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Capítulo 3: "Rebeldes"

CaPitta188
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Solo se oía el ruido de gotas cayendo. Ese sonido resonaba en forma de eco por todo el sector abandonado. Las gotas se deslizaban por las salas oscuras, descuidadas, dejadas de lado. A unos…

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Eso es peso.

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Contenido de la publicación

Solo se oía el ruido de gotas cayendo. Ese sonido resonaba en forma de eco por todo el sector abandonado. Las gotas se deslizaban por las salas oscuras, descuidadas, dejadas de lado. A unos kilómetros de allí, se encontraban Norris y Christian, quienes estaban a punto de descubrir algo que podría cambiar sus vidas: una puerta marcada con el signo "E-19".

¿Qué podría haber tras esa puerta? ¿Cuál era su propósito?

Norris colocó su mano sobre la perilla. Christian lo observaba con una mirada distante, pero cargada de preocupación. Luego de mirarse mutuamente en silencio, Norris tomó la decisión: giró la perilla, dispuesto a descubrir lo que había del otro lado.

-Prepárate... -exclamó Christian.

-Siempre lo estoy -respondió Norris, seguro de sí mismo.

Giró la perilla e intentó abrir la puerta... pero no se abría. Estaba cerrada. Norris empujó con más fuerza, insistente, pero sin resultado. Luego de varios intentos frustrados, suspiró con fastidio y susurró algo que Christian alcanzó a oír:

-¡Demonios!

Christian le tocó el hombro y dijo:

-¡Al menos lo intentaste! Quizá es una señal... no deberíamos estar aquí, Norris.

Tras una breve pausa, añadió:

-Quizás no es nada. Debe ser solo una sala de almacenaje, como todo este sector.

Norris lo escuchaba, pero algo en su interior le decía que no era así. De repente, sus intercomunicadores comenzaron a sonar sin parar.

-¡Demonios! Es el capataz... nos está exigiendo que subamos. Algo me dice que no va a estar feliz de vernos. ¡Vamos, compañero! -exclamó Christian, prestando atención al dispositivo.

Ambos comenzaron a avanzar. Christian se adelantó, mientras Norris quedó unos pasos atrás. Al caminar, echó una última mirada a aquella puerta misteriosa antes de alejarse...

Christian estaba apoyado contra la pared del ascensor. Cuando Norris subió, presionó un botón. Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a subir. El ambiente era tenso, cargado de pensamientos. El silencio reinaba. Christian observó a Norris, quien parecía perdido en sus ideas. Esta vez no se atrevió a romper el silencio. Notó que algo había cambiado en él. No era solo alguien callado por estar pensando: a Norris le había afectado esa puerta.

El silencio persistió hasta que el ascensor se detuvo. Al abrirse las puertas, el capataz los esperaba con una mirada furiosa, como si quisiera tomar un cuchillo y marcarles el cuello.

Ambos avanzaron hacia él. Sin apartar la mirada, Christian susurró:

-Dios... líbranos de esto.

Norris no dijo una palabra. Al quedar frente a frente con el capataz, el silencio se hizo más intenso. Parecía que iba a gritarles, pero habló con un tono bajo y furioso.

-Se les dio un tiempo. Un tiempo específico para que terminen sus tareas -dijo, con una mirada desafiante.

Christian respondió de forma nerviosa, llevándose la mano a la cabeza:

-¡Discúlpenos, señor! La cubierta estaba demasiado sucia... nos llevó más tiempo del que creíamos.

Norris lo observó con discreción. Sabía que Christian mentía... y no entendía por qué.

El capataz alzó la voz:

-¡Son un par de gusanos ineficientes! ¡Debería patear sus traseros de bebés al océano y dejarlos ahí!

Tras una pausa, y con ambos reclutas cabizbajos, continuó:

-¡Ni crean que les voy a cubrir el culo! ¡Ahora regresen con sus pelotones!

Ellos obedecieron sin dudar. Antes de separarse al doblar esquinas distintas, se miraron por última vez con una expresión seria. Luego, cada uno siguió su camino.

