Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 4: Una promesa que nunca desapareció

DNavarrete
Pública 1 conversación 3 pensamientos 24 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El silencio volvió a llenar la estancia. Haruto permanecía de pie, como si sus piernas hubieran olvidado cómo moverse, con la mente todavía tratando de encajar todas las piezas que acababan de…

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

mvillar74

Haruto poniendo la mesa en vez de quedarse tirado en el sofá. Me da que en su casa era él el que cocinaba para las hermanas.

Haruto poniendo la mesa en vez de quedarse tirado en el sofá. Me da que en su casa era él el que cocinaba para las hermanas.

Contenido de la publicación

El silencio volvió a llenar la estancia. Haruto permanecía de pie, como si sus piernas hubieran olvidado cómo moverse, con la mente todavía tratando de encajar todas las piezas que acababan de caerle encima. Reina lo observó con una ternura que nadie más había visto en ella, y soltó una risita suave.

 

—Vaya cara tienes... Parece que tu cabeza está intentando ordenar demasiadas cosas a la vez.

 

Él parpadeó, saliendo de su aturdimiento.

 

—¿Eh?

 

—Es normal —continuó ella con calma—. En menos de una hora has descubierto que la presidenta estricta y distante es la niña con la que te escondías en el parque... y que ella ha guardado una promesa que tú creías perdida en el olvido.

 

Reina tomó su brazalete del consejo estudiantil del pequeño mueble de la entrada y se lo ajustó con cuidado.

 

—Te daré todo el tiempo que necesites. Sé perfectamente que esto ha sido demasiado repentino. No espero que lo asimiles todo en unos minutos.

 

Sus ojos violetas se encontraron con los suyos con una sinceridad absoluta.

 

—Pero quiero que tengas claro una cosa: no hice esto por un capricho, ni por ganar popularidad, ni porque sea solo una norma del programa. Y tampoco es algo que dure solo mientras estemos en la academia.

 

Esas palabras hicieron que Haruto levantara la mirada de golpe. Ella no hablaba de un trato escolar, ni de tres años de convivencia temporal. Hablaba de algo mucho más grande, mucho más profundo.

 

—Quiero que te vayas haciendo a la idea —dijo ella acercándose un paso más—: cuando terminemos nuestros estudios... espero que cumplamos de verdad lo que prometimos bajo el cerezo.

 

El corazón de Haruto dio un vuelco tan fuerte que creyó escucharlo. Reina lo decía con la misma naturalidad con la que se habla del tiempo: sin vergüenza, sin dudas, segura de lo que quería.

 

—Pero eso puede esperar —añadió abriendo la puerta—. Ahora mismo hay algo mucho más urgente: el escándalo que acabo de armar.

 

—¿Pequeño escándalo? —preguntó Haruto con voz apagada al recordar los gritos y las miradas atónitas.

 

Reina soltó una risa divertida, la primera que se le escapaba sin reservas.

 

—Está bien, quizás no fue tan pequeño. Debo volver al consejo; hay muchas preguntas que responder... y muchas otras que es mejor evitar. Te traje aquí para que no tuvieras que soportar ahora mismo a cientos de personas preguntándote quién eres y de dónde nos conocemos.

 

Solo imaginarse rodeado de todos esos ojos y voces le dio escalofríos.

 

—Mientras tanto —señaló el interior de la casa con un gesto—, recórrela si quieres. Ya es tu hogar también. Volveré en cuanto consiga calmar las aguas.

 

—De acuerdo... —alcanzó a decir él.

 

Ella le dedicó una última sonrisa cálida y salió. La puerta se cerró suavemente tras ella, devolviendo el silencio a la residencia.

 

Haruto se dejó caer despacio sobre el sofá, hundiendo la espalda en los cojines y llevándose una mano a la frente. Todo volvía a su mente con una claridad dolorosa: el parque, los libros que ella le dejaba mirar, la forma en que lo abrazaba cuando sus hermanas lo molestaban, aquel pequeño colgante... y la promesa hecha con los meñiques entrelazados.

