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Capítulo 5: Una mesa que vuelve a ser observada

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Che, el Consejo revisando clínicas, hospitales y hasta el mercado negro sin encontrar nada me dejó más intrigada que todo lo del comedor. Apuesto a que la desaparición termina atada a esos informes de becados que Clara le muestra a Elena al final: Yuji no

Che, el Consejo revisando clínicas, hospitales y hasta el mercado negro sin encontrar nada me dejó más intrigada que todo lo del comedor. Apuesto a que la desaparición termina atada a esos informes de becados que Clara le muestra a Elena al final: Yuji no volvió por venganza, volvió sabiendo algo. Y Adrián me huele a que es el primero que se pasa de lado.

Contenido de la publicación

Yuji llegó finalmente a la mesa.

 

Era la de siempre. Aquella que habían ocupado el año anterior: sencilla, de madera desgastada, situada lejos de los grandes ventanales y de las zonas donde solían reunirse los estudiantes de apellidos ilustres.

 

Allí estaban Miyu, Ren y Airi.

 

Para cualquiera que pasara por cerca, aquella mesa no tenía nada especial. Pero para ellos significaba todo. Habían compartido innumerables almuerzos allí: risas, discusiones, confidencias y silencios. Y, sobre todo, habían convertido aquel rincón en uno de los pocos lugares de la academia donde las jerarquías simplemente dejaban de existir.

 

Miyu tenía posición suficiente para sentarse en cualquiera de las mesas principales. Ren también. Pero nunca lo hicieron. Desde el primer día eligieron este rincón, junto a los becados. Y Yuji —entonces un chico de cabello oscuro, lentes y uniforme sencillo— había sido parte de aquel pequeño grupo.

 

Quizá por eso los demás se habían alejado. No porque alguien se lo hubiera prohibido. Simplemente: sentarse con los becados había hecho que Miyu y Ren dejaran de ser bienvenidos en los círculos más altos. Y a ellos nunca les importó.

 

Los estudiantes becados, en cambio, sí lo agradecieron. Para muchos de ellos, aquella mesa era el único lugar donde podían sentarse sin sentir que cada mirada los juzgaba por su apellido, sus notas o el dinero de sus familias.

 

Yuji dejó su bandeja sobre la mesa.

 

—Aquí estamos.

 

Se sentó junto a Airi. Miyu levantó la mirada.

 

—Por fin.

 

Ren sonrió.

 

—Pensé que tardarías más.

 

—Hubo un pequeño inconveniente.

 

Miyu soltó una carcajada.

 

—¿Pequeño?

 

Ren miró hacia el otro extremo del comedor. Allí, Valeria seguía intentando limpiar su uniforme con expresión desesperada.

 

—Bueno… depende de cómo definamos «pequeño».

 

Yuji tomó asiento con calma. Pero algo había cambiado.

 

Las conversaciones a su alrededor se habían apagado poco a poco. No por orden de nadie. Sino porque prácticamente todos en el comedor tenían la vista fija en aquella mesa.

 

Yuji apoyó ambas manos sobre la madera.

 

—¿Por qué todos nos miran tanto?

 

Miyu arqueó una ceja.

 

—¿En serio preguntas eso? Tú que no abres los ojos…

 

—Siento las miradas —respondió él con calma—. Pesan demasiado.

 

Ren apoyó el mentón en una mano.

 

—Porque ahora eres la persona más comentada de toda la academia.

 

Yuji ladeó levemente la cabeza.

 

—¿Comentada? ¿Qué dicen?

 

Miyu suspiró y sacó su dispositivo, colocándolo frente a él.

 

—Pues como no puedes ver, te lo leeré yo. —Empezó a deslizar la pantalla con el dedo—. Dicen que… «¿El estudiante desaparecido ha vuelto?», «¿Yuji Kuzonoha ahora es una chica?», «¿Qué ocurrió durante su desaparición?», «¿Por qué nunca abre los ojos?»… y… «¿Es realmente humano?».

 

Yuji escuchó en silencio. Al terminar, esbozó una pequeña sonrisa.

 

—Vaya.

 

—¿Solo «vaya»? —se extrañó Miyu—. ¡Toda la academia está hablando de ti! ¡Dicen cosas terribles y absurdas!

 

—Ya me lo imagino. —Yuji ladeó la cabeza hacia ella, con una sonrisa que se volvió traviesa—. Gracias por leérmelo, Miyu. Eres muy amable. Casi pareces mi lectora personal.

