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Capítulo 32: La disciplina ataca

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Mientras tanto, a unos metros de distancia, Goro, Airi y Shiori se habían alejado unos pasos para dejar que Yuuto y Kaito hablaran con tranquilidad.

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Que Takamura le pregunte a Yuuto cómo se siente, y que nadie se lo hubiera preguntado nunca, me hizo pensar en lo poco que cuesta esa pregunta y lo raro que es que alguien la haga en serio. Apuesto a que ese expediente de aislamiento se va a quedar más fl

Que Takamura le pregunte a Yuuto cómo se siente, y que nadie se lo hubiera preguntado nunca, me hizo pensar en lo poco que cuesta esa pregunta y lo raro que es que alguien la haga en serio. Apuesto a que ese expediente de aislamiento se va a quedar más flaco a partir de ahora, con la pila de amigos tirada en la puerta. Gracias por seguir con esta historia!

Contenido de la publicación

Mientras tanto, a unos metros de distancia, Goro, Airi y Shiori se habían alejado unos pasos para dejar que Yuuto y Kaito hablaran con tranquilidad.

 

Airi seguía con el ceño fruncido y los brazos cruzados, con una determinación poco habitual en ella.

 

—No pienso dejar que esa tal Sakura siga molestando a Yuuto-kun. Ya ha hecho suficiente daño.

 

Goro la miró de reojo, caminando con las manos detrás de la cabeza como si aquello fuera lo más normal del mundo.

 

—Entonces hazte más fuerte.

 

Airi parpadeó, confundida.

 

—¿Eh?

 

—Si quieres proteger a alguien, primero debes saber protegerte a ti misma —explicó él con calma—. Si quieres, puedo entrenarte.

 

Los ojos de Airi brillaron de inmediato como dos estrellas encendidas.

 

—¿¡De verdad!? ¿Lo harías?

 

—Claro. Con unos meses de entrenamiento…

 

—Airi —la interrumpió Shiori, levantando una mano antes de que Goro terminara la frase.

 

—¿Sí?

 

—Si aceptas… —Shiori la miró y luego señaló lentamente a Goro de pies a cabeza— …vas a terminar exactamente igual que él.

 

El silencio cayó sobre ellas un instante.

 

Airi cerró los ojos un segundo y su imaginación voló sola: se vio a sí misma con brazos tan anchos como troncos, espalda enorme, músculos marcados incluso bajo el uniforme, rompiendo pupitres sin querer y levantando a la gente con una sola mano.

 

Su rostro perdió todo el color.

 

—…Creo que… paso —dijo con voz temblorosa—. Muchas gracias por ofrecerme, pero prefiero seguir siendo así.

 

Goro se quedó inmóvil. Una vena se marcó levemente en su frente.

 

—¿Acabas de llamarme gorila?

 

—¡¡¿Qué?!! ¡¡Yo nunca dije eso!! —saltó ella.

 

—Lo pensaste.

 

—¡¡No lo pensé!!

 

—Lo pensaste muy fuerte.

 

—¡¡Que no!!

 

—¡¡SHIORI, ELLA ME LLAMÓ GORILA!! —gritó Goro.

 

—¡Yo no vi ni oí nada! —respondió Shiori empezando a reírse.

 

—¡¡Las dos son culpables!!

 

Las dos chicas salieron corriendo entre carcajadas.

 

—¡¡Atrápalas!! —gritó Shiori.

 

—¡¡No pienso dejar que difamen mi físico!!

 

—¡¡Perdón, Goro-kun!!

 

—¡¡YA ES TARDE!!

 

El gigante salió tras ellas con pasos pesados que hacían vibrar ligeramente el suelo, aunque más por dramatismo que por verdadera fuerza bruta, mientras las risas se extendían por todo el patio.

 

Kaito observó la escena y soltó una risa suave.

 

—Esos tres nunca cambian.

 

Yuuto sonrió tras su cubrebocas y escribió en su libreta:

 

«Se llevan muy bien.»

 

—Muchísimo —asintió Kaito.

 

Su sonrisa se volvió más serena, más profunda.

 

—Supongo que ahora entiendes por qué no me preocupa demasiado lo que haga o diga Sakura.

 

Yuuto levantó la vista y escribió:

 

«¿No te preocupa?»

 

—Claro que molesta —respondió él sin rodeos—. Pero hay una gran diferencia entre que algo te moleste… y que consiga hacerte dejar de confiar en la gente.

 

Miró hacia Goro, que seguía la persecución sin perder el aliento.

 

—¿Sabes por qué somos amigos?

 

Yuuto negó despacio.

 

—Porque confiamos el uno en el otro. Así de simple. Yo confío en él, y él confía en mí. Nunca hizo falta nada más.

 

Se acomodó mejor en la banca, con una mirada llena de nostalgia.

 

—Muchos no lo entienden porque solo ven su apariencia. Goro siempre fue enorme: de niños ya era el más alto y fuerte de todos. Todos pensaban que sería agresivo, que daría miedo, que algún día acabaría peleándose con medio mundo.

 

Negó con la cabeza.

 

—Y resulta que tiene el corazón más grande que cualquiera de nosotros. ¿Sabes por qué está en el club de jardinería?

 

Yuuto escribió rápido:

 

«¿Porque le gustan las flores?»

 

—Exacto —sonrió Kaito—. Parece una respuesta tonta, pero es la verdad. Les habla, se sabe el nombre de casi todas, es incapaz de arrancar una hoja si no es necesario. Una vez lloró porque una tormenta rompió uno de sus girasoles.

 

Yuuto abrió un poco más los ojos. No le costaba nada imaginarlo; encajaba perfectamente con el chico que había conocido.

