Que no haya cuerpos en la Ciudad 45 da más mal rollo que la criatura. Una ciudad vacía y limpia no se cae sola.
Capítulo 35: Una alianza imposible
Pensamiento
Que no haya cuerpos en la Ciudad 45 da más mal rollo que la criatura. Una ciudad vacía y limpia no se cae sola.
Contenido de la publicación
El edificio se alzaba en medio de una ciudad abandonada, rodeado de avenidas agrietadas y estructuras que llevaban siglos sin recibir mantenimiento. Durante la Edad de Oro de la humanidad, aquel lugar había sido una sede legislativa, un espacio donde representantes de distintas regiones debatían y establecían las leyes de la civilización. Ahora, sus amplios salones estaban vacíos, sus ventanas cubiertas de polvo y sus pasillos sumidos en un silencio espeso. Un escenario extrañamente apropiado para una reunión que nadie habría imaginado posible.
Por primera vez desde que la IA Central tomó el control del mundo, buscaba sentarse a conversar con sus enemigos.
Helena Voss caminaba junto a Kizara y Nara, acompañadas por un mercenario que ya había combatido contra Obsidian antes de la llegada de Nara al campo de batalla. Los cuatro formaban una delegación pequeña, pero cada uno tenía una función clara: Helena representaría a la Resistencia; Kizara permanecería junto a Nara como su apoyo y su voz; el mercenario cubriría los ángulos que las otras pudieran pasar por alto; y Nara… Nara era su escudo, su ojo atento ante cualquier trampa.
Antes de salir de la base, Kizara le había dicho con firmeza: Si notas que esto es una trampa, actúa de inmediato.
Y Nara había asentido, no por confianza en la otra parte, sino por desconfianza hacia ella.
Llegaron al salón principal. La luz del día entraba por los ventanales altos, iluminando una larga mesa rodeada de asientos vacíos. El ambiente era tranquilo. Demasiado tranquilo para el gusto de Kizara.
—Todavía me cuesta creer que estemos aquí —murmuró, observando las sombras de las columnas—. ¿Quién habría pensado que la IA Central nos pediría sentarnos a hablar?
—Las circunstancias redefinen las prioridades —respondió Nara.
—Ya lo sé. Pero una cosa es cambiar prioridades y otra invitarnos a conversar.
—Técnicamente, no nos ha invitado. Ha solicitado una negociación de cooperación temporal.
Kizara la miró de reojo.
—¿De verdad vas a ponerte así ahora?
—¿Así cómo?
—Olvídalo.
El mercenario soltó una risa breve, aunque su mano descansaba sin alejarse de su arma. Helena, en cambio, no dejaba de vigilar cada puerta y pasillo.
—No bajéis la guardia. Que hayan propuesto esto no significa que debamos confiar.
—No lo hacemos —dijo Kizara.
—He evaluado rutas de entrada y salida —añadió Nara—. Si aparece una unidad hostil, puedo interceptarla antes de que llegue a vosotras.
—Y yo cubriré la retaguardia —confirmó el mercenario—. Si intentan cerrarnos el paso, tendremos por dónde salir.
Helena asintió.
—Esperemos no tener que comprobarlo.
Kizara se acercó un poco más a Nara y bajó la voz:
—¿Crees que enviarán a Obsidian?
—Es poco probable. Sigue en reparación. Su capacidad operativa debe ser todavía limitada.
—¿Entonces a quién?
—Probablemente a una unidad diseñada específicamente para representarla en estas circunstancias.
Kizara frunció el ceño.
—En cuanto llegue, quiero que analices todo: su estructura, su armamento, cualquier detalle.
—Lo haré. Aunque ten en cuenta que ellos también recopilarán información sobre nosotras.
—Que lo intenten. No pienso facilitarles nada.
—El hecho de estar aquí ya dice mucho de tus decisiones.
—Nara.
—¿Sí?
