Saltar al contenido
Cargando…

Capitulo 5: las dos tormentas

DNavarrete
Pensamiento

Pensamiento

bancodeatras

Mi abuela también le daba las gracias a quien nos quería, como si el favor se lo hubieran hecho a ella. Nanami con la reverencia a la pantalla me la trajo

Mi abuela también le daba las gracias a quien nos quería, como si el favor se lo hubieran hecho a ella. Nanami con la reverencia a la pantalla me la trajo

Contenido de la publicación

—¡¡¡No te acerques con esa cara de victoria!!!

 

—¡Entonces deja de llamarme tsundere!

 

—¡¡¡Porque no lo soy!!!

 

—¡Claro que sí!

 

—¡¡¡HARUTOOOOOO!!!

 

Dieron otra vuelta alrededor de la mesa hasta detenerse al mismo tiempo, jadeando y apoyándose en las rodillas.

 

—N-No... corres... igual que cuando eras niña... —atinó a decir Haruto recuperando el aire.

 

—T-Tú... tampoco... dejaste de decir... cosas irritantes —respondió Hina entre suspiros.

 

Se miraron un instante y al unísono exclamaron:

 

—¡Es culpa tuya!

 

Y estallaron en carcajadas que llenaron toda la casa.

 

Reina los observó con calma sosteniendo su taza de té, hasta que se calmaron lo suficiente para preguntar:

 

—¿Ya terminaron de recordar sus viejas costumbres?

 

—¡Fue ella quien empezó! —se defendió Haruto señalándola.

 

—¡Mentira! ¡Él me llamó tsundere! —replicó ella.

 

—¡Porque lo eras!

 

—¡¡Lo sigues diciendo!!

 

Reina negó suavemente con la cabeza.

 

—No cambiaron absolutamente nada.

 

Ambos se quedaron callados un segundo y volvieron a reír. Habían pasado años sin verse, pero bastaron unos minutos para volver a ser exactamente los mismos niños de aquel parque.

 

Más tarde, cuando la noche ya había caído, Hina se despidió en la puerta:

 

—Mañana vendré temprano para ayudarte a traer tus cosas. Y no pienso dejar de molestarte —advirtió mirando a Haruto con una sonrisa burlona—. Buenas noches, renacuajo.

 

—Buenas noches... tsundere —respondió él con una media sonrisa.

 

Tras cerrar la puerta, Haruto comenzó a recoger la mesa por costumbre. Antes de llevar los platos, Reina tomó uno de ellos:

 

—Yo también ayudaré. A partir de ahora esta también es mi casa.

 

Juntos se dirigieron a la cocina. Él abrió el grifo y ella se remangó las mangas:

 

—Lava tú. Yo secaré.

 

El sonido del agua y el roce suave de los platos llenó la estancia en un silencio cómodo y tranquilo. Fue Reina quien rompió la calma:

 

—Sigues cocinando muy bien.

 

Haruto sonrió mientras enjabonaba un plato.

 

—Bueno... la verdad es que mis dos hermanas eran un auténtico desastre con cualquier cosa doméstica —soltó una pequeña risa—. Después de que nos separamos, me di cuenta de que si no me ponía manos a la obra, iban a pasarlo mal. Así que empecé a cocinar, a limpiar, a arreglar lo que hiciera falta... con el tiempo terminé sabiendo hacer de todo en casa. Mis dos madres me ayudaron a aprender.

 

Reina lo miró con atención.

 

—¿Y ahora?

 

—Cuando ellas terminaron la escuela y entraron al sistema, ya no tuve que encargarme tanto —explicó él—. Pero las costumbres no se van tan fácil.

 

—¿Y ellas? ¿Cómo están? —preguntó ella con suavidad.

 

Haruto se detuvo un instante, como si buscara las palabras adecuadas.

 

—Sinceramente... jamás me habría imaginado que las dos acabarían casadas con el mismo hombre al salir de la escuela —meneó la cabeza con una sonrisa—. Eran tan diferentes entre sí... una siempre tan seria y responsable, la otra tan alocada y sin miedo a nada. Y terminaron eligiendo a la misma persona para compartir la vida.