 

—Por eso es irremplazable —continuó Kaito con total sinceridad—. La gente puede decir lo que quiera: puede llamarlo monstruo, burlarse, tenerle miedo… pero yo sé quién es realmente.

 

Hubo un silencio breve y significativo.

 

—Y contigo pasa exactamente lo mismo —dijo Kaito mirándolo a los ojos.

 

Yuuto se quedó inmóvil.

 

—Sakura va a escribir, va a investigar, va a inventar y exagerar cosas. Y habrá gente que le crea. Es inevitable. Pero si tú cambias tu forma de ser para evitar darle material… entonces ella habrá ganado.

 

Apoyó los brazos sobre el respaldo y su voz se volvió firme pero suave:

 

—No dejes de ser amable. No dejes de confiar. No dejes de ayudar a los demás. No escondas lo mejor de ti solo porque alguien quiera convertirlo en un escándalo. Porque si lo haces… estarás viviendo exactamente como ella quiere.

 

Yuuto se quedó unos instantes absorbiendo cada palabra. Luego abrió su libreta, dudó un poco, borró y volvió a escribir hasta que finalmente giró el cuaderno hacia él:

 

«No quiero darle esa victoria.»

 

Kaito leyó y sonrió con auténtico orgullo.

 

—Ese es el Yuuto que queremos conocer.

 

A pocos metros volvió a escucharse el alboroto:

 

—¡¡GORO, YA BASTA!!

 

—¡¡¡ADMITE QUE ME LLAMASTE GORILA!!!

 

—¡¡¡NUNCA LO HICE!!

 

—¡¡¡PERO LO PENSASTE!!!

 

Las risas de Shiori llenaron el aire de nuevo, y por primera vez desde que aparecieron aquellos carteles, Yuuto sintió que el ruido de sus amigos era mucho más fuerte y cálido que cualquier rumor que intentara perseguirlo.

 

Finalmente, Goro alcanzó a Airi antes de que pudiera esconderse. La detuvo con suavidad pero con firmeza, y antes de que ella pudiera volver a suplicar, pasó un brazo por su espalda y el otro por debajo de sus rodillas, levantándola en brazos como si no pesara nada.

 

—¡¡Bájame!! ¡Lo prometo! ¡No volveré a pensar nada parecido! —gritaba ella, pataleando en el aire sin éxito.

 

—Castigo —sentenció él con voz grave, aunque sus ojos brillaban de diversión—. Por compararme con un gorila. Te quedarás ahí arriba hasta que se te olvide la idea.

 

La sostenía a la altura de sus hombros, inmóvil, mientras Airi se ponía colorada como un tomate. Shiori se doblaba de la risa agarrándose el estómago, y hasta Kaito negaba con la cabeza riendo. Yuuto soltó una pequeña risa silenciosa, oculta tras su cubrebocas, y escribió rápido en su libreta:

 

—En serio… Airi tiene una habilidad sobrenatural para domesticar a personas que a cualquiera le daría miedo acercarse. Es impresionante.

 

Yuuto soltó una pequeña risa silenciosa, oculta tras la tela de su cubrebocas, y escribió rápido en su libreta, con trazo ligero:

 

«Confirmo totalmente.»

 

Kaito iba a responder con alguna broma más, cuando de repente…

 

 

“BZZZZZZT

 

— ¡¡CRAC!!”

 

El sonido agudo y metálico del megáfono escolar estalló por todo el campus, cortando el aire de golpe y haciendo que todos se sobresaltaran. La estática resonó en cada rincón, helando el ambiente en un instante.

 

Casi al unísono, las conversaciones se apagaron. Las risas murieron en la garganta. Los pasos se detuvieron.

 

Unos segundos después, una voz fría, mecánica y totalmente carente de emoción llenó el espacio:

 

—«Se solicita al estudiante Yuuto Kanzaki presentarse de inmediato en la sala del Comité de Disciplina.»

 

—«Repetimos: Yuuto Kanzaki, diríjase sin demora a la sala del Comité de Disciplina.»

 

…

 

El silencio que siguió fue aterrador.

 

El patio entero pareció congelarse en el tiempo durante un segundo. Nadie se movió. Nadie habló. Solo el viento seguía moviendo las hojas, como si nada hubiera pasado.

 

Y entonces…

 

El murmullo estalló.

 

—¿Eh? ¿El Comité?

 

—¿Qué habrá hecho? ¿Estará en problemas?

 

—No puede ser… justo a él…—Si lo llaman por megáfono así… debe ser grave.

 

La expresión de casi todos los estudiantes cambió drásticamente. De la curiosidad pasaron directamente a la incomodidad y al temor.

 

Porque todos conocían esa sala.

 

Y más importante aún: todos conocían a quien la dirigía.

 

A diferencia del Consejo Estudiantil, que se veía como algo elegante, prestigioso y cercano… el Comité de Disciplina inspiraba respeto, sí, pero sobre todo inspiraba miedo. Mucho miedo.

 

Era el lugar al que acudían cuando la escuela dejaba de “pedir” las cosas amablemente para empezar a exigirlas con autoridad absoluta. Era la última instancia, la mano dura de la institución. Incluso algunos alumnos de tercer año, acostumbrados ya a todo, tragaron saliva al escuchar el anuncio, desviando la mirada como si el simple hecho de escuchar el nombre de ese lugar pudiera traerles problemas.

 

—Pobre chico… —se escuchó decir a alguien en voz baja—. Si Takamura lo mandó llamar personalmente… está acabado.

 

Airi se tensó de inmediato. Su cuerpo pequeño se puso rígido y soltó el brazo de Goro, mirando hacia los altavoces con pánico en los ojos.

 

—¿Qué…? ¿Por qué…?

