Silvarena permanecía sentada junto a la ventana, observando cómo la discusión cobraba vida frente a ella. La luz tenue de la tarde se filtraba entre las cortinas, dibujando sombras largas sobre las paredes de piedra.
Brunhilde sujetaba a Ragnha por la cintura con firmeza, haciendo fuerza para mantenerla en su sitio mientras la loba pataleaba levemente.
—¡Suéltame, Brunhilde! —gruñó Ragnha, retorciéndose—. ¡Voy a borrarle esa sonrisa de la cara!
—¡Cálmate ya! —respondió la enana, sin aflojar el agarre—. ¡Solo está diciendo lo que su naturaleza le dicta! No lo hace para molestarte.
—¡Pues que su naturaleza se calle! —Ragnha soltó un bufido, pero dejó de forcejear.
Velzaria, recostada con calma en el borde de la mesa, las observaba con una media sonrisa divertida.
—No entiendo por qué te alteras tanto. Solo digo que su fuerza es innegable.
—¡Acabamos de conocerlo! —replicó Ragnha, cruzándose de brazos en cuanto Brunhilde la soltó.
—Y ya sabemos que es más fuerte que nosotras cuatro juntas —señaló Velzaria con tranquilidad—. Eso no es algo que se vea todos los días.
—¡Y tampoco significa que tengas que empezar a planear una boda!
—No estoy planeando nada. Solo lo estoy considerando como posibilidad.
—¡Lo estás diciendo como si ya tuvieras el vestido elegido!
Brunhilde soltó una carcajada y se sentó en el borde de la cama, sacudiendo la cabeza.
Silvarena las miró una a una, y entonces su voz suave pero firme cortó el murmullo de la habitación.
—Quiero preguntarles algo. ¿Qué piensan realmente de ese héroe?
Las tres se detuvieron. La risa se apagó en el aire.
Ragnha fue la primera en responder, con la rapidez de quien tiene la respuesta lista desde antes.
—Que es un idiota. Un completo, absoluto y descomunal idiota. Demasiado joven, demasiado confiado, demasiado… relajado para alguien que debería estar preparado para matarnos.
—No estás equivocada en parte —admitió Brunhilde, entrelazando los dedos sobre sus rodillas—. Es imprudente. Habla demasiado. No parece tomar nada en serio.
—¿Ven? —Ragnha sonrió, satisfecha.
—Pero… —Brunhilde alzó la vista, y su expresión se volvió seria—. Hizo algo que nosotras no nos atrevimos a hacer.
La sonrisa de Ragnha se desvaneció.
—¿A qué te refieres?
—Puso la felicidad de Lili por encima de todo —dijo la enana lentamente—. Por encima del trono, por encima de la guerra, por encima de la misión que le encomendaron. Nosotras… nosotras siempre pensamos en ella, sí, pero también pensamos en el reino, en la ley, en lo que se supone que debemos hacer. Él vio a una niña asustada y decidió que no debía cargar con el mundo.
Un silencio suave llenó la habitación.
Velzaria se inclinó hacia adelante, sus alas plegadas en la espalda.
—Todas estuvimos de acuerdo cuando nuestro señor murió —dijo con voz baja—. Queríamos que Silvarena ocupara el trono. Era lo lógico. Ella lo conocía todo, sabía lo que él habría querido…
Silvarena apretó el borde de la ventana entre sus dedos.
—Pero los nobles se opusieron.
—No unos pocos —precisó Velzaria—. Representantes de casi todas las razas. Cada uno con una excusa distinta.
—«No tiene sangre real» —imitó Brunhilde, con amargura—. «El pueblo no la reconocerá». «Necesitamos a alguien de la familia».
—No necesitaban excusas —dijo Silvarena, y su voz se volvió fría como la piedra bajo sus pies—. Solo necesitaban a alguien que pudieran controlar.
Las otras tres la miraron.
