Caramba, qué bien que el mismo muchacho que defendió los hechos delante del director reconozca después, con Reika, que le faltaba conocer a la persona. ¿Takamura llega a la biblioteca de Shiori en el próximo capítulo?
Capítulo 34: reflexiones
El despacho del director era, sin duda, el espacio más imponente y lujoso de todo el complejo escolar. Grandes ventanales dominaban la pared del fondo, enmarcando la vista de todo el campus como si…
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Caramba, qué bien que el mismo muchacho que defendió los hechos delante del director reconozca después, con Reika, que le faltaba conocer a la persona. ¿Takamura llega a la biblioteca de Shiori en el próximo capítulo?
Contenido de la publicación
El despacho del director era, sin duda, el espacio más imponente y lujoso de todo el complejo escolar. Grandes ventanales dominaban la pared del fondo, enmarcando la vista de todo el campus como si fuera una propiedad privada. Los muebles eran de madera oscura, maciza y pulida, con un brillo que reflejaba la luz de las lámparas de cristal. Las estanterías que cubrían las paredes estaban repletas de trofeos, placas, medallas y reconocimientos que hablaban de décadas de "excelencia y disciplina". Cada detalle, desde el grueso alfombrado hasta la pesada cortina, había sido diseñado con un único propósito: aplastar al visitante bajo el peso de la autoridad, el estatus y el poder absoluto.
Y detrás del escritorio monumental —un bloque de madera inmenso que parecía una fortaleza en sí mismo— se sentaba el director. Un hombre de presencia severa, de mirada afilada y modales refinados que escondían una ambición fría y calculadora.
Frente a él, separado por esa inmensa mesa, estaba Ryouji Takamura. Permanecía de pie, con la espalda recta como una vara de acero, inmóvil, las manos unidas detrás de su cuerpo y su expresión inescrutable, tan gris y neutra como el color de sus ojos. No había en él ni rastro de intimidación, ni de admiración, ni de miedo. Era simplemente... una roca.
El silencio se prolongó durante lo que parecieron minutos, cargado de electricidad estática, de esa tensión que precede a una tormenta o a una confrontación inevitable. El director pasó lentamente las hojas de un expediente, haciendo sonar el papel con una lentitud deliberada, disfrutando de la espera, intentando romper la compostura del joven que tenía enfrente. Pero Takamura no parpadeó. Ni se movió.
Finalmente, el director cerró la carpeta con un golpe seco y suave, que resonó en la habitación silenciosa.
—Entonces... —empezó, arrastrando las palabras, midiendo cada sílaba— terminaste tu investigación sobre Yuuto Kanzaki.
Takamura asintió una sola vez, breve y seco.
—Sí.
—Bien. —El director cruzó los dedos frente a su rostro, apoyando los codos sobre el escritorio, y una sonrisa lenta y satisfecha curvó sus labios—. Entonces imagino que ya tienes tu informe listo, redactado y con conclusiones claras.
No fue una pregunta. Fue una afirmación. Una orden disfrazada. Daba por hecho que el resultado sería el que él había planeado desde el principio. Durante meses había construido la narrativa: Yuuto era un problema, una influencia negativa, un peligro. Y si había una persona cuya opinión tenía peso absoluto dentro de esas paredes, esa era Takamura. Los profesores lo respetaban ciegamente. Los alumnos le tenían una mezcla de miedo y admiración. Las familias confiaban en su integridad.
Si Takamura emitía un informe negativo, todo estaría consumado. Los rumores dejarían de ser habladurías para convertirse en verdad oficial. Yuuto quedaría marcado para siempre, aislado, señalado, exactamente donde él quería que estuviera.
—¿Y bien? —preguntó el director, inclinándose ligeramente hacia adelante, con esa sonrisa que ya parecía un gesto de triunfo—. Dime, Takamura. ¿Qué encontraste en tu investigación? ¿Qué clase de alumno es realmente Yuuto Kanzaki?
Takamura no cambió ni un milímetro su expresión. Abrió la carpeta negra que llevaba bajo el brazo, la sostuvo frente a sí y comenzó a leer, con una voz plana, monótona, tan fría y limpia como el hielo.
—No encontré evidencia de conductas violentas, ni agresiones físicas ni verbales, en ningún registro, denuncia o testigo presencial verificado.
La sonrisa del director se congeló en sus labios.
—Continúa —dijo, con un tono que ya había perdido parte de su calidez.
Takamura pasó una hoja. El sonido del papel fue lo único que se escuchó en la habitación.
—No encontré evidencia de amenazas, intimidaciones o coacción hacia ningún miembro de la comunidad escolar.
Otra página.
—No encontré evidencia de acoso, ni como víctima ni como agresor.
Otra página.