 

Reina asintió despacio, secando con cuidado el último plato.

 

—Quizás lo que las unió fue precisamente que, aunque fueran distintas, buscaban lo mismo.

 

—Tal vez —admitió él—. Lo único que sé es que nunca dejaron de decirme que, si no hubiera sido por mí, ellas no habrían podido seguir adelante con tanta tranquilidad.

 

Reina se quedó mirándolo unos segundos más, con esa calidez que solo él conocía.

 

—Y tú nunca dejaste de pensar en ellas antes que en ti mismo.

 

Haruto sintió que el corazón se le llenaba de una sensación suave y cálida.

 

—Supongo que algunas cosas... nunca cambian.

 

—No —convino ella bajando la voz—. Y menos mal.

 

La cocina volvió al silencio, pero ya no era solo tranquilidad: ahora había certeza, recuerdos y la sensación de que, después de todo ese tiempo, por fin estaban en el lugar al que pertenecían.

 

La cocina quedó en silencio. El último plato descansaba en el escurridor y el sonido del agua había cesado. Haruto se secaba las manos con un paño mientras Reina acomodaba los vasos en su sitio.

 

De pronto, el teléfono vibró suavemente sobre la encimera.

 

♪ Rin... Rin... ♪

 

Al ver el nombre en pantalla, Haruto sonrió sin darse cuenta: Mamá Nanami.

 

—¿Tus padres? —preguntó Reina bajando la voz.

 

—Sí —asintió él—. Seguramente ya saben que no volví a casa... si nadie me hubiera elegido, ya estaría ahí. Supongo que quieren conocer a la chica que decidió darme una oportunidad.

 

Reina dejó el vaso que tenía en la mano.

 

—Entonces contesta.

 

Haruto respiró hondo y aceptó la llamada. La imagen apareció al instante: su padre Kenta sostenía el teléfono con ambas manos, intentando mantener la cámara quieta.

 

—¡Haruto!

 

—Hola, papá.

 

Detrás de él asomaron dos rostros que le eran más familiares que nadie: a un lado, Nanami, su madre biológica, con su serenidad y su mirada tranquila que siempre le daba paz; al otro, Miyako, su madre adoptiva, inquieta, expresiva y siempre dispuesta a protegerlo con todas sus fuerzas. Ambas empujaron suavemente a Kenta para aparecer mejor.

 

—¡¡¡HARUTOOOO!!!

 

—¡Muévete un poco, que no lo vemos bien!

 

—¡Sostén mejor el teléfono, Kenta!

 

—Hola... mamá Nanami... mamá Miyako —saludó él entre risas.

 

—Me alegra que contestaras —dijo Nanami con alivio—. Al no llegar, imaginamos que alguien te había elegido.

 

Miyako se pegó casi a la cámara:

 

—¡Y queremos conocerla! ¿Cómo es? ¿Es amable? ¿Te trata bien? ¿Es bonita? ¿Ya cenaron? ¿Cocina? ¿Cuándo la veremos?

 

Haruto apenas pudo balbucear:

 

—Bueno... yo...

 

De pronto, unos brazos lo rodearon con suavidad desde atrás. Una cabeza descansó con naturalidad sobre su hombro, y él sintió cómo el corazón se le aceleraba: era el mismo abrazo de cuando era pequeño, pero ahora venía de la joven que había esperado por él durante años.

 

—¿R-Reina...?

 

—Buenas noches —dijo ella mirando directamente a la pantalla, con una elegancia que dejó a todos inmóviles—. Mi nombre es Reina Saegusa. Espero llevarme muy bien con ustedes.

 

Cinco segundos de silencio absoluto. Luego...

 

—¡¡¡ES PRECIOSA!!! —exclamó Miyako.

 

—¡Qué presencia tan maravillosa! —añadió Nanami.

 

—Debo admitir que es impresionante —convino Kenta sonriendo.

 

—Muchas gracias —respondió Reina con educación.

