Los jóvenes nobles contando lo de la epidemia de oídas, lo que dijo un tío, una tía, un abuelo, me hizo pensar en cómo se arma una reputación: Anna ya no controla lo que se cuenta de ella, ni lo malo de antes ni lo bueno de ahora. Apuesto a que esa versión exagerada le pesa casi tanto como la otra :)
Capítulo 45: Lo que Temo ser
El patio reservado para la nobleza, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de tensión, orgullos heridos y enfrentamientos, se había transformado en un lugar sorprendentemente animado,…
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Los jóvenes nobles contando lo de la epidemia de oídas, lo que dijo un tío, una tía, un abuelo, me hizo pensar en cómo se arma una reputación: Anna ya no controla lo que se cuenta de ella, ni lo malo de antes ni lo bueno de ahora. Apuesto a que esa versió
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El patio reservado para la nobleza, que hacía apenas unos minutos había sido escenario de tensión, orgullos heridos y enfrentamientos, se había transformado en un lugar sorprendentemente animado, tranquilo y cálido bajo la luz del mediodía.
Anna se encontraba sentada en una de las bancas de piedra blanca, con las manos reposando sobre su regazo y la espalda ligeramente encorvada, como si todo ese peso que siempre llevaba consigo se hiciera notar un poco más ahora que por fin había silencio.
Frente a ella, el pequeño grupo de jóvenes nobles que había llegado con el príncipe parecía haber olvidado por completo su presencia física. O, más bien, parecían tan emocionados hablando de ella que no se daban cuenta del efecto que sus palabras tenían en la joven dama.
—¡Mi tío dice que la señorita Anna prácticamente dirigía toda la ciudad! —exclamó Cedric Valcrest con admiración evidente, gesticulando con las manos—. Que tomaba decisiones que ni los gobernadores se atrevían a tomar.
—Mi tía contó que llegó a discutir cara a cara con nobles de mucho mayor rango y los dejó sin palabras, defendiendo a la gente común —añadió Evelyne Solhaven, con los ojos brillando de entusiasmo—. Dice que nadie había visto jamás tener tanta fuerza de voluntad.
—Mi abuelo asegura que, si no hubiera sido por usted, si usted no hubiera estado allí firmemente, el sur habría quedado reducido a cenizas y devastación total —dijo el nieto de lord Carthus con absoluta convicción y respeto.
Anna se encogió un poco sobre sí misma, sintiéndose pequeña ante tanta grandeza que le atribuían.
—N-no fue para tanto… de verdad… solo hice lo que cualquiera habría hecho…
—¡Sí lo fue! —interrumpió Lira con fuerza, alzando ambas manos al aire para dar más énfasis a sus palabras—. ¡La señorita Anna trabajó muchísimo! ¡De día y de noche! ¡Ni siquiera dormía! ¡Se le caían los ojos de cansancio y seguía ayudando!
Eliana asintió con vigor, como si llevara horas esperando una oportunidad para intervenir y dejar claros los hechos.
—Eso es totalmente cierto. Apenas descansaba unas horas. Muchas veces tuve que obligarla a sentarse y comer algo, quitándole los papeles de las manos. Si no hubiera sido por mí, se habría olvidado hasta de respirar.
—Y aun así, se las ingeniaba para seguir revisando documentos y dando órdenes mientras comía —añadió Lyra, cruzada de brazos y con una sonrisa divertida, recordando aquellos días—. Tenía la comida en una mano y una pluma en la otra.
Detrás de ella, inmóvil como siempre, Garoum habló con su habitual tono grave, profundo y definitivo.
—Durmió menos de lo que cualquier ser humano soportaría sin derrumbarse. Y aun así, nunca dejó de estar de pie.
Eso bastó. La palabra de Garoum tenía más peso que cualquier discurso. Todos los presentes volvieron a mirar a Anna con una admiración aún mayor, casi reverente.
Anna sintió que sus mejillas se calentaban, ardían por la vergüenza de ser vista como una heroína cuando ella solo se veía a sí misma como alguien que intentaba reparar errores.
—Por favor… no sigáis… de verdad…
Pero nadie parecía dispuesto a detenerse. Incluso los otros acompañantes del príncipe, que habían permanecido más al margen, escuchaban con interés genuino y asentían con cada historia.
Adrian permanecía ligeramente apartado, apoyado contra una columna de piedra, observando toda la escena con una pequeña sonrisa tranquila y atenta.
No tardó en notar algo que nadie más parecía ver.
A pesar de que todos hablaban con entusiasmo, a pesar de que ella sonreía y escuchaba con amabilidad… Anna no parecía disfrutar del momento del todo.
No exactamente.
Había una melancolía sutil, profunda y antigua, escondida en sus ojos oscuros. Una sombra que nunca se iba, una carga que siempre llevaba consigo.
Adrian tomó una copa con refresco de frutas frescas de una bandeja que pasaba un sirviente y caminó despacio hacia ella, interrumpiendo suavemente el murmullo de las voces.
Se detuvo frente a la banca y extendió la copa con naturalidad, con un gesto sencillo y amable.
—Parece que lo necesitas más que yo.
Anna alzó la vista, sorprendida por su cercanía y su atención. Luego aceptó la bebida con ambas manos, como si fuera un regalo precioso.
—Gracias, Alteza. Es muy amable.
Adrian tomó asiento a su lado, manteniendo una distancia respetuosa, sin invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca para hablar con tranquilidad.
Durante unos segundos, ambos se quedaron en silencio, contemplando al grupo frente a ellos. Lira explicaba con entusiasmo exagerado cómo Anna había salvado "a muchísimas personas, una por una", Eliana asentía con orgullo desbordante, Lyra corregía algunos detalles para que la historia fuera más precisa, y Garoum gruñía de vez en cuando para confirmar los puntos importantes.
Anna soltó una pequeña risa, suave y cansada.
—Son imposibles. No saben contar las cosas sin exagerar.
Adrian sonrió, mirándola de reojo.
—Pero claramente te quieren mucho. Y te admiran aún más.
Anna bajó la mirada hacia su copa, girándola suavemente entre sus dedos.
—Sí… —susurró.
Guardó silencio unos instantes, buscando las palabras exactas que describieran lo que sentía, algo que ni ella misma entendía del todo.
—No sé muy bien cómo sentirme con todo esto.
Adrian la miró con atención, esperando, sin interrumpirla, dándole el espacio para hablar.
Anna observó al grupo que seguía hablando animadamente, como si el tiempo se hubiera detenido para ellos.
—Cuando regresé a la academia… estaba convencida de que sería peor de lo que imaginaba —confesó con voz suave, casi un secreto—. Pensé que me esperarían con hostilidad en cada esquina. Que todos me mirarían con desconfianza, con odio o con burla. Que, sin importar cuánto hubiera cambiado, cuánto hubiera hecho o cuánto hubiera sufrido… seguiría siendo la misma persona para ellos: la niña caprichosa y cruel de antes.
Sus ojos se detuvieron en los jóvenes nobles reunidos frente a ella, en sus caras sonrientes y sinceras.
—Y, sin embargo… aquí están. Hablan de mí como si fuera alguien importante. Como si fuera alguien bueno.
Esbozó una sonrisa incrédula, triste y dulce a la vez.
—No sé en qué momento gané tantos aliados. Ni cómo se ganó tanto cariño.
Adrian siguió la dirección de su mirada y asintió con lentitud, comprendiendo perfectamente lo que ella sentía.