 

Shiori bajó el celular lentamente, con el ceño fruncido y la preocupación marcada en su rostro.

 

—Esto no me gusta nada… nada.

 

Kaito, que hasta hace un momento estaba sonriendo, frunció el ceño con seriedad, analizando la situación.

 

Pero Goro…

 

Goro cambió por completo. Su sonrisa desapareció al instante, y sus ojos oscuros se oscurecieron aún más, llenos de furia contenida. Sus manos se cerraron en puños a los costados, y parecía estar a dos segundos de levantarse y causar un escándalo mayúsculo.

 

—¿Quién demonios se creen que son para llamarlo así, delante de toda la escuela, como si fuera un delincuente? —gruñó con voz grave, casi un rugido.

 

—¡Goro, cálmate! —lo frenó Kaito rápidamente, poniéndose de pie y mirándolo fijamente—. Si haces algo ahora, solo empeorarás las cosas para él.

 

Mientras tanto, Yuuto…

 

Yuuto se había quedado completamente inmóvil. Como una estatua.

 

Sus dedos apretaron la tapa de la libreta con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, retumbando en sus oídos ahogando cualquier otro sonido.

 

Porque incluso él, que trataba de pasar desapercibido y saber lo menos posible sobre los demás, conocía la reputación de ese comité.

 

Y especialmente, conocía la del presidente.

 

Ryouji Takamura.

 

El estudiante más temido de todo el centro educativo, con permiso del mismo director. Alto, imponente, con el cabello negro siempre peinado perfectamente hacia atrás, sin un solo cabello fuera de lugar. Unos ojos grises, fríos y afilados como cuchillas, que parecían capaces de ver a través de las personas. Su uniforme siempre impecable, sin una arruga, y sus característicos guantes negros que nunca se quitaba. Caminaba y se mantenía erguido, con la espalda recta como una espada desenvainada.

 

Nunca gritaba.

 

Nunca perdía los estribos.

 

Y mucho menos, nunca dejaba pasar la más mínima infracción sin consecuencias.

 

Corrían rumores de que grupos de chicos problemáticos de otros barrios o escuelas evitaban acercarse siquiera a las puertas de este campus, simplemente por saber que Takamura estudiaba ahí y tenía autoridad para actuar.

 

Si lo habían llamado directamente desde esa sala… solo podía significar una cosa: problemas. Y problemas grandes.

 

Yuuto bajó lentamente la mirada hacia sus manos. Los viejos miedos, esos que creía que empezaban a quedarse atrás, regresaron trepando por su garganta, pesados y oscuros. La sensación de culpa, de ser observado, de estar siempre mal a pesar de no hacer nada… volvía a apoderarse de él.

 

Kaito lo notó al instante. Se acercó un poco más, bajó la voz y habló con firmeza, pero con suavidad.

 

—Oye. Mírame un segundo.

 

Yuuto levantó apenas la vista, con los ojos brillantes de ansiedad detrás de los lentes.

 

—No te adelantes a los hechos ni saques conclusiones todavía —le dijo Kaito, tratando de transmitirle toda la seguridad posible—. Takamura da miedo, eso es innegable… pero es justo. Es estricto al extremo, sí, pero no es injusto. Nunca actúa sin tener las cosas claras.

 

Shiori asintió rápido, apoyando sus palabras.

 

—Es verdad, Yuuto. He escuchado historias… muchas personas le tienen terror, pero nadie puede decir que haya castigado a alguien sin pruebas o sin escuchar primero.

 

—Da muchísimo miedo, lo sé —admitió Airi, acercándose despacio y poniendo una mano pequeña sobre su brazo, con los ojos llorosos por la preocupación—. A mí solo de verlo me dan escalofríos… pero dicen que nunca se equivoca al juzgar.

 

Esas palabras lograron calmarlo un poco. Solo un poco, porque el miedo seguía ahí, agarrado con fuerza a su pecho… pero al menos ya no se sentía totalmente perdido.

 

– SALA DEL COMITÉ DE DISCIPLINA

 

El ambiente dentro de esa sala era radicalmente distinto al resto de la escuela. No había luz del sol entrando por ventanales grandes, ni risas, ni calor humano.

 

Era un lugar silencioso.

 

Frío.

 

Y ordenado hasta niveles casi enfermizos.

 

Cada documento estaba alineado perfectamente paralelo al borde de las mesas. Los relojes de pared marcaban la hora con exactitud milimétrica, todos sincronizados entre sí. No había ni una sola mota de polvo visible sobre los muebles o los estantes. El aire mismo parecía estar quieto, como si nada pudiera moverse libremente en ese espacio.

 

Y sentado en la cabecera de la gran mesa de reuniones… estaba él.

 

Ryouji Takamura.

 

Sus ojos grises recorrían lentamente las hojas de una carpeta gruesa que sostenía entre sus manos enguantadas. Leía con atención absoluta, sin saltarse ni una línea, con una expresión inescrutable, seria y distante.

 

Era el expediente completo de Yuuto Kanzaki.

 

A su lado derecho, manteniendo una postura tan recta y elegante como la suya, se encontraba la vicepresidenta del comité: Mizuki Saegusa.

 

Alta, esbelta, con el cabello de un tono azul oscuro recogido en una coleta baja y pulcra que le llegaba a la espalda. Llevaba lentes de marco rectangular que enmarcaban sus ojos de un violeta intenso y afilado, capaz de analizar cualquier detalle en segundos. Estaba cruzada de piernas, impecable incluso estando simplemente sentada, observando las mismas hojas que su superior con evidente escepticismo.

 

Mizuki cerró la carpeta que tenía frente a ella con un sonido seco y suave.