 

Con el paso de los años, las mudanzas, las nuevas clases y las responsabilidades, esos recuerdos se habían ido apagando hasta quedar enterrados. Había olvidado algo que para ella había sido el centro de todo este tiempo.

 

—Lo olvidé... —susurró con voz rota—. Olvidé algo que ella cuidó durante ocho años.

 

Lo que más le dolía no era la confusión, ni el cambio repentino en su vida, sino haber fallado a quien nunca lo había olvidado. A quien había esperado en silencio, año tras año, manteniendo su palabra.

 

—Debió pensar tantas veces que yo también la recordaba... —murmuró mirando sus manos.

 

Y sin embargo, al volver a verlo, ella no le había reprochado nada. No le había gritado ni le había exigido explicaciones. Simplemente había estado ahí, cumpliendo su parte del trato.

 

Una pequeña sonrisa, mezcla de culpa y una gratitud inmensa, apareció en sus labios.

 

—Gracias... —dijo casi sin voz—. Gracias por esperarme todo este tiempo.

 

Fuera, la brisa agitaba suavemente los pétalos de los cerezos que bordeaban las calles de las residencias. Mientras tanto, muy lejos de allí, en el auditorio de la Academia Kōsei, el verdadero caos apenas comenzaba a tomar forma.

 

Las puertas del auditorio se abrieron de nuevo. En cuanto la figura elegante de Reina Saegusa apareció en el umbral, decenas de cabezas giraron casi por reflejo.

 

—¡Es la presidenta!

 

—Ha vuelto...

 

—¿Dónde está el chico?

 

—¿Se fueron juntos, verdad?

 

El murmullo que las profesoras apenas habían conseguido calmar volvió a crecer con fuerza.

 

—¡Silencio, por favor!

 

—¡Continúen con la actividad!

 

—¡No se distraigan!

 

Los docentes recorrieron los pasillos intentando recuperar el orden. Algunas alumnas seguían conversando con los estudiantes de primer año, otras empezaban a mostrarles las instalaciones junto a quienes ya habían elegido para iniciar su convivencia. Poco a poco el evento recuperaba su ritmo... aunque era evidente que nadie lograba concentrarse del todo después de semejante anuncio.

 

A un costado del escenario, la directora Akiko Takamori observaba todo con los brazos cruzados. A su lado, la profesora Kaori Shimizu ocultaba una sonrisa tras una carpeta.

 

—No puedo creer que realmente lo hiciera... —murmuró la orientadora.

 

—Yo tampoco —suspiró la directora.

 

Kaori la miró de reojo.

 

—Aunque debo admitir que fue... bastante romántico.

 

Akiko cerró los ojos un instante.

 

—Romántico, sí... —volvió a mirar el recinto—. Pero también acaba de convertir el primer día de clases en el tema de conversación de toda la academia.

 

Kaori soltó una risita.

 

—Eso nadie podrá negarlo.

 

Mientras tanto, Reina avanzaba con la misma calma de siempre, como si no hubiera puesto patas arriba la institución en cuestión de minutos. Los estudiantes se apartaban automáticamente para abrirle paso; algunos intentaban preguntarle algo, otros solo la observaban con curiosidad, pero ella no se detuvo ante nadie. Caminó hasta la zona reservada al Consejo Estudiantil, donde todos guardaron silencio al verla llegar. Nadie se atrevió a hablar... salvo una persona.

 

Hina estaba sentada con los brazos cruzados y una mirada que decía claramente: "Me lo explicas ahora mismo". Reina tomó asiento a su lado con total tranquilidad. Durante unos segundos ninguna dijo nada.

 

—¿Y bien? —rompió el silencio la vicepresidenta.

 

—¿Qué ocurre? —respondió Reina con calma.

 

—No te hagas la inocente —Hina señaló discretamente todo el auditorio—. Acabas de declarar delante de media academia que un chico de primer año será tu esposo. Creo que merezco una explicación.