—Lo que hiciste en la ciudad de tu familia, durante la epidemia, no fue poca cosa, Anna.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin títulos ni formalidad excesiva, y lo hizo con un respeto genuino, casi afectuoso.
—Para quienes estuvieron allí, para quienes te vieron actuar… tú no eres un rumor, ni un apellido, ni un recuerdo del pasado. Eres la persona que se quedó cuando todos huían. Eres la persona que los ayudó cuando más lo necesitaban y cuando nadie más lo hacía. Eso no se olvida.
Anna apretó con suavidad la copa entre sus manos, buscando consuelo en el tacto frío del cristal. La sonrisa se desvaneció apenas, dejando ver la herida que siempre estaba abierta en su corazón.
—Aun así… —empezó, con la voz bajando casi a un susurro.
—¿Aun así? —invitó él suavemente.
—Todavía siento el peso de quienes no pude salvar —confesó, y sus ojos se llenaron de esa tristeza profunda que solo los que han liderado y perdido conocen.
Adrian guardó silencio, dejándola seguir.
Anna continuó, con la mirada perdida en el líquido de su copa, reviviendo noches oscuras y decisiones dolorosas.
—A veces pienso que, si me hubiera preparado mejor… si hubiera actuado unos días antes… si hubiera sabido más, si hubiera tenido más poder, si hubiera sido más fuerte… —tragó saliva, ahogando un nudo en la garganta— Quizás… quizás menos personas habrían muerto. Quizás habría podido salvarlos a todos.
El príncipe permaneció quieto durante unos segundos, sopesando sus palabras, entendiendo la carga que eso significaba.
Luego, con naturalidad absoluta, sin ninguna intención romántica ni atrevimiento, simplemente como un compañero y un igual, colocó su mano sobre la de Anna, que descansaba sobre su regazo.
El contacto fue sereno, cálido y firme. Una presencia tranquila que decía: Te entiendo. No estás sola.
Anna parpadeó, sorprendida, y levantó la vista hacia él.
Adrian habló con voz tranquila, pausada y profunda.
—Cuando uno lidera, cuando uno toma las riendas de la vida de otros… siempre carga con ese tipo de pensamientos. Lo sé bien.
Sus dedos ejercieron una presión ligera y reconfortante sobre la mano de ella.
—No importa qué decisión tomes, ni cuán buena sea. Siempre habrá consecuencias. Siempre habrá algo que desearías haber hecho diferente, algo que crees que podrías haber mejorado. Eso forma parte de tener responsabilidad.
Anna lo escuchaba en silencio, bebiendo cada palabra como agua fresca.
—Pero eso no significa que hayas fallado —dijo él con firmeza, mirándola directamente a los ojos—. No significa que lo hiciste mal.
Sus ojos grises se encontraron con los oscuros de ella, con una sinceridad absoluta.
—Hiciste todo lo que estaba a tu alcance. Todo lo que humanamente era posible. Te diste entera.
Hizo una pequeña pausa, dejando que la verdad calara hondo.
—Y gracias a eso, gracias a tu esfuerzo, tu terquedad y tu bondad… las consecuencias fueron mucho menores, mucho menos terribles, de lo que habrían sido sin ti. Muchos más están vivos hoy porque tú estuviste ahí.
Anna sintió cómo algo dentro de su pecho, algo que estaba tenso y apretado desde hacía meses, se aflojaba poco a poco. Como si una carga invisible y pesada se volviera repentinamente un poco más liviana, un poco más llevadera.
Sus labios temblaron apenas antes de formar una sonrisa sincera, limpia y aliviada.
—Gracias… Adrian.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, sin títulos, sin distancias. Y el príncipe sonrió con una calidez genuina, satisfecho de haber podido darle un poco de paz.
—Para eso están los aliados —respondió él simplemente.
Habría sido un momento perfecto.
Sereno.
Profundo.
Conmovedor.
Un momento que habría quedado grabado en la memoria como uno de esos instantes de conexión especial…
Si no fuera porque, de pronto, una voz escandalosamente dramática, cargada de tragedia y sorpresa, resonó por todo el patio, rompiendo la magia en mil pedazos.
—¡NO PUEDE SER!
Anna y Adrian giraron al mismo tiempo, sobresaltados.
Eliana estaba de pie a unos pasos, con una mano sobre el pecho y la otra extendida hacia ellos, con la boca abierta y los ojos muy grandes, como si acabara de presenciar la escena más trágica y escandalosa de su vida.
Su expresión de ofensa exagerada era tan teatral, tan increíblemente fingida y exagerada, que incluso Lyra tuvo que cubrirse la boca con ambas manos para no reírse demasiado pronto.
—¡Alteza! —declaró Eliana con dramatismo absoluto, señalando con el dedo—. ¿Acaso pretende arrebatarme a mi amada señorita Anna delante de todos? ¡Y justo ahora que por fin la tengo para mí!
El silencio duró exactamente medio segundo.
Luego, las risas estallaron en todo el patio.
Cedric casi se atragantó con su propia saliva.
Evelyne se cubrió la boca con la mano, sacudiéndose de la risa.
Lira abrió mucho los ojos, mirando al príncipe con sorpresa total.
—¡¿El príncipe quiere casarse con la señorita Anna?! —preguntó con voz potente—. ¡¿Se la va a llevar lejos?!
Anna se puso roja como una manzana de inmediato, desde el cuello hasta la raíz del pelo. Se separó un poco de Adrian, confundida y avergonzada.
—¡E-Eliana! ¡Cállate, por favor! ¡Qué cosas dices!
La sirvienta llevó una mano al corazón y desvió el rostro, mirando al cielo con fingido dolor y lágrimas inexistentes en los ojos.
—Sabía que este día llegaría… sabía que alguien me la robaría… pero no pensé que sería tan pronto… y con un príncipe, nada menos… ¡qué desgracia tan hermosa!
Lyra ya no pudo contenerse más y soltó una carcajada sonora y alegre que resonó entre los árboles.
Incluso Garoum, la montaña impasible, dejó escapar un resoplido profundo que, viniendo de él, equivalía a una risa estruendosa.
Adrian, sorprendido al principio y un poco desconcertado, terminó riendo con sinceridad, con los ojos brillantes de diversión ante tal despliegue teatral.
Anna enterró el rostro entre las manos, deseando poder desaparecer en ese mismo instante.
—Quiero desaparecer. Me voy a ir a vivir a una cueva. Allí nadie me molestará.
Eliana se acercó a ella con pasos rápidos y una sonrisa radiante, llena de picardía y cariño. Se inclinó a su lado y le susurró, aunque lo suficientemente alto para que todos oyeran:
—Lo siento, Anna… pero era demasiado tentador. La cara que poníais los dos eran perfectas para una broma.
Anna la miró, aún con el rostro encendido y los ojos brillantes de risa y vergüenza.
—Te voy a regañar más tarde. Y serio.
Eliana inclinó ligeramente la cabeza, con esa sonrisa dulce e inocente que sabía que desarmaba a su señora.
—Aceptaré mi castigo con gusto, mi señora.
Y así, rodeada por risas, amigos leales, nuevos aliados y personas que realmente se preocupaban por ella, Anna no pudo evitar sonreír también, dejando que todo el peso y la tristeza se fueran un poco más lejos.