 

Nanami hizo una pequeña reverencia desde su sitio:

 

—Gracias por aceptar compartir tu vida con nuestro hijo.

 

Reina negó suavemente y miró a Haruto con ternura:

 

—En realidad... soy yo quien debe agradecer. Él fue quien me dio una oportunidad hace muchos años.

 

Haruto casi suelta el teléfono. Sus padres se miraron un instante y luego levantaron el pulgar al mismo tiempo:

 

—Aprobada.

 

—Completamente aprobada.

 

—¿Y cómo no? —dijo Miyako—. ¡Mírala! Es hermosa, educada y te abraza así de bien.

 

—¡Mamá! —se quejó él, poniéndose rojo como un tomate.

 

—Escúchame bien, jovencito —lo señaló con el dedo—: si algún día la haces llorar... ¡te castigaré todo un año! Sin videojuegos, sin postres y haciendo el doble de tareas de casa.

 

—¡Pero si ya las hago! —protestó él.

 

—¡Pues harás más! —rio ella.

 

Reina no pudo evitar soltar una risita suave. Aquella familia, tan distinta a lo que ella conocía, le llenaba el pecho de una calidez que jamás había sentido.

 

—¿Alguien me defiende? —preguntó Haruto con fingida desesperación.

 

—No —respondieron sus padres al unísono.

 

Entonces sintió que Reina apoyaba un poco más su cabeza sobre él:

 

—No estás solo.

 

Esas palabras bastaron para que todo el nerviosismo desapareciera. Al otro lado de la pantalla, Miyako se llevó las manos a la boca:

 

—¡Kenta! ¡Quiero nietos!

 

—¡¡¡¡¡MAMÁÁÁÁÁ!!!!! —gritó Haruto tan fuerte que resonó en toda la casa.

 

Todos estallaron en risas: Kenta se reía a carcajadas, Nanami negaba con una sonrisa y Reina, por primera vez, se dejaba llevar por la alegría sin reservas. Mientras miraba aquella pantalla, comprendió que no solo había recuperado a Haruto: acababa de encontrar una familia entera que la aceptaba tal cual era, sin preguntas ni condiciones. Y su promesa de niño, sellada bajo un cerezo, por fin empezaba a convertirse en un verdadero hogar.

 

La videollamada terminó entre risas y promesas de visita.

 

—Entonces queda prometido —dijo Nanami—. Uno de estos días vendrá a cenar a casa.

 

—Los estaremos esperando —respondió Reina con una sonrisa.

 

—Y tú, Haruto... —Miyako lo señaló una última vez— ¡Pórtate bien!

 

—¡Sí, sí!

 

La llamada se cortó. Haruto soltó un largo suspiro.

 

—Sobreviví...

 

Reina seguía abrazándolo suavemente.

 

—Tu familia es maravillosa.

 

—Sí —sonrió él—. Son un poco ruidosos, pero tienen el corazón enorme.

 

Apenas terminó de hablar, el teléfono volvió a sonar.

 

♪ Rin... Rin... ♪

 

Haruto miró la pantalla y su cara perdió todo el color.

 

—No... por favor...

 

Reina ladeó la cabeza con curiosidad.

 

—¿Qué ocurre?

 

—Son... Aiko y Sakura —susurró él con auténtico pavor—. Las verdaderas catástrofes de la familia.

 

—¿Tus hermanas? —una pequeña sonrisa apareció en los labios de Reina—. ¿No vas a contestar?

 

—Estaba pensando en fingir que me fui a vivir a otro continente.

 

—No servirá —rio ella suavemente—. Ya sabes cómo son.

 

—Lo sé —suspiró derrotado—. Si no contesto... son capaces de aparecer aquí mismo en media hora.

 

Reina le dio una palmadita reconfortante en el brazo.

 

—Mejor hazlo rápido. Antes de que se pongan peor.

 

Haruto respiró hondo y aceptó la llamada. La pantalla se llenó al instante con dos caras muy conocidas que se empujaban por ocupar el primer plano: Aiko, con el cabello recogido y energía desbordante, y Sakura, de cabello suelto y una calma que siempre daba más miedo.