 

Miyu se sonrojó ligeramente y le dio un suave golpe en el brazo.

 

—¡No te burles! Solo te lo leo porque tú… bueno… porque prefieres mantener los ojos cerrados.

 

—Es mucho más tranquilo así —respondió él con inocencia—. Además, si los abriera, dejaría de necesitarte. Y eso sería una lástima.

 

Ren soltó una carcajada. Miyu abrió la boca para replicar, pero terminó sonriendo entre resignada y divertida.

 

—Estás insoportable. Pero escúchame bien: lo que dicen es importante.

 

—Lo sé. —Yuji recuperó la serenidad—. Continúa.

 

Ren señaló discretamente hacia otras mesas.

 

—Y eso no es lo único que está pasando. Mira.

 

Varios estudiantes empezaban a acercarse. Algunos fingían pasear distraídamente. Otros susurraban entre ellos sin dejar de mirar. Incluso un par de chicas que jamás se habían acercado a aquella mesa ahora parecían buscar cualquier excusa para hacerlo.

 

Miyu frunció el ceño.

 

—Y ahora vienen todos. Quieren acercarse a ti.

 

—¿Ah, sí? —Yuji mantuvo la calma—. ¿Y por qué lo hacen?

 

—Porque ahora eres misteriosa, llamas la atención y todo el mundo habla de ti —explicó Ren con ironía—. Pero hace un año, cuando eras un chico becado y sin respaldo… nadie quería sentarse contigo. Nadie quería saber tu nombre.

 

Yuji guardó silencio.

 

—Ahora en cambio… —continuó Ren—, de repente descubrieron que siempre fueron tus amigos.

 

Miyu soltó una risa amarga.

 

—Y lo peor es que muchos son exactamente los mismos que antes se burlaban de ti.

 

Yuji tomó sus cubiertos con tranquilidad.

 

—Entonces no les den importancia.

 

Miyu lo miró.

 

—¿Así de fácil?

 

—Sí.

 

—¿No te molesta nada?

 

Yuji negó con suavidad.

 

—No.

 

—¿Ni siquiera un poco? —insistió ella.

 

Yuji sonrió.

 

—¿Por qué debería? —Tomó un bocado con calma—. Lo único que sienten es culpa. Y esperanza. Creen que me convertiré en alguien poderoso y quieren estar cerca para beneficiarse.

 

Airi asintió lentamente.

 

—Quieren aprovecharse de ti.

 

—Exactamente. —Yuji bebió un sorbo de agua—. En este lugar todos saben perfectamente cómo funciona la jerarquía. Saben quién está arriba. Saben quién tiene influencia. Saben a quién conviene tratar bien.

 

Miyu apretó los labios.

 

—Y ahora creen que tú vas a estar arriba.

 

—No solo eso. —Yuji dejó el vaso sobre la mesa—. Creen que pueden usarme para subir ellos también.

 

Ren miró hacia las mesas principales. Varios estudiantes apartaron la vista de inmediato.

 

—Tiene todo el sentido.

 

Yuji sonrió.

 

—Claro que lo tiene. —Su voz no tenía rastro de rencor, y eso la hacía aún más inquietante—. El problema es que olvidaron una pequeña cosa.

 

Miyu lo miró.

 

—¿Cuál?

 

Yuji siguió comiendo.

 

—Que sigo siendo la misma persona a la que hicieron sufrir.

 

Silencio.

 

La sonrisa de Miyu se apagó por completo. Ren dejó los cubiertos sobre la bandeja.

 

—Es bastante irónico, ¿no creen? —continuó Yuji con la misma calma—. Cuando yo estaba abajo, ellos estaban arriba. Y disfrutaban recordándomelo.

 

Miyu bajó la mirada.

 

—Yuji…

 

—Ahora creen que estaré arriba. —Yuji sonrió con una dulzura que heló la sangre—. Y de repente, todos quieren ser mis amigos.

 

Ren soltó una risa seca.

 

—Definitivamente no aprendieron nada.

 

—No. —Yuji negó suavemente—. Solo cambiaron de estrategia.

 

Airi lo miró con curiosidad.

 

—¿Y qué vas a hacer?

 

Yuji tomó otro bocado.

 

—Nada.

 

Los tres lo miraron confundidos.

 

—¿Nada? —repitió Miyu.

 

—Nada.

 

—¿Vas a dejar que se acerquen?

