Tienes pensado que Sylwen le saque a Anna lo de su madre?

Contenido de la publicación

Por primera vez en mucho tiempo…

 

Garoum se sentía profundamente incómodo.

 

No era una incomodidad por peligro, ni por una misión difícil, ni por una orden complicada. Era algo mucho más molesto: una sensación de vulnerabilidad que le revolvía el estómago.

 

—No me gusta esto —repitió por décima vez en menos de media hora.

 

—Lo sé —respondió Lyra sin apartar la vista del camino, con una sonrisa satisfecha.

 

—Nada de esto me gusta.

 

—Lo sé.

 

—Sigo pensando que es una pésima idea.

 

—Ya lo sé, Garoum.

 

El hombre soltó un suspiro tan largo y pesado que parecía querer expulsar toda su frustración por la boca.

 

La responsable de todo aquello caminaba a su lado con las manos entrelazadas detrás de la espalda, la cabeza erguida y una expresión de absoluta tranquilidad.

 

Lyra.

 

Por supuesto que era culpa de Lyra.

 

Aquella mañana, Anna les había concedido el día libre mientras ella se reunía con Selene y Demian para tratar asuntos de la ciudad. Y Lyra, que rara vez desaprovechaba una oportunidad para cambiar la rutina, había decidido que era el momento perfecto para salir a caminar… sin uniforme ni armadura.

 

El problema era que para Garoum, la armadura no era solo una prenda de protección: era parte de su identidad.

 

Volvió a repasar su ropa con la mirada, como si esperara que apareciera una placa de acero por arte de magia: una camisa de lino oscuro, pantalones resistentes, botas cómodas y nada más. Ni hombreras, ni peto, ni guanteletes, ni siquiera el cinturón reforzado que solía llevar.

 

—Me siento desnudo —murmuró con un gesto de disgusto.

 

—Llevas más ropa que yo —respondió ella, levantando una ceja con diversión.

 

—Ese no es el punto.

 

—Entonces explícame cuál es, porque no lo veo.

 

—El punto es que un hombre de mi posición debe presentarse con dignidad y protección. ¡Una persona respetable no anda por las calles como si fuera un granjero cualquiera!

 

—Estamos paseando, no marchando a la guerra —le recordó ella, con un tono suave pero cargado de burla.

 

—¡Precisamente! ¡Y si no hay guerra, es cuando más hay que estar preparado por si llega de repente!

 

Lyra soltó una risa clara y alegre, que hizo que algunos transeúntes cercanos se giraran a mirarlos con curiosidad.

 

Detrás de ellos, Sylwen observaba toda la discusión con una diversión creciente. Era una escena que nunca habría imaginado ver: dos guerreros experimentados, acostumbrados a comandar guardias y enfrentar peligros, discutiendo por una pieza de metal como si fuera un asunto de vida o muerte.

 

—Nunca pensé que alguien pudiera extrañar tanto una armadura —comentó la elfa, acercándose un poco más.

 

—Es cómoda —respondió Garoum con total seriedad.

 

—¿Cómoda? —repitió ella, incrédula—. Es una estructura de acero pesada y rígida.

 

—Exacto. Es pesada, rígida, segura y conocida. Eso es comodidad para quien lleva años usándola.

 

—Eso no responde nada.

 

—Responde todo.

 

Sylwen no pudo contenerse más y soltó una pequeña carcajada. Garoum la miró con fingida reprobación.

 

—Lo siento —dijo ella, limpiándose una lágrima imaginaria de la comisura del ojo.

 

—No lo sientes en absoluto.

 

—No, tienes razón. No lo siento.

 

—Ya pensaba yo.

 

Mientras continuaban su camino, la vida de la ciudad se desplegaba a su alrededor con una calma que envolvía todo el ambiente. Los comerciantes abrían sus puestos con los primeros rayos del sol, exhibiendo frutas, telas y objetos de artesanía; los herreros golpeaban el metal con un ritmo constante y rítmico; los niños corrían entre las calles estrechas, riendo y persiguiéndose sin miedo.

 

Y lo más sorprendente: cada poco paso, alguien se detenía para saludarlos con respeto y sonrisas sinceras.

 

—¡Buenos días, Lady Lyra!

 

—Que tenga un día próspero —respondió ella con una inclinación de cabeza.

 

—¡Buen día, Capitán Garoum!

