Abrir la puerta y ser invadido de pronto por el aroma de la comida le hizo olvidar por un instante de todo lo que traía en la mente. El aroma, el ruido en la cocina, y las maldiciones de Benicio lo hicieron sonreír. Todo estaba muy claro ahora. Se sentía cómodo, seguro, en su lugar, en su casa, en su hogar. Pensó que así debería sentirse ser feliz.
—¿Qué pasó?
—¡Me quemé! ¡La puta madre! —respondió Benicio y sacudiendo su mano miró a Sebastián —¿Y tú qué haces aquí? No me dijiste que saldrías esta noche?
Dos palabras se instalaron en su mente “Benicio enamorado.” Algo en lo que nunca había pensado antes. No recordaba haberlo visto con alguna mujer, exceptuando una noche que pasó con Carla luego de la cual, ella había quedado fascinada con él. La curiosidad se movía dentro suyo cada vez con más intensidad. “¿Cómo sería Benicio enamorado?”, “¿Sería celoso?”, “¿Si está enamorado de mi y le digo que iré al departamento, lo haré sufrir?” se preguntó Sebastián
—Bueno, es que mañana es el cumpleaños de Rama y nos juntamos en el departamento cerca de la medianoche. Así que pasaremos la noche todos juntos.
—Entiendo. ¿Cenarás aquí?
Sin sermones, sin reclamos. Sabiendo perfectamente lo que sucede en el departamento y el significado que tiene ese todos juntos, él solo preguntó por la cena. “¿Qué persona enamorada reacciona de esa manera?” se dijo Sebastián y bajó su rostro sonriendo “Enamorado de mi” “¡Por Dios qué estupidez!” pensó.
—Con ese olorcito es imposible no hacerlo —respondió.
Se metió en el cuarto a cambiarse con un dejo de decepción que se acumulaba con todas esas otras emociones que no comprendía.
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El departamento estaba en un edificio de oficinas, por lo que los fines de semana solía estar casi desocupado. Eso les permitía ciertas libertades en cuanto al ruido, que de otra forma no tendrían. Había tres habitaciones una de ellas con un baño y un balcón. La sala estaba iluminada con luces tenues que creaban un ambiente cálido y acogedor. El balcón de la sala daba a una avenida. Esa noche, los chicos se encargaban de la comida y las bebidas, mientras que las chicas se habían encargado de la decoración. Un gran banner con letras de colores brillantes decía "¡Feliz Cumpleaños!" y estaba acompañado de globos que flotaban en el aire, algunos incluso decorados con dibujos de cómics y caricaturas que traían recuerdos graciosos compartidos.
En el centro, rodeada por los sillones, había una gran mesa, cuadrada, baja cubierta con una colorida mantelería y toda la comida y las copas listas para el festejo. Habían dejado un espacio para el delicioso pastel de cumpleaños que ya estaba en la heladera, aguardando el momento indicado.
A medida que iban llegando, dejaban algunas de las cosas que traían sobre la mesa, y el resto lo guardaban en el refrigerador. Luego se iban acomodando alrededor de la mesa, en un círculo, algunos sentados en el sofá y otros en el suelo, todos riéndose y disfrutando de la compañía.
Las risas estallaban cada pocos minutos mientras compartían anécdotas chistosas de sus días en la escuela: recordaban al profesor que se olvidaba sus nombre, las travesuras que hacían en clase y las veces que se metieron en problemas. Las historias se entrelazaban con gestos exagerados y risas contagiosas, creando un ambiente de camaradería que hacía sentir a todos como si el tiempo no hubiera pasado.
Pero sí, había pasado. Sebastián estaba a gusto. Sonreía contento, cómodo. Realmente disfrutaba viéndolos reunidos y formando parte, pero muy dentro de él sabía que no era ahí donde quería estar. El barullo de las voces, las risas, la música, todo comenzó a percibirse más lejano cada vez. Sus ideas capturaron su mente una vez más. “Seguramente –pensó– Benicio duda que pueda mantenerme sobrio esta noche. Ya verá la sorpresa que le doy cuando llegue a casa poco después de la media noche.”
Mientras la cuenta regresiva para la medianoche comenzaba, el grupo empezó a exaltarse. Las chicas sonrieron con picardía y comenzaron a dar pistas sobre lo que tenían preparado. Una pequeña sorpresa para agasajar al festejado. Marianella aseguró que les iba a gustar a todos, y puso sobre la mesa un pequeño artefacto.
Era un juguete sexual con vibración que se desplazaba lentamente por la mesa entre los vasos. Carla comenzó a repartir unos antifaces negros, colocándolos en las cabezas de todos, pero sin cubrir los ojos. Los muchachos reían. La excitación crecía en el aire.
Jessica sacó de entre los almohadones del sofá un martinete, todos exclamaron en voz alta al verlo y aplaudieron. Ramiro sonrió sabiéndose el protagonista, la joven puso el látigo entre sus rodillas y comenzó a juguetear con las tiras de cuero. Sol tenía en una mano una fusta de cuero negro y golpeaba ruidosamente su otra mano con ella. Los chicos aullaban. mientras con palmadas y apretones molestaban al agasajado.
Sebastián se levantó. Sintió que sus tripas se retorcían y fue al baño. Las chicas no querían dejarlo ir porque ya casi era la hora. Pero él dijo que sería muy breve. Manuel aprovechó y también se levantó para ir por el pastel.
Ya todo estaba listo. La expectativa crecía en el aire, uno de ellos había colocado un cronómetro cuyo sonido se iba acelerando a medida que se acercaba el cambio de día, lo que hacía que sus corazones latieran más rápido. Ramiro estaba sirviendo las copas cuando Manuel acomodó el pastel en el centro de la mesa. Las risas se combinaban con gritos de emoción y canciones improvisadas.
Finalmente, cuando el cronómetro marcó la medianoche, sonó una especie de alarma y un estruendo de voces llenó la sala con gritos y aplausos. Primero cantaron el "Feliz Cumpleaños", todos se unieron en un coro alegre y desenfrenado, Sebastián se acercó cantando y al igual que todos tomó su copa. Brindaron luego de cantar y luego de beber de un solo sorbo la copa (esa era una de las tradiciones del grupo) se lanzó con el resto encima de Ramiro para abrazarlo y felicitarlo.
Sin embargo, nada se sentía como siempre. Los chicos se fueron apartando y las señoritas tomaron el protagonismo. Los jóvenes se sentaron y observaron cómo ellas poco a poco desvestían a Ramiro y se entretenían jugando con él. Por su parte, Ramiro sentía que por tener la atención de sus amigas, y por ser el cumpleañero, el protagonista seguía siendo él.
La habitación estaba impregnada de un aire denso, la excitación de todos era casi palpable. Pero Sebastián no estaba bien. La luz parecía desvanecerse en un juego de sombras. Se levantó tambaleante, se dirigió al balcón. Maldijo. “Yo no quería esto” repitió varias veces en su mente. Manuel salió detrás de él.
—Creo que pusieron algo en la bebida —Sebastián miró a Manuel.
Sus ojos vidriosos y desorbitados reflejando un caos interno removieron algo en Manuel. Su rostro, mostraba una mueca de confusión, oscilaba entre sonrisas inexplicables y gestos descontrolados.
—Llámalo. Dile que venga por ti. Dejaré la puerta sin seguro.
Sebastián asintió sin decir una palabra. Buscó con dificultad su celular. y Marcó.
No.
No quería eso.
Definitivamente no era eso lo que había pensado para esa noche. ¿Qué le diría? ¿Cómo le diría? Tenía tanta bronca. Su cuerpo no le respondía. Solo envió la localización.
Sebastián quería llorar. Quería gritar. Quería entrar y acallar los gemidos asquerosos a puras trompadas. Pero su cuerpo parecía haber perdido la capacidad de sostenerlo.
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Benicio ya estaba dormido cuando el sonido de notificación de Sebastián lo despertó. Abrió los ojos y se quedó mirando el techo, sintiendo una mezcla de preocupación y enojo. Sabía que Sebastián iba a pasar el fin de semana con sus amigos, como de costumbre, no llamaría a menos que fuera absolutamente necesario. Se sentó en la cama y miró su teléfono. Era un mensaje con la ubicación. Cerró los ojos y respiró hondo, debatiéndose entre el deseo de no involucrarse en esa autodestrucción y la preocupación por el bienestar del muchacho.
—Maldita sea, Seba… —murmuró con frustración.