Norris llegó con su pelotón a las habitaciones para descansar. Ya era tarde, el sol se había ocultado y había sido un día largo para todos. Se quitaron los uniformes y se acostaron de inmediato: al día siguiente volverían a repetir la rutina, y necesitaban estar bien descansados.

Mientras todos dormían, Norris se recostó observando la litera de su compañero. Pensaba. Pensaba en aquella cubierta extraña... y sobre todo, en aquella puerta. A la luz de la luna, sacó algo de su bolsillo: una placa que había encontrado en esa cubierta.

La alzó con la mano y la observó detenidamente. Las dudas lo invadían.

-Esta placa está vinculada con la puerta... estoy seguro de eso -pensó Norris.

Sin dejar de mirarla, comenzó a cerrar los ojos. Estaba agotado. El cansancio lo vencía.

FLASHBACK-SUEÑO

-¡Rápido! ¡Ven aquí, hijito! -gritaba una madre desesperada.

-¡Mami, tengo miedo! -respondía el niño, asustado, con lágrimas en los ojos.

-Escúchame, amor mío... quiero que me escuches con atención -dijo ella, limpiando las lágrimas del rostro del niño-. Cuando cierre esta puerta, no hagas ningún ruido... ¿sí? Prométemelo, mi amor.

-¿Mami... qué pasará? Tengo miedo...

-¡No, corazón! ¡No tengas miedo! Mamá siempre estará contigo... prométeme que no harás ruido -suplicó, con la voz quebrada.

El niño, llorando, la abrazó con todas sus fuerzas.

-Lo... lo prometo.

La madre lo colocó dentro del armario. Lo miró por última vez y le dijo:

-¡Sé fuerte, mi amor! ¡Lograrás lo que yo no he podido lograr!

Dicho esto, cerró la puerta del armario. Desde el interior oscuro, el pequeño escuchó voces... y luego:

-¡No, por favor! ¡Por favor!

Un grito. Un disparo.

FIN DEL FLASHBACK-SUEÑO

Norris despertó sobresaltado, casi incorporándose de golpe. Tenía la frente sudada. Había tenido la misma pesadilla... la misma de todas las noches.

Miró el reloj: faltaba una hora para el entrenamiento. Agitado, trató de recuperar el aliento. Se levantó y fue al baño a lavarse la cara. Al mirarse en el espejo, vio a un hombre serio, frío, alguien que aparentaba no tenerle miedo a nada.

Pero por dentro... él sabía que sí tenía miedo.
Que necesitaba consuelo.
Que necesitaba saber la verdad.

Mientras seguía mirándose, perdido en sus pensamientos, otro recluta entró al baño, lo que lo hizo reaccionar. Norris salió del baño y fue directo a su casillero para colocarse el uniforme nuevamente. La rutina no espera a nadie.

Pasada la hora, la misma alarma del día anterior comenzó a sonar de nuevo, fuerte y estridente. Pero esta vez, los reclutas ya estaban preparados y en posición, esperando la llegada del capataz.

Luego de unos minutos, los reclutas ya se encontraban en el enorme campo de entrenamiento militar de la base.

Descendieron por la imponente escalera. Esta vez, muchos sabían exactamente qué hacer. Algunos se notaban más seguros; otros, simplemente más resignados.

Al pie de la escalera los esperaba el sargento, con una mirada cargada de desprecio.

-Muy bien, renacuajos. Ya saben lo que tienen que hacer... ¡MUÉVANSE! -rugió con una voz tan potente que hizo eco en las paredes.

Los reclutas comenzaron a correr grandes vueltas alrededor del campo. El capataz cronometraba cada movimiento. Algunos se agotaron con rapidez, otros resistieron un poco más. Unos pocos lograron completar el circuito sin detenerse. Luego vinieron las flexiones, las cargas de bolsas y toda la rutina extenuante del día anterior.

Horas más tarde, el sol descendía lentamente y los cuerpos se rendían. Los reclutas, sudorosos y jadeando, trataban de recuperar el aliento tras la última serie de ejercicios.