 

—Si quieren hacerlo, pueden intentarlo. —Yuji sonrió—. Pero tendrán que descubrir por sí mismos que ya no soy la persona que conocieron.

 

Miyu apoyó los brazos sobre la mesa.

 

—Eso suena peligrosamente tranquilo.

 

—¿Debería gritar? —preguntó él.

 

—No.

 

—¿Golpear a alguien?

 

—Tampoco.

 

—Entonces estoy haciendo exactamente lo correcto.

 

Ren soltó una carcajada genuina.

 

—Sigues teniendo esa manera de responder que desespera a cualquiera.

 

—Me alegra saber que algunas cosas no han cambiado. —Yuji ladeó levemente la cabeza hacia Miyu—. Entonces… ¿qué hacemos con ellos?

 

Miyu miró de nuevo al grupo de estudiantes que seguían observándolos.

 

—¿Qué hacemos?

 

—Nada.

 

—¿Seguro?

 

—Déjalos mirar.

 

Miyu lo miró sin comprender.

 

—¿Por qué?

 

Yuji levantó el rostro. Una sonrisa tranquila apareció en sus labios.

 

—Porque mientras ellos estén mirando hacia aquí… tal vez comiencen a mirar también hacia donde nunca quisieron mirar antes.

 

Miyu guardó silencio. Ren comprendió al instante. Airi también.

 

Yuji no había regresado simplemente para retomar sus clases. Había vuelto a una academia que seguía funcionando igual que siempre: un lugar donde algunos nacían para estar arriba y otros parecían condenados a estar abajo.

 

Pero ahora había algo diferente. Alguien diferente. Sentado en aquella mesa que durante años había sido ignorada. Alguien que no parecía dispuesto a aceptar las reglas que nadie había escrito.

 

Yuji tomó su bebida y sonrió.

 

—Además…

 

—¿Además? —preguntó Miyu.

 

La sonrisa se suavizó.

 

—Si realmente quieren acercarse a mí… primero tendrán que aprender a respetar a las personas que están a mi lado.

 

Volvió la cabeza hacia Airi.

 

—Especialmente a las pequeñas semillas.

 

Airi sintió un calor extraño en el pecho. No entendía completamente aquellas palabras. Pero en lo más profundo de su ser, supo que podía confiar en ellas.

 

Y mientras el comedor entero seguía observando aquella mesa… Yuji continuó comiendo con total calma. Tranquilo. Imperturbable.

 

Como si no estuviera cambiando, en ese mismo instante, el destino de toda la academia.

 

La sala del Consejo Estudiantil era uno de los espacios más imponentes de toda la Academia Aozora. En el centro de la habitación descansaba una enorme mesa de madera, perfectamente pulida, rodeada por elegantes sillas, cada una asignada a un miembro del consejo. En las paredes se alineaban los emblemas de la institución, junto a retratos de presidentes anteriores y placas con los reconocimientos obtenidos a lo largo de décadas. Al frente, elevada ligeramente sobre el resto, se encontraba la silla de la presidenta.

 

Allí estaba Elena Valtierra.

 

A su izquierda, el vicepresidente, Adrián Beaumont. A su derecha, la secretaria, Clara Rosenfeld. Los demás miembros ocupaban sus puestos correspondientes. Todos pertenecían a familias influyentes. Todos llevaban apellidos que abrían puertas. Todos habían crecido en un mundo donde el linaje, el dinero y las conexiones podían conseguir prácticamente cualquier cosa.

 

Y precisamente por eso Elena llevaba años intentando cambiar las reglas. Desde que asumió la presidencia, había defendido una idea que muchos consideraban demasiado ingenua: el Consejo Estudiantil debía estar abierto a cualquier persona que tuviera capacidad, sin importar si provenía de una familia poderosa o había llegado mediante una beca. Sin embargo, hasta ese momento había sido casi imposible. Las familias tradicionales presionaban. Los propios estudiantes se aferraban a sus prejuicios. Y muchos de los miembros actuales ni siquiera podían imaginar a un becado sentado junto a ellos.

 

Sin embargo, aquella tarde había algo que había logrado unirlos a todos, sin excepción.

 

Una sola persona.

 

Yuji Kuzonoha.

 

Sobre la mesa, varias pantallas mostraban dos fotografías. Una tomada el año anterior. La otra, apenas unas horas atrás.

 

En la primera, un chico: cabello negro, lentes, uniforme de becado, una apariencia discreta, casi diseñada para pasar desapercibida.