Porque, mientras miraba aquellas caras felices a su alrededor, comprendió algo maravilloso:
Por primera vez en mucho tiempo…Por primera vez desde que era niña…Sentía que realmente tenía un lugar al que pertenecía.
Y ese lugar estaba justo allí, entre ellos.
El corredor lateral de la academia estaba casi vacío. La mayoría de los estudiantes aún caminaban por los jardines o se reunían en los salones, comentando con entusiasmo los rumores y noticias sobre el gran reconocimiento que Anna había recibido la noche anterior.
Ella caminaba en silencio, abrazando un libro grueso contra su pecho, perdida en sus propios pensamientos, cuando un sonido débil y desesperado la detuvo en seco.
Un quejido ahogado.
Un golpe seco contra la piedra.
Un susurro tembloroso que intentaba no pedir ayuda.
Anna frunció el ceño, reconociendo ese sonido de dolor reprimido… y al doblar la esquina, lo vio todo.
Marien Solgrave, una joven plebeya que había ingresado gracias a una beca por su gran talento, estaba acorralada contra la pared de piedra. Su muñeca izquierda estaba retorcida hacia arriba, atrapada con fuerza en la mano de un muchacho mucho más alto y fuerte que ella. Su cuaderno mágico, lleno de apuntes y fórmulas, yacía tirado en el suelo, con la tinta derramada y extendiéndose por las losas frías como si fuera sangre oscura.
El muchacho que la sujetaba no era cualquiera.
Alistair Dravenhart.
Pertenecía a una familia noble de antigua estirpe, uno de esos jóvenes que habían crecido escuchando las historias de la "gran Anna D’Valrienne" y que habían aprendido de ella lo peor. Su rostro estaba torcido en una sonrisa arrogante y cruel, mientras presionaba la muñeca de la chica con la fuerza suficiente para obligarla a caer de rodillas, sometida y humillada.
—Vamos, Solgrave —dijo con voz burlona y áspera—. ¿Qué parte de “entregarme tu trabajo antes de la clase” no logras entender? Los plebeyos están aquí para servir para eso: para hacer el trabajo sucio mientras nosotros disfrutamos de los méritos. —Inclinó la cabeza, disfrutando del miedo en sus ojos—. ¿O creías que tu… “pequeño talentito” te hacía especial? ¿Te hacía igual a nosotros?
Marien jadeaba por el dolor, mordiéndose el labio hasta casi hacerlo sangrar para no soltar un grito, para no darle el gusto de verla llorar.
Anna sintió un escalofrío helado recorrerle toda la espalda. Esa escena… esa forma de tratar a alguien por su origen, esa sonrisa de satisfacción ante el dolor ajeno… era un reflejo exacto, una copia perfecta de lo que ella misma había hecho, de lo que ella había sido hasta no hacía mucho tiempo.
Pero ahora… ya no era esa persona.
—Alistair. Suéltala.
La voz de Anna fue firme, serena y terriblemente fría, cortando el aire del pasillo como una cuchilla.
El chico giró la cabeza lentamente, soltando una risa baja al verla. Sus ojos oscuros se iluminaron con una mezcla de burla y satisfacción maliciosa al encontrarla allí.
—¿Y si no quiero? —preguntó, disfrutando de la situación.
Se inclinó aún más sobre la chica que tenía sometida, sin aflojar ni un milímetro su agarre.
—Después de todo… —añadió, mirando fijamente a Anna— tú me enseñaste que así es como se trata a la basura. ¿Lo habrás olvidado ya?
Anna dio un paso adelante. Luego otro. Su figura se alzó imponente, y su sombra cayó sobre ambos, cubriéndolos por completo.
—Te dije que la sueltes —repitió, y esta vez había una autoridad en sus palabras que hizo que incluso Alistair dudara un segundo.
—Oh, eso sí que lo extrañaba… —dijo él, soltando a Marien pero interponiéndose entre ella y Anna. Se acercó demasiado, invadiendo su espacio personal con esa arrogancia que creía que compartían—. Esa voz. Esa seguridad. Es la voz de la antigua Anna… la que aplastaba a cualquiera que le molestara, sin dudar, sin sentir nada. —Sonrió con añoranza retorcida—. Esa era la chica que valía la pena admirar. La reina de la academia.
Y sin mirar atrás, volvió a agarrar a Marien, apretando la muñeca con una brutalidad mayor que antes, haciendo que la chica soltara un gemido agudo de dolor.
El ojo de Anna tembló levemente.
Por un instante, el pasado golpeó fuerte. La culpa, el recuerdo de sus propias víctimas, el saber que este chico era así gracias a ella.
Pero sobre todo lo demás… lo que surgió fue la rabia. Una rabia limpia, justa y protectora.
—Basta, Alistair.
—¿Por qué? —se burló él, disfrutando de verla así—. ¿Porque ahora juegas a ser santa? ¿A ser la buena samaritana que todo el mundo alaba ahora? —Soltó una carcajada cruel—. Vamos, Anna. Tú disfrutabas esto. Recuerda cómo te reías cuando te rogaban piedad. Cómo te gustaba ver cómo se arrastraban por ti.
Inclinó la cabeza, fingiendo una dulzura que no tenía.
—Vuelve a ser tú. Vuelve a ser la que manda, la que humilla, la que tiene el poder. No te rebajes protegiendo a una plebeya sin nombre. Ella no vale nada comparada con lo que tú eres.
Anna respiró hondo.
Cerró los ojos un segundo.
Por primera vez en meses… dejó que su magia subiera a la superficie.
No la reprimió. No la escondió. No tuvo miedo de ella.
Pero esta vez no era para destruir.
No era para someter.
No era para demostrar poder vacío.
Era para proteger.
El aire alrededor de ella empezó a vibrar, como si todo el corredor entero contuviera la respiración. Un leve resplandor dorado, cálido y brillante, se formó a su alrededor, envolviéndola como una capa invisible. Era magia pura, inmensa, contenida… pero increíblemente poderosa.
Alistair retrocedió medio paso, sorprendido y ligeramente intimidado. Había visto usar su magia muchas veces, pero nunca así. Nunca tan… estable. Tan controlada. Tan dirigida.
—La sueltas. Ahora.
Su voz fue baja, pero cortante y sólida como el acero forjado.
La magia de Anna se expandió entonces como una presión invisible que llenó todo el espacio, empujando la maldad y la violencia lejos. No atacaba, no hería… pero enviaba un mensaje tan claro como el día:
“Ya no estoy indefensa.”“Y no eres tú, ni mi pasado, quien decide lo que soy ahora.”
Alistair entrecerró los ojos, molesto por sentir esa presión. La muñeca de Marien tembló violentamente en su mano, obligándolo a aflojar un poco la fuerza.
—Así que por fin la muestras… —dijo con malicia, intentando recuperar su postura—. Pero la usas mal, Anna. La desperdicias. La usas contra mí por una simple plebeya… Qué gran decepción me das.
Anna extendió la mano derecha lentamente hacia ellos. Su magia dorada se separó de ella y envolvió a Marien como un escudo translúcido, suave y firme al mismo tiempo. Con un tirón suave pero decidido, separó a la chica del agarre de Alistair sin que sus manos se tocaran siquiera.
Marien cayó hacia atrás, directo hacia los brazos de Anna, temblando de miedo y alivio, con los ojos al borde de las lágrimas.
—Se… Señorita Anna… —susurró, incapaz de creer que alguien como ella hubiera intervenido por alguien como ella.
