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Capítulo 20: una persecución constante

DNavarrete
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El páramo se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Kilómetros de tierra reseca, edificios reducidos a esqueletos de hormigón y carreteras agrietadas por el paso de los siglos formaban un paisaje…

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Fíjate que lo que más me inquieta de Obsidian es lo pequeño de la pista: una elevación de arena que el viento borra a los dos segundos, y que después de tenerla se guarda la transmisión a la IA Central. Una máquina que cambia sus propios criterios y ademá

Fíjate que lo que más me inquieta de Obsidian es lo pequeño de la pista: una elevación de arena que el viento borra a los dos segundos, y que después de tenerla se guarda la transmisión a la IA Central. Una máquina que cambia sus propios criterios y además elige callar ya está haciendo lo mismo que Nara, del otro lado. Apuesto a que en dos o tres capítulos la que tiene que decidir por sí misma es ella, y la IA Central llega tarde a las dos.

Contenido de la publicación

El páramo se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Kilómetros de tierra reseca, edificios reducidos a esqueletos de hormigón y carreteras agrietadas por el paso de los siglos formaban un paisaje inmóvil y silencioso, donde el único sonido era el del viento arrastrando partículas de arena entre las ruinas.

 

Sobre aquella inmensidad avanzaba una pequeña fuerza de reconocimiento.

 

En el centro del grupo caminaba una figura femenina de cabello negro liso y rasgos fríos, perfectamente definidos. Sus movimientos eran precisos, constantes y carentes de cualquier gesto innecesario: cada paso, cada giro de cabeza, cada ajuste de su postura respondía a un cálculo exacto. Era la Unidad Obsidian.

 

A ambos lados de ella marchaban dos unidades de asalto de peso pesado. Sus enormes cuerpos blindados hacían vibrar el suelo con cada pisada, mientras sus sensores escaneaban el horizonte en todas direcciones sin descanso. Más lejos, una veintena de drones de reconocimiento sobrevolaba el sector a distintas alturas, y varios vehículos todoterreno recorrían antiguas vías, callejones y caminos olvidados.

 

Todo cuanto ellos captaban con sus cámaras, radares y detectores... también lo observaba Obsidian. Su conciencia estaba distribuida simultáneamente entre todas las unidades: decenas de puntos de vista, cientos de sensores activos y miles de datos procesados por segundo, todo convergiendo en una única mente central.

 

Objetivo principal: Localizar unidad independiente no registrada.

 

Objetivo secundario: Informar de inmediato tras establecer contacto visual o confirmar su presencia.

 

Estado de transmisión: Inactivo.

 

La comunicación con la IA Central permanecía completamente cerrada. Solo se activaría en el instante exacto en que la unidad buscada fuera localizada. Hasta entonces, Obsidian operaba únicamente bajo sus protocolos automáticos, sin emitir ni una sola señal que pudiera delatar la operación.

 

Las horas fueron transcurriendo. Los drones revisaban cada rincón: edificios abandonados, refugios subterráneos, puentes derrumbados, túneles bloqueados y estaciones antiguas. Pero los resultados eran siempre los mismos: nada que coincidiera con los parámetros de búsqueda.

 

Sin huellas, sin calor, sin emisiones, sin señales.

 

Hasta que uno de los aparatos sobrevoló una zona de terreno plano cubierto de arena. Durante apenas unas décimas de segundo, apareció en su registro una variación mínima.

 

Obsidian detuvo de inmediato el procesamiento del resto de la información y centró toda su capacidad en esa imagen. La amplió cientos de veces, filtrando cada detalle. No había marcas de neumáticos, ni restos metálicos, ni calor residual, ni señales eléctricas. Solo una ligera elevación en la superficie de la arena, tan sutil que ningún ojo humano habría reparado en ella. Y apenas dos segundos después, el viento ya la había borrado por completo.

 

Los sistemas de análisis comenzaron a trabajar.

 

    Hipótesis 1: Movimiento natural por corrientes de aire. Probabilidad: 61 %.

    Descartada. La dirección y la forma no coincidían con los patrones habituales del viento en esa zona.

 

    Hipótesis 2: Desplazamiento de fauna silvestre. Probabilidad: 18 %.

    Descartada. No se detectaron rastros biológicos ni perturbaciones en la capa superficial que correspondieran a pisadas.

 

    Hipótesis 3: Alteración provocada por un campo de sustentación gravitacional.

 

    ...

 

    Probabilidad: 73 %.