 

En la segunda… una chica de cabello largo y blanco, rasgos delicados, plumas blancas entrelazadas en su cabello… y los ojos cerrados.

 

Dos personas que parecían no tener nada en común. Sin embargo, debajo de ambas fotografías, el mismo nombre aparecía en letras claras:

 

    YUJI KUZONOHA

 

Adrián rompió el silencio.

 

—Esto sigue sin tener sentido.

 

Clara deslizó los dedos por la pantalla.

 

—Las pruebas dicen lo contrario.

 

—Ya lo sé —reconoció él.

 

—Entonces es él.

 

Adrián volvió a mirar las dos imágenes.

 

—Legalmente, biológicamente y administrativamente… sí. —Hizo una pausa—. Pero sigo sin comprender cómo.

 

Uno de los miembros intervino.

 

—¿No pudo haberse sometido a algún tipo de cirugía?

 

Clara negó de inmediato.

 

—Lo investigamos. Revisamos clínicas privadas, hospitales públicos, centros especializados, incluso establecimientos fuera del sistema sanitario habitual.

 

Adrián arqueó una ceja.

 

—¿Y?

 

—Nada. —Clara pasó a la siguiente pantalla—. No existe ningún registro de Yuji Kuzonoha. Ni una consulta. Ni un análisis. Nada.

 

El silencio volvió a caer sobre la sala.

 

—¿Y en el mercado negro? —preguntó Adrián.

 

Clara dudó un instante.

 

—También preguntamos. Tenemos contactos que pueden encontrar información que jamás aparece en una base de datos oficial. —Miró la fotografía de cabello blanco—. Y tampoco encontraron nada.

 

Algunos miembros intercambiaron miradas inquietas.

 

—Eso es imposible —murmuró alguien—. Incluso alguien que quisiera ocultar todo rastro tendría que dejar alguna huella.

 

—Exactamente —respondió Clara.

 

Elena permanecía en silencio. Llevaba observando ambas fotografías desde que comenzó la reunión. Una y otra vez. No era solo el cambio físico. Era la ausencia absoluta de cualquier explicación.

 

—Entonces tenemos medio año desaparecido —dijo finalmente.

 

Todos la miraron.

 

—Yuji desapareció hace medio año. —Señaló la primera imagen—. No sabemos dónde estuvo. —Señaló la segunda—. No sabemos cómo obtuvo este cuerpo. No sabemos por qué mantiene los ojos cerrados.

 

Clara añadió con voz suave:

 

—Y tampoco sabemos por qué regresó precisamente ahora.

 

Adrián respiró hondo.

 

—Pero sabemos algo.

 

—¿Qué? —preguntó Elena.

 

—Que quería volver. —Señaló las pantallas—. Si alguien logra desaparecer durante medio año, cambia por completo y regresa voluntariamente al mismo lugar… significa que tuvo una razón muy poderosa para hacerlo.

 

 

Elena asintió lentamente.

 

—Eso mismo pienso.

 

Uno de los miembros frunció el ceño.

 

—¿Y si vino a vengarse?

 

La pregunta tensó el ambiente. Elena levantó la mirada.

 

—¿Por qué lo dices?

 

El estudiante tragó saliva.

 

—Porque todos sabemos cómo era tratado.

 

Nadie respondió. Todos lo sabían. Yuji había sido uno de los estudiantes becados. Y también uno de los blancos más fáciles. Burlas. Humillaciones. Pequeños abusos que por separado parecían insignificantes, pero que acumulados durante meses podían destruir a cualquiera.

 

Elena bajó lentamente la mirada.

 

—No creo que haya venido a vengarse.

 

Adrián la miró.

 

—¿Por qué estás tan segura?

 

Ella recordó sus palabras aquella mañana, tranquilas y serenas: «He regresado. No he venido a causar problemas. Para protegerlas.» Y aquella expresión… «Mis pequeñas semillas.»

 

—Porque si quisiera vengarse… —respondió Elena con calma— habría empezado esta misma mañana.

 

Clara asintió.

 

—En cambio, fue directamente a clase.

 

—Y luego al comedor —añadió Adrián con una media sonrisa.

 

Alguien soltó una risa contenida.

 

—Donde ya tuvo su primer enfrentamiento. Con Valeria.

 

Elena cerró los ojos un instante.

 

—Sí.

 

Adrián sonrió levemente.