Anna la sostuvo firmemente por los hombros, acercándola a su pecho para protegerla del todo, y miró fijamente a Alistair.
—Estás a salvo. Ya pasó. Él no te volverá a tocar.
Alistair observaba la escena con un brillo oscuro y furioso en la mirada. Su ego estaba herido. Su visión retorcida de Anna estaba hecha pedazos. Y lo que más le dolía… era que ella era más fuerte ahora que antes, y él ya no tenía poder sobre ella.
—Esto no termina aquí —escupió con odio, dando un paso atrás y alzando la barbilla con orgullo herido.
—Te haré recordar quién eras —amenazó, con voz cargada de veneno—. Y te juro, Anna D’Valrienne… te juro que haré lo que sea para que vuelvas a ser esa persona. Porque esa era la única que valía la pena.
Se marchó con pasos lentos y seguros, arrastrando su capa negra que chocaba contra las paredes de piedra como un latigazo, dejando tras de sí una sensación de amenaza que flotaba en el aire.
El corredor quedó en silencio absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de Marien y el susurro lejano del viento.
La chica temblaba en los brazos de Anna, intentando no quebrarse por completo, mientras recogía con manos torpes su cuaderno destrozado.
Pero Anna, en cambio, sentía algo muy distinto.
Sentía su propia magia recorrerla.
Y por primera vez… se dio cuenta de algo maravilloso:
Su magia ya no la dominaba.
Ya no la oscurecía.
Ya no la arrastraba hacia la oscuridad de su pasado.
Por primera vez en su vida… la había usado bien.
La había usado para lo que realmente servía. Para lo que realmente valía la pena.
Y esa certeza, más que cualquier miedo o cualquier amenaza que Alistair hubiera lanzado, le provocó una emoción nueva, profunda y cálida…
Una sensación de libertad absoluta.
Ya no tenía que huir de quien fue.
Porque ahora… quien era ella… era infinitamente mejor.
El estallido de energía mágica había recorrido el pasillo como una onda silenciosa, pero tan densa, tan espesa, que cualquiera con una sensibilidad mínima pudo sentirlo hasta en los huesos. Era un poder que pesaba en el aire, que cambiaba la presión, que hacía que la piel se erizara.
Eliana fue la primera en aparecer doblando la esquina, con el corazón en la garganta. Garoum caminaba un paso detrás de ella, la mano ya puesta firmemente sobre la empuñadura de su arma, listo para atacar o defender, sin saber qué se encontrarían.
Ambos frenaron en seco al ver la escena frente a ellos.
Anna estaba allí, de pie en el centro del pasillo. La rodeaba un aura dorada y cálida, sí… pero tan intensa, tan brillante y tan inmensa que todavía vibraba en el aire como una bestia poderosa que acababa de ser despertada y contenida apenas.
A sus pies, o más bien, protegida contra su pecho, Marien Solgrave temblaba sin control, envuelta en ese escudo translúcido que todavía chispeaba suavemente, como brasas que no se apagan.
Eliana abrió los ojos de par en par.
Su corazón se detuvo un segundo, y luego empezó a latir con una violencia dolorosa.
—Anna… tu magia… —susurró, y su voz se quebró antes de terminar la frase.
Garoum sintió un escalofrío helado recorrerle toda la espina dorsal, desde la base del cuello hasta la cintura, un escalofrío que conocía demasiado bien.
Esa esencia.
Esa presión mágica.
Esa forma de imponerse al espacio, de hacerlo todo más pequeño ante ella.
Era exactamente la misma que recordaba. La misma que había sentido años atrás, cuando él no era su guardián, sino solo uno más de los que debían obedecerle o sufrir las consecuencias.
No era la Anna arrepentida, dulce y cansada que habían conocido estos últimos meses.
No era la joven que se había puesto en riesgo, que había llorado y trabajado hasta el agotamiento para salvar vidas durante la epidemia.
No.
Era la Anna que todos temían. La que entraba en una habitación y hacía que el aire se volviera escaso. La que miraba a nobles y plebeyos, a sirvientes y caballeros, como si fueran insectos que podía aplastar cuando quisiera. La que usaba su poder no para proteger, sino para quebrar voluntades.
Y por un instante —solo un instante, pero eterno para ellos— ese recuerdo amargo, doloroso y antiguo se superpuso con la imagen actual. El pasado chocó violentamente con el presente. Y ambos, Eliana y Garoum, recordaron muy bien lo que era ser víctimas de esa magia: el miedo paralizante, la sensación de insignificancia, el dolor de saber que tu vida o tu destino dependían del capricho de esa mujer.
—Anna… —dijo Garoum con voz grave, medida y terriblemente cuidadosa, como si estuviera hablando con una fiera que acababa de despertar— ¿qué pasó aquí?
Anna levantó el rostro lentamente.
Sus ojos aún brillaban con los restos de esa energía dorada, intensa y viva. Y al encontrarse con las miradas de ellos… lo vio.
Lo vio todo.
Vio el miedo en los ojos de Eliana. Ese miedo que ella creía haber borrado para siempre, porque ahora se suponía que era su amiga, su confidente, alguien a quien quería y cuidaba. Pero ahí estaba: el reflejo de la sirvienta asustada de años atrás, la que temblaba solo al verla acercarse.
Y vio en Garoum no solo respeto o lealtad, sino alerta. Una alerta profunda, instintiva, de quien sabe lo que esa magia puede hacer, porque él mismo había recibido órdenes duras, castigos humillantes y había visto cómo ella usaba ese mismo poder para destrozar a quien se le oponía.
Anna sintió como si le hubieran clavado algo frío y afilado en el pecho.
Había tratado con todas sus fuerzas de ocultar esa parte de sí misma. De controlarla, de esconder su magia para no recordarles lo que había sido. Y ahora, al ver esa mirada en las dos personas que más amaba, en los únicos que realmente la conocían… comprendió la verdad dolorosa: aunque ella hubiera cambiado, su poder seguía siendo el mismo que usó para hacerles daño, para hacerles sentir miedo, para dominarlos.
—La estaban lastimando —respondió ella, y su voz salió suave, más humana que nunca, cargada de una tristeza inmensa que ellos no entendieron del todo—. No podía permitirlo.
Eliana apretó los labios con fuerza. Quiso correr hacia ella, quiso abrazarla, decirle que estaba bien, que entendía… pero sus piernas no le obedecieron.
No por miedo a ella, no exactamente.
Sino por el choque brutal de sentir de nuevo aquello que le había hecho daño tantas veces. Esa magia que antaño la hacía sentir menos que nada, ahora usada para protegerla a ella o a otra chica… pero con la misma esencia. Era como ver un arma que antes se usó para herir, y ahora se usa para defender: la función cambia, pero el filo sigue ahí, y uno no puede olvidar que antes lo cortó a él mismo.
Garoum se obligó a respirar hondo, a apartar los recuerdos dolorosos de cuando él no era su guardián, sino solo un soldado bajo su mando absoluto y caprichoso. Tuvo que obligarse a usar la cabeza fría, aunque su cuerpo le gritaba que se alejara.
—¿Quién fue? —repitió, y notó que su propia voz sonaba más tensa de lo que quería.
Anna bajó la mirada hacia Marien, revisando con suavidad la muñeca de la chica, aún enrojecida y dolorida. Luego levantó la vista hacia el final del pasillo, hacia el lugar donde Alistair había desaparecido.