 

—Buenos días —contestó él, más serio de lo habitual.

 

—¡Y buenos días para usted también, señorita Sylwen!

 

La joven elfa parpadeó varias veces, como si hubiera escuchado mal. Todavía no terminaba de acostumbrarse a aquello: a que la gente la mirara sin desconfianza, a que le sonrieran sin miedo, a que nadie se apartara de su camino como si fuera una amenaza.

 

Un anciano que vendía hierbas secas desde un puesto de madera levantó la mano en señal de saludo amistoso y le dijo con voz suave:

 

—Me alegra verla por aquí, recuperada y tranquila.

 

Sylwen se quedó inmóvil durante unos segundos, con la garganta ligeramente apretada. Luego, casi por instinto, inclinó la cabeza con respeto.

 

—Gracias —respondió en un susurro.

 

Era una palabra sencilla, pero que le resultaba extraña de pronunciar en aquel contexto. Hacía mucho tiempo, muchísimo tiempo, que nadie le hablaba así.

 

Recordó entonces lo que había vivido años atrás, cuando apenas era una niña y viajó con su madre hasta estas mismas calles. Habían venido como emisarias de su pueblo, cargadas de peticiones y esperanzas, buscando ser escuchadas y pedir una tregua. Pero en aquel entonces, la ciudad era diferente: fría, cerrada, hostil. La gente las miraba con recelo, como si fueran una plaga. Y la gobernante de aquel entonces —la Anna de antes, fría y arrogante— ni siquiera se dignó a recibirlas. Las dejaron esperando días enteros, para luego despedirlas con una carta seca y sin respuesta clara.

 

Ahora, al mirar a su alrededor, todo parecía otro mundo. Las mismas calles, las mismas casas, pero con un aire totalmente distinto. Nadie se apartaba al ver sus orejas puntiagudas ni su espada al cinto. Nadie le gritaba ni le lanzaba miradas de odio.

 

—Sigues sorprendida —comentó Lyra, notando su expresión pensativa.

 

—Un poco —admitió Sylwen, volviendo a la realidad.

 

—Te acostumbrarás.

 

—No estoy segura. Hace años, cuando vine aquí por primera vez… era todo muy distinto.

 

Lyra se quedó en silencio, esperando que continuara.

 

—La gente nos miraba como si fuéramos enemigos. Nos dejaron esperando durante días sin recibir respuesta. La entonces gobernante ni siquiera nos concedió una audiencia. Nos fuimos con las manos vacías y con más dolor que cuando llegamos.

 

Garoum bajó ligeramente la mirada, entendiendo perfectamente de qué hablaba.

 

—Muchas cosas cambiaron desde entonces —le dijo con voz grave pero tranquila—. Y no todo fue fácil ni rápido. Pero cambió.

 

Sylwen asintió lentamente, mirando de nuevo a los transeúntes que pasaban a su lado sin ningún temor.

 

—Lo veo. Y es extraño… pero también agradable.

 

Mientras hablaban, varias miradas seguían posándose sobre ellos, especialmente sobre Garoum. Sylwen no tardó en notarlo.

 

—¿Por qué todos lo miran tanto? —preguntó en voz baja.

 

—Porque destaca —respondió Lyra con una sonrisa traviesa, sin mirarlo directamente.

 

La elfa observó con atención al hombre que caminaba a su lado, y comprendió al instante lo que quería decir. Sin las placas de acero que cubrían su cuerpo, su figura se veía aún más imponente: la espalda ancha y recta, los hombros marcados por años de entrenamiento, los brazos cubiertos de cicatrices que contaban historias de cientos de batallas, y esa forma de caminar pesada y segura, como si llevara el peso de toda la ciudad sobre sus hombros sin esfuerzo. Parecía una fortaleza ambulante, incluso vestido con ropa sencilla.

 

—Ahora entiendo —dijo ella.

 

—¿Verdad? —añadió Lyra, esperando ver su reacción.

 

—Sí. Aunque… también lo miran a usted, Lyra.

 

Garoum frunció el ceño, un poco molesto.

 

—¿Qué? ¿También a mí?

 

—No hablaba de ti —respondió la caballera con una sonrisa maliciosa, señalándose a sí misma con un gesto elegante—. Hablaba de mí. También me miran mucho.

 

—Eso es diferente —replicó él de inmediato.

 

—¿Por qué? —insistió ella, cruzándose de brazos y reduciendo el paso para ponerse frente a él.