No quería ver a Sebastián en esas condiciones, no quería ser testigo de su caída otra vez. Sentía una mezcla de tristeza y rabia por tener que enfrentarse a esa situación. Sin embargo, la idea de dejarlo solo y vulnerable era aún peor. Se levantó de la cama, decidido. La preocupación ganó sobre el enojo. Se vistió rápidamente y salió del apartamento, tomando su chaqueta al pasar por la puerta.
Mientras conducía hacia el departamento, su mente estaba llena de pensamientos contradictorios. Quería ayudar a Sebastián, pero también estaba agotado de ser arrastrado a ese círculo vicioso. Aunque lo que realmente lo estaba afectando era el no saber con qué se iba a encontrar. Al llegar al edificio, salió del auto y se dirigió al departamento. Cuando finalmente llegó a la puerta, respiró profundo, había música suave y no se oían voces. Con un empujón suave la puerta se abrió. El corazón latía pesadamente. La sala estaba desierta. Se escuchaban murmullos y sonidos provenientes de una de las habitaciones. “¿Están todos juntos?” se preguntó Benicio con la cara arrugada en gesto de desagrado. Solo esperaba que Sebastián no.
Revisó las otras alcobas y el baño, pero Sebastián no estaba. Pasó por la cocina, sin éxito. Miraba una y otra vez la puerta del cuarto del que salía todo el barullo… Deseaba con todas sus fuerzas no tener que entrar allí a buscar a Sebastián. La brisa fresca de la madrugada sacudía la cortina de la ventana, y capturó su atención. Al levantarse la suave tela, Benicio notó que había alguien en el balcón.
Con ansiedad se acercó y encontró a Sebastián sentado en el sofá. En realidad estaba caído hacia un lado, con su brazo colgando, tenía un elástico atado por encima del codo y una jeringa aún clavada en su carne, a punto de caer. ¿Estaba dormido? ¿Inconsciente? ¿Muerto?
Benicio estaba paralizado. Llevó sus manos a su rostro. Sus ojos se nublaron. El sonido de la jeringa cayendo al suelo lo trajo de nuevo a la realidad. Reaccionó. Tragó la desesperación que amenazaba su estabilidad y tomó la jeringa. La metió en el bolsillo de su chaqueta, y temblando, tomó a Sebastián en sus brazos.
—Vamos, Seba. Te llevo a casa —dijo Benicio con voz firme pero con un toque de suavidad, sosteniéndolo con fuerza.
Mientras atravesaba la sala cargándolo en sus brazos una lágrima de Benicio cayó en el rostro de Sebastián. “¿En qué demonios estoy fallando?” se preguntó intentando entender qué era lo que había llevado a ese muchacho a hacer semejante cosa. Sebastián abrió sus ojos. Los sentía pesados, le ardían.
—Viniste —balbuceó apoyándose en Benicio, agradeció su presencia sin palabras y volvió a cerrar los ojos. Benicio bajó la vista. La voz de Sebastián le devolvió el alma al cuerpo. Sonrió.
—Estarás bien—. Murmuró mientras las puertas del ascensor se cerraban.
Sebastián estaba en ropa interior. Mientras seguía repitiendo las mismas palabras, “estarás bien” más para sí mismo que para ese Sebastián inconsciente que cargaba con esfuerzo, pensaba que en el auto tenía ropa que había retirado por la tarde de la lavandería y que había olvidado guardar.
Al llegar al auto lo abrió y sentó a Sebastián en el asiento del copiloto. Luego entró y encendió la calefacción. Reclinó el asiento y tomó de la bolsa que estaba en la parte de atrás un pantalón y buzo deportivo y lo vistió rápidamente. Mientras lo hacía, lo regañaba muy suavemente. Casi sin voz, ya que tenía la garganta oprimida por la angustia. Luego acomodó el asiento y ajustó el cinturón. Llevó a Sebastián directamente a la clínica de Arturo.
Cuando llegaron, Arturo estaba esperando ansioso. Benicio frenó y bajó corriendo. Durante el viaje Sebastián intentó hablar. Sus labios se movían, pero las palabras brotaban como un torrente de incoherencias, un lenguaje ajeno que discurría solo para interrumpir el pesado silencio. "Yo no quería" “Yo no lo hice” decía, mientras sus manos se movían frotándose con fuerza.
Su cuerpo se retorcía sostenido contra el cuerpo de Benicio, en un intento de encontrar estabilidad, pero cada movimiento parecía más errático que el anterior.
—Vamos, ya casi llegamos — dijo Benicio en voz baja llevando a Sebastián por la explanada. Arturo se acercaba con la camilla.
—¿Por qué no me crees? —preguntó Sebastián entristecido.
—¿Qué importa eso ahora? Lo único que importa es que te recuperes pronto —respondió intentando tragar todas esas emociones que lo estaban desbordando.
Sebastián se movió violentamente alejándose de Benicio. Arturo llegó justo para atajarlo antes de que cayera. Sebastián miró a Benicio, furioso… El desconcierto se instaló entre los tres.
—¡Te dije que no lo hice!
—Está bien — dijo Benicio claramente asustado.
—¡No! No está bien. No me crees.
—Seba, solo quiero que te vea un médico, vamos adentro.
—¿Qué tan estúpido puedo ser?
—Yo no creo que lo seas. — Dijo intentando acercarse para calmarlo.
—¿Qué, no lo ves? Si quiero tener sexo contigo ¿Crees que haría algo como esto sabiendo lo que significa para ti? ¡Eres un imbécil!—Benicio estaba pasmado.
Dio un paso hacia atrás. Incapaz de hablar o pensar, incluso respirar se le hizo difícil.
—¡Maldita sea, Beni! ¡Yo no quería esto! —gritó Sebastián. De repente, un temblor recorrió sus brazos, una sacudida que comenzó sutil, como un eco de su desasosiego interno.
Arturo notó el cambio y gritó pidiendo la camilla. Sebastián se desplomó en sus brazos. Benicio aún no reaccionaba. Subieron a Sebastián a la camilla, la convulsión se apoderó de él. Su cuerpo se arqueó, como si luchara contra fuerzas invisibles, y los espasmos lo sacudían con una violencia desgarradora. Sus ojos, en un momento de claridad, mostraron un destello de terror antes de perderse en un abismo oscuro. Los camilleros, siguiendo la instrucción de Arturo, lo llevaron adentro.
Arturo volteó a ver a Benicio. Se acercó a él y lo condujo hacia adentro. Lo sentó en la sala.
—Tenía esto clavado en su brazo —balbuceó entregándole la jeringa.
Arturo la tomó y la miró. No podía creerlo, sabía que Sebastián solía caer con las pastillas ingiriendo de más, pero nunca se había inyectado. Estaba preocupado. Respiró profundo y se puso de pie.
—¿Se va a morir? —preguntó Benicio mirando temblar sus manos.
—No. Pero tú y yo vamos a hablar más tarde. —Sentenció Arturo, y corrió hacia la sala de urgencias.
Benicio estaba completamente desencajado. Permaneció sentado allí, con la mente nublada por el shock y las emociones encontradas. Su rostro reflejaba una mezcla de preocupación, desconcierto y miedo. Sentía una presión en el pecho, y sus manos se movían incontrolablemente.
Los ojos, aún húmedos por las lágrimas, miraban sin ver, mientras trataba de procesar lo que Sebastián le había dicho. No podía creer lo que acababa de escuchar, una confesión que lo dejó sin aliento y que desafió todo lo que pensaba que sabía.
Su cuerpo, se negaba a relajarse. Intentaba respirar profundamente, pero el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Su mente corría en mil direcciones, tratando de encontrar una respuesta, una forma de entender y asimilar lo ocurrido.
Sentía una impotencia abrumadora, una necesidad urgente de proteger a Sebastián, pero también un impulso incontenible de salir corriendo y alejarse todo cuanto pudiera. Una confusión profunda caía pesadamente sobre él, no tenía la más mínima idea sobre cómo proceder a partir de ese momento .
Intentaba mantener la compostura frente a una situación que lo superaba emocionalmente. La declaración de Sebastián lo había dejado tambaleando, cuestionando todo y, al mismo tiempo, forzándolo a actuar con rapidez y decisión.
De pronto se puso de pie. Llevó sus manos a la cabeza. "¿Qué va a pasar si Alfredo se entera de lo que dijo Sebastián?" se preguntó espantado. La mente de Benicio vagaba entre el shock y el miedo. Su relación con Alfredo ya era bastante complicada, y esta confesión solo añadía una capa más de tensión. Imaginaba la decepción en el rostro de Alfredo, la furia. La traición.