—Alistair Dravenhart.
Al oír ese nombre, Eliana sintió cómo un fuego ardiente y furioso le nacía en el pecho, ahogando en parte aquel miedo antiguo.
—¿Ese…? —la voz se le quebró, mezcla de rabia e impotencia— ¿Ese se metió con una plebeya… y se atrevió a enfrentarte a ti?
Anna negó suavemente con la cabeza, pero sus ojos seguían fijos en ellos, leyendo cada rastro de miedo que intentaban ocultar, y sintiéndose morir por dentro con cada uno.
—Se metió con alguien indefensa. Eso es suficiente para mí.
Eliana dio un paso hacia ella al fin. Extendió una mano, pero dudó un segundo ante de tocarla. No por temor, sino porque veía claramente que Anna estaba temblando, no por el esfuerzo, sino por algo mucho más profundo.
—Anna… —llamó con ternura infinita, intentando borrar su propia reacción anterior— ¿estás bien?
Ella asintió con la cabeza, pero su voz no acompañó el gesto.
—Yo… yo no quería volver a esto —dijo, mirándose las manos, todavía rodeadas de un leve brillo dorado que se iba apagando lentamente—. Prometí que no volvería a usar mi magia de esa forma… que no volvería a imponerme… pero no iba a permitir que alguien sufriera lo que yo misma causé alguna vez. Lo que yo les hice sufrí a ustedes…
Un silencio pesado, denso y doloroso cayó sobre los tres.
Marien sollozaba bajito, todavía aferrada con fuerza al borde del vestido de Anna, como si temiera que en cualquier momento Alistair regresara y todo volviera a ser como antes.
Garoum observaba la escena con un nudo fuerte en la garganta. Comprendía, ahora más que nunca, lo que ella había estado cargando en silencio todo este tiempo. Anna no solo había cambiado de actitud o de carácter. Anna había crecido, había madurado, y había elegido conscientemente no repetir la historia, no ser el monstruo que todos conocieron.
Y sin embargo… el contraste entre ese corazón tierno, arrepentido y lleno de culpa… y esa magia abrumadora, imponente y aterradora… hacía que el pasado rugiera fuerte dentro de los recuerdos de quienes la conocieron antes, dentro de los que fueron sus víctimas.
Eliana finalmente reunió todo su valor, todo su amor y toda su confianza, y dio el paso final que faltaba. Rodeó con cuidado a Anna por la espalda y apoyó una mano suave y firme en su hombro.
—No eres ella —le dijo, y aunque su voz todavía temblaba un poco, no retrocedió ni un milímetro—. Esa magia… sí, es la misma. Pero tú ya no eres la misma. No más.
Anna cerró los ojos con fuerza.
Una lágrima, pequeña, silenciosa pero increíblemente sincera, rodó por su mejilla pálida.
Y entonces, como si esa pequeña verdad hubiera sido la llave, el aura dorada terminó de desvanecerse por completo en el aire, dejando solo a la joven, humana y frágil, de pie frente a ellos.
Pero la imagen que había visto antes… el miedo en los rostros de los dos seres que más quería… se le había quedado grabada a fuego en la mente. Le dolía. Le dolía más que cualquier golpe, más que cualquier culpa por sus errores pasados. Porque ahora, incluso cuando hacía el bien, incluso cuando protegía… su sola presencia, su solo poder, les recordaba el dolor que les había causado.
Se sentía como un monstruo a pesar de todo. Como alguien que, por mucho que cambiara, siempre llevaría consigo esa marca que asustaba a los que amaba.
Anna se desprendió suavemente del abrazo de Eliana, con una sonrisa triste y lejana, que no llegó a brillar en sus ojos.
Se giró hacia ellos, poniendo con cuidado a Marien entre los brazos de Eliana. La chica se resistió un poco, queriendo seguir pegada a su salvadora, pero Anna le acarició el pelo con dulzura.
—Quédate con ellos, Marien. Ellos te cuidarán y te acompañarán hasta tu habitación. Ya estás a salvo.
Luego levantó la vista hacia Eliana y Garoum, evitando un poco sus miradas, incapaz de seguir viendo esa mezcla de alivio, orgullo y ese miedo que todavía flotaba en el aire entre los dos.
—Yo… tengo que irme —dijo con voz tranquila, aunque rota por dentro—. Se me hace tarde para las clases de magia avanzada. El profesor no tolera retrasos.
—Anna, pero… —empezó a decir Garoum, dando un paso hacia ella, queriendo arreglar lo que sea que se hubiera roto en ese momento.
—Estoy bien —lo cortó ella rápidamente, con esa sonrisa que ya conocían, la que usaba para ocultar lo que sentía—. Solo… tengo que irme. Más tarde hablamos.
Sin esperar respuesta, sin darles tiempo a decir nada más, Anna se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo desierto, alejándose de ellos, de su mirada, de todo.
Caminaba erguida, digna, como siempre… pero por dentro sentía que se desmoronaba.
Ese día, Anna había dado un paso gigantesco: había demostrado que podía usar su poder para salvar en lugar de dominar.
Pero al mismo tiempo, había entendido algo doloroso y definitivo: por más bien que hiciera, por más que cambiara… su magia siempre llevaría consigo el recuerdo de lo que fue. Y las personas que más la querían, las personas a las que más daño hizo en el pasado… siempre llevarían en su piel el miedo que ella misma les enseñó a sentir.
Y esa verdad, más dura que cualquier golpe, fue la que la acompañó en silencio mientras se alejaba, dejando atrás a los dos seres que la amaban, y que ahora se quedaban mirándose entre ellos, comprendiendo también que el pasado no se borra con un día, ni con una buena acción, ni con amor. Que el pasado siempre pesaba.
Así que Anna se alejó… no caminando, sino casi corriendo, con el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que le dolía respirar. Sus pasos resonaban apresurados contra el suelo de piedra del edificio, y sus manos apretaban el borde de su túnica como si así pudiera contener todo lo que se le estaba rompiendo por dentro.
Estaba triste. Profundamente triste. Porque lo que había visto en los ojos de las dos personas que más amaba no era solo sorpresa… era miedo. Un miedo antiguo, arraigado, el mismo que ella misma les había enseñado a sentir hace tiempo, y que su magia —esa magia inmensa, poderosa y aterradora— había traído de vuelta solo con aparecer.
«Es mi poder… es solo mi poder lo que les asusta», intentaba decirse a sí misma para consolarse, pero la herida seguía ahí, abierta y ardiendo.
Iba con la mirada baja, huyendo de todo, cuando pasó frente a una de las grandes ventanas de cristal que daban al patio.
Y entonces se detuvo en seco.
La temperatura a su alrededor bajó de golpe, como si una nube oscura hubiera cubierto el sol solo sobre ella.
En el reflejo del cristal, entre las sombras del marco, apareció ella.
No como un recuerdo borroso. No como una imagen lejana. Sino nítida, definida, con su mismo rostro, pero torcido en una sonrisa que Anna conocía demasiado bien: arrogante, cruel, satisfecha. Era la versión de sí misma que más odiaba, la que creía haber dejado atrás para siempre.
—Vaya, vaya… mírate. Huyendo, con el corazón hecho pedazos… justo como esperaba.
Anna no se giró. No quería darle esa satisfacción. Se quedó de pie frente al cristal, respirando hondo, intentando calmar el temblor que le recorría el cuerpo. Pero la voz, sedosa y cargada de veneno, siguió sonando, como si estuviera pegada a su oído.