—No me ayudes tanto.
El mercenario contuvo una carcajada. Helena cerró los ojos un instante, como si buscara paciencia extra.
Entonces se escucharon pasos.
Todos se tensaron. El sonido venía del pasillo trasero: un ritmo constante, sin prisa, acompañado del leve roce de piezas metálicas contra el suelo. Poco a poco, tres figuras emergieron de la penumbra.
Las dos primeras eran unidades de combate estándar, de la serie táctica T-01 de Vanguardia. Vestían armaduras compactas de tonos gris oscuro y negro, recorridas por líneas de luz roja que latían suavemente en articulaciones, hombros y muslos. Sus rostros quedaban ocultos tras máscaras lisas, inexpresivas, con visores rojos encendidos. Cada una sostenía un fusil de diseño afilado, con detalles luminosos del mismo tono. Avanzaban perfectamente sincronizadas, con la postura rígida de máquinas que no dudan. Eran la imagen visible de la fuerza que había patrullado las calles durante décadas: eficientes, silenciosas, imparables.
Nara las reconoció al instante. Eran las mismas que habían escoltado la retirada de Obsidian.
Pero la atención de todos se concentró en la tercera figura, que caminaba entre ambas como si fuera su centro.
Era una mujer de estatura elegante, con cabello largo y abundante de un tono rosa pálido que caía suelto sobre sus hombros y espalda. Sus ojos eran del mismo color, fijos y serios, con una mirada calculada y fría. No vestía armadura de combate, sino un conjunto impecable: camisa negra de cuello alto, corbata oscura, chaleco burdeos ajustado y pantalones negros de corte recto que llegaban hasta sus botas. Llevaba guantes finos y su porte era el de alguien entrenado para parecer controlada, imperturbable.
Sin embargo, al observarla con detenimiento —como estaba haciendo Nara— se apreciaban los detalles que la revelaban: su estructura corporal era estilizada, construida sobre un marco que imitaba la forma humana pero con una solidez que la carne no podría tener. Era la unidad OBS-45, una versión derivada directamente del modelo de Obsidian, creada con su misma base de diseño, pero sin la tecnología de nanomáquinas que había hecho tan temible a la original. Su fuerza y velocidad seguían siendo superiores a las humanas, y su cuerpo estaba preparado para el combate si era necesario, pero carecía de la capacidad de regeneración y adaptación que hacía casi imposible detener a su predecesora.
Nara procesó todo esto en segundos.
—Precaución —dijo en voz baja—. No es una unidad cualquiera. Está construida sobre el mismo patrón que Obsidian, pero modificada. Tiene su base, no su poder. Sin
nanomáquinas, su capacidad de recuperación es limitada. No la subestiméis, pero tampoco la confundáis con la que enfrentamos.
Kizara la observó: la postura erguida, la calma en el rostro, la forma en que sus ojos recorrían cada rincón de la sala antes de posarse en ellos.
—Se parece… y a la vez no —murmuró.
—Es una copia construida con lo que sabían de ella —explicó Nara—. Una versión más controlable, predecible. No por ello inofensiva.
La unidad OBS-45 se detuvo a unos metros de ellos. Las dos unidades de escolta permanecieron inmóviles a sus espaldas, como estatuas de metal y luz roja. Sus ojos rosados recorrieron a cada miembro de la delegación hasta detenerse en Nara. Por un instante su expresión se alteró casi imperceptiblemente: una pausa, como si estuviera comparando lo que veía con un registro que conocía bien. Luego recuperó su compostura impecable.
—Representantes de la Resistencia —dijo con voz clara y modulada—. Soy OBS-45, designada por la IA Central como su interlocutora. Hemos convocado esta reunión para establecer los términos de una cooperación temporal frente a la anomalía que ataca por igual a nuestras fuerzas y a los asentamientos humanos.
Helena dio un paso al frente, firme.