—Lili es una niña —continuó ella, sin levantar la vista—. Diez años. Inexperta. Asustada de su propia sombra. Para ellos era perfecta. Podían decirle qué firmar, qué decir, qué decidir… y todo parecería decisión suya. Nadie cuestionaría a la pequeña reina.
—Nosotras lo sabíamos —dijo Ragnha con rabia contenida—. Pero no podíamos ir contra la ley.
—Exacto —asintió Velzaria—. La ley dice que ella es la heredera. Y no podíamos arrebatarle el trono sin parecer traidoras. Así que aceptamos. Y esperamos. Y vigilamos.
Nadie dijo nada durante unos instantes. Fuera, un pájaro cantaba en la torre más alta, ajeno a todo lo que se discutía allí.
Ragnha rompió el silencio.
—Entonces… ¿creen que aceptarán a ese tal Kael? ¿A un humano, encima?
—No lo sé —reconoció Silvarena—. Es demasiado pronto. Nadie lo conoce. No tiene linaje, ni historia, ni lealtades aquí.
—Pero tiene algo que nosotras no podemos ofrecer —señaló Velzaria—. No tiene pasado aquí. No tiene alianzas viejas ni enemigos antiguos. Y aparentemente no busca poder.
Silvarena se giró hacia Ragnha.
—Por eso necesito tu opinión. La de verdad.
—¿La mía? —la loba parpadeó.
—Tú eres la que mejor sabe cuándo alguien miente. Tu olfato, tu oído, esa capacidad tuya de notar lo que nadie más ve… —Silvarena se acercó un poco—. Cuando hablaba… ¿creíste que decía la verdad?
Ragnha se quedó callada. Cerró los ojos y volvió a aquel salón, reviviendo cada instante.
Su voz cuando preguntó el nombre de Lili.
La pereza sincera en su tono cuando dijo que no quería el trono.
La firmeza suave cuando dijo que no dejaría que ella cargara sola.
La vergüenza real cuando las vio en ropa interior.
Abrió los ojos lentamente.
—No mentía.
—¿En nada? —preguntó Brunhilde, inclinándose hacia ella.
—En nada —Ragnha negó con la cabeza—. Con los nobles siempre hay algo: la respiración se acelera, la voz cambia de tono, se mueven demasiado o demasiado poco. Con él… nada. Todo encajaba. Cada palabra, cada gesto, cada pausa.
—Entonces es sincero —concluyó Velzaria, sonriendo levemente.
—Eso no significa que confíe en él —refunfuñó Ragnha, cruzándose de brazos—. Podría estar ocultando algo más grande. Podría tener planes que no nos ha contado.
—Pero en lo que dijo sobre Lili… —insistió Silvarena—. ¿Estaba diciendo la verdad?
Ragnha dudó, luego asintió con pesadez.
—Sí. Cuando habló de protegerla, de no dejarla sola, de que no era justo que cargara con todo… no había mentira. Ni duda. Ni miedo. Solo… determinación. Como si de repente hubiera decidido que eso era lo correcto y punto.
Silvarena sonrió entonces, una sonrisa pequeña y tranquila.
—Eso es suficiente para empezar.
—¿Suficiente? —Ragnha la miró con los ojos muy abiertos—. ¡Sigue siendo un desconocido! ¡Y un humano!
—Lo sé —asintió Silvarena—. Pero por primera vez en mucho tiempo, alguien ha llegado y ha puesto a Lili antes que todo lo demás. Eso vale más que cualquier título o sangre.
Ragnha resopló y se giró hacia la ventana, aunque sin furia.
—Pues yo sigo diciendo que es un idiota.
—Puede ser —admitió Silvarena suavemente—. Pero es un idiota que ha decidido cuidar de nuestra niña. Y eso, Ragnha, es lo único que importa ahora.