—No encontré evidencia de infracciones disciplinarias graves, daños a la propiedad, faltas de respeto graves o conductas que alteren el orden institucional.
El silencio que siguió fue pesado, denso, casi irrespirable. El director sintió cómo la temperatura de la habitación parecía bajar varios grados. Frunció el ceño, y sus ojos, antes amables, se endurecieron hasta parecer dos piedras negras.
—Sin embargo —intervino, bajando la voz, tratando de recuperar el control de la situación—, tenemos docenas de testimonios. Informes de profesores, comentarios de estudiantes, quejas de padres. Gente preocupada, gente que ha visto cosas... mucha gente diciendo lo mismo.
—Rumores —corrigió Takamura, sin levantar la vista del papel.
El director parpadeó, sorprendido por la contundencia de esa sola palabra.
—¿Perdón?
—Rumores —repitió Takamura, alzando finalmente la vista para clavar sus ojos grises directamente en los del director—. Habladurías. Interpretaciones. Suposiciones. Ninguno de esos testimonios presenta una sola prueba verificable, una fecha exacta, un hecho concreto o una evidencia tangible. Son solo palabras contra el silencio de él.
El director apretó los dientes. Se reclinó hacia atrás en su sillón de cuero, cruzando los brazos sobre el pecho, perdiendo toda pretensión de amabilidad.
—Takamura... no seas ingenuo —dijo con gravedad, bajando el tono de voz hasta volverse casi un susurro amenazante—. Cuando hay humo, es que hay fuego. Hay demasiadas personas diciendo lo mismo durante demasiado tiempo. ¿Me estás diciendo que todos mienten? ¿Que se han puesto todos de acuerdo?
—Le estoy diciendo —respondió Takamura, con una calma que rayaba en la insolencia— que nadie ha podido demostrar nada. Y que, en mis investigaciones, cuanto más profundo cavaba, menos cosas encontraba. Y eso, Director, también es un dato.
El ambiente se volvió asfixiante. La tensión entre ambos hombres era casi visible, una línea tensa y peligrosa que vibraba entre el escritorio y el suelo.
—A veces —dijo el director, golpeando levemente la mesa con la punta de los dedos—, a veces no hacen falta pruebas para identificar un problema antes de que ocurra. Un sistema sano debe saber detectar las amenazas potenciales. Debe limpiarse antes de que la infección se extienda. ¿Me entiendes?
Takamura dio un paso adelante. Solo uno. Pero fue suficiente para que la sensación de jerarquía se rompiera.
—Como presidente del Comité de Disciplina, mi trabajo no es castigar problemas que podrían ocurrir —dijo, y su voz, aunque baja, cortó el aire como una cuchilla—. Mi trabajo no es eliminar infecciones imaginarias ni juzgar intenciones. Mi trabajo es actuar sobre hechos demostrables, sobre reglamentos escritos y sobre la verdad comprobada.
El director sintió cómo la ira comenzaba a burbujear en su interior. No estaba acostumbrado a que lo corrigieran. Y mucho menos de esa forma.
—Ese estudiante está alterando el ambiente escolar —escupió, perdiendo parte de su compostura—. ¿O acaso te has olvidado del incidente de la cafetería? ¡Desde ese día todo el mundo habla de él! ¡Es un punto de conflicto constante!
—Todo el mundo habla de él —replicó Takamura inmediatamente, sin dudar ni una décima de segundo— porque un profesor lo acosó y lo atacó públicamente frente a más de ochenta estudiantes. Todo el mundo habla de él porque ustedes mismos han convertido su existencia en un problema. Pero si busca al responsable de dañar la imagen de esta institución ese día... le sugiero que no mire hacia Yuuto Kanzaki.
El silencio que cayó sobre el despacho fue absoluto, mortal. El aire se quedó estancado.
El director se quedó callado, pálido por la rabia contenida. Había sido un golpe directo, certero, y sabía que era verdad.
—Si alguien dañó la autoridad y el orden aquí —continuó Takamura, con una dureza que raramente dejaba ver—, no fue el chico que se quedó callado y se cubrió la cara. Fue quien abusó de su autoridad.
La frustración del director creció hasta casi desbordarse. Nada estaba saliendo como lo había planeado. Había asumido que Takamura, como máxima autoridad disciplinaria, sería su mayor aliado. Pensó que redactaría un informe ambiguo, lo suficientemente gris para justificar una expulsión o una sanción ejemplar. Pero en su lugar, estaba encontrando un muro de acero.
—Entonces... —dijo el director, arrastrando las palabras con veneno—, entonces no habrá ningún tipo de correctivo.
—No.
—¿Ninguna sanción? ¿Ninguna medida disciplinaria?
—Ninguna.
—¿Ni siquiera una advertencia formal para que "entienda su lugar"?
—Ni eso.
Cada respuesta de Takamura era más firme, más cortante, más definitiva que la anterior.