 

Reina miró a su alrededor: el bullicio impedía que nadie más escuchara su conversación.

 

—Te lo contaré —dijo finalmente.

 

—¿Así de fácil? —arqueó una ceja Hina.

 

—Porque eres mi amiga.

 

La vicepresidenta sonrió satisfecha.

 

—Mucho mejor.

 

Reina respiró hondo antes de empezar, y al pronunciar aquel nombre lo hizo con una suavidad que Hina jamás le había escuchado:

 

—Haruto Aizawa... es un niño al que conocí hace muchos años.

 

Le habló del pequeño parque, del niño que corría hasta ella escapando de las bromas de sus hermanas, de las tardes en que él se recostaba en su hombro mientras ella leía... y finalmente de aquella promesa sellada con los meñiques bajo el cerezo.

 

—Él me dijo... —Reina bajó levemente la mirada hacia su mano— ...que cuando entrara al programa, me escogería como su primera esposa.

 

Hina la escuchaba en absoluto silencio, hasta que poco a poco los recuerdos empezaron a volver a ella también: aquel niño pequeño, de cabello negro, que siempre se escondía detrás de Reina...

 

—¡Oye, renacuajo!

—¡No me digas así!

—¡Entonces deja de esconderte!

—¡No me estoy escondiendo!

Hina abrió los ojos de golpe.

 

—¿el enano?

 

Reina asintió despacio.

 

La vicepresidenta miró hacia donde lo había visto poco antes: ya no era aquel niño llorón, había crecido, se había vuelto más alto y maduro... pero ahora que lo recordaba, sus ojos seguían siendo exactamente los mismos.

 

—No me lo puedo creer... —murmuró para sí misma. Luego miró a su mejor amiga con voz mucho más suave—. ¿De verdad esperaste todos estos años... por una promesa que te hizo cuando apenas era un niño?

 

Reina sonrió: una sonrisa pequeña, serena, llena de una felicidad que muy pocas veces mostraba en público.

 

—Sí.

 

Una sola palabra, pero suficiente para que Hina entendiera que no había sido un impulso, ni una decisión de última hora: durante más de diez años, Reina había guardado aquella promesa como el tesoro más valioso de su vida.

 

Hina soltó una larga exhalación y sonrió con una mezcla de asombro y cariño.

 

—Eres increíble...

 

—¿Eso es un cumplido? —preguntó Reina ladeando la cabeza.

 

—No lo sé —Hina soltó una risa—. Pero creo que eres la persona más terca que he conocido jamás.

 

Por primera vez en mucho tiempo, la presidenta dejó escapar una leve risa sincera.

 

—Probablemente.

 

—Entonces espero que ese chico no vuelva a olvidar algo tan importante —dijo Hina apoyando el codo sobre la mesa.

 

Reina miró fugazmente hacia una ventana, como si pudiera ver el camino hasta la residencia donde lo había dejado.

 

—No importa —respondió con tranquilidad—. Ahora ya lo recordamos los dos.

 

El bullicio del auditorio se fue alejando mientras caminaban por los senderos empedrados. Los pétalos de los cerezos caían suavemente sobre ellas, mecidos por la brisa de la tarde. Hina caminaba con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, lanzando miradas de reojo a su compañera, que avanzaba con la misma elegancia imperturbable de siempre.

 

—De verdad no lo entiendo... —rompió el silencio la vicepresidenta.

 

Reina ni siquiera giró la cabeza.

 

—¿Qué cosa?

 

—¿Cómo pudiste tomarte tan en serio una promesa hecha por un niño de siete años?

 

Reina siguió caminando unos pasos más antes de responder con calma:

 

—Eso no es asunto tuyo.

 

—¡Claro que sí! —protestó Hina con una sonrisa—. Somos mejores amigas desde que éramos unas mocosas. Y estoy segura de que durante todos estos años te has pasado idealizando demasiado a ese enanito.

 

Esta vez Reina se detuvo un instante y preguntó con total naturalidad:

 

—¿Y tú? ¿No has hecho exactamente lo mismo con "el Héroe"?