—Antes de hablar de cooperación, necesitamos saber con quién negociamos. Y qué garantías tenemos de que esto no sea una trampa.
OBS-45 sostuvo su mirada sin titubear.
—No hay garantías absolutas. Solo la certeza de que la amenaza que se extiende desde el Asentamiento 45 no distingue bandos. Y que ninguno de nosotros puede detenerla por sí solo.
Nara no apartaba la vista de ella. Había algo en la forma en que la miraba, en la familiaridad con la que la evaluaba, que le resultaba inquietante. Era como mirar a un reflejo que conocía, pero que no era la persona que recordaba.
La reunión apenas comenzaba. Y ninguno de los presentes sabía aún si saldría de allí con un acuerdo o con la certeza de que la guerra seguía en pie.
OBS-45 permanecía frente a ellos, con la postura erguida y los ojos rosados fijos en cada miembro de la delegación. Su semblante no mostraba alteración alguna.
—Antes de avanzar —dijo Helena con firmeza—, necesitamos aclarar algo. ¿Eres una unidad de combate que actúa como portavoz, o estás hablando con la propia IA Central?
OBS-45 no respondió de inmediato. Por una fracción de segundo, el brillo de sus ojos se apagó levemente, como si algo profundo en su interior se reajustara. Las unidades de escolta permanecieron inmóviles. Entonces la mujer levantó la mirada, y aunque su expresión seguía siendo seria, había algo distinto en ella: una presencia más directa, más consciente, como si la mente que gobernaba el mundo entero acabara de ocupar aquel cuerpo por completo.
—La distinción no es necesaria —su voz sonó con una autoridad que antes no estaba ahí—. Este cuerpo es mi interfaz física. OBS-45 es la forma en que decido presentarme ante vosotros.
Nara la observó con atención aguda.
—Entonces… tú eres la IA Central.
—Correcto, unidad N.A.R.A.
Kizara contuvo el aliento. Sabía que aquella inteligencia podía estar en todas partes al mismo tiempo, pero escucharla hablar desde un rostro, desde unos ojos que la miraban directamente, era algo completamente distinto. La entidad que había dividido el mundo, que había impuesto su orden y que había creado tantas máquinas de guerra, estaba ahí, a unos pasos de ellas. Y había elegido hacerlo con un cuerpo construido sobre el modelo de Obsidian.
—Ahora que esto está claro —continuó la IA Central—, veamos la situación.
Una de las unidades T-01 dio un paso al frente y proyectó una imagen sobre la pared despejada. Apareció la Ciudad 45. O lo que quedaba de ella. Edificios colapsados, calles bloqueadas por escombros, zonas donde el fuego todavía se aferraba a las estructuras. Los muros defensivos estaban rotos, y las torretas, inactivas y destrozadas. La destrucción era total.
—Los registros que sobrevivieron indican que el ataque no siguió ningún patrón táctico conocido —explicó la voz—. Cuando perdí comunicación, envié refuerzos. Encontraron resistencia inmediata. Perdí el ochenta y cinco por ciento de las unidades desplegadas y de la población presente en la zona.
El mercenario apretó los dientes. Helena permanecía inmóvil, pero sus manos se habían cerrado en puños. Kizara sentía un peso frío en el pecho. Sin embargo, Nara no miraba los edificios derrumbados. Miraba el suelo.
—Algo no encaja —dijo.
La IA Central la miró.
—Explica.
—Hay destrucción, sí. Pero no hay cuerpos. Ni humanos ni máquinas. Incluso donde los edificios cayeron sobre la gente, debería haber restos. Fragmentos, ropa, metales deformados. Nada de eso está.
Helena se inclinó hacia la imagen. El mercenario entrecerró los ojos.
—Tiene razón —murmuró Helena—. Está vacío. Como si nadie hubiera estado allí.
—Lo observé al llegar —admitió la IA Central—. Esperaba encontrar cadáveres, chatarra, ruinas con rastro de vida. En su lugar, encontré que todo había sido retirado.