Benicio estaba desesperado. Caminaba de un lado a otro como intentando escapar del inevitable conflicto que esto desencadenaría. "No puedo permitir que esto se sepa" pensó, con el corazón acelerado. “Esto tiene que ser un error, Seba está bajo los efectos de las drogas… No hablaba en serio” se decía intentando calmarse.
Alfredo siempre había sido su pilar, desde que entró en su vida, él y su familia se volvieron su propia familia. Para los Carrasco algo como esto, seguro que iba a fracturar su vínculo de una manera irreparable. Benicio se sintió atrapado entre su lealtad a Sebastián y su lealtad a Alfredo, y tenía un miedo enorme de perder a esa que consideraba “su familia”, una encrucijada que lo llenaba de una mezcla de angustia y desesperación.
Las horas pasaron y Benicio estaba ya más calmado, aunque se sentía abatido. Después de un rato que le pareció interminable, Arturo apareció caminando lentamente por el pasillo, vestido con su bata blanca y una expresión seria pero compasiva. Él se puso de pie. Tenía tanto miedo de preguntar que sus piernas casi no podían sostenerlo.
—Tranquilo, está bien —dijo el doctor—. Al llegar, su estado era grave. Presentaba síntomas de hipertermia, taquicardia y agitación extrema. Realizamos un examen físico completo y le tomamos muestras de sangre y orina para determinar la cantidad de sustancias en su sistema. Encontramos éxtasis, anfetaminas y heroína.
—¿Qué? —exclamó él horrorizado, y el médico continuó.
—También estoy sorprendido. Por suerte, respondió bien a los tratamientos iniciales y logramos estabilizarlo.
—¿Y ahora qué sigue? —preguntó Benicio, con preocupación en la voz y el miedo persistente en su rostro.
—Ahora se encuentra en observación en la unidad de cuidados intensivos. Continuaremos monitoreando sus signos vitales y el nivel de las sustancias en su sistema. Es crucial que pase por un proceso de desintoxicación. Esto puede tomar tiempo, y habrá momentos en los que experimentará síntomas de abstinencia.
—Dios Mío —murmuró en voz baja, casi sin aliento. Llevó su mano a su rostro con aflicción, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Se recuperará —dijo Arturo.
Luego, respiró profundamente, poniendo una mano sobre la pierna de Benicio
—En estos casos, la recuperación es posible, pero depende de varios factores, incluidos su estado físico general y el apoyo que tenga después de este episodio. Él tiene un buen estado físico. Y entre todos vamos a apoyarlo. Lo que me preocupa es que Seba sostiene que él no lo hizo. ¿Tú qué piensas al respecto?
—No sé. Cuando llegué… —la voz de Benicio se entrecortaba al recordar esa escena—, él estaba desvestido, en el balcón, con su brazo atado con un elástico y esa jeringa aún clavada. Cuando lo sostuve, estaba helado. Pensé que estaba… muerto.
Arturo apretó la pierna de Benicio, en silencio.
—Él estaba bien, Arturo. Había mejorado. No sé qué pasó. ¿Por qué hizo algo como esto?
—Me resulta llamativo, el cambio. Solía venir intoxicado con pastillas, anfetaminas… pero nunca se había inyectado. Y recuerdo que la última vez, cuando hablé con él, me dijo que no recordaba haberse inyectado, que nunca lo había hecho y que ni siquiera sabía de dónde salió esa jeringa.
—Hablaré con Manuel. Él es su amigo más cercano y debería saber qué pasó. Pero si es cierto, si ellos lo hicieron, Arturo, esto es grave.
—Sí, lo es. Pero ahora deberías ir a descansar. Él no va a despertar por ahora. Les avisé a Alfredo y Carmen. Vendrán mañana. —Benicio entró en pánico. Arturo lo notó.
—No te preocupes, no les mencioné nada de lo que dijo Seba.
Benicio exhaló y cerró sus ojos intentando calmarse.
—¿Me puedes explicar qué sucede entre ustedes?
Arturo fijó su mirada en Benicio, esperando una respuesta. Benicio, aún aturdido por todo lo ocurrido, trató de reunir sus pensamientos.
—No lo sé —respondió finalmente, con la voz quebrada—. No puedo entenderlo.
—¿Él sabe que eres homosexual? —Benicio lo miró espantado
—¡Claro que no! —respondió en voz baja casi espantado.
—Quizás… pudo haberte visto con alguien….
—No, Arturo. —Respondió Benico con firmeza—. Yo he anulado esa parte de mi. Yo no he estado con nadie. Y nunca he hablado de esto con Seba. Las drogas debieron haberlo afectado.
Arturo suspiró, su expresión comenzó a suavizarse poco a poco, aunque la preocupación seguía presente.
—Necesitamos saber más. Esto no puede quedar así. ¿Alguna idea de con quién podría haber estado? O tal vez alguien que podría haber influenciado sus decisiones...
—Me dijo que hoy era cumpleaños de uno de los chicos, no recuerdo quién. Y se juntarían en el departamento a partir de la medianoche. Pasaría el fin de semana con ellos.
Benicio se encogió de hombros, desesperado
—No entiendo nada… —Arturo asintió, dándose cuenta de la carga que Benicio llevaba.
—Bien. No podemos permitir que esto se vuelva más complicado de lo que ya es. Pero… entiende que, si vamos a creer lo que dijo acerca de que él no lo hizo… No puedes no considerar que él realmente quiere tener sexo contigo.
Benicio se levantó incómodo.
—Pero....¿Qué demonios estás diciendo? —Arturo se puso de pie también.
—Solo te lo menciono por si olvidaste que ese chico duerme en tu cama.
—No te atrevas a insinuar nada de…
—No estoy insinuando nada. —interrumpió el médico— Estoy siendo muy claro. Directo. Sebastián lleva mucho tiempo durmiendo contigo. ¿Nunca pensaste que ésto podría suceder?
—Claro que no. Él nunca ha hablado de algo así antes. Tú sabes cómo suele expresarse sobre los homosexuales… Fue por eso que Alfredo me exigió que él no supiera nada de mí, para que no me pierda el respeto. ¿Cómo podría pensar que algo así iba a pasar?
—Tal parece que las cosas han cambiado. Y vas a tener que hacer algo.
Benicio lo miró unos segundos sin reaccionar y luego asintió en silencio, sintiendo el peso de la situación sobre sus hombros.
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Pasaban apenas de las tres de la mañana. Sentado en su cama, con los codos apoyados en sus rodillas, sostenía su cabeza entre sus manos. Parecía pesar toneladas. Respiró profundamente y se dejó caer en la cama.
Su cabeza estaba a punto de estallar, pero cerró sus ojos y del mismo cansancio provocado por la tensión que había pasado las últimas horas, consiguió dormirse.
La mañana siguiente, cuando salió a correr, era muy temprano, aún no amanecía. Era sábado y no veía a Víctor, por lo que cambió el recorrido y se dirigió a la clínica. Sebastián aún no había despertado. Arturo lo recibió en su oficina. Le dijo cómo evolucionaba Sebastián y que había que esperar.
—Hoy por la tarde buscaré a Manuel, a ver si averiguo algo de lo que pasó anoche —murmuró Benicio, apesadumbrado.
—Eso no va a ser posible.
—¿Por qué?
—Está aquí. Lo ingresamos poco después de que te fuiste.
Arturo se puso de pie, peinó su cabello. Estaba claramente consternado. Luego de unos minutos continuó
—Llegó con perforación de intestino. Tenía dentro el pico roto de una botella de champagne.
Benicio sintió escalofríos.
—Eso ¿dónde pasó?
—En el departamento. Uno de los chicos despertó junto a él en un charco de sangre y los demás estaban todos inconscientes. Fueron trasladados a la comisaría, pero sus padres los sacaron poco después. No sé muy bien como son las cosas, pero por lo que me comentó el oficial que está fuera de la habitación de Manuel, esperando que despierte, parece que está caratulado como violación y están todos implicados.
Benicio se encontraba en un estado de angustia tal que su mente parecía un laberinto de recuerdos y pesadillas. Aún sentado en la silla, podía sentir que su cuerpo temblaba levemente, como si una corriente eléctrica lo recorriera.
Las habitación parecía llenarse de sombras que se alargaban a su alrededor, y el aire se sentía denso, casi cargado de un peso que no podía soportar. Su corazón latía desbocado, y cada golpe en su pecho resonaba como los gritos de su pasado.
