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Capítulo 30: La segunda línea

DNavarrete
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El campamento comenzaba a mostrar una nueva clase de miedo.

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versoenservilleta

Oye, la niña con el cubrebocas que le queda grande y los guantes cosidos para ella se me ha quedado más que la llegada de los nobles. Cuando el guardia le recuerda que es una niña y ella contesta que los niños también se enferman allá afuera, el salón ent

Oye, la niña con el cubrebocas que le queda grande y los guantes cosidos para ella se me ha quedado más que la llegada de los nobles. Cuando el guardia le recuerda que es una niña y ella contesta que los niños también se enferman allá afuera, el salón entero se calla con él. Apuesto a que Lira acaba en el campamento antes de que termine esto, porque ya no hay quien la pare, y me da un poco de miedo por ella. Entre tanta carta de nobles escondidos, ella es la única que no pide permiso.

Contenido de la publicación

El campamento comenzaba a mostrar una nueva clase de miedo.

 

Ya no era solo la enfermedad.

 

Ya no era solo el humo, los muertos o el sonido de la tos entre las carpas.

 

Ahora era la escasez.

 

En una de las zonas de atención, una curandera abrió un pequeño cofre de madera y se quedó inmóvil al ver el fondo vacío. Solo quedaban dos vendas limpias y un pequeño frasco de ungüento.

 

—Eso es todo… —murmuró con incredulidad.

 

A unos metros, un herbolario agitaba un saco casi vacío antes de dejarlo caer sobre la mesa.

 

—Se acabó la raíz de musgo blanco.

 

—¿Qué?

 

—No queda más. Esto era lo último.

 

Más allá, cerca de la cocina improvisada, una voluntaria observaba las ollas con el ceño fruncido.

 

El caldo era cada vez más aguado.

 

Menos verduras.

 

Menos carne.

 

Menos de todo.

 

Los barriles de agua limpia también comenzaban a bajar demasiado rápido. Algunos ya estaban casi vacíos, y los que aún quedaban llenos eran vigilados como si fueran tesoros.

 

Incluso las telas limpias para vendas empezaban a escasear. Muchas ya estaban siendo lavadas y reutilizadas una y otra vez, aun sabiendo que aquello no era suficiente.

 

El campamento entero seguía funcionando.

 

Pero comenzaba a sentirse como una máquina agotada que avanzaba con piezas rotas.

 

Y todos podían verlo.

 

Daeron seguía de pie frente a la mesa principal del almacén improvisado.

 

Tenía los brazos cruzados, una pluma entre los dedos y varias hojas llenas de números frente a él.

 

Volvió a revisar los conteos.

 

Carbón.

 

Agua.

 

Comida.

 

Hierbas.

 

Alcohol.

 

Vendas.

 

No importaba cuántas veces hiciera las cuentas.

 

El resultado era el mismo.

 

No alcanzarían.

 

—Tres días… tal vez cuatro si empezamos a racionar desde ahora —murmuró con la mandíbula tensa.

 

Tomó otra hoja.

 

Era un registro de los suministros enviados desde su finca.

 

O mejor dicho, de los que esperaba que llegaran.

 

Daeron había enviado jinetes apenas comenzó la crisis. Su familia tenía tierras propias, reservas, trabajadores y rutas comerciales. Si alguien podía ayudar, eran ellos.

 

Pero había un problema.

 

Su finca estaba lejos.

 

Demasiado lejos.

 

Incluso viajando sin descanso, las carretas tardarían varios días más en llegar.

 

Y ellos no tenían varios días.

 

Daeron cerró los ojos un instante y apretó el papel entre los dedos.

 

Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió una presión distinta en el pecho.

 

Porque podían luchar contra la enfermedad.

 

Podían soportar el cansancio.

 

Podían resistir las muertes.

 

Pero no podían curar a nadie sin agua.

 

No podían alimentar a los voluntarios sin comida.

 

No podían seguir salvando vidas si ya no quedaban suministros con los que trabajar.

 

Una sombra cayó sobre la mesa.

 

Era Garoum.

 

—¿Qué tan mal estamos? —preguntó directamente.

 

Daeron soltó el aire lentamente antes de responder.

 

—Peor de lo que esperaba.

 

Garoum miró las listas y entendió de inmediato.

 

—¿Tu finca?

 

—Ya envié hombres hace días. Pero aún faltan al menos cuatro o cinco días para que regresen.

 

Garoum maldijo por lo bajo.

 

—No tenemos cuatro o cinco días.

 

—Lo sé.

 

El silencio cayó entre ambos.