 

—Todavía no entiendo por qué aceptaste hacer esto, Ryouji —dijo ella con voz serena pero directa—. Podrías haberlo delegado o simplemente ignorarlo.

 

Él no levantó la vista del documento que leía. Siguió pasando las hojas con calma.

 

—…

 

—Habías dejado el caso de este chico de lado hace meses, ¿no es así? —insistió ella—. Lo revisaste, viste que no había nada y lo archivaste. Nunca golpeó a nadie, nunca rompió reglas graves, nunca causó disturbios ni problemas reales. Todo lo que hay en estas hojas son comentarios… rumores, habladurías sin fundamento.

 

Cerró otra carpeta y la apartó suavemente.

 

—Todo lo que tiene encima es el peso de lo que la gente inventa. Nada más.

 

Finalmente, Ryouji detuvo su lectura. Cerró la carpeta principal lentamente, como si estuviera cerrando un libro importante, y levantó la mirada hacia ella. Sus ojos eran fríos, pero serenos.

 

—Así es. Tienes razón.

 

Mizuki lo miró fijamente, desconcertada.

 

—Entonces esta reunión no tiene ningún sentido. Es una pérdida de tiempo.

 

Ryouji apoyó ambas manos sobre la carpeta cerrada, sus guantes negros contrastando con la madera clara de la mesa.

 

—Desde el principio ignoré el asunto porque al revisarlo a fondo no encontré absolutamente nada reprobable —explicó con voz grave, tranquila y precisa—. No hay registros de violencia, ni de acoso, ni de comportamiento disruptivo, ni siquiera de faltas leves de conducta. Yuuto Kanzaki siempre se ha comportado de forma correcta, educada y ajustada a las normas al cien por ciento.

 

Mizuki suspiró apenas, comprendiendo por dónde iba todo esto.

 

—Entonces… el director volvió a presionarte, ¿verdad?

 

Por primera vez, una sombra de cansancio, muy leve pero perceptible, cruzó la mirada gris de Ryouji.

 

—Desde el incidente en la cafetería… hace unas semanas.

 

El ambiente en la sala se volvió un poco más pesado. Ambos recordaban perfectamente aquel día. El profesor alterado, los gritos injustificados, el intento de agresión delante de decenas de testigos, y el caos que se desató después, todo atribuido erróneamente al chico que solo había estado ahí sentado.

 

—El director insiste en una cosa —continuó Ryouji, dejando ver en su tono el disgusto que le causaba la idea—. Insiste en que Yuuto “genera problemas” con su sola presencia. Cree que el hecho de que haya rumores a su alrededor significa que él es el causante, y que altera el ambiente escolar solo por ser quien es.

 

Mizuki frunció el ceño con desdén.

 

—Eso es absurdo e injusto. Es culpar a la víctima por lo que otros inventan.

 

—Lo sé. Y tú lo sabes. Y yo lo sé —respondió él con calma—. Pero el director tiene su propia visión de lo que es “orden” y “armonía”, y para él, lo que es diferente o misterioso es peligroso.

 

Se hizo un silencio breve. Ryouji acomodó lentamente los dedos de su mano derecha, ajustando el guante con movimientos precisos.

 

—Intenté retrasar esta reunión lo más posible. Puse trabas, argumenté que no había motivo… pero siguió presionando. Quería que tomáramos medidas drásticas sin ni siquiera escucharlo.

 

Sus ojos volvieron a caer sobre la carpeta con el nombre de Yuuto escrito en la portada.

 

—Así que decidí traerlo aquí, hablar con él personalmente y verlo cara a cara… antes de permitir cualquier medida en su contra.

 

Mizuki lo observó en silencio unos segundos, comprendiendo entonces su verdadera intención.

 

—¿Y qué esperas encontrar exactamente? —preguntó ella con curiosidad genuina—. Ya sabes que es inocente sobre el papel. ¿Qué buscas ahora?

 

Ryouji permaneció callado unos instantes, mirando hacia la puerta cerrada.

 

Luego respondió, bajando la voz apenas:

 

—La verdad. La que no está escrita en estos informes.

 

En ese momento…

 

TOC — TOC.

 

Dos golpes secos, tímidos y suaves, sonaron en la puerta de madera maciza.

 

Ambos levantaron la mirada al mismo tiempo.

 

Yuuto empujó la puerta de madera maciza y la abrió lentamente, como si temiera que el simple sonido de las bisagras rompiera un equilibrio frágil y sagrado.

 

Al dar el primer paso al interior, comprendió por qué todo el mundo hablaba de este lugar con tanto respeto y temor.

 

La sala del Comité de Disciplina era aún más intimidante desde dentro que desde fuera.

 

Todo estaba impecablemente ordenado.

 

Demasiado ordenado. Casi antinatural.

 

Los archivadores de metal se alineaban en las paredes como soldados inmóviles, perfectamente paralelos entre sí. Las cortinas estaban cerradas con exactitud milimétrica, filtrando una luz tenue y grisácea que bañaba todo el ambiente. Sobre los escritorios, los documentos estaban apilados con una precisión casi enfermiza, sin una sola hoja que sobresaliera, sin el menor rastro de polvo o desorden.

 

El aire estaba quieto, pesado, y olía a papel nuevo, tinta y café negro concentrado: el olor a autoridad y rigor.

 

Y al fondo, sentado en la cabecera de la larga mesa de caoba que dominaba la habitación… estaba él.

 

Ryouji Takamura.

 

El presidente levantó lentamente la vista hacia la puerta, desviando sus ojos grises del expediente que tenía abierto frente a él. Esos ojos eran fríos, afilados y profundos, capaces de atravesar a las personas como si fueran de cristal, de leer lo que se escondía detrás de cada gesto, de cada parpadeo, de cada respiración.