De pronto, recordó vívidamente lo que había vivido años atrás: la sensación de ser devorado por la maldad y la violencia, y no poder hacer nada. Sentía el dolor de aquellas heridas de las que aún tenía cicatrices. La imagen de su propio tormento se mezclaba con la de Manuel en una mixtura aterradora. La idea de que el mismo ser abominable que le había causado tanto sufrimiento ahora pudiera estar acechando y tan cerca de Sebastián lo hacía sentir como si estuviera siendo aplastado por un yugo invisible.
Se llevó las manos al rostro, presionando con fuerza como si así pudiera borrar las imágenes.
Arturo respiró profundo, caminó pesadamente y se sentó en la silla junto a Benicio. Apoyó una mano en el hombro y apretó.
—Oye… Tranquilo.
—Es igual que lo que me pasó a mi —musitó con el rostro aún entre sus manos.
—No, no es igual. Tú fuiste agredido por otras razones. En el caso de estos chicos, quizás solo fue un juego que terminó mal. Y que pudo terminar peor.
—¿Qué tal si no? —De pronto, Benicio alzó su rostro. Su mirada estaba desencajada. La posibilidad de que Sebastián hubiera sido el objetivo lo desgarraba por dentro.
—Escucha Beni, las cosas son diferentes. No es lo mismo.
Benicio se puso de pie.
—Lo quería a Sebastián. Por eso lo drogó.
Arturo miró a Benicio confundido.
—Es la misma persona. Lo drogó porque quería hacer lo mismo que hizo conmigo aquella vez. Y el muy cobarde lo necesita inconsciente. Sólo que… esta vez, yo me llevé a Seba. Y entonces atacó a Manuel.
La sola idea lo desarmaba, y su mente se llenaba de imágenes de su amigo, vulnerable y confiado, quizás también drogado, incapaz de defenderse. Arturo estaba muy sorprendido por el razonamiento de Benicio.
—Y yo no iba a ir —Benicio se quebró—. Estaba tan molesto, tan furioso, que no iba a ir por él.
Arturo se acercó y lo tomó de los brazos para calmarlo.
—Pero fuiste, Beni. Fuiste por Seba y lo trajiste justo a tiempo. Si hubieras demorado más, probablemente no lo hubiéramos podido salvar.
—Si no hubiera ido, quizás Sebastián estaría en lugar de Manuel.
La rabia se revolvía en su interior, y una opresión en su pecho aumentaba, dificultando su respiración. Las paredes de la habitación comenzaron a cerrarse a su alrededor, y el mundo exterior se desvanecía. Las luces brillantes de la mañana que empezaban a aparecer a través de la ventana de la oficina, se volvieron un caleidoscopio distorsionado, y los murmullos lejanos del pasillo se convertían en un zumbido ensordecedor. Benicio sintió que el suelo se movía bajo sus pies, se desplomó sobre la silla, incapaz de sostenerse en pie.
Arturo hizo traer una camilla y Benicio fue llevado a una sala de emergencias. A medida que la medicación comenzaba a hacer efecto, sentía cómo su conciencia se desvanecía, llevándose consigo el peso de sus recuerdos y las pesadillas que lo acechaban. Lo último que sintió fue alivio.
Al salir del box donde estaba Benicio, Arturo vio que Alfredo se acercaba. El viejo Carrasco vio a Benicio dormido en la camilla.
—¿Qué le pasó?
—Está muy alterado. Tuve que sedarlo. Su presión está por las nubes. Y no es para menos. Piensa que la misma persona que lo atacó hace años, atacó anoche a Manuel, pero él —dijo Arturo señalando con la cabeza— piensa que iba detrás de Sebastián.
—¿De Sebastián? —Preguntó Alfredo sin comprender.
—Anoche Sebastián dijo que no se había drogado. Que alguien lo drogó.
—¡Oh! Vamos, y tú ¿vas a creer en eso?
—Sí. Seba no suele inyectarse y las últimas dos veces, cuando peor ha estado, ha sido con heroína. Pero no recuerda haberlo hecho.
Arturo tomó a su hermano del brazo y lo condujo por el corredor.
—Fredi, escucha, estos chicos se están yendo al carajo. No solo por drogar a Seba, sino que ahora violaron a este otro pibe. Esto no está bien.
Aunque le hablaba en voz baja, Arturo fue enérgico
—Lo que dijo Beni, es realmente descabellado, pero tiene sentido.
Alfredo miró pensativo a su hermano. Con más de cincuenta años, el Dr. Arturo Carrasco se había ganado el respeto y la admiración de todos quienes lo conocían. Hermano menor de Alfredo, y socio en el Holding Carrasco, no solo era un médico comprometido y dedicado, sino también una figura clave en la toma de decisiones estratégicas del conglomerado.
De complexión media y con el cabello corto y bien peinado, marcado por algunas canas que denotan su experiencia y sabiduría, siempre se presentaba impecablemente vestido. Ya sea con su bata blanca en la clínica o con ropa formal en reuniones del Holding, su apariencia reflejaba su profesionalismo y dedicación. Incluso en ese momento, luego de una noche difícil, no había nada desalineado en ese hombre.
Era el director de la clínica. Su especialidad era médico integralista, y era reconocido además de su excelente desempeño, por su empatía y compasión. Su preocupación genuina por el bienestar de sus pacientes lo hacía muy querido entre sus colegas y pacientes. A pesar de su naturaleza comprensiva, Arturo no tenía miedo de ser directo y honesto cuando la situación lo requería, brindando una mezcla de consuelo y firmeza en sus palabras.
Su relación con Alfredo era profunda, cercana. Su hermano mayor era su punto de referencia, y él a su vez, hacía las veces de conciencia para un hombre duro que carecía de todo aquello que a él le sobraba. Con Benicio y con Sebastián actuaba como una figura de apoyo y consejería, brindándole no solo asistencia médica, sino también emocional. Sabía muy bien cuándo ser firme y cuándo ofrecer consuelo, lo que demostraba su profunda comprensión de las necesidades humanas.
A lo largo de su trayectoria, Arturo había dedicado gran parte de su vida a la medicina y al desarrollo de la Clínica Carrasco. Su compromiso con la ética médica lo habían llevado a ser una figura respetada en su campo. No obstante, a pesar de su éxito profesional, Arturo enfrentaba conflictos internos relacionados con las decisiones difíciles que debía tomar.
Su preocupación por el bienestar de Sebastián y Benicio daba cuenta de su lado humano y vulnerable, aún cuando esto implicara un enfrentamiento con su hermano. En medio de las tensiones familiares y los desafíos profesionales, el Dr. Carrasco se mantenía como un faro de estabilidad y apoyo, tanto para su hermano como para todos sus allegados. Siempre dispuesto a enfrentar las adversidades con calma y determinación.
Alfredo puso una mano en el hombro de Arturo y lo miró con seriedad.
—Cuida a mis hijos, hermano —Arturo asintió y Alfredo se marchó cabizbajo.
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El sol apenas empezaba a iluminar la habitación. Sin embargo, fue doloroso cuando Sebastián abrió los ojos, desorientado, tratando de enfocar su vista en el techo blanco de la habitación de la clínica. Su cuerpo se sentía pesado, sus músculos adoloridos y su cabeza latía con un dolor sordo.
Oía voces cerca de él. Arturo conversaba con la enfermera y le daba indicaciones. Poco a poco la mente de Sebastián se fue aclarando y reconoció a su tío. Con esfuerzo, giró la cabeza. Arturo notó el movimiento y se acercó.
—Sesé ¿Cómo te sientes? —preguntó Arturo, mientras acariciaba a Sebastián con ternura. Su voz estaba cargada de preocupación y alivio.
—Hacía tiempo que no me llamabas así —balbuceó él y su tío sonrió—. Tengo la boca seca, pastosa.
Arturo le dio un poco de agua. Sebastián frunció el ceño, intentando recordar cómo había llegado allí. La última cosa que recordaba era la fiesta en el departamento, el ruido y las luces mezclándose en un torbellino confuso.
—¿Mejor? —preguntó el médico
—No sé… —murmuró, su voz áspera y débil— ¿Qué pasó?
—Seba, eso tienes que decírmelo tú. ¿No lo recuerdas?
—Llevaba un poco más de un mes sin ir al departamento, sin beber, ni consumir nada, sin apostar y sin mujeres. Me sentía bien y no quería ir. Pero me insistieron, y finalmente acepté. Como hoy es el cumpleaños de Ramiro, anoche fui con la idea de brindar a la medianoche y volver a casa. Pero le pusieron algo a la bebida, y yo tomé. Te juro que no sabía, tío.