 

Alrededor seguían escuchándose pasos, órdenes, llantos lejanos y el sonido de las ruedas de una carreta vacía siendo arrastrada.

 

Pero por primera vez…

 

Todo parecía demasiado frágil.

 

Como si bastara una sola mala noticia más para que el campamento entero comenzara a derrumbarse.

 

—Castillo principal—

 

En el castillo, el ambiente era mucho más silencioso.

 

Pero no más tranquilo.

 

La sala de reuniones estaba casi vacía, iluminada apenas por la luz gris que entraba desde los grandes ventanales. Sobre la mesa principal se acumulaban cartas abiertas, pergaminos doblados y sellos de distintas familias nobles.

 

Selene sostenía uno de ellos entre sus manos, leyendo cada línea con una expresión cada vez más fría.

 

Frente a ella, Demian acababa de romper otro sello con más fuerza de la necesaria.

 

El sonido del papel abriéndose resonó en la habitación.

 

Leyó rápido.

 

Demasiado rápido.

 

Porque no hacía falta más.

 

Todas decían prácticamente lo mismo.

 

—“Lamentamos profundamente la situación de la ciudad, pero debemos priorizar la seguridad de nuestros territorios”.

 

Demian apretó la mandíbula.

 

Tomó otra carta.

 

—“Nuestros almacenes atraviesan un periodo difícil debido a las últimas cosechas”.

 

Otra más.

 

—“No podemos arriesgar a nuestros hombres ni nuestros recursos mientras la situación siga siendo incierta”.

 

Demian dejó caer la carta sobre la mesa con tanta fuerza que el tintero cercano se movió.

 

—Cobardes.

 

Selene levantó lentamente la vista.

 

Ella estaba igual de furiosa.

 

Pero a diferencia de Demian, trataba de mantener la compostura.

 

Aunque apenas.

 

Tomó otra carta, la abrió y leyó con voz seca:

 

—“Estamos seguros de que la casa D'Valrienne, con su reconocida fuerza, podrá superar esta tragedia”.

 

Selene soltó una pequeña risa sin humor.

 

—Qué considerados.

 

Demian caminó alrededor de la mesa, pasando una mano por su cabello mientras intentaba contenerse.

 

—Hace dos meses estaban aquí sentados, hablando de lealtad, de honor, de unidad entre nobles.

 

Tomó otra carta y la lanzó sobre la mesa.

 

—Y ahora que realmente se les necesita, desaparecen.

 

Selene observó las cartas un momento.

 

Había nombres importantes allí.

 

Familias antiguas.

 

Personas que habían compartido banquetes con ellos, que habían pedido favores, que habían buscado alianzas y sonrisas cuando la ciudad prosperaba.

 

Y ahora…

 

Ahora se escondían detrás de excusas miserables.

 

—Ni siquiera intentan fingir demasiado —dijo Selene finalmente—. Se están desligando de todo esto.

 

Demian soltó una risa amarga.

 

—Claro que lo hacen. Si la ciudad cae, no quieren hundirse con ella. Ya están pensando en salvar sus riquezas, sus nombres y sus tierras.

 

Su voz se endureció todavía más.

 

—Y si sobrevivimos… volverán como si nada hubiera pasado.

 

Selene bajó lentamente la carta que sostenía.

 

—No los dejaré.

 

Demian la miró de reojo.

 

Selene tenía los ojos llenos de rabia.

 

Una rabia silenciosa.

 

Más peligrosa que los gritos.

 

—Anna está allá afuera enterrando niños, Daeron apenas duerme, Garoum y Eliana se están rompiendo poco a poco… y ellos ni siquiera son capaces de enviar una carreta con vendas o comida.

 

Demian se quedó en silencio unos segundos.

 

Luego tomó una de las cartas, la dobló lentamente y la arrojó al fuego de la chimenea.

 

El sello de aquella familia se ennegreció en segundos.

 

—Que se escondan —dijo con voz fría—. Que huyan. Que miren hacia otro lado.

 

Las llamas comenzaron a consumir la carta.

 

—Porque cuando esto termine, el pueblo recordará quién se quedó… y quién escapó como una rata.

 

Los pasillos del castillo ya no se parecían en nada a los de hacía apenas unas semanas.

 

El sonido elegante de los zapatos sobre el mármol había sido reemplazado por pasos apresurados, el arrastrar de cajas, el ruido de las ruedas de pequeños carros de carga y el constante murmullo de personas trabajando.