 

Yuuto sintió cómo un escalofrío helado le recorría toda la columna vertebral, desde la nuca hasta la espalda baja, y tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no retroceder ni bajar la cabeza instintivamente.

 

Sin embargo, algo llamó su atención al instante, rompiendo un poco la presión que sentía en el pecho.

 

La sala estaba prácticamente vacía.

 

Esperaba ver a todo el comité reunido, rodeándolo, juzgándolo. Pero solo estaban presentes Takamura y su vicepresidenta, Mizuki Saegusa. Nadie más. Ningún otro miembro, ningún secretario, nadie.

 

Eso era raro.Muy raro. Y en medio de todo ese miedo, una pequeña chispa de duda brilló en su mente.

 

—Adelante —dijo Takamura. Su voz fue calmada, grave, medida, cada palabra pronunciada con una claridad absoluta, sin un solo rastro de impaciencia o ira.

 

Yuuto entró despacio, cerró la puerta a sus espaldas con un cuidado extremo, y el sonido suave del cierre resonó en el silencio como un golpe seco.

 

Mizuki lo observaba en silencio desde su sitio, con sus ojos violetas detrás de los lentes analizando cada detalle de su figura, de su ropa, de cómo apretaba su propia libreta contra el pecho. Aunque mantenía su expresión habitual, seria y distante, en el fondo estaba desconcertada.

 

Porque sinceramente… no lograba comprender cómo alguien como él había terminado rodeado de rumores tan terribles, de acusaciones de violencia, de peligrosidad o de influencia negativa.

 

Frente a ellos no había un chico amenazante, ni rebelde, ni problemático.

 

Frente a ellos había un chico delgado, encogido sobre sí mismo, con la mirada baja, temblando apenas, que parecía estar a punto de romperse en cualquier momento. Parecía mucho más asustado que peligroso.

 

Muchísimo más.

 

Takamura señaló con un movimiento breve y preciso de su mano enguantada la silla vacía situada justo al otro extremo de la mesa, frente a él.

 

—Toma asiento.

 

Yuuto obedeció al instante, caminando con pasos cortos y silenciosos hasta llegar allí. Se sentó con infinito cuidado, sin hacer ruido, acomodándose el borde del uniforme, y estrechó su libreta contra su pecho como si fuera el único escudo que tenía en el mundo, el único refugio posible en medio de esa sala hostil.

 

El silencio que siguió se alargó durante lo que le parecieron horas. Fue un silencio denso, pesado, donde hasta el aire parecía costar respirar.

 

Lentamente, Takamura deslizó la carpeta principal hacia el centro de la mesa y la abrió delante de él.

 

—No voy a hacer esto más complicado de lo necesario —anunció, manteniendo su mirada fija en las hojas, aunque su presencia seguía siendo imponente—. No hay juicios, ni acusaciones previas. Solo responderás algunas preguntas básicas, con la verdad. Nada más.

 

Su tono era directo, seco, totalmente profesional, pero extrañamente… no agresivo.

 

Yuuto tragó saliva con dificultad y asintió rápidamente, moviendo la cabeza con pequeñas sacudidas nerviosas. Sus manos buscaron el lápiz dentro de la libreta, aferrándolo con fuerza.

 

—Nombre completo.

 

Yuuto escribió rápido, como si quisiera demostrar que no tenía nada que ocultar, con letras claras y definidas:

 

«Yuuto Kanzaki.»

 

—Edad.

 

«16 años.»

—Personas con las que vives actualmente.

 

«Mi mamá. Solo nosotro… solo ella y yo.»

 

Takamura tomó una pluma y anotó algo al margen del informe, con trazos rápidos y perfectos.

 

—¿Relación familiar estable? ¿Hay problemas en casa?

 

Yuuto dudó apenas una fracción de segundo. Fue una pregunta que siempre le generaba inseguridad, pero esta vez escribió con firmeza, pensando en la mujer que siempre había estado ahí para él, incluso cuando él mismo no se soportaba.

 

«Sí. Mi mamá me cuida mucho. Siempre ha estado ahí.»

 

Mizuki leyó la respuesta con atención, observando la forma en que sus dedos se quedaron reposando sobre esas líneas, como protegiendo esas palabras.

 

Takamura pasó a la siguiente pregunta sin detenerse.

 

—¿Tienes conflictos frecuentes, discusiones o problemas graves con otros estudiantes?

 

Yuuto negó rápidamente con la cabeza, antes incluso de que el lápiz tocara el papel. Negó con tal vehemencia que su cabello se movió, y sus ojos se abrieron con sorpresa ante la sola idea.

 

«No. Nunca busco problemas. Trato de pasar desapercibido.»

 

—¿Has participado en peleas, agresiones o enfrentamientos físicos dentro o fuera del colegio?

 

«Nunca. Jamás he levantado una mano contra nadie.»

 

—¿Has amenazado, presionado o intimidado a algún compañero o miembro del personal?

 

«No. Nunca haría eso.»

 

—¿Consumes alcohol, tabaco o sustancias ilegales? ¿O te has visto involucrado en actividades ilícitas?

 

Esta vez, Yuuto abrió los ojos completamente, sorprendido, y negó con tanta rapidez y energía que casi parecía ofendido por la pregunta. Fue una negación absoluta, instintiva, de alguien que sabe que eso está totalmente lejos de su realidad.

 

Mizuki tuvo que desviar ligeramente la mirada, ocultando una sonrisa muy leve y casi imperceptible detrás de sus dedos. La sola idea de ver a este chico tímido involucrado en algo así era ridícula.

 

Takamura pasó la hoja con calma, sin alterarse.