 

—Debo admitir que esa parte fue bastante interesante. Valeria pasó años tratando a Yuji como si fuera basura. Y hoy… él prácticamente la desmanteló con palabras, sin ni siquiera levantar la voz delante de todo el comedor.

 

—Eso es precisamente lo que me preocupa —dijo Elena.

 

Tomó la tableta y amplió la imagen. Cabello blanco, plumas, ojos cerrados, una expresión imperturbable.

 

—El Yuji que conocíamos era reservado. Nunca respondía a las provocaciones. Siempre agachaba la cabeza. —Dejó la tableta sobre la mesa—. Pero esta persona… no tiene miedo. No teme a nadie.

 

Clara la observó.

 

—¿Crees que sigue siendo él?

 

Elena levantó la vista.

 

—Sí. Es Yuji. —Hizo una pausa—. Pero ya no es el mismo Yuji que se fue.

 

Nadie respondió. Porque todos lo habían sentido. La identidad era la misma. Pero algo mucho más profundo había cambiado.

 

Adrián volvió a mirar los documentos.

 

—Hay algo más. Su expediente académico.

 

Clara abrió otro archivo.

 

—Las calificaciones de antes de desaparecer eran normales.

 

—¿Y ahora?

 

—Todavía no lo sabemos. No ha realizado ninguna prueba desde su regreso.

 

Adrián se reclinó en su silla.

 

—Entonces tendremos que esperar.

 

Elena no respondió. Seguía mirando aquella fotografía. Hasta que la voz de Clara rompió el silencio.

 

—Presidenta.

 

—¿Sí?

 

—Hay algo más que debe ver. No es directamente sobre Yuji.

 

Elena la miró.

 

—¿Entonces sobre qué?

 

—Sobre los estudiantes becados.

 

Clara giró la pantalla hacia ella. En la pantalla aparecieron informes: quejas, cambios de calificaciones, reportes disciplinarios, solicitudes rechazadas, denuncias que nunca llegaron a investigarse… y nombres. Muchos nombres.

 

Elena comenzó a leer. Su expresión se volvió cada vez más seria. Adrián también se inclinó hacia la pantalla.

 

—¿Cuántos casos hay registrados? —preguntó él.

 

—Los que conseguimos encontrar —respondió Clara en voz baja.

 

—¿Y cuántos quedan ocultos?

 

Clara guardó silencio. No hacía falta respuesta.

 

Entonces Elena recordó las palabras de Yuji: «Hay pequeñas semillas creciendo por toda la academia. Y están rodeadas de demasiada mala hierba.»

 

Apretó lentamente los dedos sobre la mesa.

 

—Ella ya lo sabía.

 

Adrián la miró.

 

—¿Sabía qué?

 

Elena observó los documentos, con los ojos brillando con determinación.

 

—Cuando habló de semillas… no lo decía al azar.

 

Y por primera vez, Elena dejó de preguntarse únicamente qué le había ocurrido a Yuji durante su desaparición. Una nueva pregunta, mucho más pesada y peligrosa, tomó forma en su mente:

 

¿Qué había descubierto él durante todo ese año fuera?

 

Y quizá esa fuera la pregunta que cambiaría todo.

 

 

Thoughts

  • libretanegra

    Ren mirando a Valeria que sigue limpiándose el uniforme al fondo del comedor 😂 A Miyu ya no le sorprende nada de este grupo.

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  • renglontorcido

    Neta, Yuji diciendo que no va a hacer nada mientras sigue comiendo me dio más miedo que lo de Valeria. Miyu también lo notó.

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  • versoenservilleta

    Me he quedado toda la tarde con Miyu leyéndole los chismes del móvil porque él no abre los ojos. Hasta ahora Yuji parecía tenerlo todo controlado, y resulta que para enterarse de lo que dice la academia depende de su amiga. Me flipa esa ternura rara en medio de tanta frialdad con los que se acercan. Apuesto a que esa dependencia es justo lo que alguien va a querer usar contra él, y Miyu lo sabe mejor que nadie.

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    Che, el Consejo revisando clínicas, hospitales y hasta el mercado negro sin encontrar nada me dejó más intrigada que todo lo del comedor. Apuesto a que la desaparición termina atada a esos informes de becados que Clara le muestra a Elena al final: Yuji no volvió por venganza, volvió sabiendo algo. Y Adrián me huele a que es el primero que se pasa de lado.

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Yuji llegó finalmente a la mesa.

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