Al cuarto día, la burbuja estuvo a punto de romperse. Mientras Valeria realizaba inventario en el almacén de granos, un coche negro de alta gama, completamente fuera de lugar entre los caminos de barro, se detuvo a la entrada de la propiedad.
De él bajó un hombre en traje a medida: el detective privado que la junta directiva de Vance Enterprises había contratado para dar con el paradero de Gabriel.
Tomás y Mateo salieron al encuentro del visitante con actitud hostil, mientras Gabriel, que trabajaba cerca del establo, se ocultó inmediatamente en la penumbra del granero, apretando los dientes.
—Buscamos a este hombre —dijo el detective, mostrando una fotografía de alta resolución de Gabriel vestido con un impecable esmoquin—. Sabemos que fue visto por última vez cerca del mercado central. Hay una recompensa sustancial para quien dé información sobre su paradero.
Valeria salió del almacén limpiándose las manos. Se acercó al sujeto, tomó la fotografía y la examinó con frialdad.
A pesar de la elegancia del traje y el peinado perfecto del hombre de la foto, reconoció al instante esa misma postura erguida, esa mandíbula afilada y la mirada impenetrable de su "peón".
Así que este es tu verdadero juego, Julián... o como te llames, pensó Valeria, sintiendo un latigazo de traición en el pecho.
—Jamás lo hemos visto —mintió Valeria sin pestañear, devolviéndole la foto con una calma calculada—. Este es un pueblo de agricultores. Un tipo de la alta sociedad con esa cara de aristócrata no duraría ni diez minutos aquí.
El detective la miró con sospecha, pero la firmeza en los ojos de la joven no dejaba lugar a dudas. Tras unos segundos de tensión, el hombre subió a su vehículo y arrancó, dejando una nube de polvo tras de sí.