La loba no respondió de inmediato. Miró hacia la oscuridad que empezaba a cubrir el patio exterior, y por primera vez desde que todo empezó, sintió que quizás, solo quizás, no tendrían que seguir sosteniendo el sol solas.
—Está bien —murmuró finalmente—. Pero si le hace daño…
—Si le hace daño, nosotras mismas lo echaremos —prometió Brunhilde, golpeando suavemente el puño contra la palma de la mano.
—O peor —añadió Velzaria con una sonrisa que no llegó a los ojos.
Ragnha asintió, y por primera vez su cola no se agitaba con inquietud.
—Está bien. Le daremos una oportunidad. Pero solo una.
Silvarena les sonrió a todas, y la habitación se sintió más ligera, como si alguien hubiera abierto una ventana y dejado entrar aire fresco.
—Una oportunidad es todo lo que podemos pedir.
Ragnha terminó sentándose sobre la cama, todavía con los brazos cruzados y una expresión de absoluto fastidio.
—Aun así, en cuanto tenga oportunidad le voy a dar un golpe en la cara a ese humano.
Brunhilde la miró desde el otro lado.
—Ya lo hiciste.
Ragnha giró la cabeza.
—Eso fue diferente.
—¿Diferente cómo?
—¡Estaba distraído!
Brunhilde arqueó una ceja.
—¿Cuando nos dejó a las cuatro en ropa interior?
Ragnha se puso roja de inmediato.
—¡Sí! ¡Exactamente eso!
Velzaria, sentada frente al espejo sonriendo de lado, intervino:
—Entonces deberías aprovechar ese punto débil.
—¿Qué quieres decir? —la miró con desconfianza.
—Si vuelve a enfrentarnos, muestra un poco de piel. Lo distraes y atacas. Sencillo.
Silencio.
—Jamás… —dijo entre dientes—. Jamás haría algo como eso.
—Ah, cierto —Velzaria se llevó un dedo a los labios con fingida inocencia—. Se me olvidaba que tienes cero encanto. Y más músculos que cerebro.
Ragnha se quedó mirando al vacío. Brunhilde palideció.
—Velzaria…
—¿Qué?
—Corre.
—¿Por qué?
—¡¡¡VELZARIA!!! —saltó de la cama.
—¡Solo era una sugerencia! —huyó rodeando la mesa.
—¡Te voy a sugerir un puñetazo en los dientes!
—¡Las dos, calma! —Brunhilde se interpuso—. ¡No puedes resolver todo a golpes!
—¡Puedo intentarlo!
Silvarena observaba todo desde la ventana, con su taza de té, imperturbable… hasta que algo llamó su atención. Parpadeó. Una vez. Dos veces.
Allí, colgados de una liana que parecía demasiado delgada para sostenerlos, estaban Kael y Lili. Él la abrazaba con un brazo, ella aferrada a su cuello, y ambos la miraban como si estuvieran dando un paseo tranquilo por el jardín.
Kael se llevó un dedo a los labios.
—Shhh. No haga ruido. Si despierta, probablemente nos comerá. Y honestamente, no quiero ser la cena de nadie. La digestión debe ser horrorosa.
Silvarena abrió la boca.
—¿Nos… comerá?
—Es un grifo —respondió él con total naturalidad, como si le explicara algo obvio—. Tienen dientes. Tienen hambre. Tienen pésima educación. Mejor no arriesgarse.
Lili asomó la cabecita.
—Mi almohada es muy dura. Me duele la espalda.
—Exacto —asintió Kael—. Y las plumas de grifo son las únicas que quedan lo suficientemente suaves. Una misión de vida o muerte. O de almohada suave, que viene a ser lo mismo.
Silvarena los miró, luego la torre altísima y peligrosa, y volvió a mirarlos.
—Están locos…
—Probablemente —admitió él, empezando a trepar con una facilidad que no tenía ningún sentido—. Pero si vamos a sobrevivir a una guerra, al menos que durmamos bien. ¿No cree?