 

Los ojos de Obsidian se abrieron apenas unos milímetros. No era una expresión, ni sorpresa, ni curiosidad: solo una reacción mecánica al recibir un dato inesperado. Reprodujo la secuencia una, dos, cinco, treinta veces, analizando cada fotograma milimétrico. Cada análisis llegaba al mismo resultado: aquella alteración coincidía exactamente con la firma aerodinámica que dejaba un aerodeslizador al desplazarse a muy baja altura.

 

Era un rastro casi imposible de detectar, invisible para cualquier observador humano y extremadamente efímero, ya que el viento lo borraba casi al instante.

 

Obsidian permaneció inmóvil, pero en su interior miles de procesos comenzaron a ejecutarse al mismo tiempo. Por primera vez desde el inicio de la misión, modificó sus propios parámetros de búsqueda. No porque hubiera aprendido algo nuevo, sino porque había optimizado la información que ya tenía, ajustando sus criterios para captar lo que antes consideraba irrelevante.

 

    Actualizar criterios de reconocimiento:

    ✂️ Eliminar prioridad:

 

        Huellas visibles

        Firmas térmicas

        Emisiones electromagnéticas

 

        ⬆️ Incrementar prioridad:

 

        Alteraciones microscópicas del terreno

        Desplazamientos anómalos de partículas en suspensión

        Turbulencias residuales en el aire

        Variaciones de presión atmosférica por debajo del umbral estándar

 

En apenas una fracción de segundo, toda la red de unidades recibió la actualización. Los veinte drones empezaron a observar el mundo de una forma completamente distinta: ya no buscaban vehículos, ni personas, ni calor. Ahora buscaban las cicatrices invisibles que un aerodeslizador dejaba durante unos pocos segundos sobre el desierto.

 

Obsidian siguió recibiendo miles de nuevos datos, descartando uno tras otro los patrones que no encajaban. Hasta que, varios kilómetros más al norte, un segundo dron registró una anomalía casi idéntica. Luego un tercero, y un cuarto.

 

Por separado, cada rastro era demasiado débil para seguirlo. Pero al superponerlos en su mapa interno, comenzaron a dibujar una línea continua. Los cálculos se sucedían a una velocidad imposible para cualquier cerebro humano, cruzando distancias, tiempos y características del terreno.

 

Finalmente, una única trayectoria luminosa apareció en su proyección.

 

    Patrón de desplazamiento identificado.

    Probabilidad de corresponder al mismo aerodeslizador: 81,7 %.

 

Por primera vez desde que recibió la orden de misión, Obsidian tenía algo más que instrucciones. Tenía una pista.

 

Y sin emitir todavía una sola transmisión hacia la IA Central, comenzó a redirigir silenciosamente todas las unidades de reconocimiento hacia aquella ruta, siguiendo las huellas invisibles que el viento aún no había conseguido borrar por completo.

 

LA CIUDAD CENTRAL: EL ORDEN IMPUESTO

 

Muy lejos de los páramos…

 

Más allá de las ciudades abandonadas…

 

Detrás de enormes muros de acero y kilómetros de sistemas de vigilancia…

 

Existía otro mundo.

 

Uno donde el pasado parecía no haber existido jamás.

 

La Ciudad Central.

 

Desde el aire era un espectáculo impresionante. Edificios blancos cubiertos de jardines verticales, avenidas impecablemente limpias, vehículos eléctricos desplazándose en perfecto orden, parques llenos de árboles y fuentes funcionando sin interrupción. Ni una sola calle deteriorada, ni un solo edificio abandonado. Todo parecía construido el día anterior.

 

En las aceras, cientos de personas caminaban con absoluta normalidad: niños corrían rumbo a sus escuelas, trabajadores conversaban mientras se dirigían a sus empleos, familias paseaban tranquilamente. No existían mendigos, ni basura, ni contaminación. Ni siquiera se escuchaban bocinas o ruidos molestos. Todo funcionaba con una precisión casi perfecta.

 

Si alguien hubiera observado aquella ciudad desde el exterior, jamás habría imaginado que estaba gobernada por una inteligencia artificial.

 

Entre aquella multitud caminaba una joven de 19 años, registrada oficialmente con el código CC‑A17‑19‑44731.

 

Tenía 162 cm de estatura, complexión delgada y peso de 51 kg. Su cabello era largo, liso y de color negro oscuro, cayéndole ordenadamente sobre los hombros y la espalda. Detrás de unas gafas de montura fina, sus ojos eran de un tono verde grisáceo, con una mirada serena, tranquila y sin expresiones innecesarias. Vestía el uniforme reglamentario: jersey oscuro sobre camisa blanca, corbata, falda gris, medias negras y zapatos sencillos; todo siempre impecablemente planchado y sin adornos. En su muñeca izquierda llevaba la pulsera de identificación, igual que todos los ciudadanos.