El director apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose totalmente hacia adelante, invadiendo el espacio psicológico del otro. Sus ojos brillaban con una furia fría y calculadora.
—Estás protegiéndolo, Takamura. Lo estás usando para desafiarme.
Takamura cerró la carpeta. El sonido fue definitivo.
—No lo estoy protegiendo a él —respondió con claridad cristalina—. Estoy protegiendo el reglamento. Estoy protegiendo la razón por la que existe este comité. Y mi deber es claro: no castigaré a un alumno sin pruebas fehacientes, independientemente de lo que se diga de él o de quién lo quiera condenar.
El director lo observó fijamente, con una mirada que habría hecho temblar a cualquiera.
—¿Aunque te lo pida yo? —susurró, poniendo todo su peso jerárquico en esas cuatro palabras.
Los ojos grises de Takamura no parpadearon. No se desviaron ni un milímetro.
—Aunque me lo pida usted.
La afirmación cayó al suelo como un bloque de cemento. No había rencor en ella, ni rebeldía, solo una lealtad inquebrantable a algo más grande que la autoridad de una sola persona.
El silencio volvió a llenar la oficina, pesado, incómodo, cargado de una batalla perdida.
Finalmente, Takamura se enderezó, ajustó la carpeta bajo su brazo y se giró hacia la puerta, dando por terminada la audiencia sin pedir permiso.
—Mi informe será entregado en la secretaría esta tarde —dijo de espaldas—. Y concluye claramente que Yuuto Kanzaki no representa ningún riesgo, ni para sí mismo, ni para los demás, ni para la reputación de esta escuela.
La expresión del director se endureció hasta parecer una máscara de piedra. Quería gritar, querer ordenarle que reescribiera todo, quería castigarlo... pero no podía. Takamura era intocable debido a su propia reputación de integridad. Si lo atacaba públicamente, él sería quien quedaría mal.
Takamura llegó hasta el marco de la puerta, la abrió y, antes de cruzarla totalmente, se detuvo un segundo. Sin volver la cara, lanzó una última frase, que resonó en la espalda del director como una sentencia definitiva.
—Recuerde, Director. La disciplina no existe para eliminar a los que nos molestan. Existe para proteger a los estudiantes. A todos los estudiantes. Incluidos los que nadie defiende.
Y con eso, salió.
La puerta se cerró lentamente tras él, con un sonido metálico y suave que selló la derrota.
Y solo entonces, cuando el silencio volvió a ser suyo, el director golpeó la superficie de madera del escritorio con el puño cerrado, con una furia contenida y violenta, haciendo que los bolígrafos y papeles saltaran y temblaran.
Había perdido.
Había perdido al único aliado que creía tener dentro de la estructura de la escuela. Había esperado usar a Takamura como su espada, pero en su lugar, acababa de crear un obstáculo. Un obstáculo sólido, brillante y completamente inmóvil que se interponía entre él y su objetivo: Yuuto Kanzaki.
Y lo peor de todo... sabía que esa batalla apenas acababa de empezar.
Los pasos de Ryouji Takamura resonaban con ritmo pausado sobre el suelo brillante de los pasillos principales. Había dejado atrás el despacho del director hacía ya unos minutos, dejando tras de sí la tensión asfixiante, las miradas afiladas y las palabras que habían sonado como espadas. Ahora, caminaba con las manos entrelazadas a la espalda, su postura impecable y su expresión de nuevo tan neutra y serena como siempre, como si acabara de salir de una reunión cualquiera y no de una confrontación que había puesto en juego su propia posición.
Sabía que lo que había hecho tenía consecuencias. Sabía que el director no se quedaría de brazos cruzados. Pero también sabía que, mientras él estuviera al frente del Comité de Disciplina, las reglas se respetarían tal como estaban escritas, y no como convenía a los intereses de unos pocos.
Iba absorto en sus pensamientos, con la mirada fija al frente, cuando al doblar una esquina, su paso se detuvo ligeramente. Allí, de pie junto a una de las grandes ventanas que daban al patio interior, lo esperaba ella.
Reika Himuro.
La presidenta del Consejo Estudiantil permanecía erguida, con la espalda recta como siempre, la postura elegante y autoritaria que la caracterizaba, con su uniforme impecable y el distintivo rojo en el brazo brillando bajo la luz. Al verlo llegar, dio un paso al frente, y aunque intentó mantener su habitual compostura seria y distante, Takamura, que sabía leer hasta el más mínimo cambio en el comportamiento de las personas, notó al instante la ligera tensión en sus hombros y la forma en que sus ojos oscuros se fijaron en él con una mezcla de urgencia y curiosidad.