—No me mientas. Benicio dijo que ibas a pasar el fin de semana con ellos.
—No. Eso no es así. Eso se lo dije para probar. Pero pensaba regresar temprano y sorprenderlo.
—¿Probar? ¿Probar qué? —preguntó Arturo.
Sebastián volteó su rostro y permaneció en silencio.
—Seba, no entiendo.
—Es que Manuel me dijo algunas cosas… ¡Manuel! Él sabe. Yo hablé ayer al mediodía con él. Le dije que solo iría a brindar y después me regresaba a casa. —Arturo respiró profundo.
—Seba, escucha. Hoy no es sábado. Llevas inconsciente poco más de cuarenta y ocho horas, hoy es lunes. Y no llegaste con “algo en la bebida”. Tenías éxtasis y heroína en tu cuerpo. Benicio te encontró casi al borde de la hipotermia, sin ropa, y con una jeringa clavada en tu brazo.
Sebastián no lo podía creer.
—¿Él vio eso? ¿Y cree que yo lo hice?
—Si no fuiste tú, tenemos un serio problema. Porque alguien entre tus personas más cercanas quiere hacerte daño. Estabas muy mal, Seba. Benicio te trajo justo a tiempo.
Los ojos de Sebastián se llenaron de lágrimas al escuchar esas palabras. El miedo y la culpa se apoderaron de él, mientras intentaba procesar lo que Arturo le decía.
—Lo siento… lo siento tanto… No tendría que haber ido —susurró, cerrando los ojos con fuerza para contener las lágrimas.
—Sebastián, con lamentarlo no ganas nada. Lo importante ahora es que te recuperes. Y que entiendas que este tipo de cosas no puede volver a pasar.
—¿Y Beni? —Arturo miró a Sebastián, tenía que preguntar, pero no estaba seguro si ese era el momento de hacerlo.
—Estuvo temprano, se fue a la oficina. Pasó el fin de semana aquí. El sábado, internado y el domingo cuidándote. —Sebastián alzó su mirada hacia su tío.
—¿Internado?
—Sí, tuvo una descompensación. Fue su presión.
—¿Fue por mi? —Arturo suspiró.
—Fue por todo. Aunque imagino que encontrarte en la manera en que te encontró, no ha sido una imagen que pueda borrar de su mente fácilmente.
—Él debe pensar que yo lo hice —murmuró Sebastián lleno de culpa.
Arturo respiró profundamente.
—No, no lo cree.
Sebastián abrió sus ojos y una sonrisa apareció en su rostro.
—¿En serio? —exclamó sintiendo un profundo alivio y entusiasmo.
Su corazón latía más rápido en su pecho al escuchar la respuesta de Arturo. La sombra de la culpa que lo había estado acechando se disipó, aunque fuera momentáneamente, al saber que Benicio creía en él. En un instante, la tormenta de pensamientos oscuros que lo envolvía se despejó, revelando un rayo de luz que iluminaba su interior.
Arturo notó la reacción y se sorprendió. “¿Qué es lo que realmente está pasando por la cabeza de este muchacho?” se preguntó mirándolo seriamente. Se inclinó hacia Sebastián con una expresión de molestia en su rostro.
—Si, él cree en ti —le dijo en voz baja—. Quizás todavía tienes oportunidad de tener sexo con él. ¿verdad?
La sonrisa de Sebastián desapareció de pronto y miró a su tío con preocupación.
—¿Manuel te dijo? ¡Maldita sea!
—Entonces, es cierto —. Arturo miró a Sebastián ahora algo decepcionado.
—No es lo que tu piensas.
—No arrastres a Benicio contigo y con esa parva de viciosos degenerados y delincuentes que tienes como amigos.
—Tío, no es eso. Benicio ni siquiera sabe de esto, solo fue algo que hablé con Manuel, y no entiendo porqué te lo dijo.
—Es que Manuel no me lo dijo… Tú se lo dijiste a Benicio.
El mundo de Sebastián pareció desmoronarse en un instante. Las palabras de Arturo resonaron en su mente como un eco ensordecedor, retumbando entre sus pensamientos de manera cruel. "Tú se lo dijiste a Benicio." Esa simple frase se convirtió en una condena, un recordatorio de su fragilidad y de los peligros que acechaban en las sombras de su mente alterada por las drogas.
Un nudo se formó en su garganta. La culpa, que había comenzado a desvanecerse con la confianza que Benicio le había demostrado, regresó de golpe, más intensa y voraz que nunca. Sebastián recordó fragmentos de aquella noche nebulosa: risas, risas que se convirtieron en susurros, y palabras que escaparon de sus labios sin control. “¿Qué había dicho?” “¿Cuánto sabía Benicio?” La angustia lo invadió como un frío helado; el pensamiento de que había revelado aquello que nunca debió salir a la luz lo llenaba de una vergüenza punzante.
“¿Qué hice?” murmuró para sí mismo, sintiendo cómo el sudor comenzaba a acumularse en su frente. Su mente se agolpaba de preguntas, cada una más aterradora que la anterior. La relación que había cultivado con Benicio, construida con cuidado y confianza, podría estar desmoronándose. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara ahora?
Sebastián cerró los ojos con fuerza, tratando de ahogar la sensación de desesperación que se apoderaba de él. Se imaginó a Benicio, con una expresión de decepción o desconfianza, ¿asco tal vez?. La confusión lo envolvía, y con ella, un deseo abrumador de regresar el tiempo atrás, de borrar aquella maldita noche que nunca debió ocurrir. La lucha interna entre la vergüenza y el arrepentimiento se intensificaba.
—¿Qué dijo Benicio? ¿Te dijo algo?
—¿Qué podría decir? Está convencido que es producto de tu intoxicación. Y yo querría pensar lo mismo.
—En ese caso, será un producto de mi intoxicación —dijo Sebastián.
El miedo y la vergüenza persistían. Sabía que, en algún momento, debería enfrentar a Benicio, olvidar toda esa mierda era sin dudas el mejor camino.
—¿Cuándo podré irme?
—Si te sientes completamente bien después del mediodía, te daré el alta.
El joven dejó que su mirada se perdiera en la ventana. Arturo insistió.
—¿Por qué no eres claro conmigo? ¿Acaso ahora estás también interesado en hombres?
—¡Claro que no! ¿Qué asco, tío!
—¿Entonces? —Sebastián exhaló con resignación.
—Manuel quería probar el sexo con un hombre, quiso probar conmigo y le dije que no. Nunca se me ocurrió. Nunca antes pensé en ello, pero cuando me lo dijo y lo consideré… no era Manuel quien venía a mi mente, sino Benicio.
—¿Por qué? ¿Por qué Benicio?
—¡No lo sé! —respondió Sebastián molesto.
—¿Cuánto hace de esto? —interrogó Arturo.
—Unos meses.
—¿Meses?
—Sí, Tío… Fue en el verano. En uno de los viajes.
—Y el tiempo que llevabas limpio, ¿era para poder convencer a Benicio?
—No sé, tío. Yo… ni siquiera sabía cómo hablarlo con él. Nunca tuve claro si algún día me atrevería.
—Pues… ¡ya ves! Solo necesitabas meterte porquerías y ¡vualá! Te atreviste.
Arturo estaba molesto. Su sarcasmo hizo mella en Sebastián.
—No es gracioso —dijo con desagrado.
—Escucha bien lo que te voy a decir. A mi no me importa con quien duermes tú o Benicio, o lo que hacen con sus traseros. Pero tú y tus amigos están yendo demasiado lejos. Tú llegaste una sobredosis del demonio, que casi pasas para el otro lado, y no sabes cómo pasó. Manuel está internado desde el sábado, tenía una botella metida en el culo, y no sabe cómo pasó.
Arturo hablaba enérgico en voz baja, con los dientes apretados dejando en evidencia su enfado.
—¿Qué? —preguntó Sebastián sorprendido.
—Si vas a acercarte a Benicio hazlo de frente, con la verdad. No te atrevas a usar esos métodos de mierda que están usando últimamente, porque me vas a ver muy enojado.
—Yo jamás haría algo así.
—Eso espero. Porque eres un Carrasco y tienes que tener los huevos suficientes para hacerte cargo de tus errores… y de tus preferencias.
El Dr.Carrasco se dirigió a la puerta de la habitación para retirarse.
—Tío ¿es cierto lo de Manu?