—Lo viste, ¿verdad? Lo viste clarito en sus ojos. En los ojos de tu querida Eliana. En los ojos de tu fiel Garoum.
Se río bajito, disfrutando de cada palabra.
—Temblaban. Se quedaron rígidos. Te miraban y no veían a la niña buena que intentas ser ahora… te miraban y veían a mí.
Anna apretó los dientes con fuerza. Le dolía, porque era verdad. Había visto ese miedo. Y lo peor era saber por qué.
—No me ven a mí.
Su voz salió baja, temblorosa al principio, pero firme.
—Lo que ven… es mi magia. Solo mi magia.
—¡Ah, qué bonita forma de consolarte! —se burló, y el reflejo se inclinó hacia adelante, acercando su cara al cristal como si quisiera atravesarlo—. ¿Y crees que hay diferencia? ¿Crees que ellos piensan “ay, pobre Anna, su poder es malo, pero ella es buena”? ¡No, tonta! —escupió con malicia—. Para ellos, tú eres esa magia. Esa magia que los humilló, que los lastimó, que los hizo sentir menos que nada. La liberaste hace un momento… y en cuanto apareció, el pasado volvió. Y tú con él.
Anna cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo la duda intentaba entrar, cómo la Sombra quería aprovechar su tristeza para arrastrarla de nuevo hacia abajo. Pero entonces, algo se aclaró en su mente. Un pensamiento nítido, una verdad que acababa de comprender justo en ese doloroso momento.
Abrió los ojos y clavó la mirada en el reflejo oscuro.
—Tienes razón en algo.
La Sombra parpadeó, sorprendida de que le diera la razón.
—Es verdad. Mi magia… es la misma que usaste tú. Es inmensa, pesada, imponente. Es la misma que usé para dominar, para hacer daño, para que todos me temieran. Y sí… basta con que aparezca para que todos recuerden lo que era capaz de hacer. Incluso ellos. Incluso los que me quieren.
Hizo una pausa, y su expresión se endureció, pero no con miedo, sino con convicción.
—Pero te equivocas en lo más importante.
El reflejo ladeó la cabeza, intrigada y molesta a la vez.
—Esa magia… es solo una herramienta. Es fuerza. Es energía. Pero yo no soy la magia.
Dio un paso más cerca de la ventana, hablándole directamente a esa parte oscura
—Ellos tienen miedo de mi poder, lo sé. Tienen miedo de lo que esa fuerza puede hacer, porque la sintieron aplastarlos antes. Pero lo que ellos vieron hace un momento… lo que yo sentí que les asustaba… no era quién soy yo, sino lo que esa fuerza representa.
Se tocó el pecho, justo donde latía su corazón, herido pero firme.
—Yo no soy esa magia. Y lo que haga con ella… eso sí depende de mí. Tú la usabas para destrozar vidas. Yo… la acabo de usar para salvar una. La usé para separar a un agresor de alguien indefenso. Y aunque les asuste sentirla… aunque les recuerde el dolor pasado… esa magia ahora está bajo mi mando, no bajo el tuyo.
La Sombra frunció el ceño, y el reflejo en el cristal se distorsionó, volviéndose más oscuro, más agresivo. No le gustaba nada lo que escuchaba.
—¡Tonterías! El poder define a quien lo tiene. Si usas esa fuerza, eres como yo. Si liberas esa esencia, te conviertes en mí. ¡No puedes separarlo! ¡Yo soy tú!
—No. Ya no. —La voz de Anna fue clara, tranquila y segura, por primera vez desde que había huido—. Tú eres lo que yo fui cuando no entendía nada, cuando solo quería imponerme, cuando no tenía corazón. Pero yo… yo soy la que ahora carga con la culpa, la que llora por lo que hizo, la que daría todo para que nadie sufriera más.
Se quedó en silencio un instante, mirando fijamente esa cara que ya no era la suya
—Puedes quedarte con el miedo que provoca mi poder. Puedes quedarte con el recuerdo de lo que fuimos. Pero debes saber algo: puede que mi magia les recuerde al monstruo… pero yo ya no soy ese monstruo. Y cada vez que use esa fuerza, será para todo lo contrario de lo que tú hacías.
—¡Ya veremos cuánto dura esa seguridad! —siseó, con rabia contenida—. Cada vez que saques ese poder, cada vez que esa energía se desborde… yo estaré ahí, esperando a que te canses, a que dudes, a que caigas. Porque la gente no cambia tanto, Anna. Y tú llevas mi marca grabada en el alma.
El reflejo comenzó a desvanecerse poco a poco, mezclándose con el cristal transparente.
—Y tarde o temprano… me darás la razón.
Y entonces desapareció por completo, dejando solo a Anna frente a su propio reflejo: el de una chica pálida, triste, con los ojos rojos, pero con una mirada distinta. Una mirada que antes no tenía.
El frío se fue, pero el peso de lo que había dicho se quedó ahí, resonando en su propia cabeza.
Anna respiró hondo, llenando los pulmones de aire fresco. Todavía le dolía. Todavía sentía ese nudo en la garganta al recordar la cara de Eliana y Garoum. Sabía que el miedo seguiría ahí por un tiempo, sabía que su magia siempre llevaría esa sombra consigo.
Pero ahora entendía la diferencia.
«Es solo el poder… no soy yo. Soy yo quien lo usa. Y yo elijo cómo usarlo.»
Se secó una lágrima solitaria que le rodaba por la mejilla, enderezó la espalda y apretó con fuerza su bolso. Ya no corría. Ahora caminaba con paso firme, aunque el corazón le doliera.
Porque la Sombra había vuelto, sí…Pero esta vez, Anna no se había dejar convencer.
—esa noche—
La noche había caído completamente sobre la residencia, y todo el ruido y la tensión del día parecían haberse quedado flotando en el aire, invisibles pero pesados.
Anna estaba sentada en un pequeño taburete frente al tocador de madera oscura, con la luz de las velas bailando suavemente sobre el espejo. Detrás de ella, Eliana permanecía de pie, peinando su largo cabello oscuro con movimientos lentos, suaves y muy cuidadosos. Era una rutina que habían repetido cientos de veces, un momento tranquilo, casi terapéutico… pero esa noche, el silencio pesaba más de lo habitual.
Eliana lo notó enseguida.
Anna estaba demasiado quieta, rígida como una estatua, con la vista fija en sus manos entrelazadas sobre su regazo. Y esas manos… temblaban. Un movimiento leve, casi imperceptible, pero que Eliana conocía demasiado bien.
Dejó el cepillo sobre la mesa con suavidad y se inclinó un poco hacia adelante.
—Anna… —llamó en voz baja—. ¿Estás bien?
Anna tardó mucho en responder. Tragó saliva con dificultad, tomó aire llenando sus pulmones y soltándolo despacio, como si quisiera deshacerse de algo que le dolía por dentro. Al final, habló con una voz tan tenue que apenas se escuchaba.
—Tengo… miedo.
Eliana abrió los ojos un poco, sorprendida por esa confesión, pero no dijo nada todavía. Solo dio un paso más cerca y pasó una mano cálida y suave por el hombro de ella, esperando. Anna continuó, como si necesitara soltarlo todo para no ahogarse.
—Cuando desperté aquel día… cuando me di cuenta de dónde estaba, de quién era… —hizo una pausa larga, dolorosa— yo sellé mi magia. Voluntariamente.