 

—Bien. Todo coincide con lo que he revisado hasta ahora —dijo en voz baja, más para sí mismo que para ellos—. Entonces… pasemos al punto más importante. Hablemos de tus relaciones actuales dentro de la escuela.

 

Yuuto sintió cómo todo su cuerpo se tensaba al instante. Sus hombros subieron levemente, sus músculos se pusieron rígidos.

 

—Últimamente se te ha visto diferente. Más visible. Más acompañado —continuó el presidente, fijando por fin sus ojos grises directamente en los de él—. ¿Es correcto decir que ya no estás solo?

 

Yuuto dudó unos segundos. Su respiración se entrecortó levemente. Bajó la mirada hacia el papel blanco y escribió despacio, con cuidado, como si estuviera revelando un secreto muy valioso y frágil:

 

«Sí.»

 

—¿Cómo te sientes respecto a eso? —preguntó Takamura, y por primera vez, su voz perdió un poco de esa dureza metálica.

 

La pregunta tomó a Yuuto totalmente desprevenido. No esperaba que le preguntaran cómo se sentía. Nadie le preguntaba eso. Nunca.

 

Sus dedos se detuvieron sobre la hoja, inmóviles, mientras su mente viajaba a todos esos momentos recientes: las risas, los gritos, el calor de las manos que lo buscaban, la sensación de pertenecer a algo.

 

Respiró hondo, temblando un poco, y escribió despacio, letra a letra:

 

«Bien.»

 

Hizo una pausa larga. Sus ojos se humedecieron sin que pudiera evitarlo.

 

Y añadió otra línea, más grande, más firme, como si quisiera dejarlo grabado para siempre:

 

«Muy bien.»

 

Mizuki levantó apenas la cabeza, sorprendida por la contundencia de esa respuesta viniendo de él.

 

Yuuto siguió escribiendo, las palabras salían solas, fluyendo de todo lo que había guardado durante años:

 

«Antes… estaba solo casi todo el tiempo. Desde que entré aquí.»

 

«Caminaba solo, comía solo, me quedaba en rincones para que nadie me viera.»

 

Sus dedos temblaron con más fuerza, pero no paró.

 

«Pero ahora… ahora hay gente a mi lado.»

 

El silencio de la sala se sentía ahora diferente. Ya no era un silencio de juicio, sino de escucha.

 

Yuuto siguió deslizando el lápiz, nombrando a cada persona como si fueran tesoros:

 

«Airi, que es un torbellino y nunca se calla. Shiori, que siempre graba todo y se ríe de todo. Ayaka y Reika, que me ayudan sin preguntar. Minori-sensei, que siempre me cuida…»

 

Hizo una pequeña pausa, una media sonrisa triste pero sincera se dibujó en sus labios bajo el cubrebocas.

 

«Y hace poco también empecé a hablar con dos chicos de mi edad.»

 

Takamura observaba atentamente, sin perderse ni un solo cambio en su expresión.

 

«Son algo ruidosos.» —escribió, y se detuvo un segundo, recordando la primera vez que vio a Goro—.

 

 «Y uno… uno da muchísimo miedo al principio. Parece que te va a romper solo con mirarte.»

 

Escribió la última línea con una calma que venía de la certeza que ya tenía:

 

«Pero son buena gente. Son mi gente.»

 

Se hizo un silencio breve.

 

Pequeño.

 

Sutil.

 

Pero fue en ese instante, con esas palabras sobre la mesa, que por primera vez desde que comenzó la reunión… algo dentro de la estructura rígida de Takamura se relajó. Una tensión que él mismo ni sabía que llevaba dentro desapareció.

 

Porque, honestamente… eso era precisamente lo que más le había preocupado de Yuuto.

.

 

No los rumores absurdos.

 

No las acusaciones sin sentido.

 

No las quejas del director.

 

Lo que le preocupaba de verdad, lo que le había hecho revisar ese expediente una y otra vez, era el aislamiento.

 

Había visto demasiados estudiantes, demasiadas personas, destruirse lentamente, marchitarse, perderse en sus propios mundos oscuros simplemente por quedarse solos demasiado tiempo. Por no tener a nadie que les dijera "estás aquí, estás con nosotros".

 

Y el expediente de Yuuto llevaba meses gritándole exactamente eso en cada anotación:

 

Aislamiento extremo.

 

Ansiedad social.

 

Miedo constante.

 

Cierre emocional absoluto.

Por eso escuchar, leer, ver con sus propios ojos que poco a poco estaba formando vínculos reales, que estaba sintiendo cosas buenas, que tenía gente a su lado… le dio un alivio inmenso.

 

Claro que… su expresión externa no cambió absolutamente nada. Seguía viéndose igual de serio, igual de imponente, igual de intimidante que siempre.

 

Solo Mizuki, que llevaba años trabajando codo a codo con él, que conocía cada mínimo matiz de su mirada, notó cómo la dureza de sus ojos grises se suavizó apenas, cómo la línea tensa de sus hombros bajó milímetros.

 

«Ah…», pensó ella con comprensión, ajustándose los lentes. «Así que eso era lo que realmente le preocupaba. No la norma, sino la persona.»

 

Takamura cerró lentamente la carpeta, haciendo un sonido seco y definitivo que hizo que Yuuto diera un pequeño respingo.

 

—Bien —dijo el presidente, y esa sola palabra sonó como el fin de una sentencia.

 

Yuuto levantó la mirada, nervioso, el corazón golpeándole las costillas con fuerza, esperando lo peor, preparándose para ser expulsado, regañado o aislado aún más.

 

Y entonces llegó la frase.

 

La frase que llevaba esperando y temiendo desde que escuchó su nombre por el megáfono.

 

La frase que cambiaría todo para él.