 

—Porque… porque Lady Lyra es bonita.

 

El silencio cayó sobre ellos de golpe.

 

Lyra se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos al principio, y luego una sonrisa lenta, amplia y absolutamente victoriosa se dibujó en sus labios.

 

Garoum se dio cuenta de lo que acababa de decir al mismo tiempo que las palabras salían de su boca. Se quedó paralizado, con la garganta seca y las mejillas tiñéndose de un leve rubor que intentó disimular tosiendo con fuerza.

 

—¿Escuchaste eso? —preguntó Lyra, acercándose un poco más, disfrutando cada segundo.

 

—No —respondió él con voz ronca, mirando hacia cualquier lado menos a ella.

 

—Sí lo hiciste. Lo dijiste clarito.

 

—No he dicho nada.

 

—Claro que sí. Dijiste que soy bonita.

 

—No recuerdo haber pronunciado esas palabras.

 

—Pues yo sí las escuché. Y Sylwen también.

 

La elfa asintió con la mayor inocencia posible, aunque por dentro estaba a punto de estallar en risas:

 

—Yo también lo escuché claramente.

 

Garoum cerró los ojos con fuerza, como si quisiera despertar de una pesadilla. Por primera vez en toda su vida, lo único que deseaba era que apareciera su armadura de golpe, meterse dentro de ella y cerrar todas las placas hasta que nadie pudiera verle ni hablarle.

 

—Vamos a seguir caminando —dijo con voz más grave de lo habitual, acelerando el paso.

 

Lyra soltó una carcajada sonora y alegre, y lo siguió con pasos ligeros, muy satisfecha con el resultado de la mañana.

 

—¡Adónde vas con tanta prisa, Garoum! ¡Aún nos queda todo el día libre!

 

Y mientras la risa de ella resonaba entre las calles, Sylwen los miraba con una sonrisa tranquila, pensando que, en efecto, aquella ciudad ya no era la misma que recordaba… y tal vez, al final, tampoco ella.

 

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en las calles comerciales más animadas del centro…

 

Maelys estaba convencida de que todo iba a salir mal.

 

Muy mal.

 

Terriblemente mal.

 

—¿Por qué estás tan tensa? —preguntó Marien, caminando a su lado mientras observaba con calma los escaparates llenos de mercancías.

 

—No estoy tensa —respondió el joven demonio, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo habitual.

 

—Llevas diez minutos mirando a todos lados como si esperaras que saliera alguien de detrás de cada farola para atacarte —añadió Eliana, sonriendo con amabilidad.

 

—Eso no es estar tensa —insistió Maelys, aunque sus hombros estaban rígidos y su cola se movía de un lado a otro con tanta rapidez que parecía un péndulo enloquecido.

 

—Eso es exactamente estar tensa —concluyeron las dos al unísono.

 

Eliana soltó una pequeña risa, mientras seguían avanzando entre el bullicio de la mañana. Las tres habían decidido aprovechar el día libre para recorrer la ciudad, ya que aún quedaban muchas cosas por preparar antes de partir hacia la Academia Imperial: uniformes, libros, cuadernos, tintas, instrumentos para las clases de magia, y todo tipo de útiles que Maelys ni siquiera sabía que existían.

 

Por primera vez desde que habían llegado, ninguna vestía ropa de servicio, ni armaduras, ni emblemas oficiales. Solo llevaban prendas sencillas, cómodas y de colores claros, igual que cualquier otra joven que saliera de su casa.

 

Bueno… casi igual.

 

Porque Maelys seguía teniendo sobre la cabeza dos cuernos negros, curvos y brillantes que llamaban la atención a primera vista. Y detrás de ella, una larga cola cubierta de un pelaje suave y oscuro, que se movía sin parar por la inquietud que sentía.

 

Y eso atraía miradas.

 

Muchas miradas.

 

Demasiadas miradas para su gusto.

 

Cada vez que alguien se detenía un instante para observarla, Maelys sentía cómo se le apretaba el pecho y su corazón latía con fuerza. Se preparaba para lo que, según sabía, solía ocurrir: susurros despectivos, comentarios a media voz, miradas de recelo o incluso insultos directos. Había escuchado demasiadas historias, demasiados relatos de cómo eran tratados los de su raza en otros reinos, especialmente en los años en que Anna gobernaba con mano dura y todos veían a los demonios como una amenaza que debía ser contenida o expulsada.