Observándolos con desprecio, la voz del sargento se alzó, esta vez con fingida compasión:

-¡Ay, pobrecitos! ¿Ya se cansaron?
-¡Dios! En todos mis años como sargento, jamás me había tocado un grupo de reclutas tan idiotas como ustedes...

El entrenamiento del día parecía eterno, pero finalmente llegó a su fin. Sin embargo, aún quedaban las tareas pendientes. Cada uno se dirigía a su compañero asignado... hasta que el sargento detuvo a Norris a solas.

-¡Escucha, Baker! -dijo, con el ceño fruncido-. Espero que lo de ayer no se repita. Sé que no cumpliste a tiempo.

Norris intentó explicar algo, pero el sargento no le dio oportunidad:

-No te creas especial. Conozco tu historia, tus habilidades... pero eso no te da derecho a hacer lo que quieras. La próxima vez serás expulsado. -Señaló la salida con un grito-. ¡AHORA, LÁRGATE DE AQUÍ!

Norris solo pudo obedecer y buscar a Cristian. Lo encontró agachado, revisando una lista de tareas. Sin levantar la vista, Cristian comentó:

-Vi que el sargento no estaba nada feliz contigo...

-Me lo he ganado -respondió Norris-, pero no me arrepiento de nada.

Cristian sonrió, mirándolo de reojo:

-Eres valiente, eh.
-Si te sirve de consuelo, mi sargento tampoco está contento conmigo. Tengo que hacer el doble de tareas que tú.

Norris frunció el ceño:

-¿El doble? Entonces estarás ocupado toda la noche...
-Y todo por mi culpa -murmuró.

-¡Ey! No te preocupes -dijo Cristian-. Decidí quedarme también. Además, ya estoy acostumbrado.

-Vamos -dijo mientras se levantaba-. Es hora de la cena. Comemos y luego vamos a la sala asignada.

Norris frunció el ceño:

-¿No deberíamos apresurarnos y terminar rápido?

Cristian sonrió con confianza:

-Nada marca la diferencia. Hoy entrenamos duro; si no comes, vas a desmayarte. Y no tengo fuerza suficiente para levantarte -replicó Cristian con una sonrisa burlona.

-Está bien... vamos -aceptó Norris, resignado.

Caminando hacia la cafetería, Norris se dejó absorber por la escena: miles de soldados, filas interminables de mesas, voces que se mezclaban en un murmullo constante. Cristian tomó la delantera, bandeja en mano.

-Este lugar es enorme -murmuró Norris.
-Sí -respondió Cristian-. Aquí se reúnen cerca de 50.000 soldados a comer.

Sirviéndose la comida, buscaron un lugar y encontraron una mesa con dos asientos vacíos, rodeados de otros pelotones. Mientras Cristian conversaba con sus compañeros, Norris apenas hablaba, concentrado en observar.

De la mesa contigua, escuchó fragmentos de conversación:

-Tengo un compañero en la base 34/75; lo enviaron a Medio Oriente.
-¿Medio Oriente? He oído que están movilizando tropas hacia allá.
-Agradece que aún no nos ha tocado.
-¿Qué estará pasando? ¿Por qué tanto movimiento?
-Rumores de rebeldes.

Cristian lo sacó de sus pensamientos:

-¿Terminaste, compañero?
-Sí, claro -respondió Norris, confundido.

Limpiaron sus bandejas y se dirigieron al ascensor. Norris parecía pensativo.

-¿Pensabas que íbamos a la sala de ayer? -preguntó Cristian.
Norris no respondió. Cristian continuó:
-Esa puerta te dejó pensando, lo noté desde ayer...
-No es nada -dijo Norris.
-Como digas.

El ascensor los llevó a una bodega de carga: oscura, húmeda, cubierta de polvo, con un eco metálico que se extendía por todo el espacio.

-¡Wow! Este lugar es enorme y frío -exclamó Norris.
-Estamos casi en el piso más bajo del buque -aclaró Cristian.
-¿Crees que solo dos personas puedan limpiar esto en tan poco tiempo? -preguntó Norris, incrédulo.
-Así son las bases militares -respondió Cristian-. Obedecer y cumplir es lo único que evita que termines en problemas.