—Claro que sí. Está en la habitación de al lado —dijo Arturo indicando con su dedo—. Si te sientes mejor, puedes ir.
Salió y la puerta se cerró detrás de él dejando a Sebastián sumido en un silencio algo ensordecedor.
Con un profundo suspiro, Arturo se dirigió a su oficina, mientras caminaba, apesadumbrado, pensaba que debía prepararse para el desafío que le aguardaba.
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Arturo envió a una enfermera que ayudó a Sebastián a vestirse. Y luego lo acompañó a la habitación de Manuel. Sebastián estaba algo mareado aún. Al entrar vio que su amigo estaba ya despierto con su celular. El joven sonrió al verlo entrar.
—Te ves terrible —dijo Manuel sonriendo.
—Tú no te ves mejor.
Sebastián se sentó en la silla y la enfermera salió.
—Mi tío me contó. ¿Qué fue lo que pasó?
—No lo sé. Luego del brindis, las chicas se quedaron con Ramiro, y Lauti y yo nos movimos a otra habitación. —Sebastián abrió sus ojos sorprendido.
—¿Lo hicieron? —Manuel asintió con una leve sonrisa.
—Y luego nos dormimos y desperté aquí.
—¿Lauti te hizo eso?
—Claro que no, Sebastián —Manuel estaba molesto por la pregunta—. Si tuviera que decir quien fue, solo dos nombres vienen a mi mente. Y seguramente los conoces muy bien.
Sebastián bajó su rostro. Manuel continuó:
—De todos modos a la policía les dije que fui yo.
—¿Por qué hiciste eso?
—Para evitar que mis padres se enteren y tengan que regresar. Lo que más lamento es que Lauti se enojó conmigo por no presentar cargos.
—Oye… y… ¿cómo estuvo? ¿Es tan bueno como te dijeron?
—No estoy seguro… Estaba muy drogado.
Ambos quedaron en silencio
—Pero la próxima vez será diferente —. Agregó. Sebastián sonrió.
—¡Vaya! Habrá una próxima vez… —Manuel sonrió también.
—¡Ya cállate! —dijo Manuel.
Rieron juntos
—¿Cómo estás tú? —preguntó unos minutos después.
Sebastián suspiró
—Avergonzado. Parece que le dije a Benicio lo que tú y yo hablamos. Y no me acuerdo de nada. Esto es una mierda…
—Bueno, tal vez no—. Sebastián lo miró confundido— ¿Qué? Es cierto. Puede ser bueno, quizás es una forma de que hables con él de eso.
—Yo solo voy a hacer como que nada pasó. Y si él puede hacer lo mismo… mejor.
—¿Y si te pregunta? —Manuel, sonreía incisivo.
—No lo hará. Y si lo hace, diré que no me acuerdo.
—Tan cobarde —dijo Manuel burlón.
Sebastián se encogió de hombros. Manuel insistió.
—Te vas a perder una buena oportunidad de tantear el camino.
—¿A qué te refieres? —Sebastián no terminaba de comprender.
—Tú no sabes lo que él piensa al respecto. Podría aceptar.
—¿Y si no lo hace? —preguntó nervioso Sebastián.
—Pues nada —dijo Manuel con absoluta naturalidad—. Seba no se acaba el mundo por que alguien no quiere coger contigo.
—Es que… no sé… Para tí es tan fácil.
—Para ti también solía serlo. Es tan sencillo como un ¿Da para darse? Si dice “sí”, genial. Si dice no, bueno, te aguantas. Si no da, no da.
—No es así. Es diferente. —Dijo Sebastián.
—¿Por qué?
—Porque él es diferente.
Sebastián se puso de pie. No sabía cómo expresar con palabras lo que tenía tan claro en su mente.
—No maneja las mismas costumbres que nosotros. Él no rechazó a las chicas porque está “enamorado de mi” como dijiste. Lo hizo porque él piensa las cosas de una manera más… tradicional. Quiere una mujer diferente en su vida, él nunca habla de sexo, sino de una relación.
—No coge si no es con su novia oficial —dijo Manuel algo burlón.
Sebastián lo miró con desagrado
—¿Qué? ¿No es eso? —preguntó Manuel
—Sí. Algo así —respondió molesto
—Y ¿por qué a ti se te antojaría coger con alguien así? De hecho, siempre huiste de las chicas que buscaban una relación.
—A mi no se me antoja nada. No quiero sexo con hombres, ya te lo dije. Solo que cuando tu lo mencionaste, pensé en él.
—Pensaste en él, pensaste en un espacio íntimo, pensaste en una persona que busca una relación… Es curioso, ¿no te parece?
—No, solo es natural. Pensé en todas esas cosas que no me agradan y que no quiero para mi.
—Ya veo. —Manuel quedó pensativo.
Sebastián se veía confundido.
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—Permiso —dijo Benicio entrando en la Dirección—. Alfredo, aquí está el contrato que me pidió. ¿Hay algún problema?
—Como no sé cuando se reintegrará Sebastián, pasé por el galpón. Quería ver quién podía mantenerme al tanto. Y me comentaron algo que me hizo entrar en dudas.
El viejo hablaba mientras revisaba los papeles y cotejaba la información.
—¿Sobre qué, señor?
—Parece que TecnoLogix está utilizando su contrato de transporte con nuestra distribuidora para mover más componentes electrónicos de los permitidos. El peso y la cantidad de los productos transportados exceden los límites establecidos en el contrato.
Dos golpes en la puerta de la oficina y Sofía, la secretaria de dirección, entró con unos papeles.
—Las facturas que me pidió, señor —Alfredo las tomó y las cotejó.
—Mira esto. Tenían razón los muchachos de tráfico. —Alfredo entregó los papeles a Benicio, que se sentó frente al viejo y analizó los datos.
—Sí, aquí está. Los registros de transporte de las últimas semanas muestran una discrepancia significativa entre lo que se declaró y lo que realmente se transportó.
—Sí, y mira estas facturas, se están trasladando componentes adicionales sin declarar.
—Esto es grave, Alfredo. —El viejo Carrasco se quedó en silencio por un momento, revisando los documentos y asimilando la información.
—Es inaceptable. No solo están violando el contrato, sino que también están poniendo en riesgo nuestra reputación y la seguridad de los productos. ¡Mierda! Tenemos que tomar medidas inmediatas.
—Estoy de acuerdo. Creo que lo primero que debemos hacer es reunirnos con los directivos de TecnoLogix para confrontarlos con estas pruebas y exigir una explicación. Si usted me permite puedo encargarme de eso.
—Hazlo. Pero también debemos estar preparados para tomar acciones legales si es necesario. No podemos permitir que esto continúe.
Benicio asintió, agradecido por el apoyo de Alfredo.
—Hablaré con los abogados antes, para asesorarme bien al respecto.
Ambos sabían que se avecinaban días difíciles, pero estaban decididos a resolver el problema y proteger la integridad de la distribuidora en particular y del Holding Carrasco, en general. Benicio se puso de pie y comenzó a recoger los papeles para ponerse en marcha.
—¿Qué sabes de lo ocurrido el sábado? —Dijo de pronto Alfredo rompiendo el silencio.
Benicio se incorporó con todos los documentos y miró al hombre.
—No sé nada, señor. No he hablado con Seba aún.
—Supe que estuviste con él el fin de semana.
—Sí, pero no ha despertado aún.
—Despertó hace unas horas. —Benicio sonrió aliviado.
—¡Qué buena noticia! —dijo.
—Dime… ¿Qué debo hacer con él?
—Sebastián no es un niño, Alfredo. Y en lo personal creo que el error de Sebastián esta vez, ha sido asistir a esa reunión. Yo lo había alertado anteriormente respecto de lo perjudicial que estaba resultando para él reunirse con esos chicos. Él se enojó conmigo, pero es que yo no puedo dejar de pensar que alguien en el grupo, por alguna razón, quiere hacerle daño.
—Casi pierdo a mi hijo. . . y a ti. Y por la misma razón. Este fin de semana ha sido muy…. movilizante para mi. He estado cuestionando muchas cosas. Y quisiera compartir contigo lo que he decidido.
—Claro, dígame.
—En primer lugar, creo que yo también he estado aprovechando nuestro contrato para poner más cosas de las que habíamos establecido al inicio. La última reunión de Directorio, la intervención de Arturo precisamente, me hizo recordar que tu paso por aquí era transitorio. Que estabas en la ciudad solo para estudiar, y de eso han pasado ya más de once años.