 

Hina se quedó petrificada en medio del camino.

 

—Tu hermana pequeña sigue llamándolo así —añadió Reina, retomando la marcha como si nada.

 

Las mejillas de Hina se encendieron de golpe.

 

—¡E-Eso es diferente!

 

—¿Ah, sí? —Reina esbozó una sonrisa casi imperceptible.

 

—¡Claro que sí! —la alcanzó rápidamente—. Yo solo quiero encontrarlo para darle las gracias. Y además... mi hermanita quiere volver a verlo. Después de todo lo que hizo por nosotras... —su voz bajó de tono.

 

Reina la miró de reojo.

 

—¿Solo por eso?

 

—¡Sí! —respondió demasiado rápido. Carraspeó para disimular—. Bueno... sí. Y además —levantó un dedo, como dando una lección— lo mío ocurrió hace apenas un mes. Lo tuyo fue hace ocho años. Lo mío fue un accidente donde alguien nos salvó. Lo tuyo fue una promesa infantil. Nuestros casos son completamente distintos.

 

Reina guardó silencio unos segundos y luego preguntó con sencillez:

 

—Entonces... ¿por qué vienes conmigo a la residencia?

 

Hina abrió la boca, la cerró y desvió la mirada.

 

—E-Eso... solo quiero conocer mejor al chico que logró conquistar el corazón de mi mejor amiga.

 

Reina sonrió satisfecha.

 

—Ya veo.

 

—¡No pongas esa cara!

 

—¿Qué cara?

 

—¡Esa de "te conozco mejor que nadie"!

 

Reina siguió caminando sin decir nada más. Hina infló las mejillas, resignada: "Me ganó otra vez..."

 

Al llegar a la zona de las residencias, Reina se detuvo frente a la casa de paredes marfil.

 

—Es aquí.

 

Hina la observó con curiosidad.

 

—Así que aquí vivirán...

 

Antes de terminar la frase, un aroma delicioso llegó hasta ellas. Ambas se quedaron inmóviles.

 

—¿Eso es... comida? —susurró Hina.

 

Reina abrió la puerta. Al entrar, la escena las sorprendió por completo: la mesa del comedor estaba puesta con esmero, los platos alineados y en el centro una cena sencilla pero con un olor exquisito. Y frente a ella, Haruto terminaba de acomodar los cubiertos.

 

Al verlas, dio un respingo y se enderezó de golpe.

 

—¡V-Vicepresidenta! No... no esperaba que usted viniera también. Lo siento, solo preparé algo rápido... enseguida traigo otro plato.

 

—No hace falta —empezó a decir Reina, pero él ya se dirigía apresurado a la cocina.

 

Hina se quedó mirando la escena, boquiabierta. Había imaginado al chico perdido y nervioso en el sofá; en su lugar, se encontraba con una casa acogedora y él preocupado por no dejarla mal.

 

Reina miró a su amiga con una sonrisa suave.

 

—¿Sigues dudando de que sea un buen chico?

 

Hina escuchó los ruidos nerviosos desde la cocina y soltó un suspiro, ocultando una pequeña sonrisa.

 

—Sigue siendo... el mismo renacuajo de aquel entonces.

 

—¡Encontré otro plato! —anunció Haruto desde el pasillo.

 

Hina soltó una risita baja.

 

—Sí... no cambió tanto como pensaba.

 

La mesa estaba servida: arroz recién hecho, verduras salteadas, sopa miso y pescado a la plancha, todo sencillo pero con un aspecto exquisito. Los tres permanecían sentados, y Haruto mantenía la espalda tan recta que casi parecía de madera. No podía dejar de pensar: ¿Cómo terminé cenando con las dos personas más importantes de toda la academia?

 

Hina observó su postura rígida y soltó una risita.

 

—Relájate un poco. Pareces estar en una entrevista de trabajo.

 

—L-Lo siento... —balbuceó él.