Ambos eran las dos máximas autoridades estudiantiles, los dos pilares que sostenían la estructura de la escuela, dos personas acostumbradas a ser vistas como seres perfectos, inalcanzables y sin emociones. Y sin embargo, en ese momento, Reika no estaba allí por una cuestión de reglamento o de organización escolar.
—Takamura —dijo ella, con voz firme, aunque ligeramente más rápida de lo normal—. Justamente iba a buscarte. ¿Acabas de salir del despacho?
Él asintió simplemente, sin detenerse, caminando despacio a su lado mientras ella lo acompañaba, siguiendo su ritmo.
—Así es. El director quería escuchar mis conclusiones en persona antes de que entregue el informe oficial.
Reika guardó silencio un instante, mirando al frente, pero sus dedos se apretaron levemente entre sí, un detalle minúsculo que delataba su inquietud.
—Y... —empezó, bajando un poco el tono de voz para que nadie que pasara cerca pudiera escuchar—, ¿qué pasó? ¿Qué le dijiste? ¿Qué determinaste sobre... sobre el caso de Yuuto Kanzaki?
Takamura la miró de reojo. Vio cómo sus orejas estaban ligeramente tensas, cómo su mirada, normalmente fija y segura, ahora evitaba cruzarse con la suya por un segundo. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, una que muy pocas personas habían visto en su rostro, curvó la comisura de sus labios. Se detuvo en seco y se volvió hacia ella, cruzándose de brazos y observándola con esa calma que podía resultar inquietante.
—Vaya, vaya... —dijo, con un tono de voz inusualmente ligero, casi juguetón, que hizo que Reika parpadeara sorprendida—. Jamás me hubiera imaginado a la gran presidenta Reika Himuro, conocida por ser fría como el hielo y dedicarse únicamente al bien general, preocupada e impaciente por un solo estudiante. Y no cualquier estudiante, precisamente.
Reika abrió los ojos ligeramente, confundida ante ese cambio de actitud.
—¿A qué te refieres? Es mi deber estar informada sobre los asuntos que afectan la convivencia...
Takamura negó lentamente con la cabeza, interrumpiéndola con una media sonrisa.
—No, no es solo información lo que buscas. —Se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz con picardía—. Dime, Reika... ¿acaso ese chico misterioso, silencioso y que siempre se esconde bajo capas de ropa... te ha robado el corazón sin que te dieras cuenta? ¿Es eso lo que está pasando aquí?
El impacto fue inmediato.
El rostro pálido y elegante de Reika se tiñó de golpe de un rojo intenso, que subió desde su cuello hasta sus mejillas y sus orejas, iluminado por el rubor más vivo que Takamura hubiera visto jamás en ella. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida y alterada, y por un segundo, la autoridad de la presidenta se desvaneció por completo, dejando ver solo a una chica de diecisiete años totalmente desprevenida.
—¡¿E-es una locura lo que estás diciendo?! —exclamó ella, levantando las manos ligeramente en un gesto de negación que delataba sus nervios, apartando la mirada rápidamente y tratando de recuperar la compostura, aunque el color de su cara tardaba en irse—. ¡Eso no es así en absoluto! Yo solo... solo me preocupo por él. Es un alumno que ha sido tratado injustamente, que ha sido juzgado sin razón y que está en una situación complicada, y como parte del Consejo, es mi responsabilidad... ¡es mi deber cuidar que nadie sea tratado mal! ¡No tiene nada que ver con... con esas tonterías que acabas de decir!
Hablaba demasiado rápido. Se movía demasiado. Se defendía con demasiada energía. Y cuanto más hablaba, más se sonrojaba, y más le temblaba levemente la voz.
Takamura la observaba, y entonces, rompió su propia seriedad y soltó una risa suave, grave y genuina, algo tan extraño en él que Reika lo miró ofendida, con las mejillas aun ardiendo.
—¿De qué te ríes? —le preguntó ella con tono indignado, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos, molesta—. Eres igual que Ayaka, siempre buscando la forma de burlarse de todo. Deberías tomarte esto en serio.
Takamura volvió a su postura recta, aunque la sonrisa seguía presente en sus ojos grises, ahora con una calidez diferente.
—Me lo tomo en serio, créeme —dijo, volviendo a caminar despacio, invitándola a seguirlo—. Y para que te quedes tranquila y dejes de ponerte colorada como una cereza... te diré esto claramente: por mi parte, y por parte del Comité de Disciplina, no habrá ninguna acción, sanción ni informe negativo contra Yuuto Kanzaki.
Reika se detuvo un instante, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sus hombros cayeron, relajándose de golpe, y la expresión de angustia desapareció de su rostro, reemplazada por una inmensa tranquilidad.
—¿Es verdad? —preguntó en voz baja, mirándolo fijamente, buscando cualquier rastro de mentira.