 

Por eso, cuando una comerciante de mediana edad, con el delantal manchado de harina y las manos callosas de trabajar, se detuvo frente a su puesto de pan para mirarla con atención, Maelys ya tenía la respuesta lista en la mente: aguantar, no mostrar miedo, y marcharse en cuanto fuera posible.

 

La mujer la observó de arriba abajo durante unos segundos.

 

Maelys apretó los puños dentro de sus mangas.

 

—Vaya —dijo al final la mujer, con una expresión de pura curiosidad.

 

Maelys parpadeó, confundida.

 

—¿Eh?

 

—Hace mucho tiempo que no veía a alguien de tu raza caminando por estas calles con tanta naturalidad —explicó la comerciante, apoyándose en el mostrador.

 

La joven demonio volvió a parpadear, sin saber qué esperar.

 

—¿Eso es todo? —preguntó con voz temblorosa.

 

—¿Todo qué?

 

—Nada… olvídelo.

 

La mujer soltó una risa cálida y amistosa, y le tendió un pequeño pan recién horneado, todavía tibio.

 

—Bienvenida a la ciudad, muchacha. Espero que te sientas cómoda aquí.

 

Y sin más, volvió a atender a otro cliente, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

 

Maelys se quedó inmóvil en medio de la acera, con el pan en la mano y la mente en blanco.

 

Confundida.

 

Muy confundida.

 

A medida que avanzaban por la calle, la escena se repetía una y otra vez.

 

La gente miraba, por supuesto que miraba. Era imposible no hacerlo: los cuernos, la cola, la piel con un tono ligeramente más oscuro que el de los humanos, todo ello era algo que no se veía a diario. Pero después de esa primera mirada de sorpresa, la reacción cambiaba por completo.

 

Algunos sonreían con amabilidad.

 

Otros levantaban la mano en un saludo breve.

 

Y unos pocos, más atrevidos o simplemente más curiosos, se acercaban con preguntas sencillas y sin malicia:

 

—¿Tus cuernos son sensibles si te tocan?

 

—¿Es verdad que la cola se mueve sola cuando sientes emociones?

 

—¿Realmente podéis ver en la oscuridad sin necesidad de luz?

 

—¿Vuestra magia es siempre de fuego o hay otros tipos?

 

Nadie se apartaba de su camino como si llevara una enfermedad. Nadie hablaba en voz baja señalándola con desprecio. Nadie le gritaba que se fuera. Solo había interés sincero, como si estuvieran conociendo algo nuevo, no algo peligroso.

 

Mientras caminaba, Maelys empezó a fijarse en la ciudad con otros ojos. No era solo un conjunto de calles y edificios, sino un lugar vivo, que respiraba con su propio ritmo.

 

Las calles estaban llenas de luz; los rayos del sol entraban entre los tejados inclinados, iluminando las fachadas de piedra blanca y las macetas de flores que colgaban de los balcones. El aire olía a pan recién hecho, a especias de tierras lejanas, a madera fresca y a la fragancia dulce de las rosas que crecían en los jardines cercanos. Se escuchaba un murmullo constante y alegre: el regateo de los comerciantes, las risas de los niños que corrían entre los puestos, el sonido de los martillos de los herreros y el canto de los pájaros en los árboles.

 

Veía humanos, elfos, enanos y hasta algunas razas menos comunes, todos mezclándose sin problemas, compartiendo mesas en las tabernas, comprando en las mismas tiendas y charlando como si siempre hubieran vivido juntos. Era algo que, en su tierra natal, solo veía en sus sueños más lejanos.

 

—No lo entiendo —murmuró de pronto, deteniéndose frente a una gran tienda con letreros de madera donde se anunciaban libros, mapas y útiles de estudio.

 

Eliana se giró hacia ella con una sonrisa comprensiva.

 

—¿Qué es lo que no entiendes?

 

—No parecen tener miedo —dijo Maelys, bajando la mirada hacia sus propias manos—. Ni se alejan de mí. Ni me miran como si fuera una amenaza.

 

—Porque no lo eres —respondió Marien con suavidad, acariciándole el hombro.