 

—No tienes que pedir perdón por respirar —replicó ella con naturalidad—. Y deja de tratarme como si fuera una desconocida.

 

—Es que... sigue siendo muy extraño tener a la vicepresidenta aquí —admitió Haruto.

 

—¿Vicepresidenta? —Hina arqueó una ceja con picardía—. Qué formal. Después de todo... nosotros ya nos conocemos desde hace mucho tiempo.

 

Haruto parpadeó, confundido.

 

—¿Nos... conocemos? Estoy casi seguro de que jamás nos habíamos visto antes de hoy...

 

Hina suspiró llevándose una mano a la frente.

 

—No puedo creerlo... ¿En serio también me olvidaste a mí?

 

—¿También? —Haruto miró automáticamente a Reina, que comía con total calma, como si ya supiera exactamente lo que iba a suceder.

 

—Lo siento... estoy intentando recordar, de verdad —dijo él con sinceridad.

 

—Está bien —Hina esbozó una sonrisa traviesa—. Entonces tendré que ayudarte.

 

Se inclinó apenas hacia adelante y pronunció las mismas palabras que años atrás repetía cada vez que lo veía:

 

—¿Qué pasa, renacuajo?

 

El tiempo pareció detenerse. Aquella palabra despertó todo de golpe: el parque, Reina bajo el cerezo... y otra niña de cabello claro con dos coletas que se movían al correr, siempre riéndose mientras lo molestaba.

 

—¡Mira quién vino otra vez! ¡El renacuajo!

 

—¡N-No me digas así!

 

—Entonces deja de esconderte detrás de Reina.

 

—¡No me estoy escondiendo!

 

—¡Ja! ¡Sabía que eras un renacuajo!

 

Los recuerdos se desvanecieron tan rápido como habían llegado. Haruto abrió los ojos lentamente y miró a Hina: ya no veía a la vicepresidenta, sino a aquella niña inquieta que nunca dejaba de bromear con él.

 

—Ya me acordé —dijo despacio.

 

—¡Por fin! —exclamó ella satisfecha.

 

—Eres... la tsundere de coletas.

 

Silencio absoluto. Reina dejó los palillos sobre la mesa con calma, sabiendo lo que venía. Una vena se marcó en la frente de Hina.

 

—¿...Cómo me llamaste?

 

—La tsundere de co—

 

—¡¡¡¡¡HARUTOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!

 

La silla se deslizó hacia atrás con estrépito. Hina prácticamente saltó sobre la mesa con los ojos echando chispas.

 

—¡¡¿A QUIÉN LE DICES ESO?!! ¡¡¡RETÍRALO AHORA MISMO!!!

 

—¡¡¡PERO SI TÚ SIEMPRE ERAS ASÍ!!! —gritó él esquivándola—. ¡¡¡REINA, AYUDA!!!

 

Reina tomó un sorbo de té sin inmutarse.

 

—No. Te lo buscaste tú solo.

 

—¡¡¡PERO SOLO DIJE LA VERDAD!!!

 

—¡¡¡Eso es lo peor de todo!!!

 

Haruto daba vueltas alrededor de la mesa esquivándola por puro instinto, igual que cuando eran niños. Por unos instantes, la residencia dejó de ser la casa solemne de la presidenta del consejo estudiantil y se llenó de vida, de risas y de ese alboroto familiar que solo ellos tres conocían.

 

Reina apoyó la mejilla en una mano y los observó con una sonrisa tierna y serena. Después de tantos años... por un momento, sintió que aquel día bajo el cerezo nunca había terminado.

 

Thoughts

  • mvillar74

    Haruto poniendo la mesa en vez de quedarse tirado en el sofá. Me da que en su casa era él el que cocinaba para las hermanas.

    Permalink
  • pasaporteVencido

    Reina con la mesa, los platos y hasta el brazalete a mano en el mueble de la entrada, como quien vive ahí hace rato. ¿La casa marfil ya era suya antes de que llegara Haruto?

    Permalink

Related posts