Eliana dejó caer la mano lentamente a su costado, escuchando con toda su atención, sin interrumpir.
—No fue porque creyera que no la necesitaba, ni por miedo a ser débil —explicó Anna, negando apenas con la cabeza—. Fue porque… ese poder, esa fuerza inmensa… era el recuerdo más claro, la marca más grande de quien ella fue. De la antigua Anna.
La voz se le quebró un poco, y sus dedos se apretaron con más fuerza entre sí.
—No quería depender de algo que había lastimado a tanta gente. No quería que cada vez que me acercara, o cada vez que usara magia, todos cerraran los ojos y recordaran el daño que esa fuerza causó. —Susurró casi contra su pecho—. Tú lo sabes, ¿verdad? Lo que esa magia significaba para todos nosotros… para ti. Para Garoum. Era… era pura opresión. Era sentir que el aire se acababa, que tú no eras nada.
Eliana desvió la mirada apenas un segundo. Sí, lo sabía. Lo sabía demasiado bien. Esa presencia, esa presión que pesaba sobre los hombros, esa sensación de insignificancia… eran cosas que no se podían borrar de la memoria fácilmente.
Anna respiró hondo, temblando más ahora.
—Pero hoy… —se mordió el labio inferior, luchando por no llorar— cuando vi a Alistair retorciéndole la muñeca a Marien, cuando la vi llorar y pedir ayuda… simplemente no pude quedarme quieta. Mi cuerpo se movió solo. Y sin pensar, sin controlarlo… lo liberé todo.
Una pequeña chispa de luz azul brilló fugazmente entre sus dedos, un resto de esa energía que todavía vibraba en ella.
—Y cuando lo hice… cuando sentí cómo salía, cómo llenaba todo el espacio… también pude sentirlo. —Cerró los ojos con fuerza, como si quisiera borrar la imagen que tenía grabada—. Sentí tu miedo, Eli. Sentí el miedo de Garoum. Vi cómo se ponían rígidos, cómo se alejaban sin querer…
Su voz se rompió por completo, y las primeras lágrimas empezaron a caer sobre sus manos.
—Y pensé… ya está. Se acabó. Volvieron a verla. Volvieron a ver al monstruo. —Sollozó bajito—. Tal vez… tal vez aunque cambie, aunque intente ser buena… tal vez siempre siga siendo ella. Solo ella.
Eliana no le dejó terminar la frase.
Soltó el cepillo sobre la mesa de golpe, se agachó hasta quedar a la altura del rostro de Anna, tomó sus manos temblorosas entre las suyas con firmeza, y la obligó a levantar la cabeza y mirarla a los ojos.
—Anna… escúchame bien. Y no me interrumpas.
Su voz fue seria, firme, sin dudas. Anna abrió los ojos, sorprendida por esa intensidad.
—Tienes razón en algo —empezó Eliana, y fue brutalmente honesta, sin adornos, sin mentiras para consolarla—. Cuando sentí esa magia esta tarde… sí. Tuve miedo.
Las lágrimas de Anna corrieron más rápido al escucharlo, pero Eliana apretó sus manos con más fuerza, manteniéndola allí.
—Fue como si el tiempo se hubiera echado para atrás de golpe. Por un segundo… solo un segundo… volví a ser la sirvienta pequeña que temblaba de miedo solo al ver tu sombra acercarse. —Su voz se quebró un poco también, pero siguió mirándola fijo—. Y Garoum… él también lo sintió. Lo vi en su cara. Fue horrible. Fue doloroso. Y odio que sea así… odio que algo que viene de ti pueda hacerme sentir eso otra vez.
Anna bajó la vista, destrozada, pero Eliana le acarició las mejillas con los pulgares, secando esas lágrimas.
—Pero eso… eso es cosa del pasado, Anna. Eso es lo que ella nos hizo sentir. Lo que ella usaba ese poder para hacer. —Se inclinó más cerca, hasta que sus rostros estuvieron muy cerca—. Porque te voy a decir la verdad completa: sentí miedo de lo que esa magia me recordaba… pero no sentí miedo de ti.
Anna parpadeó, confundida.
—Cuando vi lo que hiciste —continuó Eliana con voz suave y llena de ternura—, cuando vi cómo te pusiste delante de Marien, cómo envolviste a esa chica para protegerla, cómo te pusiste en riesgo para detener algo injusto… —sonrió con tristeza, pero con amor— entendí la diferencia.
—Sí, tu magia es la misma fuerza. Sí, trae recuerdos terribles. Pero tú… tú ya no eres la que la usa para aplastar. Ahora eres la que la usa para levantar. La que la usa para defender. —Acercó su frente a la de Anna—. Y eso… eso cambia todo.
Eliana tomó entonces la cabeza de Anna entre sus manos, con una dulzura infinita, y la atrajo suavemente contra su pecho. Rodeó sus hombros con sus brazos y apoyó la barbilla sobre su cabello, abrazándola fuerte, protegiéndola como ella hacía con los demás.
Dejó que Anna escuchara. Que escuchara el ritmo de su corazón. Lento. Constante. Completamente calmado. Sin rastro de miedo, de prisa ni de alarma. Solo paz.
—Te quiero, Anna —susurró contra su pelo, clara y firme—. Te quiero a ti. A la que llora por lo que hizo mal. A la que se preocupa por los demás. A la que tiene miedo de perder lo que ha ganado. Me da igual el pasado. Me da igual lo que fuiste. Me da igual incluso que tu poder me recuerde cosas dolorosas… porque tú ya eres parte de mi vida.
Acarició su cabeza con suavidad, como si fuera lo más frágil y valioso del mundo.
—Y no pienso irme a ninguna parte. No pienso dejarte sola con esos miedos. No pienso dejar que creas ni por un segundo que eres como ella. —Le dio un beso suave en la sien—. Puedes tener la magia más grande de todas, puedes asustar a quien quieras… pero para mí… tú eres solo tú. La persona más valiente y más buena que conozco. Y estando a tu lado… —apretó el abrazo y su corazón siguió latiendo tranquilo, fuerte y seguro contra el oído de Anna—… ya no tengo miedo de nada.
Anna cerró los ojos y se dejó caer completamente en ese abrazo, en esa calma, en ese amor que no ponía condiciones, que no juzgaba, que aceptaba incluso lo que daba miedo.
Lloró, sí. Pero ya no era un llanto de soledad ni de culpa. Era el llanto de quien, por fin, después de mucho tiempo, sentía que estaba en casa.
Y por primera vez desde que despertó en este cuerpo, desde que cargó con todo ese peso y todo ese miedo…
Anna dejó de sentir que tenía que pelear sola contra su propia sombra.
Porque ahora sabía que, pasara lo que pasara, Eliana estaría ahí.
—A la mañana siguiente—
A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza sobre los jardines de la academia, iluminando los senderos de piedra y los macizos de flores. Anna caminaba despacio hacia el patio principal, con el corazón mucho más ligero que el día anterior, aunque todavía con un poquito de esa melancolía que no se va del todo en una noche. Iba pensando en lo que había hablado con Eliana, en sus palabras, y en que ahora debía hablar también con Garoum para aclarar las cosas.
Pero en el momento en que dobló la esquina y sus ojos buscaron la figura inmensa de su guardián… se detuvo en seco, parpadeando sin entender absolutamente nada.