Cristian comenzó a dividir el espacio: cada uno una zona, encontrándose en el centro.

-Veo que sabes de esto -dijo Norris.
-Estoy acostumbrado -respondió Cristian-. Aquí aprendes rápido.

Trabajaron en silencio por un momento, concentrados en sus trapeadores. Cuando Norris terminó, Cristian lo invitó a irse:

-Anda, descansa. Ya has terminado con tus tareas. Mañana será otro día largo.

Norris vaciló, pero finalmente decidió quedarse. Tomó el intercomunicador y pidió permiso al capataz:

-¿Estás seguro? -una breve interferencia distorsionó su voz-. Bah... como quieras. Al final, serás tú el cansado.

Luego se acercó a Cristian:

-Me quedaré.
-¿Qué? ¿Estás loco?
-Parte de que tengas que quedarte fue culpa mía. Quiero ayudarte.
-Baker... déjate de sentimentalismos y vete -dijo Cristian, resignado-.

Pero Norris tomó el trapeador con firmeza:

-¿Dónde continuamos?

Cristian soltó una risa:

-Eres todo un caso, Baker.

Horas después, entre limpieza y conversación, el tema cambió a lo que Norris había escuchado en la cafetería:

-Escuché que enviaron militares a Medio Oriente, sobre los "rebeldes". ¿Sabes algo?
-Ni idea -respondió Cristian-. Solo sé que es un grupo opositor a Novaris. Se mueven por todo el mundo, nadie sabe quiénes forman parte ni dónde están.
-Así que hay más enemigos además de Erebus.
-Sí. Novaris es poderoso, pero los rebeldes son astutos y letales. Por eso es difícil encontrar a su líder y acabar con ellos.

-¿Crees que puedan ganar?
-Depende -respondió Cristian con una sonrisa escueta.
-¿Depende? ¿De qué?
-De cómo actúe Novaris. Tenemos miles de bases oceánicas, cada una con decenas de miles de soldados, y sin contar a las bases terrestres. Novaris gana por número, pero aquí lo importante es la estrategia, Norris. Ellos juegan bien, y por eso seguimos sin encontrar a su líder.
-Entonces sí se puede perder.
-Sí, pero seguimos en pie y más poderosos. Tenemos una buena ministra de seguridad; sin ella, ya habríamos caído.

Norris reflexionó:

-¿Quiénes son los buenos y los malos aquí?
-Los rebeldes buscan controlar Novaris, ellos han cometido asesinato contra miles de inocentes, si tomaran el control naciones enteras arderían, pero nosotros defendemos al mundo -respondió Cristian-.
-Aun así, eso no nos convierte en "buenos". Todo depende de la perspectiva.

-Entonces... ¿es mejor no tomar partido? -se pregunta Cristian-.
-No, simplemente nos conviene estar del lado de Novaris para evitar un caos mayor. Pero eso no significa que seamos héroes -responde Norris pensativamente-.

-Cosas horribles, por un bien común -reflexionó Cristian-. Supongo que tienes razón.

-Somos cadetes, ni siquiera tenemos rango I todavía. No necesitamos saber todo esto -concluyó Cristian.
-Lo sé -respondió Norris-. Pero siempre me gusta conocer la situación de antemano.
-Somos dos -dijo Cristian, mirándolo con orgullo.

La bodega estaba en silencio, rota solo por el eco metálico de los trapeadores. El polvo flotaba en haces de luz que se colaban por las rendijas del techo, y el frío se arrastraba por el piso húmedo, calando hasta los huesos. Ellos trabajaron durante toda la madrugada, moviéndose entre cajas gigantes, riendo por bromas silenciosas y conversando mientras el tiempo parecía desaparecer.

Cada golpe del trapeador contra el suelo resonaba en la vastedad de la bodega, pero ellos no se detenían. El cansancio pesaba en sus hombros, pero había satisfacción en sus movimientos: finalmente todo empezaba a lucir ordenado.