 

—¡¡HARUTOOOO!!

 

—¡¡ENANO!!

 

—¿¡POR QUÉ NO VOLVISTE!?

 

—¿¡YA TE ESCOGIERON!?

 

—¿¡QUIEN ES!?

 

—¿¡ES BONITA!?

 

Haruto ni siquiera pudo abrir la boca. Entonces las dos vieron los brazos alrededor de su cintura, subieron la mirada lentamente y se encontraron con los ojos violetas de Reina.

 

Silencio absoluto.

 

—Espera... —dijo Aiko entrecerrando los ojos—. Yo conozco esa cara...

 

—¡No puede ser! —gritó Sakura de golpe— ¡¡ES ELLA!!

 

—¿Quién? —preguntó Haruto confundido.

 

—¡¡¡REINAAAAAA!!! —gritaron las dos al unísono— ¡¡LA CHICA DEL PARQUE!!

 

Reina asintió con una elegancia que no perdió ni un instante.

 

—Ha pasado mucho tiempo, Aiko, Sakura.

 

—¿Las conocías? —preguntó Haruto girándose hacia ella.

 

—Claro —sonrió ella—. Eran quienes te perseguían hasta el cerezo todos los días.

 

—¡¡NO LO PERSEGUÍAMOS!! —protestó Aiko.

 

—¡¡SOLO JUGÁBAMOS CON ÉL!! —añadió Sakura.

 

—¿A eso le llamaban jugar? —replicó Haruto incrédulo.

 

—No —dijo Reina con una media sonrisa—. Era acoso de hermanas mayores.

 

Ambas se quedaron sin palabras unos segundos, hasta que Aiko levantó el pulgar con una sonrisa enorme.

 

—Bueno... si la única que siempre conseguía calmarlo terminó quedándose con él...

 

—...entonces no podríamos estar más tranquilas —completó Sakura.

 

—¿¿¿ASÍ DE RÁPIDO??? —exclamó Haruto— ¿¡¿Pero si me hacían correr media hora todos los días solo para esconderme con ella?!

 

Aiko y Sakura sonrieron al mismo tiempo: esa sonrisa traviesa, idéntica, que Haruto conocía demasiado bien.

 

—Claro que sí —dijo Aiko.

 

—Ella siempre fue nuestra favorita —remató Sakura.

 

Haruto se quedó mirándolas, y luego miró a Reina, que le devolvió una mirada llena de ternura y complicidad. En ese momento solo pudo pensar una cosa: Esto va a terminar muy, muy mal para mí... pero por primera vez, no me importa tanto.

 

Minutos después, Haruto estaba recostado boca abajo sobre la mesa del comedor, completamente derrotado. Había sobrevivido a las preguntas de sus padres, pero con sus hermanas siempre terminaba sin fuerzas: podían con él más que nadie, y él lo sabía mejor que nadie.

 

Mientras tanto, Reina seguía hablando con calma frente a la pantalla, respondiendo a todas las preguntas de Aiko y Sakura: cómo se habían vuelto a encontrar, cómo había sido el primer día en la academia... y finalmente, les contó también sobre aquella promesa sellada bajo el cerezo tantos años atrás.

 

Las dos hermanas soltaron un grito de admiración que casi hizo vibrar el teléfono.

 

—¡¡¿QUE LE PROMETISTE SER SU ESPOSA DE PEQUEÑO?!! —exclamó Aiko llevándose las manos a la boca.

 

—¡¡Vaya galán estás hecho, hermanito mío!! —añadió Sakura con una sonrisa pícara.

 

Haruto levantó apenas la cabeza de la mesa, con la cara ardiendo de vergüenza.

 

—¡No soy ningún galán! ¡Ni siquiera esperaba que aquello fuera a terminar así! ¡Solo era un niño diciendo tonterías!

 

—¿Tonterías? —repitió Aiko— ¡Pues mira qué bien te salieron las tonterías!

 

—¡Tienes suerte de que ella no se haya olvidado! —remató Sakura.