 

Había mantas colgadas sobre cuerdas en casi todos los corredores. Rollos de tela amontonados contra las paredes. Cubetas con agua hirviendo. Mesas llenas de agujas, hilo, cubrebocas improvisados y vendas recién lavadas.

 

Los grandes salones donde antes se servían banquetes ahora parecían talleres improvisados.

 

Sirvientas, costureras, cocineros, jardineros, mayordomos y guardias trabajaban juntos sin descanso.

 

En una de las mesas más grandes, varias sirvientas cosían mantas viejas para reforzarlas y reutilizarlas.

 

—Esta ya no aguanta otra lavada —murmuró una mujer mayor mientras examinaba una tela llena de agujeros.

 

—Entonces córtala —respondió otra sin levantar la vista de la aguja—. Lo que sirva para vendas, a las vendas. Lo demás, para trapos.

 

—Ya no quedan suficientes mantas limpias.

 

—Entonces hacemos más.

 

Una tercera sirvienta soltó una pequeña risa cansada.

 

—Con qué tela.

 

Nadie respondió.

 

Porque era verdad.

 

En otro lado del salón, dos guardias dejaban una caja de madera llena de vendas usadas recién traídas desde el campamento.

 

Uno de ellos tenía el uniforme manchado de barro y hollín.

 

—Trajeron más de las que esperábamos —dijo, quitándose los guantes—. Allá afuera ya están reutilizando todo lo que pueden.

 

Una sirvienta levantó la tapa de la caja y tragó saliva al ver la cantidad.

 

—Por los cielos…

 

—Hay más en el patio —agregó el segundo guardia—. También trajimos cubrebocas dañados y mantas quemadas.

 

—¿Cómo está la situación? —preguntó una cocinera mientras removía agua caliente en una olla enorme.

 

El guardia dudó un segundo.

 

—Mal.

 

El salón quedó un poco más silencioso.

 

El hombre bajó la mirada.

 

—Siguen muriendo. No tantos como antes… pero siguen muriendo.

 

Nadie dijo nada durante unos segundos.

 

Solo se escuchó el sonido de las agujas atravesando tela y el agua hirviendo.

 

—¿Lady Anna sigue ahí? —preguntó una de las muchachas más jóvenes.

 

El guardia asintió.

 

—No sale de las carpas. Apenas duerme.

 

Otra sirvienta apretó los labios.

 

—No entiendo cómo sigue en pie.

 

—Porque si ella se cae, muchos más lo harán después —dijo uno de los mayordomos mientras cargaba una caja llena de frascos vacíos.

 

La conversación se apagó otra vez.

 

Porque todos sabían que era cierto.

 

Entre todo ese movimiento, una pequeña figura seguía cruzando el salón de un lado a otro.

 

Lira.

 

Llevaba un cubrebocas demasiado grande para su rostro, atado detrás de la cabeza con un nudo improvisado. También tenía unos pequeños guantes de tela cosidos especialmente para ella.

 

Iba de mesa en mesa repartiendo agujas, recogiendo retazos útiles, llevando cubetas pequeñas con agua caliente y ayudando a doblar vendas limpias.

 

—Lira, despacio —le dijo una anciana costurera al verla pasar corriendo con un montón de paños entre los brazos—. Te vas a caer.

 

—No me voy a caer —respondió ella sin detenerse.

 

Llegó hasta una mesa donde dos sirvientas intentaban remendar una manta demasiado dañada.

 

—Les traje más hilo.

 

—Gracias, pequeña.

 

—Y también agujas nuevas.

 

Una de las mujeres sonrió un poco.

 

—Nos vas a terminar reemplazando a todas.

 

Lira hizo un pequeño puchero detrás del cubrebocas.

 

—No quiero reemplazar a nadie. Solo quiero ayudar.

 

Más tarde, cuando llevaba una caja pequeña hacia otra habitación, uno de los guardias que acababa de volver del campamento se agachó frente a ella.

 

—Oye, deberías descansar un poco.

 

Lira negó de inmediato.

 

—No estoy cansada.

 

—Llevas todo el día trabajando.

 

—Todos llevan todo el día trabajando.

 

El guardia intentó sonreír.

 

—Sí, pero tú eres una niña.

 

Lira bajó un poco la caja que llevaba.

 

Por un momento pareció que iba a obedecer.

 

Pero luego levantó la vista.

 

—Y los niños también se están enfermando allá afuera.

 

El guardia se quedó callado.

 

Lira continuó caminando.

 

A lo lejos, un grupo de cocineras comenzaba a repartir pan duro y sopa aguada entre los trabajadores del castillo.

 

Algunos guardias descansaban sentados contra la pared con las armaduras abiertas y el rostro agotado.