—Es la verdad. —Takamura asintió con firmeza—. He revisado cada rincón, cada denuncia, cada rumor, cada palabra. Para mí, y para los hechos, ese chico no representa ningún peligro. No es un problema. Es solo alguien que ha aprendido a vivir escondido porque el mundo a su alrededor no le dio otra opción. Mi informe dejará claro que es inocente de todo lo que se le acusa.
Reika suspiró profundamente, sintiendo como si le hubieran quitado un peso enorme de encima. Una sonrisa suave, genuina y de alivio apareció en sus labios.
—Gracias, Ryouji. De verdad... gracias. Sé lo difícil que ha sido esto, especialmente con la postura del director.
Takamura hizo un gesto despreocupado con la mano, restándole importancia. Caminaron unos pasos más en silencio, hasta que él volvió a hablar, ahora con un tono más reflexivo, serio y analítico.
—Sin embargo... hay algo que me queda en la mente.
Reika lo miró con curiosidad.
—¿Qué cosa?
Él se detuvo de nuevo, se giró hacia ella y la miró directamente a los ojos, con esa perspicacia que lo hacía tan bueno en su trabajo.
—He visto sus expedientes, he hablado con testigos, lo he observado a él. Y cuanto más veo, más me doy cuenta de algo: todo lo que se dice de él no tiene sentido, sí... pero tampoco encaja del todo con lo que he visto. —Inclinó ligeramente la cabeza—. Reika... tú pasas tiempo con él. Tú y los que están cerca de él. Dime... ¿qué es lo que realmente se esconde debajo de toda esa ropa, debajo de esa capucha, debajo de ese silencio? Tengo la sensación de que Yuuto Kanzaki esconde mucho más de lo que cualquiera se imagina. Algo que solo aquellos que logran acercarse a él han podido ver.
Reika guardó silencio unos segundos. Su expresión cambió, volviéndose suave, protectora y muy comprensiva. Miró hacia el pasillo vacío, como si en su mente estuviera viendo la figura pequeña y delicada de ese chico que siempre bajaba la cabeza.
—Yuuto... —empezó ella, hablando con voz tranquila y pausada— es mucho más complejo de lo que tú o cualquiera puede creer al principio. Es mucho más fuerte, más dulce, más sensible y más especial de lo que cualquiera ha imaginado en todos estos años. Es una persona entera, llena de matices, de sentimientos y de bondad, que ha sido reducida a un par de rumores estúpidos.
Se volvió hacia Takamura, mirándolo con seriedad.
—Pero lo que es, lo que realmente es... no me corresponde a mí decírtelo. No es mi historia para contarla ni mis secretos para revelar. —Dio un paso hacia él, firme en su postura—. Si realmente quieres saber qué hay detrás de todo eso, si realmente quieres conocer al verdadero Yuuto... tendrás que dejar de leer expedientes y empezar a hablar con él. Tendrás que ganarte su confianza, igual que lo hemos hecho nosotros. Y solo entonces... solo si Yuuto decide que eres alguien en quien puede confiar, y decide abrirse a ti... entonces podrás verlo.
Takamura escuchó sus palabras con atención, analizando cada matiz. Vio la lealtad absoluta en los ojos de Reika, vio lo mucho que ella valoraba a ese chico silencioso, y comprendió entonces que sus bromas anteriores, aunque habían sido para molestarla, no andaban tan desencaminadas.
Asintió lentamente, aceptando sus palabras.
—Entiendo —dijo, con una sonrisa pequeña y sincera—. Supongo que he pasado demasiado tiempo juzgando hechos y muy poco tiempo conociendo personas.
Reika sonrió, una sonrisa triunfal y tranquila.
—Es un buen comienzo, Presidente.
—Bien —concluyó Takamura, reanudando su marcha—. Por ahora, yo me encargo de que el informe salga como debe. Tú encárgate de que él sepa que, al menos ante el Comité, ya no tiene nada que temer. Y... —añadió, mirándola por encima del hombro mientras se alejaba—, y si algún día decido conocerlo de verdad... supongo que tendré que ser igual de paciente que tú.
Reika se quedó allí de pie, viéndolo alejarse, y por primera vez en mucho tiempo, la sonrisa que llevaba en el rostro no se borró.
Porque ahora sabía que tenían al muro de acero de su lado. Y aunque la guerra contra el director apenas comenzaba, ahora tenían algo que él nunca tendría: la verdad, y a las personas dispuestas a defenderla.
—Biblioteca, después de la primera clase—
El silencio dentro de la biblioteca era absoluto, roto únicamente por el sonido suave del polvo moviéndose bajo la luz o por esos suspiros largos y cansados que soltaba Yuuto de vez en cuando. Shiori se había asegurado personalmente de que estuvieran totalmente aislados: corrió las cortinas gruesas, puso el cartel de mantenimiento y echó el cerrojo. Era su norma desde hacía tiempo: cuando Yuuto necesitaba quitarse todas sus capas de protección, cuando necesitaba dejar de ser el chico misterioso que se esconde, ella convertía este lugar en una fortaleza privada. Y ahí, con ella, él ya no necesitaba ser nadie más que él mismo.