 

Haruto volvió a esconder la cara entre los brazos. Para él, esto era mucho peor que cualquier regaño o castigo.

 

Reina sonrió con dulzura y tomó la palabra para cerrar la conversación:

 

—Ya hablaremos más detenidamente. Pero queda prometido: uno de estos días iremos a comer juntos, así nos conocemos mejor... y ustedes pueden tratarme como corresponde a su cuñada.

 

—¡¡CUÑADADA!! —gritaron las dos al unísono, riéndose a carcajadas.

 

—Las odio... —murmuró Haruto contra la madera de la mesa, aunque su voz no tenía ni rastro de verdadero enfado.

 

Reina lo miró con ternura. Sabía perfectamente que no era así: que las quería más que a nada en este mundo, que daría todo por ellas... pero jamás, en toda su vida, se lo diría en voz alta. Y ella tampoco iba a decírselo. Porque entre ellos, algunas cosas no necesitan palabras para saberse.

 

—Bueno, ya es tarde —dijo Reina despidiéndose—. Descansen. Nos vemos pronto.

 

—¡Descansen! —respondieron las hermanas— ¡Y cuídalo mucho, cuñada!

 

La llamada terminó. La casa volvió al silencio, solo interrumpido por el suspiro de Haruto.

 

—Las odio de verdad... —repitió, aunque ahora con una pequeña sonrisa escondida.

 

Reina apoyó una mano suavemente sobre su espalda.

 

—Lo que tú digas.

 

Y él supo que ella lo había entendido todo. Sin necesidad de explicar nada más.

 

Haruto cerró la puerta del baño y soltó un suspiro largo y profundo. El agua caliente había aliviado algo de la tensión acumulada en un solo día: la revelación de Reina, el caos en el auditorio, las llamadas interminables de su familia y las bromas sin fin de sus hermanas. Sentía que había vivido una semana entera en apenas unas horas.

 

Mientras se secaba el cabello, murmuró para sí:

 

—Definitivamente... necesito dormir una semana entera.

 

Vestido con un pijama sencillo, llegó hasta la puerta del dormitorio y la abrió despacio.

 

—Buenas n...

 

La voz se le quebró en la garganta.

 

—¿¡Eeeh!?

 

Frente al espejo, Reina cepillaba su largo cabello negro con calma. Ya se había cambiado: llevaba un camisón blanco, discreto y elegante, muy distinto al uniforme impecable que había lucido todo el día. Al oírlo, levantó la vista por el espejo.

 

—¿Ocurre algo?

 

Haruto retrocedió instintivamente.

 

—¿¡P-Presidenta!?

 

—Reina —lo corrigió ella suavemente.

 

—N-No... eso no es lo importante... —balbuceó él—. ¿Por qué estás en mi habitación?

 

Ella lo miró como si la respuesta fuera obvia.

 

—Porque voy a dormir aquí.

 

Silencio absoluto. Haruto parpadeó varias veces seguidas.

 

—¿...Aquí? ¿Conmigo?

 

—Sí.

 

Su rostro se encendió de golpe.

 

—¡P-Pero si apenas llevamos unas horas viviendo juntos!

 

Reina suspiró levemente y se sentó en el borde de la cama.

 

—Imaginaba que te sorprendería. Déjame explicarte cómo funciona realmente el programa.

 

Le contó que al principio los dormitorios eran siempre separados, por miedo a lo que pudiera ocurrir. Pero con los años descubrieron un error: los estudiantes aprendían a compartir espacios comunes, pero nunca a convivir como una familia real, y cuando se graduaban surgían problemas que nunca habían previsto.

 

—Comprendieron —continuó ella con calma— que compartir una habitación no significa obligatoriamente algo íntimo. Una familia aprende a respetarse, a crear confianza y a entender los límites del otro día a día. Por supuesto —añadió levantando un dedo— hay normas muy estrictas: está prohibido cualquier comportamiento indebido, nadie puede ser obligado a nada, y tú nunca podrías haberme pedido esto.

 

Lo miró directamente a los ojos con una sonrisa serena.