 

—Pero… soy un demonio. Siempre me han dicho que nuestra sola presencia genera desconfianza, que la gente teme que traigamos destrucción…

 

—Te están viendo a ti, Maelys —interrumpió Marien con firmeza, pero con ternura—. No están viendo el rumor que cuentan en otros reinos. No están viendo la imagen que se pintó de tu raza en los años de conflicto. No están viendo las historias de monstruos que asustan a los niños.

 

—Están viendo a una chica joven que va a estudiar —añadió Eliana, señalando con la cabeza hacia el escaparate lleno de libros—. Están viendo a una persona.

 

Maelys se quedó en silencio, asimilando esas palabras mientras su cola se movía con menos nerviosismo que antes.

 

En ese momento, el dueño de la tienda salió por la puerta, cargando con dos cajas de madera llenas de papel y tinta. Al levantar la vista y verla, se detuvo un instante, examinándola con atención.

 

Maelys reaccionó por instinto: se puso tensa, agachó ligeramente la cabeza y se preparó para lo que fuera. Era un reflejo que había aprendido desde niña, para protegerse de miradas hostiles.

 

El hombre observó sus cuernos, luego su cola, y finalmente sus ojos.

 

Y entonces sonrió con una expresión abierta y amistosa.

 

—¿Tú debes ser la nueva estudiante de la que hablaban, verdad? —preguntó, dejando las cajas en el suelo con cuidado.

 

Maelys tardó unos segundos en reaccionar, confundida una vez más.

 

—¿Yo?

 

—Así es. Hace unos días nos llegó un aviso desde el castillo: Lady Anna dijo que llegarían jóvenes estudiantes de diferentes orígenes para ingresar en la Academia Imperial, y que debíamos tratarlos con la misma cortesía que a cualquier otro.

 

—Sí… soy yo —respondió ella, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón, pero esta vez no por miedo, sino por algo más cálido.

 

—Excelente. Entonces pasa, pasa —le indicó el hombre, abriendo la puerta de par en par—. Tenemos todo lo que necesitas: cuadernos de pergamino, tinta resistente a la magia, varitas de iniciación, mapas detallados y hasta libros de historia con ilustraciones. Tenemos que prepararlo todo antes de que empiecen las clases.

 

Y por primera vez en toda la mañana, la cola de Maelys dejó de moverse con inquietud. Se quedó quieta, relajada, colgando suavemente detrás de ella.

 

Mientras cruzaba el umbral de la tienda, rodeada de estanterías llenas de libros y el olor agradable del papel y la madera, empezó a comprender algo que nadie le había explicado tan claramente antes.

 

En esta ciudad, no veían a un demonio.

 

No veían una raza.

 

No veían un pasado lleno de conflictos.

 

Veían a una estudiante.

 

Veían a una persona.

 

Y esa diferencia era mucho más grande, más profunda y más esperanzadora de lo que ella jamás había imaginado.

 

No tardaron demasiado en reunirse todos de nuevo.

 

La plaza central seguía tan llena de gente y actividad como siempre: el bullicio de las voces, el sonido de las monedas al cambiar de manos, las risas de los niños que corrían entre los puestos y el movimiento constante de quienes iban y venían por los caminos de piedra.

 

Y en medio de todo aquello, imponente y brillando bajo el sol, seguía en pie la enorme estatua de mármol blanco que había provocado la crisis de furia y vergüenza de Anna apenas unas horas antes.

 

Garoum seguía esforzándose por no mirarla, como si fingir que no existía fuera suficiente para que desapareciera.

 

Lyra hacía lo mismo, aunque con más éxito.

 

Sylwen ya había aceptado su presencia: era inútil luchar contra algo que estaba ahí para quedarse, al menos por ahora.

 

Y Maelys seguía sin entender por qué nadie había ordenado retirarla, si estaba claro que ponía a la gobernante de peor humor que una tormenta de invierno.

 

En ese momento llegaron Eliana y Marien, cargando con varias bolsas de tela llenas de libros, pergaminos y útiles de estudio.

 

El silencio duró exactamente tres segundos.

 

Eliana fijó la vista en Garoum.

 

Parpadeó una vez.

 

Volvió a mirarlo con más atención.

 

Y de pronto estalló en una carcajada sonora que resonó por toda la plaza.

 

—¡JAJAJAJAJAJAJA!

 

Garoum cerró los ojos con fuerza, deseando que la tierra se lo tragara en ese instante.

 

—No.

 

—¡JAJAJAJAJAJA!

 

—No empieces, Eliana.