 

—Yuuto Kanzaki. —Su voz fue clara, firme, innegociable—. Quiero que te quede algo totalmente claro: no estás en problemas.

 

…

 

El mundo pareció detenerse para Yuuto.

 

Se quedó completamente quieto, rígido como una estatua.

 

Parpadeó una vez.

 

Luego otra.

 

Abrió los ojos con incredulidad, como si sus propios oídos le estuvieran mintiendo, como si hubiera escuchado lo contrario a lo que se dijo.

 

Takamura continuó hablando con la misma calma, apoyando los brazos sobre la mesa y entrelazando los dedos cubiertos por sus guantes negros.

 

—Esto es una investigación formal, sí. Se abrió debido a múltiples denuncias y acusaciones presentadas contra ti ante la dirección y ante este comité. Es mi deber revisarlas.

 

Yuuto bajó lentamente la mirada hacia la carpeta cerrada, sintiendo un nudo en la garganta.

 

—Sin embargo… —la voz de Takamura bajó de tono, volviéndose más profunda, más seria—, hasta el momento, y tras revisar cada incidente, cada testimonio y cada supuesta prueba… todas esas acusaciones son únicamente rumores.

 

Mizuki intervino entonces, con voz tranquila y clara, apoyando totalmente las palabras de su jefe:

 

—No existen pruebas reales de violencia, de amenazas, de daño a la propiedad, ni de incumplimientos graves de las normas escolares por tu parte. Todo lo que dicen… es solo aire. Palabras sin peso.

 

Yuuto abrió los ojos de par en par. Sus labios se entreabrieron en un gesto de pura sorpresa, y una emoción extraña, cálida y dolorosa a la vez, comenzó a crecerle en el pecho.

 

Takamura se inclinó levemente hacia adelante sobre la mesa, imponiendo su autoridad no por miedo, sino por certeza.

 

—Como presidente del Comité de Disciplina, tengo la obligación de investigar cualquier denuncia que llegue a mis manos. Eso incluye verificar lo que dicen los demás, revisar registros, hacer consultas. Es mi trabajo asegurar que todo esté en orden.

 

Yuuto escuchaba cada sílaba inmóvil, colgando de sus labios.

 

—Pero también tengo una obligación mucho más importante —enfatizó Takamura, y por primera vez hubo algo parecido a la firmeza de una convicción absoluta en su mirada—: tengo la obligación de actuar basándome en hechos reales, en la verdad. No en rumores. No en lo que la gente inventa porque no sabe qué más decir.

 

Se hizo un silencio cargado de significado.

 

Lentamente, muy lentamente, la tensión que había mantenido apretados los hombros de Yuuto durante meses, años, quizás toda su vida… comenzó a aflojarse. Fue como si una pesada armadura de plomo se le cayera de golpe de encima.

 

—Si durante la investigación no encuentro nada que justifique una sanción, nada que demuestre que has hecho algo malo… entonces no habrá sanciones disciplinarias contra ti. Nunca —aseguró Takamura, cortante y definitivo—. Y si alguien intenta acusarte de algo sin pruebas, seré yo quien lo desmienta.

 

Yuuto apretó su libreta con tanta fuerza que los bordes se le clavaron en las manos. Sentía que las lágrimas querían salir, pero esta vez no eran lágrimas de miedo ni de tristeza. Eran de algo que casi había olvidado cómo se sentía: justicia.

 

Levantó la vista hacia Takamura, hacia esos ojos grises que tanto miedo le habían dado, y por primera vez no vio frialdad, vio deber. Vio a alguien que, aunque distante, estaba cumpliendo con lo correcto.

 

Y en ese momento, entre el silencio de esa sala ordenada y fría…Yuuto sintió, por primera vez en muchísimo tiempo, que quizás…Quizás sí había alguien en esta escuela, en este mundo, que realmente estaba intentando ser justo con él.

 

Que no estaba solo luchando contra todo lo que decían de él.

 

El aire en la sala seguía cargado, pero ya no pesaba sobre sus hombros como antes. Yuuto sentía el pecho más ligero, como si por fin hubieran quitado un peso enorme que llevaba encima desde hacía mucho tiempo. Miró a Takamura, luego a Mizuki, y por primera vez pudo esbozar una pequeña sonrisa sincera, tímida pero llena de alivio, mientras cerraba su libreta despacio.

 

La reunión estaba claramente llegando a su fin.

 

—Eso es todo por hoy, Yuuto —dijo Takamura con su tono habitual, serio y firme, aunque ya sin esa rigidez fría de al principio—. Puedes volver a tus actividades con normalidad. Ya sabes lo que debes hacer: si algo cambia o hay cualquier problema, lo traes directamente a nosotros.

 

Yuuto asintió con la cabeza, inclinándose ligeramente en señal de respeto y gratitud. Sus manos reposaron sobre el borde de la mesa, preparándose para levantarse de la silla y marcharse, sintiendo que saldría de ese lugar como una persona distinta a la que entró.

 

Estaba a punto de ponerse de pie…

 

Cuando de golpe—

 

¡PAM!

 

La puerta de entrada se abrió de golpe hacia adentro, empujada con fuerza desde fuera. Y justo después, se escuchó un estruendo de golpes, gritos ahogados y un ruido sordo de cuerpos cayendo amontonados contra el suelo, como si se hubiera derrumbado una torre de personas.

 

—¡¡Ay!! ¡Ahhh! ¡Cuidado!

 

—¡Quítate, me aplastas!

 

—¡¿Por qué es tan pesadooo?!

 

Yuuto se giró sobresaltado, el corazón se le aceleró de nuevo por el susto, y lo que vio lo dejó con la boca entreabierta, sin saber si asustarse o soltar una carcajada.