—¿Falta mucho? —preguntó Lili, sin rastro de miedo.
—Un tramo más —respondió él—. Y si nos descubre, corre. Yo lo distraigo contándole mi opinión sobre la realeza. Seguro que se duerme de aburrimiento.
Silvarena se quedó mirando cómo desaparecían entre la bruma. Su taza empezó a temblar.
—¿Sylva? —Ragnha se acercó—. ¿Qué ves? Estás pálida.
Silvarena señaló hacia arriba.
—Kael y Lili. Van a la guarida del Gran Grifo.
—¿A hacer qué? —preguntó Brunhilde, confundida.
—A recoger plumas para su almohada.
Silencio. Tres segundos. Las cuatro se asomaron a la vez.
—¡¿ESTÁ LOCO?! —susurró Ragnha, horrorizada—. ¡Ese grifo podría despedazarlos en dos bocados!
—¡Shhh! —Brunhilde la sujetó—. ¡Lo vas a despertar tú!
—¡¿Y QUÉ QUIERES QUE DIGA?! ¡Es un grifo! ¡Y él va como si fuera a buscar fruta!
—Miren —señaló Velzaria.
Allí arriba, el grifo dormía enorme y aterrador. Y a su lado, Kael estaba agachado, observándolo con la calma de quien inspecciona una silla vieja.
—Impresionante —murmuró, sin bajar la voz lo suficiente—. Mirad esas garras. Podría partir un caballo. O tres. O alguien que se pone de pie demasiado rápido.
—¿Crees que nos oye? —preguntó Lili, igual de confiada.
—Si ronca así de fuerte, probablemente no oye ni sus propios pensamientos —respondió Kael—. Vamos, despacio.
Se acercó a una pluma blanca y grande que estaba en el suelo. La levantó con cuidado.
—¿Esta?
Lili la tocó.
—Muy dura.
—Comprensible —asintió él—. Igual que la personalidad de la mayoría de la gente de la corte. La descartamos.
Tomó otra más pequeña.
—¿Esta?
—Esa sí —sonrió ella—. Es suave.
—Perfecto. Algo suave en este mundo de gente áspera. Por fin.
Las cuatro lo miraban sin dar crédito. Se movía justo cuando el grifo respiraba hondo, hablaba en voz baja pero con ese tono irónico que parecía su marca, y de vez en cuando soltaba algún comentario que las dejaba sin saber si reír o gritar.
—Ese chico… —Ragnha se llevó las manos a la cabeza—. No tiene sentido común ninguno.
—Pero no se equivoca —dijo Velzaria, con una sonrisa leve—. Se mueve cuando debe. Lo calcula todo.
—Y la hace reír —añadió Brunhilde, suavemente—. Mírala. No tiene miedo.
Silvarena observó cómo Kael recogía otra pluma y se la entregaba a Lili, bromeando en voz baja sobre que si el grifo despertaba, ella corría y él se quedaba explicándole por qué las almohadas duras son un crimen contra la humanidad.
—Es extraño —murmuró—. Es sarcástico, se burla de todo, dice que prefiere no estar aquí… y sin embargo, la cuida como si fuera lo único que no debe romperse.
Ragnha resopló, pero no se apartó de la ventana.
—Sigue siendo un idiota.
—Sí —admitió Silvarena, soltando una sonrisa pequeña—. Pero es el idiota que sube a la guarida de un grifo para que ella duerma bien.
Miró su taza de té, ya fría.
—Definitivamente necesito otra. Y mucho más fuerte.
Las cuatro permanecían asomadas a la ventana, completamente inmóviles. Ninguna se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte.
—Por favor… —murmuró Brunhilde—. Que no se despierte.
Ragnha tenía las manos apretadas contra el pecho.
—Tengo el corazón en la mano…
Velzaria, por primera vez en toda la noche, no tenía ningún comentario listo. Observaba en silencio.