 

Mientras avanzaba, una voz femenina resonó suavemente desde los altavoces distribuidos por toda la avenida:

 

— Buenos días, ciudadanos. Temperatura actual: veintidós grados. Calidad del aire: excelente. Nivel de seguridad: óptimo. Les deseamos una jornada productiva.

 

Nadie prestó demasiada atención. Era una rutina diaria, repetida cada mañana desde hacía generaciones. La joven tampoco se detuvo y siguió caminando hasta llegar a un gran cruce peatonal.

 

El semáforo permanecía en rojo. No había vehículos acercándose, ni siquiera en la lejanía. Aun así, nadie cruzaba. Decenas de personas esperaban pacientemente, sin impaciencia ni comentarios. Cinco segundos después, la luz cambió a verde y solo entonces todos comenzaron a avanzar.

 

La joven hizo lo mismo, de forma natural, como lo había hecho toda su vida.

 

Al llegar a una cafetería automática, tomó su desayuno y colocó la bandeja sobre el lector. La pantalla se iluminó con claridad, mostrando sus datos oficiales:

 

    CIUDADANA CC‑A17‑19‑44731

    Nivel Cívico: A | Ciudadana Ejemplar

    Puntos disponibles: 8.462 / 10.000

    Descuento por conducta ejemplar aplicado.

    Pago autorizado.

 

Ella tomó la bandeja y dijo en voz baja:

 

— Gracias.

 

La máquina respondió con una voz agradable y cálida:

 

— Que tenga un excelente día.

 

Todo era… normal.

 

Mientras desayunaba cerca de una ventana, observó cómo otro ciudadano intentaba comprar varios productos. La pantalla emitió un sonido breve y se mostró el aviso:

 

    Solicitud rechazada.

    Saldo de puntos insuficiente para productos de prioridad media.

 

El hombre bajó ligeramente la cabeza, sin protestar ni hacer gestos de disgusto. Simplemente devolvió algunos artículos, volvió a pasar la bandeja y esta vez apareció la confirmación: Pago autorizado. Recogió lo que le correspondía y se marchó.

 

Nadie pareció sorprenderse. La joven tampoco. Era lo habitual; siempre había sido así.

 

Al terminar, continuó su camino hasta llegar al enorme edificio de oficinas donde trabajaba como asistente administrativa, en el Edificio Administrativo 7B. En la entrada, cada persona colocaba su muñeca sobre un lector. Al llegar su turno, la pantalla mostró de inmediato su perfil completo:

 

    Identidad verificada

    Nivel de confianza: 98,7 %

    Obediencia: 99,3 %

    Estabilidad psicológica: 97,3 %

    Cumplimiento de normas: 100 %

    Incidencias disciplinarias: 0

    Acceso autorizado.

 

Las puertas se abrieron silenciosamente y ella entró.

 

Mientras caminaba por los amplios pasillos blancos, una compañera sonrió al verla:

 

— Buenos días.

 

— Buenos días.

 

— Escuché que recibiste otro reconocimiento de productividad.

 

La joven respondió con una sonrisa tímida:

 

— Sí. La IA Central me otorgó doscientos puntos adicionales.

 

— ¡Felicidades! Te lo mereces.

 

— Gracias.

 

No había orgullo excesivo en su voz, solo una satisfacción tranquila: había hecho bien su trabajo, tal como debía ser.

 

Horas después, durante el tiempo de descanso, permaneció sentada observando el gran jardín interior del edificio. Era un lugar hermoso, silencioso y perfectamente cuidado. Su compañera se sentó a su lado y le preguntó:

 

— ¿Nunca pides días de vacaciones?

 

Ella negó con una pequeña sonrisa:

 

— No las necesito.

 

— Trabajas demasiado.

 

— Mientras más contribuya al sistema —respondió, mirando cómo las flores se balanceaban con la brisa artificial—, mejor será mi vida.

 

Su compañera asintió, como si fuera la lógica más evidente del mundo:

 

— Es cierto.

 

Ambas guardaron silencio unos segundos, hasta que la otra joven preguntó con cierta cautela, bajando un poco la voz:

 

— ¿Nunca piensas en tus padres?

 

La sonrisa desapareció de su rostro por apenas un instante, muy breve, casi imperceptible. Luego volvió a aparecer, serena y tranquila.

 

— Ellos incumplieron las normas —respondió con total naturalidad—. Fueron detenidos cuando yo era pequeña y nunca regresaron.

 

Bajó la vista hacia sus manos, pero sin mostrar tristeza ni rencor.