Yuuto estaba recostado sobre la gran mesa de madera, en una zona apartada, rodeado de estanterías altas. No llevaba puesta la capucha, ni el cubrebocas, ni guantes. Su cabello blanco plateado caía libre y sedoso, desparramándose sobre la superficie como un abanico, enmarcando su rostro de rasgos delicados y suaves. Estaba de lado, con una mejilla apoyada sobre sus brazos cruzados, y se veía agotado hasta el último pelo, consecuencia directa de lo que había sido el día anterior.
Shiori estaba sentada a su lado, muy cerca, con esa cercanía tranquila y natural de quien comparte toda la confianza del mundo. Su mano se movía con calma, con ese ritmo constante y relajado, acariciando su cabeza y pasando los dedos entre su cabello, deshaciendo suavemente los pequeños nudos que se formaban, con un gesto tan instintivo y cotidiano como si estuviera peinando a un hermano pequeño.
—Pareces un desastre, ¿sabes? —dijo ella con voz baja y tranquila, sonriendo con cierta diversión mientras le apartaba un mechón de la cara—. Todavía te dura el cansancio de ayer. Te dije que un día de estos te iban a matar a pura actividad.
Yuuto movió apenas la cabeza sobre la mesa y abrió un poco los ojos. Esos ojos claros que con ella ya no tenían que fingir ni ocultar nada. Y en voz baja, suave, pero hablando con total naturalidad, sin necesidad de su libreta, respondió.
—Literalmente me secuestraron, Shiori... —se quejó con tono cansado, aunque sin ninguna verdadera molestia—. Salí del despacho de Reika y, de repente, ya estaba en el aire. Goro me levantó como si pesara menos que nada. Ni tiempo tuve de despedirme. Y luego... Kaito corriendo delante gritando que íbamos a conquistar el mundo, y Airi detrás arrastrándome para que fuera a todos lados con ella. No tuve escapatoria.
Shiori soltó una risa corta y cálida, pasando la mano por su nuca para acomodarle mejor el cabello, con ese aire práctico y protector que siempre tenía con él.
—Ya me lo imaginaba. Vi la foto que le mandaste a tu mamá, por cierto —comentó con una sonrisa divertida—. Esa cara que pusiste, mirando a la cámara con ojos de víctima inocente... me moría de risa. Parecías un rehén al que le están pidiendo rescate. Aunque viéndote ahora... creo que no estabas actuando tanto. Realmente te dejaron hecho polvo, ¿verdad?
—Y tanto... —suspiró él, cerrando los ojos de nuevo y dejándose llevar por el tacto suave y familiar de sus dedos—. Me llevaron a los juegos, estuvimos horas ahí. Luces, ruidos, música a todo volumen... Airi no me soltó ni cinco minutos. Me obligó a jugar con ella en la máquina de baile, luego Kaito me retó a las carreras, y Goro quería que lo ayudara a levantar los muñecos de la grúa... Terminé más cansado que si hubiera corrido yo solo todo el camino a casa. Llegué ayer que apenas podía ni comer. Me caí a la cama y no supe más del mundo hasta esta mañana.
Shiori asintió, entendiendo perfectamente, y siguió acariciándole el pelo con movimientos lentos y rítmicos, como quien arrulla a alguien, pero sin que hubiera nada excesivo en ello. Era simplemente la comodidad de estar con alguien que te cuida.
—Por eso te escapaste hoy, ¿no? —dijo ella con suavidad—. Apenas terminó la primera clase ya te querías ir. Se te notaba en la cara que no ibas a aguantar todo el día en el salón. Menos mal que sabes que aquí tienes tu sitio. Cerré todo bien, nadie va a entrar. Nadie te va a molestar ni te va a obligar a hacer nada. Solo silencio.
Yuuto sonrió levemente, una sonrisa tranquila y sincera, y giró un poco la cabeza para mirarla mejor, apoyando ahora la mejilla contra el dorso de su mano, buscando ese contacto seguro que siempre le daba calma.
—Sí... necesitaba esto —admitió en voz baja—. Necesitaba quitarme todo esto de encima. Saber que nadie me va a ver, que nadie va a mirarme raro... y poder hablar. Contigo siempre es diferente. Con los demás, aunque me quieran, todo es ruido, todo es movimiento. Contigo... todo se calma. Es como si pudiera respirar de nuevo.