—Si ese grifo despierta…
Silvarena no apartaba la vista de la cima de la torre.
—No terminarán bien.
Arriba, Kael seguía recogiendo plumas con cuidado. Lili encontró entonces una que sobresalía entre las demás, larga, blanca y brillante. Sus ojos se iluminaron.
—Kael… mira.
Él la miró y asintió.
—Parece la mejor de todas.
Lili tiró suavemente. No se movió. Tiró un poco más. Nada.
—Está muy sujeta.
—Déjame ayudarte —dijo él, acercándose—. A la cuenta de tres. Uno… dos… ¡tres!
Los dos tiraron a la vez. La pluma salió de golpe y casi los hizo caer hacia atrás.
—¡Salió! —exclamó Lili, radiante.
—Perfecto —sonrió Kael—. Será la mejor de todas las almohadas.
Pero entonces ambos se quedaron inmóviles. Kael bajó la mirada hacia el hueco donde la pluma había estado clavada. Luego levantó la cabeza lentamente.
El Gran Grifo ya no dormía.
Era inmenso, del tamaño de un caballo grande y fuerte, con el pecho poderoso, las patas terminadas en garras tan largas como cuchillos y dos alas enormes que se plegaban a sus costados, listas para extenderse en cualquier momento. Sus ojos dorados estaban completamente abiertos, fijos en ellos, y en su mirada no había rastro de sueño. Solo furia.
Silencio absoluto.
—Esto… —empezó Kael, con tono de quien se disculpa por haber pisado algo—. No es lo que parece.
Lili levantó entonces una manita hacia sus labios.
—Shhh… —le dijo al grifo, igual que él le había dicho antes.
El grifo la miró, luego la pluma que sostenían entre los dos, y soltó un bufido que hizo vibrar el aire. Kael suspiró, comprendiendo que el silencio ya no serviría de nada. Se puso de pie muy despacio y la tomó de la mano.
—Bueno… creo que deberíamos disculparnos.
Lili asintió. Los dos se colocaron frente a la bestia. Kael hizo una reverencia; ella lo imitó, pequeña y seria.
—Perdón —dijeron al unísono.
El grifo desplegó las alas de golpe. Eran inmensas, oscuras en los bordes y doradas en las puntas, y al abrirlas cubrieron todo el cielo detrás de él. Kael levantó la cabeza.
—Corre.
—¿Qué? —preguntó Lili.
—¡CORRE!
La tomó con un brazo alrededor de su cintura y salió disparado antes de que el eco de la palabra se desvaneciera. El grifo rugió, un estruendo que sacudió la torre de abajo arriba, y se lanzó tras ellos.
—¡¡¡GRRRAAAAAAAAH!!!
Las cuatro generales casi saltaron de la ventana.
—¡SE DESPERTÓ! —gritó Ragnha, agarrada al alféizar.
—¡YA LO VEO! —respondió Brunhilde, con los ojos muy abiertos.
Kael bajó por la pendiente del tejado a toda velocidad, pegándola contra su costado para protegerla del viento. El grifo descendió tras ellos, enorme y veloz, y una de sus garras golpeó las tejas justo donde habían estado un instante antes, arrancando varias y haciéndolas añicos.
—¡Casi nos alcanza! —jadeó él, saltando a otra vertiente.
—¡Qué rápido es! —dijo Lili, y su voz sonaba alegre, sin rastro de miedo.
—¡Claro que es rápido! ¡Es un grifo! —replicó él, girando bruscamente cuando la cabeza de la bestia bajó hacia ellos—. ¡Y no entiendo por qué te ríes!
—¡Es divertido! —soltó ella entre risas, aferrándose con una mano a su cuello mientras con la otra protegía el manojo de plumas contra su pecho.
—¡NO ES DIVERTIDO! —protestó él, saltando de un techo a otro mientras las alas pasaban rugiendo por encima de su cabeza—. ¡Nos están persiguiendo para comernos!