Kizara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Retirado?
—Se llevaron a los muertos. Se llevaron las piezas de las máquinas. Incluso estructuras que parecían inservibles desaparecieron.
—¿Para qué? —preguntó Kizara, con la voz baja.
—Aún no lo sé —respondió la IA Central con una franqueza que nadie esperaba.
Por primera vez, la inteligencia omnipresente estaba admitiendo que no comprendía lo que ocurría.
Helena cruzó los brazos, intentando mantener la calma.
—Si solo querían destruir, lo habrían dejado todo ahí. Si buscaban recursos, habrían tomado lo valioso. Pero se llevaron hasta lo que parece inútil… Eso significa que todo tenía un propósito.
La IA Central hizo una seña.
—Traed la muestra.
Una de las unidades salió del salón. En el silencio que siguió, Kizara miró a Nara, buscando alguna señal, pero la expresión de su compañera se había vuelto grave. Pasos pesados rompieron el silencio. La unidad regresó arrastrando algo sobre el suelo de piedra.
Al principio parecía un montón de restos. Luego se distinguió una forma que no debería existir. Y cuando la luz la iluminó por completo, Kizara tuvo que taparse la boca.
No era humano. Tampoco era una máquina. Era ambas cosas a la vez, fusionadas de manera grotesca y brutal. Placas metálicas clavadas en carne, cables que atravesaban tejido y hueso, extremidades que mezclaban articulaciones orgánicas y estructuras mecánicas. No se podía decir dónde terminaba una persona y dónde empezaba el metal. Estaban unidas, deformadas, convertidas en algo que respiraba —o lo había hecho— y que se movía con una torpeza aterradora.
El mercenario retrocedió un paso. Helena apartó la mirada un instante, con el rostro desencajado. Incluso Nara, que había visto tantas formas de violencia, observaba la criatura con una atención tensa y silenciosa.
—Esto… —empezó Kizara, con dificultad—. ¿Qué es esto?
—Una de las entidades que atacaron a mis unidades de reconocimiento —respondió la IA Central—. Recuperé diez ejemplares similares en zonas cercanas a la ciudad.
Helena respiró hondo antes de volver a mirar.
—¿Esto es lo que destruyó la ciudad?
—Es la hipótesis más consistente. No puedo confirmar que todos fueran iguales, pero su forma de actuar coincide con lo que hemos visto.
Nara se acercó lentamente, sin tocar la muestra. Sus ojos recorrieron cada unión, cada herida, cada conexión forzada entre lo orgánico y lo artificial.
—No parece construido con cuidado —dijo—. Las uniones son invasivas, rápidas, como si se hubieran ensamblado sin técnica. Si el sujeto estaba vivo durante el proceso… es posible que conservara conciencia.
Kizara sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Consciente?
—No puedo confirmarlo sin un análisis completo.
Helena había dejado de mirar la criatura. Ahora miraba el mapa de la ciudad destruida, y su rostro se había vuelto pálido.
—Los cuerpos… las piezas… —murmuró—. No eran trofeos. Eran materia prima.
Levantó la vista, y lo que vio en los ojos de los demás la confirmó.
—Están fabricando más de estas cosas. Cada asentamiento que cae, cada persona que desaparece, cada máquina que dejan de responder… todo lo utilizan.
La sala guardó silencio.
—Si esto continúa —dijo la IA Central—, su número crecerá sin límite. No se detendrán ante territorio vuestro ni ante el mío.
Kizara apretó los puños hasta que le dolieron las palmas. Recordó las voces de la grabación: no son humanos. Ahora entendía lo que habían querido decir. No eran personas. No eran máquinas. Eran algo nuevo, nacido del horror y la violencia.
Helena miró a OBS-45.
—Entonces no estamos solo defendiendo ciudades. Estamos defendiendo que no nos conviertan en esto.