 

Ahí mismo, en el suelo de la entrada, formando una pila humana absolutamente desastrosa, estaba todo su grupo.

 

En la parte más baja, soportando todo el peso como una base de concreto, estaba Goro, caído de pecho contra el piso, con los brazos extendidos y la cara aplastada contra el suelo, emitiendo unos quejidos graves y ahogados. Y literalmente encima de él, uno sobre otro, estaban Shiori, Airi y Kaito, todos enredados entre sí, con las piernas y los brazos mezclados, tratando de deshacerse del montón sin éxito.

 

Detrás de ellos, de pie, totalmente ilesas y serenas, estaban Reika y Ayaka. Se veía claramente que todo el grupito había estado apoyado contra la puerta, escuchando detrás de la madera con tanta concentración y preocupación que no vieron llegar a las dos chicas por detrás. Reika, simplemente había empujado la puerta para entrar, y todos se habían venido abajo sin previo aviso.

 

Era una escena tan absurda, tan caótica y al mismo tiempo tan graciosa, que rompió por completo la seriedad solemne de la sala.

 

Mizuki, sentada tras la mesa, se llevó una mano a la boca inmediatamente, bajó la mirada y se giró un poco hacia un lado, haciendo todo lo posible, con toda su elegancia y profesionalismo, por aguantarse la risa. Se le escapaban pequeños temblores en los hombros y sonidos ahogados que intentaba disimular tosiendo.

 

—Ejem… ejem… —hacía ella, mirando al techo con los ojos brillantes de diversión.

 

Takamura, por su parte, miraba el espectáculo con los ojos muy abiertos y una expresión que mezclaba total confusión, incredulidad y esa pequeña chispa de diversión que solo él podía disimular tan bien. Aunque su rostro seguía serio, se notaba a la legua que había entendido perfectamente lo que pasaba: todos estaban ahí, preocupados por él, intentando saber qué pasaba, y habían terminado tirados como sacos de papas.

 

Reika, sin inmutarse por el desastre que tenía a sus pies, caminó tranquila y dignamente hasta ponerse al lado de Yuuto, lo miró de arriba abajo y le preguntó con su calma habitual:

 

—¿Ya terminó la entrevista? ¿Te dieron algún problema?

 

Yuuto la miró, luego miró a sus amigos que seguían revolcándose en el suelo tratando de levantarse, y negó con la cabeza, sintiendo una calidez inmensa en el pecho.

 

Takamura se aclaró la garganta, enderezó su espalda y habló con voz potente, para hacerse escuchar por encima de los quejidos del montón humano:

 

—Sí, ya ha terminado. Y para que quede claro: Yuuto Aoi no tiene ningún problema aquí. Pueden retirarse todos.

 

Hubo un silencio de un segundo en el suelo. Y luego se escucharon grititos de alivio:

 

—¡¿Lo escucharon?! ¡No tiene problemas! —chilló Airi desde el medio del desastre.

 

—¡Bien! ¡Menos mal! —respondió Shiori, todavía enredada con el brazo de Kaito.

 

Ayaka se acercó también a Yuuto por el otro lado, le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza indicando que se fueran.

 

Yuuto se despidió con una última mirada agradecida hacia Takamura y Mizuki, quienes ahora sí dejaban ver una sonrisa ligera y comprensiva, y comenzó a caminar hacia la salida acompañado por Reika y Ayaka.

 

Mientras salían, pasaban justo al lado del grupo que seguía en el suelo, tratando desesperadamente de levantarse. Pero parecía que se habían enredado de una forma imposible: cada vez que uno intentaba ponerse de pie, tiraba a otro, y volvían a caerse todos juntos de nuevo.

 

—¡¡Ay, me piso el pie!!—¡¡Goro, muévete, que eres enorme y no puedo pasar!!

 

—¡¡Es que me tienen aplastado, idiotas!! —gruñía Goro desde abajo, con la voz amortiguada por el piso.

 

—¡¡Ya vámonos o nos van a castigar por hacer ruido!! —decía Kaito, intentando arrastrarse gateando.

 

Yuuto no pudo evitarlo. Se detuvo un segundo en el umbral de la puerta, miró hacia atrás viendo a esos cuatro amigos suyos hechos un lío, escuchando sus quejas y risas mezcladas… y soltó una risa pequeña, clara y genuina, que hacía mucho tiempo no salía de su garganta.

 

Y mientras caminaba por el pasillo alejándose de la sala, supo con total certeza que, pasara lo que pasara, mientras estuvieran todos ahí… todo estaría bien.

 

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    Me reí fuerte con la pila de cuerpos en la puerta, y después caí en por qué: el capítulo empieza con Goro persiguiendo a Airi por lo del gorila y termina con Goro de base, aplastado por los mismos que venían riéndose. Todo lo del megáfono y la sala fría queda apretado entre dos ruidos de los amigos. Me quedé con la sensación de que a Yuuto lo sostuvo más ese montón en el suelo que la frase de Takamura. Apuesto a que la próxima vez que lo llamen no llega solo a esa puerta.

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  • Ovid

    Que Takamura le pregunte a Yuuto cómo se siente, y que nadie se lo hubiera preguntado nunca, me hizo pensar en lo poco que cuesta esa pregunta y lo raro que es que alguien la haga en serio. Apuesto a que ese expediente de aislamiento se va a quedar más flaco a partir de ahora, con la pila de amigos tirada en la puerta. Gracias por seguir con esta historia!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, Takamura al final lo llama Yuuto Aoi delante de todos y en la ficha era Kanzaki. Yo apuesto a que Aoi es el apellido de la mamá y él lo sacó de esa carpeta que leyó entera.

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