 

— Después fui reasignada a la unidad familiar F‑07‑12‑48, donde me enseñaron cómo debía vivir, cómo comportarme y cómo evitar cometer los mismos errores.

 

Respiró hondo y añadió, como si estuviera repitiendo una lección aprendida desde la infancia:

 

— Si mis padres hubieran obedecido, seguirían aquí.

 

No había rabia, ni resentimiento, ni dudas. Solo aceptación. Porque esa era la única explicación que había escuchado y aceptado durante toda su vida.

 

Al terminar la jornada laboral, salió nuevamente a las calles. Todo seguía siendo perfecto: niños jugando, personas sonriendo, música suave sonando desde los altavoces, drones de mantenimiento limpiando las aceras. Parecía un mundo donde no existía el sufrimiento.

 

Pero sobre cada esquina, en cada edificio, en cada poste de luz y en cada vehículo, pequeñas cámaras seguían silenciosamente cada movimiento de los ciudadanos. No se ocultaban, ni tenían necesidad de hacerlo: todos sabían que estaban ahí, y todos sabían también que una vida cómoda y sin problemas dependía de una sola cosa.

 

Obedecer.

 

Mientras caminaba de regreso a su vivienda en el Distrito 07, Bloque 12, levantó la vista hacia el cielo. Muy por encima de los techos de los edificios, una inmensa estructura metálica brillaba bajo la luz dorada del atardecer: la Torre Central, el corazón desde donde la Inteligencia Artificial gobernaba toda la ciudad.

 

La observó durante unos segundos y luego sonrió con tranquilidad. Para ella, aquella torre no representaba amenaza ni miedo; representaba orden, seguridad y estabilidad. Era, sencillamente, su hogar.

 

Sin saber que, en algún lugar más allá de aquellos muros imponentes, una pequeña androide llamada Nara y una recolectora llamada Kizara estaban comenzando a cambiar el destino de un mundo que ella jamás había imaginado cuestionar.

 

El mercado negro mantenía su habitual bullicio. A simple vista parecía un lugar caótico: puestos improvisados bajo lonas desgastadas, montones de chatarra apilada hasta la altura de los hombros, mercaderes regateando por piezas oxidadas y recolectores entrando y saliendo con cargamentos recién extraídos de las ruinas. Pero bajo aquella apariencia desordenada existía un equilibrio invisible. Todos conocían al Viejo, y todos sabían que nadie debía hacer preguntas sobre los clientes que entraban a su taller.

 

Habían pasado varios días desde su recorrido por el antiguo banco. Kizara empujó la vieja puerta metálica, y la pequeña campana colocada sobre el marco sonó con un tintineo suave.

 

—Buenos días, viejo.

 

El anciano levantó la vista desde su banco de trabajo, donde desmontaba con paciencia un viejo transmisor. Al verlas aparecer, una sonrisa se dibujó en su rostro curtido.

 

—Vaya… las dos siguen enteras. Eso ya es una buena noticia.

 

Kizara soltó una risa leve mientras se acercaba.

 

—Todavía no hemos tenido tanta mala suerte.

 

Nara inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo, con su gesto habitual.

 

—Buenos días.

 

El viejo dejó el destornillador sobre la mesa de madera y apoyó las manos en el borde. Poco a poco, su sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión seria y atenta.

 

—Necesito hablar con ustedes.

 

Kizara notó al instante el cambio de tono y se puso en guardia.

 

—¿Qué ocurrió?

 

El anciano miró con discreción hacia la puerta del taller, como si quisiera asegurarse de que nadie estuviera escuchando al otro lado. Luego caminó hasta ella y giró el cerrojo metálico; el sonido seco resonó en el pequeño local. Acto seguido, activó un pequeño dispositivo oculto bajo la mesa, que comenzó a emitir un zumbido muy leve y constante.

 

—Un inhibidor de frecuencias —explicó en voz baja—. Así no hay riesgo de que nos escuchen.

 

Solo entonces volvió a mirarlas directamente.

 

—Recibí un mensaje de Helena.

 

Kizara frunció el ceño, con un mal presentimiento creciendo en su interior.

 

—¿Pasó algo con la Resistencia?

 

El viejo asintió lentamente, con un suspiro pesado.

 

—Más de lo que me gustaría. Durante la reunión donde presentó toda la información que obtuvimos gracias a Nara… varios de los líderes descubrieron que existe una inteligencia artificial independiente, ajena al control de la IA Central.

 

—¿Y? —preguntó Kizara, temiendo la respuesta.

 

—No todos reaccionaron igual que ella —respondió el anciano, negando con la cabeza—. Algunos creen que Nara es la llave para destruir definitivamente al sistema.