 

Otros seguían entrando y saliendo del castillo llevando cajas, cartas o sacos de tela.

 

Nadie estaba descansando realmente.

 

Nadie dormía bien.

 

Nadie tenía fuerzas de sobra.

 

Pero aun así…

 

El castillo seguía vivo.

 

No por sus muros.

 

No por sus riquezas.

 

Sino por la gente que seguía moviéndose dentro de él.

 

El campamento parecía estar al borde de romperse.

 

Las carpas estaban más llenas que nunca. Los enfermos seguían llegando desde distintos puntos de la ciudad, algunos sostenidos por familiares, otros cargados por soldados, otros llegando solos, tambaleándose, con la piel pálida y los labios secos.

 

Los gritos ya no eran tan fuertes como los primeros días.

 

Ahora eran más débiles.

 

Más cansados.

 

Más dolorosos.

 

Porque incluso el sufrimiento terminaba agotándose.

 

Los sanadores trabajaban con lo poco que les quedaba. Las mesas estaban cubiertas de vendas reutilizadas, pequeños frascos casi vacíos y recipientes con infusiones demasiado diluidas.

 

Anna estaba inclinada sobre una mesa de madera, usando alquimia para purificar varias herramientas médicas al mismo tiempo. Sus manos temblaban apenas. Su respiración era pesada. Su ropa ya no tenía color. Su cabello estaba pegado al rostro por el sudor.

 

Aun así seguía trabajando.

 

Eliana estaba a su lado, organizando los últimos frascos útiles que les quedaban.

 

Miró las cajas.

 

Luego las mesas.

 

Luego las listas.

 

Y finalmente miró a Anna.

 

—No alcanzará.

 

Anna no respondió de inmediato.

 

Seguía concentrada en la alquimia.

 

El metal de varias pinzas y recipientes brilló bajo la luz azulada de su magia antes de quedar completamente limpio.

 

Eliana bajó la voz.

 

—Aunque reduzcamos las dosis… aunque reutilicemos todo… si siguen llegando enfermos al mismo ritmo, no tendremos suficiente.

 

Anna dejó lentamente las herramientas sobre la mesa.

 

El cansancio era evidente en ella.

 

Se veía en sus ojos.

 

En la forma en que respiraba.

 

En la tensión constante de sus hombros.

 

Pero no parecía preocupada.

 

Eso hizo que Eliana frunciera un poco el ceño.

 

—Anna…

 

Entonces ocurrió.

 

Una trompeta sonó a lo lejos.

 

Un sonido fuerte y claro.

 

Viniendo desde la entrada este del campamento.

 

Todos se quedaron quietos.

 

Los médicos.

 

Los soldados.

 

Los voluntarios.

 

Incluso algunos enfermos levantaron un poco la cabeza.

 

Anna se puso de pie de inmediato.

 

No preguntó qué era.

 

No dudó.

 

Era como si ya supiera.

 

Eliana la observó apenas un segundo antes de seguirla.

 

Garoum, Daeron, Liam y varios guardias fueron detrás de ellas.

 

Cuando llegaron a la entrada este, lo primero que vieron fue el polvo.

 

Una nube enorme avanzando por el camino.

 

Luego el sonido.

 

Ruedas.

 

Cascos.

 

Caballos.

 

Muchos caballos.

 

Y finalmente aparecieron.

 

Decenas de jinetes avanzaban por el camino principal. Detrás de ellos venían carretas cargadas hasta arriba de barriles, sacos, cajas, herramientas, medicinas, mantas y telas.

 

Había tantas que por un momento pareció un pequeño ejército.

 

Al frente de todos ellos iba Lyra.

 

Cabalgaba sobre un caballo oscuro cubierto de espuma y polvo, con el cabello recogido y el rostro agotado, pero firme.

 

A sus lados avanzaban varios nobles menores, dueños de pequeñas tierras, comerciantes ricos y señores locales que aún conservaban algo de honor.

 

Y detrás de ellos…

 

Dos figuras destacaban sobre el resto.

 

Un hombre alto de cabello oscuro y barba corta, vestido con una armadura elegante marcada por el viaje.

 

Y a su lado, una mujer de porte recto, cabello plateado y mirada severa, envuelta en una capa azul oscura.

 

Eran nobles de casas mayores.

 

Personas con suficiente nombre y poder como para cambiar el rumbo de todo aquello.

 

Las carretas se detuvieron.

 

Los caballos resoplaron.

 

Y durante un instante, el campamento entero quedó en silencio.