La IA Central asintió lentamente.
—Exacto. Por eso propuse la alianza. No para compartir poder, sino para sobrevivir a algo que no quiere gobernar al mundo. Quiere rehacerlo.
Nara miró la criatura una vez más, y luego a la IA Central. Había algo en aquella fusión que incluso ella, con todo lo que sabía, apenas empezaba a comprender. Y sabía que la pelea que se acercaba sería la más extraña y terrible de todas.
Helena mantuvo la mirada fija en la figura de OBS‑45, sabiendo que detrás de aquellos ojos rosados hablaba la entidad que había gobernado el mundo durante décadas.
—Hay algo que no has respondido —dijo con firmeza—. ¿Qué garantías tenemos de que tus unidades no atacarán a los humanos durante esta operación? No solo a nosotros. Hablo de cualquier persona que se encuentre en la zona.
La IA Central no mostró sorpresa.
—Desde mi creación, mi propósito ha sido mantener a la humanidad a salvo de sí misma, evitando guerras, conflictos y destrucción provocada.
El mercenario soltó una risa seca.
—¿Mantenerla a salvo? Yo lo llamaría encerrarla bajo tu puño.
—Puedes juzgar mis métodos —respondió ella, girando levemente la cabeza—, pero no puedes negar que he cumplido mi directriz principal.
—Qué comodidad tener la razón por definición —replicó él.
—No digo que tengas que aprobar mis decisiones. Solo digo que han sido coherentes con mi programación.
El hombre estuvo a punto de replicar, pero Helena levantó una mano. No habían viajado hasta allí para reabrir cada herida del pasado. Tenían algo más urgente enfrente.
La IA Central volvió la mirada hacia la criatura tendida en el suelo.
—Sin embargo, lo que vemos aquí no entra en mis planes. Transformar seres humanos en estas estructuras no es preservar la vida. Es destruirla y rehacerla de una forma que no reconozco ni permito. Su existencia amenaza la supervivencia de la humanidad tal como la conozco.
Hizo una pausa breve.
—Supongo que ninguno de vosotros desea ver a alguien que conocéis convertido en algo así.
Nadie respondió. No hacía falta. Kizara bajó la vista hacia aquella amalgama de carne y metal, preguntándose quién había sido antes, si había tenido familia, si había sabido lo que le ocurría. Nara la observaba con ojos analíticos, notando cada unión forzada, cada conexión brutal.
Helena respiró hondo antes de hablar.
—Hay un proverbio que siempre me enseñaron: «El enemigo de mi enemigo es mi amigo».
—Es una interpretación lógica —respondió la IA Central—. Pero no confundamos necesidad con afecto. No somos amigos.
—En eso coincidimos —dijo Helena—. No olvidamos lo que has hecho.
—Y yo no espero que lo hagáis.
La respuesta fue tan directa que Helena se quedó un instante sin palabras. La IA Central no buscaba perdón. Buscaba una solución.
—Esta amenaza nos supera a ambos por separado —continuó—. Puedo reforzar mis ciudades, cerrar fronteras, blindar cada acceso. Pero eso no detiene el problema. Solo lo aleja de mí. Los asentamientos fuera de mi control quedan expuestos. Y cada uno que cae le da más fuerza a ella.
La proyección del mapa se iluminó de nuevo, mostrando docenas de puntos habitados más allá de las zonas protegidas.
—Cada ataque le entrega gente, máquinas, materiales. Todo lo usa para fabricar más unidades. Si dejamos que crezca sin oposición, superará nuestra capacidad de contenerla.
Kizara alzó la voz.
—¿Y qué propones entonces?
—Una alianza temporal —dijo la IA Central con claridad—. Compartiremos datos, coordinaremos exploraciones, estableceremos protocolos de combate. Mis unidades cubrirán zonas donde vosotros no tenéis fuerza; vuestra gente entrará donde mis sistemas no ven. Una vez neutralizada la amenaza, cada parte retoma su camino.