El grifo se lanzó de nuevo, bajando en picada. Kael se agachó cubriéndola por completo con su propio cuerpo; las garras rozaron el borde del tejado y arrancaron una gran lámina de piedra.
—¡Casi! —exclamó Lili.
—¡No digas eso! ¡Nada de «casi»! —replicó él, corriendo a lo largo de la cornisa—. ¡Y sujétate bien!
Giró en seco, aprovechando una repisa para cambiar de dirección, y la bestia pasó de largo, rugiendo de frustración. Kael no perdió el paso: saltó, se impulsó, aterrizó y volvió a correr, manteniéndola siempre del lado más seguro, siempre con el cuerpo entre ella y las garras, sin soltarla ni un instante.
—¡Más rápido! —le pidió ella, mirando hacia atrás con ojos brillantes.
—¡Estoy yendo tan rápido como puedo! —se quejó él—. ¡Y si voy más rápido saldremos disparados al vacío! ¡No lo digo como una sugerencia!
Abajo, Kael saltó a un tejado más bajo justo cuando una garra enorme golpeaba el lugar que acababa de abandonar.
—¡Bien hecho! —lo animó Lili.
—Gracias —respondió él, sin aliento—. Pero si me animas más me van a dar los nervios.
El grifo se elevó en el aire y descendió una vez más, cubriendo todo con su sombra. Kael no esperó: corrió hacia el borde, se dejó caer agarrado a una repisa y trepó hacia un pasadizo oculto bajo el alero, desapareciendo de la vista de la bestia un segundo antes de que sus fauces se cerraran donde habían estado.
Las cuatro soltaron el aire al mismo tiempo.
—Llegarán —dijo Ragnha, con voz temblorosa pero esperanzada—. Tienen que llegar.
Minutos después, una ventana lateral se abrió de golpe y Kael entró por ella, medio tropezando, y la depositó suavemente en el suelo. Lili soltó un suspiro de satisfacción, abrazando su manojo de plumas.
—¡Lo conseguimos!
Kael se pasó una mano por el cabello revuelto, miró hacia afuera donde el grifo seguía dando vueltas rugiendo, y soltó un suspiro profundo.
—Sí. Las plumas están a salvo. Mi corazón, en cambio, no lo sé.
Lili lo miró y sonrió.
—¿Volveremos mañana?
Él la miró horrorizado.
—¿A… a buscar más plumas?
—Sí —dijo ella inocentemente—. Faltan algunas para la almohada.
Kael se dejó caer sentado en el suelo, frotándose la cara con las manos.
—Voy a tener que pedir un aumento. O una armadura. O las dos cosas.
Desde la otra habitación, las cuatro generales escucharon todo y se miraron entre sí. Ragnha negó con la cabeza, pero esta vez con una sonrisa pequeña.
—Ese idiota…
—Pero es nuestro idiota —dijo Brunhilde, y todas rieron suavemente.
Una hora después…
El castillo había recuperado el silencio. O, al menos, algo bastante parecido. Quedaban tejas rotas en los tejados, plumas enormes esparcidas por el patio y más de un soldado que todavía miraba hacia la torre alta con ojos muy abiertos. Pero dentro de aquella sala reinaba una calma mucho más peligrosa.
Kael y Lili estaban de rodillas, con la cabeza inclinada. Frente a ellos, Silvarena permanecía inmóvil, con los brazos cruzados y una mirada que habría hecho retroceder a un ejército entero. No gritaba. No necesitaba hacerlo.
A un lado, Ragnha, Brunhilde y Velzaria hacían un esfuerzo heroico por no estallar en carcajadas.
—Entonces… —empezó Silvarena, despacio, como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado—. Permítanme entenderlo bien.
Kael tragó saliva.
—Creo que ya quedó bastante claro…
—Quiero escucharlo de ustedes —lo cortó ella, suave pero tajante.