Las palabras del viejo Carrasco sonaban tan sorprendentes. Hacía no mucho tiempo le había dejado claro que pensaba que había hecho de su hijo un hombre dependiente y se mostró furioso. Ya ahora… se mostraba de esta manera tan diferente.
—Alfredo, yo no me siento prisionero ni mucho menos. Yo elijo estar aquí.
—Sí, lo sé. Pero también sé que siempre has querido una familia, y el tiempo pasa y sigo pidiéndote cosas… ¿Esperas tener hijos cuanto tengas edad de tener nietos? —Benicio se movió algo incómodo.
La pregunta de Alfredo, aunque retórica, lo tocó profundamente. Siempre había acunado la idea de tener una familia propia; un compañero, hijos, una casa, un perro… esos eran para él los verdaderos tesoros. Sin embargo, su historia personal había dejado profundas marcas que, aunque prefería no enfocarse en ellas, estaban ahí, recordándole los dolores del pasado.
Suspiró, intentando disimular la tristeza que lo embargaba. Si bien por un lado, había anulado esa parte de él que buscaba a alguien para compartir el camino, por el otro, la fantasía seguía viva, sosteniéndolo en sus momentos más oscuros.
—Alfredo, yo… —empezó, pero su voz se quebró ligeramente.
Carraspeó, recomponiéndose
—Lo que usted dice es cierto. Siempre he querido tener una familia propia. Es un sueño que nunca he dejado atrás. Pero yo ya tengo una familia. Usted me la dio. —El viejo sonrió.
—Sabes a qué me refiero.
—Usted ha visto en mí una valía, en ese preciso momento en que yo sentía que solo era un despojo.
Alfredo lo miró con seriedad, comprendiendo la profundidad de sus palabras. Benicio era un hombre fuerte y decidido, pero con historia.
—Es cierto que me gustaría vivir en las montañas, rodeado de bosques y ríos… y tal vez algún día eso suceda, o no. Quizás solo sea una fantasía, como la de una familia propia. Yo no lo sé. Lo que sí sé es que en este momento, estoy donde quiero estar. Así que no debe preocuparse de más.
—Entiendo —dijo Alfredo con un tono más suave—. No quiero que sientas que estoy presionándote. Solo quiero que sepas que tu felicidad es importante. Sé que puedo ser demandante, pero no quiero que pierdas de vista lo que realmente deseas en la vida.
Benicio asintió, siempre había estado agradecido con Alfredo, pero sus palabras no terminaban de convencerlo. La conversación había sacado a la luz sus miedos y deseos más profundos. Se sentía vulnerable frente a ese hombre. No obstante, aun si tenía el apoyo de Alfredo y su familia, y eso le daba una pequeña chispa de esperanza, dentro suyo, algo se sentía inquietante.
—Gracias, Alfredo. Aprecio mucho sus palabras. Intentaré encontrar un equilibrio entre mis responsabilidades aquí y mis deseos personales. Pero no es fácil…
—Lo sé, hijo. Y precisamente por eso es que una de mis decisiones que bueno, si estás de acuerdo, podríamos poner en marcha, es gestionar tu traslado a una sucursal del interior—. Benicio sonrió con entusiasmo.
—Eso suena muy interesante.
—Pienso que podrías ir como Gerente de Sucursal. Es un cargo superior al que tienes aquí, lo que implicaría también un ascenso a nivel profesional.
—Alfredo, ¿usted está hablando en serio? —preguntó Benicio con entusiasmo.
—Claro que sí. Sólo necesito de ti una sola cosa más.
—¿Qué cosa?
—Pues aquí está mi segunda decisión.
Abrió su cajón y tomó unos papeles que le entregó a Benicio.
—Casar a Sebastián—. Benicio observó la foto de la joven y leyó la breve reseña de su vida—. Tienes que ayudarme con eso.
Para Benicio fue imposible no recordar aquella charla en la que Sebastián le relató lo mucho que había aguantado de su padre y lo poco que había podido elegir.
Toda la emoción y el entusiasmo que había sentido, ahora estaban muy lejos de él. ¿Por qué ese hombre podía darle a Benicio todas las posibilidades y seguía pisoteando los deseos de su propio hijo? La imagen de Sebastián inconsciente y casi congelado en ese balcón se instaló en su mente. Dolor, impotencia. Incomprensión. Benicio estaba enojado. Pero no dejó que nada de eso trascendiera.
—Conozco a la Srta. Haydée Montenegro. Es una excelente opción, aunque es un poco mayor que Seba —exclamó con seriedad.
Benicio estaba incómodo.
—Sin embargo, yo no creo que esto sea necesario. Cómo le dije, Sebastián está haciendo las cosas bien. Su único error ha sido tener una capacidad nula para escoger a sus amigos —dijo con elocuencia.
Ahora fue Alfredo quien se movió incómodo. Benicio sabía muy bien que los amigos de Sebastián habían sido escogidos por su padre.
—Sebastián se ha estado esforzando, y lo ha hecho bien. Si lo presionamos con el matrimonio, lo más probable es que lo rechace. Si usted está pensando condicionar mi traslado con el matrimonio de Seba, temo que no tendré mucho que festejar —agregó por último.
—¿Debo asumir que no vas a ayudarme? —Alfredo frunció el ceño.
—La última vez que hablé con él, me dejó muy claro que no quiere casarse. Y hará lo que sea necesario para evitarlo.
—Ese mocoso tira de la cuerda hasta que sabe muy bien que puede cortarse. Hará lo que yo le diga, porque no va a querer que le corte todos los beneficios una vez más —Benicio respiró profundamente.
—En ese caso, el asunto queda en sus manos, ya que es usted quien tiene la capacidad de limitar económicamente a Seba.
—Necesito que me apoyes en esto, él te escucha.
—Alfredo, yo lo lamento, pero no puedo acompañarlo en esto. En verdad no quiero volver a ver a Seba como lo vi el viernes en la noche. Usted lo dijo, este fin de semana fue “movilizante”.
El semblante de Alfredo se endureció aún más, mientras observaba a Benicio con una mezcla de sorpresa y desagrado. No podía evitar notar cómo ese hombre, siempre tan dispuesto a impresionar con su dialéctica y conocimientos, ahora estaba utilizando esas mismas habilidades para oponerse a sus deseos.
—¿Acaso me estás diciendo que vas a apoyar a mi hijo en su rebeldía infantil e insensata? —preguntó Alfredo, con un tono ahora cargado de frustración.
—Lo que estoy diciendo —respondió Benicio con calma y firmeza—, es que quiero ofrecerle una alternativa. Quiero que Sebastián sepa que cuenta conmigo, y evitar que vuelva a caer en manos de ese grupo de malvivientes.
Benicio mantenía su postura, sus palabras medidas y precisas, seleccionadas hábilmente para dejar en claro quién era el responsable de la vulnerabilidad de Sebastián.
Alfredo, por su parte, se debatía entre la furia y la incredulidad. Había visto a Benicio brillar en reuniones y presentaciones, y no podía dejar de sorprenderse, de que ahora, ese mismo talento se volviera en su contra.
—Ese grupo de jóvenes que tú llamas 'de malvivientes', han acompañado a Sebastián la mayor parte de su vida. Desde mucho antes que tú.
Replicó Alfredo con seguridad, intentando mantener el control de la conversación.
—Eso es irrelevante. El viernes, la vida de Sebastián estuvo a punto de terminar en manos de ellos —le respondió.
Benicio tenía su voz cargada de una calma peligrosa.
—Y usted lo sabe, Alfredo. No se trata del tiempo que hace que están con Seba. Aquí lo que cuenta es el tiempo que sigan con él. No podemos seguir ignorando los riesgos.
Alfredo frunció el ceño, su mente procesaba las palabras de Benicio. Sabía que el joven tenía razón, pero admitirlo era aceptar que su propio control sobre la vida de Sebastián estaba fallando. La tensión en la sala era casi palpable, cada palabra de Benicio era un desafío directo a su autoridad.
—Quien te escuche, podría pensar que quieres a mi hijo solo para ti.
Benicio sintió que una ola de indignación le subía por el pecho. La insinuación de Alfredo lo golpeó como una bofetada. Y esa sonrisa que le mostraba descaradamente, le revolvió las tripas. “¿Cómo demonios puede lanzar tal acusación en un momento tan grave?” se preguntó intentando comprender a ese hombre que de pronto mostraba nuevamente su verdadera cara.
La ira burbujeaba en su interior, pero se esforzó por mantener la compostura. Se estaba jugando mucho más que su honor. Se puso de pie y tomó los papeles. Sabía que el viejo se traía algo entre manos, tanta amabilidad inicial no podía significar nada bueno.