—Pues claro que sí —respondió ella con naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo, y le dio unos golpecitos suaves en la cabeza, casi como a un niño pequeño—. Para eso estamos, ¿no? Ellos son los que te llevan a correr y a divertirte, y yo soy la que te recibe cuando ya no das más de sí. El equilibrio es necesario. Y tú, más que nadie, necesitas momentos donde nadie te exija nada.
Yuuto soltó un suspiro largo y relajado, acomodándose mejor sobre la mesa, dejando caer todo el peso de su cuerpo, totalmente confiado y tranquilo.
—A veces me pregunto cómo sería todo esto si no estuvieras tú... —murmuró medio dormido, con la voz arrastrada—. Con Reika y Ayaka me cuesta un poco más, son muy serias. Con Goro, Kaito y Airi... bueno, ya ves lo que pasa. Pero tú... tú siempre estás ahí, en medio de todo, tranquila, sabiendo exactamente qué necesito. Es como si me conocieras de toda la vida.
Shiori sonrió con ternura, y siguió con su caricia suave y constante, mirándolo con esa mirada protectora y cariñosa, fraternal y cercana.
—Pues deja de pensar tonterías, que aquí estoy y aquí me quedo —le dijo con calma—. Y como te digo, mientras yo esté encargada de esto, esta puerta estará cerrada para todo el mundo menos para ti. Así que descansa, duerme un rato si quieres. Yo me quedo aquí sentada, no me voy a ir a ninguna parte. Y cuando despiertes, seguimos hablando o nos vamos, lo que tú quieras. ¿Trato hecho?
Yuuto asintió lentamente, con una sonrisa perezosa en los labios, y cerró los ojos del todo, dejándose arrastrar por la paz del lugar y por esa mano que seguía cuidándolo, con la misma paciencia y cariño con el que una hermana mayor cuida a su hermano pequeño.
—Trato hecho... —susurró antes de quedarse totalmente en silencio, por fin descansando de verdad, sabiendo que estaba en el lugar más seguro del mundo.
—Azotea, a esa misma hora—
El viento en la azotea soplaba suave, fresco y agradable, alejando un poco el calor del mediodía. Era uno de esos lugares que casi nadie usaba, un rincón tranquilo y apartado donde podían estar sin que nadie los molestara. Goro y Kaito estaban sentados en el suelo, apoyados contra el muro bajo que rodeaba el borde, con las piernas cruzadas y dos latas de refresco frío en las manos. Habían subido allí simplemente por costumbre, para matar el tiempo entre clases y disfrutar de un momento de calma lejos del ruido de los pasillos.
Goro, con su enorme cuerpo recostado con pesadez y una tranquilidad impropia de su tamaño, abrió su lata con un chasquido y dio un trago largo, sin prisas. Kaito, por su parte, jugueteaba con la suya, girándola entre sus dedos mientras miraba hacia el horizonte, con esa expresión relajada y medio burlona que siempre lo caracterizaba. Pero en ese momento, sus pensamientos estaban en otra parte. En alguien que no estaba allí con ellos.
—Oye, Goro —empezó Kaito de repente, rompiendo el silencio sin dejar de mirar al frente—. ¿Tú qué piensas de Yuuto?
Goro tardó unos segundos en responder, bajando la lata y pasándose una mano por la cara, pensativo, con esa lentitud que siempre lo hacía parecer que procesaba todo el doble de tiempo que los demás.
—¿Qué pienso? —repitió, como si estuviera sopesando la pregunta—. Pues... sinceramente... me parece un chico normal y corriente.
Kaito se quedó mirándolo unos segundos, parpadeando, antes de soltar una carcajada fuerte y abierta, echándose hacia atrás y golpeándose la rodilla con la mano.
—¡¿Normal y corriente?! —repitió entre risas, negando con la cabeza—. Vaya respuesta más simple, ¿no? Te hago la pregunta esperando una reflexión profunda o algo, y me sales con eso. "Normal y corriente"... eres increíble, tío.
Goro frunció el ceño, visiblemente molesto por la risa de su amigo, y se cruzó de brazos, enfurruñándose un poco como era su costumbre.
—¿Qué tiene de malo? —protestó con voz grave y pesada—. Es lo que pienso. Es un chico, estudia, se porta bien, es callado... para mí, eso es ser normal. ¿Acaso tú crees que es algo raro o qué? Pues entonces dime tú qué piensas, a ver si lo entiendo mejor.
Kaito dejó de reír poco a poco, pero la sonrisa tranquila seguía en sus labios. Dio otro trago a su refresco, y luego suspiró, cambiando ligeramente la postura, poniéndose un poco más serio, con esa mirada aguda y observadora que muy pocos veían en él. Miró hacia abajo, hacia los patios de la escuela que se veían desde allí arriba, y se quedó callado un instante antes de hablar.
—Sinceramente... —empezó, bajando un poco el tono de voz, más reflexivo— creo que Yuuto es alguien que fue aplastado demasiado tiempo por este mundo.