Allí estaba Garoum.
Sentado muy erguido sobre una banca de piedra, con la espalda recta como una tabla, el rostro tan serio e impasible como siempre… pero con una pequeña diferencia: estaba cargando una pila de lozas y platos de cerámica perfectamente apilados sobre sus hombros, su cabeza y sus rodillas.
Y encima de él, con mucha concentración y cuidado, Lyra colocaba otro plato más.
Un poco más lejos, de pie y con los ojos muy abiertos, Lira y Marien —quien ya se había recuperado del susto y se había unido al grupo— observaban la escena con entusiasmo, como si estuvieran viendo el espectáculo más importante del mundo.
Anna se acercó despacio, todavía confundida.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —preguntó con voz suave, sin saber si debía preocuparse o no.
Lyra se giró al oírla, con una sonrisa pícara y satisfecha, sosteniendo en la mano otro plato que traía de reserva.
—¡Señorita Anna! Justo a tiempo para ver que se hace justicia —dijo, muy seria, señalando a Garoum con la cabeza—. Este grandullón de aquí… está cumpliendo su castigo.
Anna inclinó la cabeza, más confundida aún. Miró a Garoum, que no se movía ni un milímetro ni pestañeaba siquiera bajo el peso de tantas lozas.
—¿¿Castigo?? —repitió Anna—. ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
Lyra puso las manos en la cintura, indignada.
—¡¿Que qué ha hecho?! —exclamó, escandalizada—. Ayer, Anna… ¡ayer te miró con miedo! ¡Y yo me di cuenta! —Se acercó un poco más al guerrero, señalándolo con el dedo—. Se sintió terriblemente culpable por haber tenido miedo de tu magia, por haber dudado, aunque fuera un segundo de ti… y dijo que no sabía cómo pedir perdón. Así que yo, que soy muy inteligente, le dije que el mejor castigo para alguien tan fuerte era soportar peso, mucho peso, hasta que entendiera que nunca, nunca debe tenerte miedo ni dudar de ti.
Lira asintió con fuerza detrás de ella.
—¡Sí, sí! ¡Y yo dije que faltaban más platos! —añadió, muy animada—. ¡Que, si se cae uno, no vale!
Marien, un poco más tímida pero ya sonriendo, asintió también.
—Y… y yo dije que debía mantenerse muy quieto para que fuera un castigo de verdad —susurró, y luego miró a Garoum con admiración—. Y él… bueno… él no se ha quejado ni una vez.
Anna miró a Garoum, buscando sus ojos entre tantos platos apilados.
—¿Es verdad todo esto, Garoum? —le preguntó con dulzura.
El guerrero movió apenas la cabeza, con muchísimo cuidado para no tirar nada, y respondió con su voz grave y profunda, que salía amortiguada por las lozas:
—Es verdad, mi señora. —Y entonces, para sorpresa de todos, frunció el ceño y añadió, muy serio—. Pero… esto es muy poco peso. Apenas se siente. El castigo no es suficiente. No compensa lo que sentí ayer.
Lyra abrió la boca, luego soltó una carcajada y dio una palmada.
—¡¿Ah, sí?! ¿Crees que es poco? ¡Pues ya verás! —Se giró corriendo hacia una mesa cercana donde habían dejado más vajilla—. ¡Ya que pides más, vas a tener más! ¡Vas a quedarte como un armario de lozas!
Y efectivamente, empezó a traer platos más grandes, fuentes hondas y tazas enormes, apilándolos con mucho cuidado encima de la cabeza y los hombros de Garoum, que seguía tan erguido y firme como una estatua de piedra, aceptando cada nueva loza con la misma cara seria, como si realmente estuviera cumpliendo una penitencia sagrada.
—¡Así está mejor! —decía Lyra mientras subía otra—. ¡A ver si ahora te parece poco!
—¡Ánimo, Garoum! —gritaba Lira, dando palmas—. ¡Tú puedes con más!
—¡Es… es increíble que no se mueva! —decía Marien, con los ojos brillantes de risa y asombro.
Y entonces, al ver esa escena: a Lyra muy concentrada torturándolo con más peso, a Lira y a Marien animando la "ejecución", y a Garoum, el guerrero más temido y fuerte del reino, sentado como un poste, cargando montones de cerámica y pidiendo más porque sentía que no se estaba castigando lo suficiente…
Algo dentro de Anna se rompió.
Toda la pesadez, todo el miedo, toda la tristeza y la duda del día anterior… simplemente desaparecieron de golpe.
Primero fue una pequeña exhalación, luego una risita contenida… y finalmente, Anna soltó una carcajada sonora, clara y brillante, de esas que salen del alma y que hacía muchísimo tiempo no se escuchaban en ella.
Se llevó una mano a la boca, intentando parar, pero no podía. Se reía viendo a Garoum convertido en una torre de platos, se reía de la cara de concentración de Lyra, se reía de lo absurdo y lo bonito que era todo aquello.
Al oír su risa, todos se detuvieron.
Lyra sonrió triunfante.
Lira saltó de alegría.
Marien sonrió con ternura.
Y Garoum, bajo toda esa pila de lozas, levantó apenas la vista hacia ella. Y aunque su cara seguía seria, en el fondo de sus ojos grises brillaba una luz muy especial… porque ese era exactamente el resultado que él quería.
—¿Te parece gracioso, mi señora? —preguntó con voz grave, aunque ya se le escapaba una pequeña sonrisa.
—¡Sí! —respondió Anna, todavía riendo, con los ojos llenos de lágrimas de alegría—. ¡Es lo más gracioso que he visto en mi vida! ¡Eres un tonto, Garoum! ¡Un grandísimo tonto!
Se acercó a él, todavía riéndose, y empezó a quitarle los platos uno por uno con cuidado.
—Ya basta de castigo —dijo, mirándolo con todo el cariño del mundo—. Ya está más que perdonado. Y tú también me perdonas a mí, ¿entendido? No vuelvas a sentir eso nunca más.
Garum asintió despacio, mientras dejaba caer los hombros al fin, libre del peso.
—Entendido, mi señora. —Y añadió bajito—. Pero si alguna vez hace falta… puedo cargar con toda la vajilla del castillo si con eso logro que te rías así otra vez.
Anna volvió a reír, y lo abrazó fuerte, rodeando su enorme cuerpo con sus brazos.
Porque esa mañana, entre platos, risas y tonterías, entendió algo más: el amor verdadero no está en no tener miedo, ni en no cometer errores. Está en cómo se arreglan las cosas después. Y en cómo, incluso después de la tormenta, todos estaban ahí… para hacerla reír.
Thoughts
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PermalinkLos jóvenes nobles contando lo de la epidemia de oídas, lo que dijo un tío, una tía, un abuelo, me hizo pensar en cómo se arma una reputación: Anna ya no controla lo que se cuenta de ella, ni lo malo de antes ni lo bueno de ahora. Apuesto a que esa versión exagerada le pesa casi tanto como la otra :)
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PermalinkVolví a la noche del peinado cuando terminé. Que Eliana le diga que sí tuvo miedo, sin endulzarlo, y después la haga escuchar el corazón tranquilo, me pareció lo más cierto de todo.
Mi madre hacía algo así con mi hermana después de una pelea grande: no le decía que no había pasado nada, le decía que había pasado y se sentaba igual al lado. Los platos de Garoum a la mañana son lo mismo, de alguien que no sabe decirlo.
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