 

Lyra fue la primera en bajar.

 

Apenas sus botas tocaron el suelo, caminó directo hasta Anna.

 

Y frente a todos…

 

Se arrodilló.

 

—Perdón por la demora, Lady Anna —dijo con la respiración agitada—. Volví tan rápido como pude.

 

Anna la observó en silencio.

 

Lyra levantó un poco la cabeza.

 

—Cumplí con la misión que me dio. Encontré a quienes aún recuerdan lo que significa ser noble.

 

Detrás de ella, varios en el campamento comenzaron a entender.

 

Por eso Lyra había desaparecido.

 

Por eso no había estado allí durante tantos días.

 

Anna la había enviado a buscar ayuda.

 

Y la había encontrado.

 

El hombre de cabello oscuro bajó de su caballo y avanzó un paso.

 

—Soy Lord Aeron Valcrest —dijo con voz grave—. Estaba fuera del reino cuando comenzó todo esto. Regresé hace dos días y encontré una ciudad abandonada por cobardes.

 

La mujer a su lado también avanzó.

 

—Lady Seraphine D'Rhael —dijo con calma—. No pude asistir al último banquete por encontrarme en el extranjero. Pero cuando escuché lo que ocurría aquí… vine.

 

Detrás de ellos descendieron más nobles.

 

Lord Carthus de Varn, dueño de varias tierras agrícolas del sur.

 

Lady Mireya de Solhaven, conocida por sus viñedos y almacenes.

 

Sir Edric Hollow, un viejo caballero retirado que había llegado acompañado por sus hijos y varios soldados.

 

Y muchos más.

 

Todos observaban el campamento.

 

Las carpas.

 

El humo.

 

Los enfermos.

 

Los muertos.

 

Y todos entendieron lo mismo.

 

Habían llegado tarde.

 

Pero no demasiado tarde.

 

Anna avanzó lentamente hacia ellos.

 

Por un momento, incluso ella pareció más pequeña bajo todo el cansancio acumulado.

 

Pero cuando habló, su voz siguió siendo firme.

 

—Gracias por venir.

 

Miró a las carretas.

 

A los caballos.

 

A las personas.

 

A la comida.

 

A las telas.

 

A las medicinas.

 

Y por primera vez en muchos días…

 

Algo parecido al alivio cruzó por su rostro.

 

Lord Aeron inclinó apenas la cabeza.

 

—Respondimos a su llamado, Lady Anna.

 

Lady Seraphine dio un paso al frente.

 

—Trajimos agua, grano, telas, carbón, animales de carga, medicinas y hombres dispuestos a trabajar.

 

—También trajimos médicos y alquimistas —agregó Lord Carthus—. No muchos… pero todos los que aceptaron venir.

 

Anna cerró los ojos apenas un segundo.

 

Solo uno.

 

Luego volvió a abrirlos.

 

—Entonces no perdamos tiempo.

 

De inmediato el campamento entero comenzó a moverse.

 

Los soldados corrieron a ayudar con las carretas.

 

Los voluntarios comenzaron a descargar sacos y cajas.

 

Los médicos buscaron las medicinas.

 

Los cocineros fueron por los barriles de agua y grano.

 

Y entre todo ese caos…

 

Anna se quedó un instante observando a Lyra.

 

La joven seguía arrodillada.

 

Cansada.

 

Cubierta de polvo.

 

Anna se acercó hasta ella.

 

Y apoyó suavemente una mano sobre su hombro.

 

—Bien hecho, Lyra.

 

Eso bastó.

 

Porque por primera vez desde que todo había comenzado…

 

El campamento sintió que todavía podía salvarse.

Thoughts

  • TintaYMadrugada

    Órale, cortar la entrega en la mano de Anna sobre el hombro de Lyra, con dos palabras y ya, deja respirar después de treinta capítulos de puro humo. Me da la impresión de que esta vez el alivio es de verdad, y por eso mismo desconfío: esta historia nos tiene acostumbrados a que cada respiro se paga en la entrega siguiente. Nobles de casas mayores llegando justo a tiempo huelen a deuda.

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  • versoenservilleta

    Oye, la niña con el cubrebocas que le queda grande y los guantes cosidos para ella se me ha quedado más que la llegada de los nobles. Cuando el guardia le recuerda que es una niña y ella contesta que los niños también se enferman allá afuera, el salón entero se calla con él. Apuesto a que Lira acaba en el campamento antes de que termine esto, porque ya no hay quien la pare, y me da un poco de miedo por ella. Entre tanta carta de nobles escondidos, ella es la única que no pide permiso.

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