Goro lo miró, atento ahora, dejando a un lado su enfado.
—¿Aplastado? —repitió en voz baja.
—Sí —asintió Kaito, girando la lata entre sus manos—. Mira, tú lo ves callado, tímido, que siempre se esconde, que nunca se queja de nada, que aguanta todo... y piensas que es así porque sí, porque es su forma de ser. Pero yo creo que aprendió a ser así. Creo que le pasaron tantas cosas malas, le dieron tantos golpes, lo juzgaron tanto y lo aislaron tanto... que al final, simplemente se hizo pequeño para que no pudieran seguir haciéndole daño. Aprendió a vivir con todo eso encima, con el peso de lo que dicen, de lo que inventan, de lo que creen... y sigue ahí, de pie, aunque sea encogido.
Hizo una pausa, y luego miró a Goro directamente a los ojos, con una expresión más seria de lo habitual.
—Y lo que más me llama la atención... es que a pesar de todo eso, sigue siendo amable. ¿Te das cuenta? La gente que ha pasado por lo que él ha pasado, normalmente se vuelve amargada, odia a todo el mundo, desconfía de todo y de todos de mala manera... Pero él no. Él te trata bien, es dulce, te ayuda si puede, no le guarda rencor a nadie... pero...
Señaló con el dedo, como si estuviera señalando algo invisible.
—... pero sigue desconfiando. Y eso es lo que me duele, supongo. Porque por muy amable que sea contigo, por mucho que te sonría o te deje que lo lleves a cuestas, en el fondo, todavía cree que en cualquier momento todo se va a acabar. Que en cualquier momento nos vamos a cansar de él, o nos vamos a poner de su contra, o nos vamos a ir. Nos deja acercarnos, sí... pero siempre mantiene una distancia de seguridad, por si acaso. Como si tuviera miedo de que, si se deja querer demasiado, luego le duela más cuando lo dejen solo otra vez.
Goro escuchó todo en silencio, muy quieto, asimilando cada palabra. Se quedó mirando el horizonte, pensando en la figura pequeña y delgada de Yuuto, en cómo siempre bajaba la cabeza, en cómo se agarraba fuerte a su ropa cuando lo cargaba, en esa mirada suya que parecía siempre estar pidiendo perdón por existir.
—Ya... —murmuró Goro al final, con voz más suave—. Supongo que tienes razón. "Normal y corriente"... quizás no lo es tanto, si lo miras así. Alguien normal no tendría que aprender a esconderse para vivir tranquilo.
Kaito sonrió de nuevo, pero esta vez fue una sonrisa más triste, más comprensiva.
—Exacto. Para ti es normal porque tú lo ves como a uno más de nosotros. Pero la realidad es que... ha tenido que luchar mucho más que cualquiera de nosotros solo para poder llegar aquí sentados nosotros hablando de él. Y por eso... —levantó la lata hacia el cielo, como si brindara por algo— por eso me gusta que estemos con él. Porque si nosotros somos su red de seguridad... yo pienso asegurarme de que nunca más tenga miedo de caerse. Aunque tenga que cargarlo a cuestas yo también, si hace falta.
Goro soltó una risa grave y corta, golpeando suavemente el hombro de su amigo con su enorme mano.
—Pues entonces estamos de acuerdo. Yo lo sigo llevando arriba, tú te encargas de hablar con él... y entre los dos, y con Airi también, claro... hacemos que se le olvide lo que es tener miedo.
Kaito asintió, terminándose su refresco de un trago largo y poniéndose de pie, estirándose.
—Trato hecho. Ahora vámonos, que, si nos tardamos más, Airi vendrá a buscarnos y se pondrá a gritar que la abandonamos. Y ya bastante tenemos con agotar a Yuuto ayer, como para que hoy nos agote ella a nosotros.
Goro se levantó con esfuerzo, y ambos echaron a andar hacia la puerta de la azotea, dejando atrás el silencio, pero llevándose consigo la certeza de que, pasara lo que pasara, no iban a dejar que Yuuto volviera a estar solo.
Thoughts
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PermalinkCaramba, qué bien que el mismo muchacho que defendió los hechos delante del director reconozca después, con Reika, que le faltaba conocer a la persona. ¿Takamura llega a la biblioteca de Shiori en el próximo capítulo?
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PermalinkTakamura plantándole al director una sola palabra, y luego otra vez la misma, en casa nos habría partido en dos: la mitad aplaudiendo y la otra mitad diciendo que un chico de diecisiete que deja así al director sale del comité antes de fin de mes. Yo estoy con la segunda mitad. Ese puñetazo en el escritorio cuando se queda solo me suena a alguien que ya está planeando, y el primero en su lista ahora es Takamura, bastante antes que Yuuto.