—No era necesaria la falta de respeto, señor. Mi único interés es protegerlo y asegurarme de que no vuelva a caer en un camino autodestructivo. Es su bienestar lo que me preocupa, nada más.
Benicio miró a Alfredo con firmeza en sus ojos, reflejaban una mezcla de indignación y tristeza. Respiró profundo y continuó.
—Siempre he actuado con la mayor integridad y lo seguiré haciendo, porque no sé actuar de otra manera. Siempre estaré agradecido con usted y su familia, pero de ninguna manera voy a tolerar acusaciones infundadas. Deberíamos continuar esta conversación en otro momento. Tal vez cuando usted comprenda que lo único que me está quitando el sueño es encontrar la mejor manera de ayudar a su hijo.
Alfredo lo observó, sorprendido por la firmeza y la sinceridad en las palabras de Benicio que resonaron en el aire como un desafío. La mirada de Alfredo se endureció, pero Benicio no se dejó amedrentar.
—Con permiso —dijo Benicio y se dirigió hacia la puerta.
—Aún no terminé contigo.
Benicio se detuvo y volteó hacia el escritorio.
—¿Vas a estar en mi contra? —preguntó Alfredo.
Benicio no respondió enseguida. No podía entenderlo. Hubiera jurado que en verdad estaba afectado porque estuvo a punto de perder a su hijo. La imagen de Sebastián en aquel balcón lo consumía, y la insidia del viejo lo enfurecía aún más.
—No. Voy a estar a favor de Sebastián. —Su voz sonaba cada vez más firme.
—Es exactamente lo mismo que ir en mi contra.
—Pensé que usted también quería lo mejor para su hijo.
—No me desafíes. —Dijo el hombre, amenazante.
—Esto no se trata de usted Alfredo —replicó Benicio.
La calma escapó por un momento de las palabras que pronunciaba
—Se trata de que su hijo está en peligro y usted parece más preocupado por su ego que por la seguridad de Sebastián.
El silencio que siguió fue pesado. Alfredo, sorprendido por la ferocidad de Benicio, se quedó sin palabras. Benicio, ofendido por las insinuaciones de un hombre que se aferraba a su orgullo y era incapaz de reconocer la lealtad y la dedicación que siempre había profesado por los Carrasco, lo miró fijamente. Alfredo se sintió desafiado.
Finalmente, con un gesto de la mano, Benicio dio un paso atrás, tratando de calmar su furia.
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Sebastián observaba las paredes blancas de la clínica mientras esperaba el alta médica. Cada minuto que pasaba en ese lugar era un recordatorio de los excesos que casi le costaron la vida. Arturo, su tío, entró en la habitación con una sonrisa tranquilizadora.
—Listo, Seba. Ya puedes irte a casa —dijo, entregándole unos papeles— Tu padre ha enviado un auto. —Sebastián tomó los documentos y se levantó con esfuerzo.
—¿Y Beni?
—Creo que tu padre no le permitió venir.
—¿Por qué?
—Bueno, en la mañana me llamó muy enojado, y me dijo que había discutido con Benicio.
—¿Te dijo por qué discutieron?
—No.
Sebastián se movía lentamente. Sus músculos aún estaban adoloridos, pero su determinación era más fuerte que nunca.
—No puedo imaginar a Alfredo enojado con su hombre de confianza —dijo Sebastián, sonriendo burlón, mirando por la ventana.
Respiró hondo, dejando que el aire limpio llenara sus pulmones, mientras el peso de sus errores parecía desvanecerse mirando el cielo despejado.
—Tu padre echaba chispas —dijo Arturo.
Luego de unos minutos respiró pesadamente
—Debes pensar muy bien cómo manejar las cosas con Benicio. No puedes ir a su casa y dormir a su lado como si nada.
—Gracias, tío —murmuró, con una mezcla de gratitud y arrepentimiento en su voz—. Y no te preocupes. Solo fingiré que no pasó nada.
—Pero pasó. Le gritaste que querías tener sexo con él. Lo empujaste, lo insultaste…
—Yo no lo recuerdo tío. Sólo haré de cuenta que nunca pasó. —Arturo lo acompañó hasta la puerta.
Caminó despacio hacia la salida. Al cruzar el umbral, Sebastián sintió una fuerte opresión frente a él y al alzar la vista el pánico se instaló en su rostro.
—¿Con quien quieres tener sexo ahora? —preguntó Alfredo pasmado en la puerta de la habitación.
Su voz parecía ser un arma filosa que apuñalaba con cada palabra. Arturo y Sebastián se quedaron petrificados. Se miraron el uno al otro y luego miraron a Alfredo. El silencio era aplastante
—¿Y bien? —Insistió Alfredo.
Sebastián estaba inmóvil. Tenía tantas ganas de decir mil cosas pero no podía articular palabra. Odiaba tanto sentirse así.
—El habla no la perdiste porque te escuché muy bien hace unos minutos.
—Alfredo, mejor vamos—, intervino Arturo.
Alfredo miró a su hermano, y eso bastó para que Arturo comprendiera.
—No te metas —dijo el viejo, con una calma aterradora.
Volvió su mirada a Sebastián.
—Responde.
—No es de tu incumbencia con quien tengo sexo —dijo Sebastián en un arrebato de osadía.
—Eso es cierto, pero para serte franco, es ese “con él”, que dijo tu tío, lo que más me está molestando.
Alfredo era intimidante, pero cuando empleaba esas palabras, ese tono, esa mirada, adquiría una letalidad de la que difícilmente Sebastián podía escapar
Sebastián se hinchó de valor. Y caminó frente a su padre.
—Fíjate que Manuel, me ha dicho que el sexo con hombres es mucho más placentero que con una mujer. ¿Tú lo sabías? ¿Lo probaste?
Arturo llevó una mano a su frente. Ese muchacho no conocía los límites. Hablarle así a su padre era casi firmar una sentencia de por vida. El viejo Carrasco arrugó la cara incapaz de asimilar lo que su hijo decía.
—Tu silencio me dice que sí, que lo sabías, que lo probaste —dijo Sebastián con sarcasmo—. ¿En serio es tan bueno como dicen?
—¿Qué mierda estás diciendo? —exclamó Alfredo abalanzándose sobre su hijo.
Arturo lo detuvo y le indicó a Sebastián que esperara en el auto. Empujó a Alfredo hacia el interior de la habitación y cerró la puerta. Alfredo estaba fuera de sí, respirando con dificultad mientras intentaba calmarse.
—¿Qué demonios le pasa a ese chico? —gritó Alfredo.
Su voz continuó resonando en la habitación cuando se tomó su pecho y su rostro esbozó una expresión de dolor.
—Alfredo, cálmate. Esto no va a ayudar a nadie —dijo Arturo con firmeza, tratando de mantener la calma—. ¿Dónde tienes las pastillas?
Arturo buscó en los bolsillos de su hermano y no había nada. Luego Alfredo le dijo que estaban en el auto. Arturo hizo traer la medicación para estabilizar a su hermano.
—Escucha, Freddy. Seba está pasando por un momento muy difícil. Necesita nuestro apoyo, no nuestra ira.
—¿Para dormir con un hombre? —preguntó Alfredo asqueado.
Alfredo se dejó caer contra la camilla, su rostro aún contorsionado por la furia. Arturo se acercó y puso una mano en su hombro.
—Sé que esto es difícil de aceptar, pero tenemos que encontrar una manera de ayudar a Sebastián. No puede seguir así.
Alfredo respiró hondo, tratando de controlar su enojo. Sabía que Arturo tenía razón, pero la idea de que su hijo pudiera estar involucrado en algo tan escandaloso lo llenaba de una mezcla de vergüenza y desesperación.
—Es Benicio… ¿Verdad? —Arturo fue incapaz de negarlo.
Asintió en silencio. Alfredo maldijo.
—¡Malditos sodomitas! ¡Ese infeliz es quien lo está corrompiendo!
—Alfredo… vamos… acabas de escuchar de Sebastián quién fue el que le hizo la propuesta.
La conversación de la mañana volvió a su mente. “esos malvivientes”, se le revolvían las tripas de sólo pensar que finalmente compartía la misma opinión que Benicio al respecto. Unos minutos después se puso de pie.
—¿Estás más tranquilo? —preguntó Arturo.
—No. Claro que no. —respondió con su voz más suave pero aún cargada de tensión—. Ese mocoso me va a matar.