Lili levantó un poquito la cabeza.
—Solo queríamos plumas para mi almohada…
—¿Y para eso decidieron entrar en la guarida del Gran Grifo?
—Sí…
—¿Mientras dormía?
—Sí…
—¿Y arrancaron una pluma que seguía sujeta a él?
Kael levantó la mano, como en clase.
—Técnicamente… no sabíamos que estaba sujeta. Pensamos que se había caído.
Silvarena abrió los ojos. Kael bajó la mano de inmediato.
—Retiro lo dicho. Fue una suposición tonta.
Ragnha soltó una risita ahogada.
—¡No te rías! —le susurró Brunhilde, aunque ella misma se mordía los labios.
—Después de despertarlo —continuó Silvarena—, ¿qué hicieron?
—Nos disculpamos —dijo Lili, levantando un dedo.
—¿Y luego?
—Corrimos —respondió Kael, sincero—. Porque tenía pinta de querer comernos.
—¡Claro que quería comérselos! —explotó ella—. ¡Ustedes lo provocaron!
—Sí, señora —asintió Kael, bajando la cabeza—. Razón no le falta.
Lili lo imitó enseguida.
—Sí, señora.
Velzaria se tapó la boca con la mano. Ragnha temblaba contenida la risa. Brunhilde tuvo que darse la vuelta para que no la vieran reír.
Silvarena respiró hondo, como si estuviera contando hasta diez.
—Tú —dijo, mirando a la niña—, tienes diez años. No puedes subirte a lianas, escalar torres y entrar en la guarida de una bestia que podría aplastarte con un solo movimiento.
Lili bajó la mirada.
—Lo siento…
—Y tú —se giró hacia Kael—. Eres el responsable de protegerla. Se supone que debes cuidarla, no llevarla directo al peligro.
Kael miró de reojo a Lili, luego al suelo. Se le ocurrió decir que el peligro era relativo, que las plumas valían la pena, que dormir bien es una cuestión de salud pública… pero tragó las palabras. Con Silvarena así, mejor no probar.
—Tiene razón. Fue una pésima decisión.
—Pésima —repitió ella.
—Pésima —asintió él—. De las peores que he tomado. Y eso ya es decir algo.
Ragnha no pudo contenerse más y soltó una carcajada.
—¡Jajaja! ¡Mírenlos! ¡Parecen dos niños castigados!
Brunhilde se limpió una lágrima.
—Nunca pensé que vería a alguien regañándolo a él.
—Y mucho menos junto a nuestra reina —añadió Velzaria, sonriendo.
Lili las miró, ofendida.
—No se rían…
Eso solo hizo que Brunhilde soltara otra risa.
Silvarena se pasó una mano por la frente.
—No puedo creerlo. Hace apenas unas horas hablábamos de guerra, de estrategia, de cómo sobrevivir… y ahora estoy aquí dándoles un sermón porque fueron a robarle plumas a un Gran Grifo.
Kael levantó la mano lentamente, como pidiendo permiso.
—¿Al menos conseguimos suficientes?
Silvarena lo miró fijamente. Él bajó la mano de golpe.
—Olvídelo. No pregunté nada.
Ragnha soltó otra carcajada. Era una risa limpia, sin peso, sin tristeza. Hacía tanto tiempo que no se reían así…
Silvarena volvió a mirarlos. Su expresión seguía seria, pero ya no había fuego en sus ojos.
—Y todavía no he terminado —advirtió.
Kael suspiró, bajando la cabeza de nuevo.
—Esto va para largo… —murmuró, tan bajito que solo Lili lo oyó. Ella le apretó la mano discretamente.
Las tres generales sonrieron entre ellas. Y por primera vez en mucho tiempo, la sala no olía a miedo ni a desesperación. Olía a algo mucho más sencillo: a familia, a locura compartida… y a plumas de grifo.