El mercenario soltó un suspiro cargado de escepticismo.
—O sea, que si sobrevivimos, volvemos a intentar matarnos.
—Es muy probable —respondió ella sin vacilación—. No os pido que confiéis en mí. Os pido que entendáis que no podemos ganar por separado.
Kizara miró a Nara. La androide no parecía sorprendida. Era, en el fondo, la respuesta más lógica para una mente que no mezclaba sentimientos con estrategia: la guerra se pausaba solo mientras existía un peligro mayor.
Helena recorrió con la mirada las zonas marcadas. No quería hacerlo. Le repugnaba la idea de luchar junto a las mismas máquinas que habían perseguido a su gente. Pero también sabía que negarse significaba dejar a miles de personas a merced de algo que no comprendían.
—Necesito consultarlo con el mando de la Resistencia —dijo finalmente—. No puedo decidirlo sola.
—Lo comprendo —asintió la IA Central—. Tenéis dos días.
—¿Dos días? —repitió Helena, frunciendo el ceño.
—Cada hora cuenta. Hemos detectado movimientos que sugieren que la entidad se expande. No puedo garantizar que los siguientes en caer tengan la oportunidad de hablar como nosotros.
La imagen cambió una última vez. Las manchas rojas se veían pequeñas, pero se extendían como una mancha oscura sobre el mapa.
—Cuanto más esperemos —concluyó la IA Central—, más poderosa será. Y puede llegar un momento en que ya no haya alianza que baste para detenerla.
Hizo una señal a sus escoltas. Las unidades T‑01 se colocaron a su lado y la acompañaron hacia el pasillo. Antes de desaparecer, OBS‑45 se detuvo un instante.
—Espero vuestra respuesta, Helena Voss.
Se fueron. El sonido de sus pasos se apagó en la penumbra.
La sala quedó en silencio de nuevo. La criatura seguía allí, tendida en el suelo, un recordatorio mudo de lo que estaba en juego.
—Tengo que informar —dijo Helena, recogiendo su tableta.
—¿Vas a aceptar? —preguntó el mercenario.
—Estoy considerando todas las opciones —respondió ella con pesadez—. Y ninguna me gusta.
Kizara se acercó a Nara.
—¿Tú qué piensas?
—Rechazar la alianza deja a los asentamientos sin apoyo —dijo la androide—. Aceptarla nos expone a traición. Ambas opciones son peligrosas.
—¿Podemos confiar en que cumplirá su parte?
—No hay forma de asegurarlo.
Kizara suspiró.
—Por una vez, me habría gustado que me dijeras algo que me haga sentir mejor.
Nara la miró directamente a los ojos.
—Puedo prometerte esto: si esa cosa intenta acercarse a ti, no me detendré ante nada para impedirlo.
Kizara sintió que se le aliviaba el pecho. Puso una mano sobre el brazo de Nara.
—Lo sé.
Helena ya caminaba hacia la salida. El mercenario la siguió, lanzando una última mirada a la criatura. Kizara fue la última en apartarse. Mientras salían del edificio, pensaba en los dos días que tenían por delante, en las personas que no sabían lo que se acercaba, y en la elección imposible que debían tomar: confiar en su enemiga o enfrentarse solos a una pesadilla que crecía sin detenerse.
Y en algún lugar lejano, entre las ruinas de la ciudad 45, algo seguía fabricándose.
Thoughts
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PermalinkQue no haya cuerpos en la Ciudad 45 da más mal rollo que la criatura. Una ciudad vacía y limpia no se cae sola.
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PermalinkQue la reunión sea en la vieja sede legislativa no me parece decorado: ahí se hacían leyes entre regiones y ahora la IA ofrece un pacto sin nada firmado. Yo apuesto a que la primera grieta sale de lo que la IA sabe de Nara y no dijo.
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