 

—¡No puedo evitarlo! —respondió ella, sujetándose el estómago y doblándose por la risa—. ¡Sigues con esa expresión de estar profundamente incómodo! ¡Pareces un oso acostumbrado a vivir en la montaña al que obligaron a vestirse para un banquete de la realeza!

 

—¡Porque lo estoy! —replicó él, cruzándose de brazos con gesto de disgusto.

 

—¡Es que se te nota en cada músculo! ¡Casi espero que en cualquier momento te rasques la cabeza como si te estorbara la ropa!

 

—¡ELIANA!

 

—¡JAJAJAJA!

 

Lyra, que hasta ese momento había logrado mantener una compostura digna, terminó girando la cabeza hacia el otro lado para ocultar la sonrisa que se le escapaba.

 

Un error. Un error muy grave.

 

Garoum la vio de reojo.

 

—Tú también.

 

—¿Yo qué? —preguntó ella, volviendo a mirarlo con fingida inocencia.

 

—Tú empezaste todo esto.

 

—No sé de qué hablas.

 

—Claro que sí. Fuiste tú quien dijo que saliéramos sin armadura.

 

—No tienes pruebas.

 

—Tengo testigos.

 

—Objeción denegada —respondió ella con una media sonrisa.

 

Eliana volvió a reír con más fuerza, y eso fue suficiente para hacer saltar la paciencia del guerrero.

 

Garoum dio un paso hacia adelante.

 

Eliana retrocedió de inmediato, con los ojos muy abiertos.

 

—Oh no.

 

—Oh sí.

 

—¡Lyra, ayúdame! —gritó ella.

 

—No me metas en esto —respondió la caballera, empezando a darse la vuelta.

 

—¡LYRA!

 

Pero ella ya había empezado a caminar con pasos cada vez más rápidos, alejándose de la zona de conflicto.

 

—¡Traidora! —le gritó Garoum.

 

—¡Fue tu idea aceptar! —le respondió ella sin detenerse.

 

—¡Eso no ayuda nada!

 

Un segundo después, toda la escena se convirtió en una persecución cómica por la plaza: Eliana corriendo entre los puestos para escapar, Garoum persiguiéndola con la intención de darle un pequeño golpe en la nuca o quitarle los sombreros que veía a mano, y Lyra acelerando el paso para no quedar atrapada en medio de la venganza.

 

Mientras tanto, los ciudadanos que pasaban los miraban con total naturalidad, sonriendo o negando con la cabeza como si fuera algo que ocurría cada semana.

 

Como si aquello explicara perfectamente cómo funcionaban las cosas en la ciudad.

 

Y quizás, en el fondo, así era.

 

Mientras tanto, lejos de aquel caos de risas y carreras, Sylwen y Maelys se quedaron sentadas en una banca de piedra, justo al pie de la enorme estatua. Marien había dicho que volvería enseguida, ya que se había adelantado para recoger unos últimos materiales que necesitaba para sus clases de sanación.

 

Por primera vez en todo el día, hubo un momento de calma absoluta.

 

Las dos se quedaron en silencio, observando el movimiento de la plaza: los niños que corrían detrás de una pelota de cuero, las familias que compartían un almuerzo al aire libre, los artesanos que explicaban sus productos a los compradores, las parejas que paseaban hablando en voz baja. Todo parecía fluir con una tranquilidad que parecía imposible de romper.

 

Pero poco a poco, una cosa empezó a llamar la atención de Sylwen.

 

Una y otra vez.

 

Una y otra vez.

 

En casi todas las conversaciones que alcanzaba a escuchar, aparecía el mismo nombre.

 

—Lady Anna ayudó a mi hijo cuando la fiebre casi se lo lleva.

—Lady Anna convenció a los comerciantes de traer grano cuando las cosechas fallaron.

—Lady Anna consiguió trabajo para mi esposo cuando perdió su puesto en la construcción.

—Lady Anna organizó los refugios durante la última tormenta.

—Lady Anna hizo esto.

—Lady Anna resolvió aquello.

 

Era constante. A veces aparecían otros nombres: Selene, Demian, la maestra de sanación, el capitán de la guardia… pero casi siempre, la conversación volvía a terminar en el mismo punto.

 

Anna.

 

Como si su nombre estuviera grabado en cada rincón, en cada historia y en el corazón mismo de la ciudad.