 

—Así que soy yo quien ha decidido dormir aquí.

 

Haruto se pasó una mano por el cuello, nervioso.

 

—¿P-Por qué tan pronto?

 

—Porque hace ocho años te prometí que sería tu esposa —respondió ella sin un rastro de vergüenza, solo con total sinceridad—. Dormir aquí no cambia lo que somos... pero quiero empezar a vivirlo de la forma más natural posible.

 

Él no supo qué decir. Todo estaba dentro de las reglas, y sobre todo, era una decisión que ella había tomado sola. Al final soltó un suspiro resignado, aunque en el fondo algo en su interior se sentía extrañamente tranquilo.

 

—Supongo... que tendré que acostumbrarme.

 

—Lo harás —aseguró ella con una sonrisa satisfecha.

 

Minutos después apagaron las luces. Reina se quedó dormida casi al instante, con la misma paz que siempre la caracterizaba. Haruto, en cambio, permaneció mucho tiempo con los ojos abiertos mirando el techo.

 

¿Cómo puede dormir tan tranquila después de todo lo que pasó hoy?

 

Y entonces lo entendió: no había actuado por impulso. Llevaba ocho años esperando ese momento, preparándose para él, guardando cada palabra y cada promesa. Y esa certeza, más que asustarlo, le hizo sentir que, por primera vez en mucho tiempo, todo estaba exactamente donde debía estar.

Thoughts

  • bancodeatras

    Mi abuela también le daba las gracias a quien nos quería, como si el favor se lo hubieran hecho a ella. Nanami con la reverencia a la pantalla me la trajo

    Permalink
  • MarianelaVidal

    Ta, Haruto diciendo que las odia con la cara contra la mesa, después de años cuidándolas porque eran un desastre en la casa. Esos hermanos que se pelean a los gritos por teléfono son los que no se pierden; de repente los callados son los que un día dejan de escribirse. Lo de las dos casadas con el mismo hombre me dejó con la boca abierta, eso sí. Me suena a que ese cuñado va a tener su capítulo, y a que Haruto lo mira con más desconfianza de la que cuenta.

    Permalink

Related posts

  • Capítulo 2: El primer paso

    El sol de la mañana bañaba con luz dorada el pequeño jardín de la residencia Aizawa. Los pétalos de los cerezos enanas que bordeaban el camino de entrada brillaban con el rocío de la noche, y el…

  • HELL ON EARTH

    Año 4050 después después de la criatura de nube atacara solo fue un aviso solo nos alertaba de lo que iba pasar empezaban a salir criaturas de todo tipo de monstros gigantes pequeños todo tipo de…

  • La Hechicera y el violín mágico

    El silencio que siguió a la tormenta no era un vacío, sino un territorio sagrado. El aliento del dragón, que antes amenazaba con incinerar el mundo, ahora apenas exhalaba un vapor tibio que se…

  • Un mundo de posibilidades

    El Lector permanecía inmóvil en medio de aquel campo de batalla. Llevaba un casco demasiado grande para su cabeza, que le resbalaba constantemente sobre un ojo. El Viejo y el Nuevo colgaban a ambos…

  • La contaminación y la acumulación de basura en los espacios públicos.

    “El parque de los lunes”

  • Capítulo 19: La Calamidad del Segundo Reloj

    El camino que ascendía hacia las montañas discurría en un silencio muy distinto al de otras veces. Gael caminaba junto al profesor Valerius por un sendero de piedra que serpenteaba entre árboles…

  • El fin del mundo 🌎

    El final del mundo esto comienza, así una científica llamada Julieta mister investigó, sobre un virus llamado somi mortal el virus del son inmortal era algo muy tenebroso. Cada vez que alguien se…

  • Capítulo 47: Rivales de antaño

    La enfermería de la Academia estaba envuelta en una calma reconfortante. La luz dorada del mediodía se filtraba por los grandes ventanales, bañando el blanco impecable de las paredes y difundiendo…

Pública 1 conversación 3 pensamientos 30 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

—¡¡¡No te acerques con esa cara de victoria!!!

En series

En grupos