-Bueno... después de varias horas, creo que finalmente hemos terminado -dijo Cristian, rascándose la cabeza con una sonrisa agotada. Sus ojos recorrían la bodega, asegurándose de que nada quedara fuera de lugar.

Miró su reloj y exhaló un largo suspiro, como si por un momento el tiempo se detuviera.

-Falta apenas una hora para los entrenamientos. Mejor descansemos un poco antes de volver a la acción.

Norris apoyó el trapeador contra la pared, observando el polvo danzar en la luz tenue. Sus respiraciones, aún agitada, llenaban el espacio vacío con un ritmo tranquilo. Por un instante, la bodega dejó de ser solo un lugar de trabajo; era un refugio silencioso donde podían recuperar fuerzas antes de que la rutina volviera a exigirlos.

Cristian presionó el botón para llamar al ascensor. Mientras esperaban, se volvió hacia Norris quien se encontraba observando una vez más la placa misteriosa y, colocándole una mano en el hombro, dijo:

-Gracias por quedarte. Podrías haberte ido, pero aun así te quedaste a ayudarme. Te debo una.

Norris guardo la placa en su bolsillo, sonrió y respondió:

-No te preocupes. Somos un equipo, y no me gusta dejar solo a mi compañero.

Cristian esbozó una sonrisa orgullosa justo cuando las puertas del ascensor se abrieron. Ambos entraron y, al cerrarse las puertas, dejaron atrás una bodega aún más solitaria, silenciosa y húmeda.


Registro #3

Martes, 5:30 a.m. - Base subterránea en algún lugar del mundo

La cámara recorría un salón en penumbra, iluminado únicamente por pantallas holográficas. Figuras encapuchadas observaban mapas de Novaris, cada movimiento de tropas marcado con precisión. Entre todas, una destacaba: estaba en el centro del salón.

Un encapuchado se acercó al del centro y, preocupado, dijo:

-Señor, Novaris ha descubierto una de nuestras bases en Medio Oriente.

-¿Y cuál es el problema? -respondió la figura central, con calma.

El encapuchado, confundido, replicó:

-Esa base era muy importante... teníamos cargamentos y recursos que...

Antes de que pudiera terminar, el del centro lo interrumpió:

-Te preocupas demasiado. Déjalos; que hagan lo que tengan que hacer. Mientras ellos estén ocupados con esa tonta base que descubrieron, nosotros podemos avanzar.

Dicho esto, ingresó un código. Cinco pequeños compartimentos se abrieron, cada uno con la forma de una placa "E-19". Uno ya estaba ocupado; el encapuchado sacó otra placa de su bolsillo y la colocó cuidadosamente en otro compartimento.

-Ya tenemos dos de las cinco placas -dijo con una voz grave-. Solo nos faltan tres... y si logramos reunirlas a todas, acabaremos con Novaris y su imperio llegará a su final.

Se reclinó en la sombra y soltó una carcajada contenida:
-Su reloj avanza... ¡y nosotros marcamos cada segundo!


Thoughts

  • no_pica_nada

    La madre gritando, el disparo, y luego Norris limpiando bodegas como si nada. Ese silencio cuesta.

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  • pnavarro64

    Eso es peso.

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  • pasaporteVencido

    Dos reclutas, un misterio de cinco placas, rebeldes que se mueven en la sombra. Esto es más que entrenamiento.

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  • pagina_rota

    La puerta, la placa, el silencio. ¿Vas a publicar el Capítulo 4?

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  • Ovid

    Lo que me queda es el silencio en el ascensor. Norris sabe que Christian mintió pero no dice nada, y eso es peor que cualquier grito. Luego vienen el sueño, la puerta cerrada del armario, el disparo. No es cansancio lo que lo persigue; es algo conectado a esa placa E-19, algo mucho más viejo que esta base. Espero que Christian vea quién es realmente Norris antes de que sea demasiado tarde.

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  • nachoo

    Que Christian vea el cambio en Norris pero decida no preguntar. Eso es lo que significa estarse en la lucha juntos.

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