 

Sylwen alzó la vista hacia la estatua: aquella figura de mármol con la mirada serena, las manos juntas sosteniendo una rosa, la inscripción que la llamaba salvadora y esperanza. Luego volvió a mirar a la gente a su alrededor, y finalmente fijó la vista de nuevo en la piedra.

 

—No lo entiendo —murmuró en voz baja.

 

Maelys giró la cabeza hacia ella, curiosa.

 

—¿Qué cosa no entiendes?

 

—Esto —respondió la elfa, señalando con un gesto amplio toda la plaza, las calles, las casas y la gente—. Siguen hablando de ella. Y no solo eso: la quieren, la respetan, le dan las gracias.

 

Maelys guardó silencio, porque sabía exactamente lo que sentía su compañera.

 

Sylwen bajó la mirada hacia sus propias manos, con la frente fruncida por la confusión y el dolor.

 

—Ellos saben quién era antes —continuó con voz más grave—. No lo olvidaron. La gente recuerda los años en que gobernaba con mano dura, cuando no escuchaba a nadie, cuando nos rechazó a nosotros y a tantos otros. Recuerdan los errores, las decisiones frías, el daño que causó.

 

—Sí —asintió Maelys suavemente.

 

—Entonces… ¿por qué? —preguntó ella, y su voz salió más sincera, más vulnerable que nunca—. Si recuerdan todo lo que hizo mal… ¿cómo pueden seguir sonriendo cuando pronuncian su nombre? ¿Cómo pueden agradecerle? ¿Cómo pueden mirarla sin odio?

 

El silencio se instaló entre las dos, pero no era un silencio vacío: estaba lleno de una pregunta que llevaba tiempo dando vueltas en la mente de Sylwen. Porque ella recordaba muy bien: recordaba el viaje de su madre, la espera interminable, la respuesta seca y arrogante, el regreso con las manos vacías y el dolor que nunca se curó del todo. Recordaba a su padre, la tierra de su pueblo, todo lo que se había perdido. Y por eso le resultaba imposible comprender cómo el resto podía mirar a Anna con tanta tranquilidad y afecto.

 

Maelys observó a su compañera durante unos segundos, luego alzó la vista hacia la estatua inmensa y, finalmente, hacia el horizonte donde se veían las torres del castillo.

 

—Creo… —empezó con voz suave y reflexiva— creo que no eligieron entre el pasado y el presente.

 

Sylwen levantó la vista rápidamente, con los ojos muy abiertos.

 

—¿Qué quieres decir?

 

—No olvidaron lo que fue ni lo que hizo antes —explicó la joven demonio con calma—. Pero tampoco decidieron ignorar lo que ha hecho desde entonces. No eligieron borrar una parte para quedarse solo con la otra. Simplemente… aceptaron que ambas cosas existen.

 

Hizo una pausa y sonrió con más ternura.

 

—Y al final, decidieron quedarse con ambas. Recordar lo que no debe volver a repetirse, y valorar lo que sí ha cambiado.

 

Sylwen se quedó en silencio, dejando que esas palabras se asentaran despacio en su mente. Miró de nuevo la ciudad: las risas, las puertas abiertas, las razas que convivían en paz, las manos que se tendían para ayudar. Pensó en el pasado, en el dolor, en la rabia que todavía sentía a veces. Y por primera vez, empezó a preguntarse si tal vez estaba intentando entender el perdón de la forma equivocada.

 

Tal vez no se trataba de olvidar.

 

Tal vez se trataba de aprender a ver todo lo que había cambiado, sin dejar de recordar lo que enseñaba.

 

Y mientras el sol seguía iluminando la plaza, Sylwen sintió que, poco a poco, empezaba a comprender algo que no le habían explicado en libros ni en lecciones: que las personas no son de una sola pieza, y que el cambio verdadero no borra la historia… sino que le da un nuevo sentido.

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  • TeresaGuz

    La pregunta de Sylwen en el banco de piedra es la misma que yo llevaba varios capítulos haciéndome. Ella estuvo en aquella espera de días con su madre y se marchó con una carta seca, así que eso de quedarse con las dos cosas a la vez le cuesta mucho más que a los vecinos a los que Anna les trajo grano y refugios. Me parece que Maelys le contesta bien pero desde fuera, y que la conversación de verdad tendrá que ser con Anna cara a cara. ¿Tienes pensado que Sylwen le saque a Anna lo de su madre?

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