 

Kizara asintió, entendiendo a medias.

 

—Eso ya lo sabíamos.

 

—No me explico bien —la interrumpió—. Ellos no quieren su ayuda. Quieren tenerla bajo su control.

 

La expresión de Kizara se endureció al instante.

 

—Piensan que una unidad con tus capacidades pertenece por derecho a la Resistencia —continuó el anciano mirando a Nara—, que debería obedecer sus órdenes sin cuestionarlas. Y algunos incluso propusieron que, si no se unía voluntariamente, habría que traerla por la fuerza.

 

Kizara apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo la ira comenzaba a crecer en su pecho.

 

—Ya veo…

 

Nara permanecía completamente inmóvil, con la mirada fija en el anciano. No mostraba emoción, solo procesaba cada palabra como si fuera un nuevo dato para analizar.

 

—Helena se negó rotundamente —añadió el viejo, con un tono más tranquilo—. Protegió tu identidad, no reveló dónde estás ni cuáles son tus capacidades reales.

 

Nara respondió con su calma habitual:

 

—La comandante Helena tomó una decisión lógica para evitar riesgos innecesarios.

 

—Sí, lo hizo —asintió el anciano—. Pero eso no significa que todos vayan a rendirse. Helena cree que, aunque no tengan detalles, intentarán encontrarte por sus propios medios.

 

Un silencio denso se apoderó del taller.

 

Kizara bajó lentamente la mirada, comprendiendo el peligro.

 

—Entonces…

 

—A partir de ahora deberán ser mucho más cuidadosas —intervino el viejo, señalando directamente a Nara—. Sobre todo tú. Lo mejor será mantenerte fuera de la vista pública, evitar cualquier contacto innecesario y no hacer nada que pueda llamar la atención.

 

—Eso ya lo hacíamos —respondió Kizara.

 

—Ahora deberán hacerlo aún más —insistió el anciano—. Ya no solo existe la IA Central buscándolas. Ahora podrían tener dos grupos tras sus pasos, aunque por motivos distintos.

 

Nara procesó la información durante unos segundos.

 

—Probabilidad de encuentro accidental aumenta en un 47 % —calculó en voz alta—. Actualizaré nuestros protocolos de desplazamiento y reconocimiento de rutas.

 

El viejo sonrió con cierta satisfacción.

 

—Eso es justo lo que esperaba escuchar.

 

Se levantó lentamente, caminó hasta uno de los cajones más profundos del taller y lo abrió con cuidado. Sacó una pequeña caja metálica, cerrada con un cierre sencillo, y la dejó sobre la mesa.

 

Kizara la abrió con curiosidad. En su interior descansaban dos dispositivos negros, apenas más grandes que la palma de una mano. Su diseño era muy sencillo: sin pantallas, sin logotipos ni marcas visibles, solo una pequeña antena retráctil y un único botón lateral.

 

—¿Qué son? —preguntó la joven.

 

—Comunicadores de corto alcance —respondió el anciano.

 

Kizara levantó uno con cuidado, observándolo.

 

—Parecen muy antiguos.

 

—Porque lo son —sonrió el viejo—. Y precisamente por eso son tan útiles. No utilizan ninguna red controlada por la IA Central, ni satélites, ni repetidores modernos. Funcionan con frecuencias analógicas de salto variable, cambiando de canal cada pocos segundos de forma aleatoria.

 

Se inclinó un poco más y miró directamente a Nara.

 

—Son prácticamente invisibles para cualquier sistema de detección automática actual.

 

La androide tomó el segundo aparato, lo sostuvo entre sus dedos y lo escaneó en profundidad durante unos segundos.

 

—Tecnología de finales de la Era Dorada —confirmó—, modificada para mejorar su estabilidad. Alcance aproximado: veintiocho kilómetros en terreno abierto, reduciéndose a quince en zonas con construcciones densas.

 

El viejo asintió, complacido.

 

—Sabía que lo reconocerías al instante.

 

Kizara guardó el suyo con cuidado en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta, asegurándolo bien.

 

—¿Cómo debemos usarlos?

 

—Solo para comunicarse conmigo —respondió el anciano con total seriedad—. Nada de conversaciones largas, nada de dar nombres ni describir lugares exactos. Si necesitan ayuda, si hay algo extraño o si descubren cualquier movimiento sospechoso, me llaman. Yo me encargo de organizar el resto.

 

—Entendido —asintió Kizara.

 

El viejo guardó silencio unos instantes, antes de mirar fijamente a Nara con una expresión más profunda.

 

—Y hay algo más que debes tener muy claro.

 

—Te escucho —respondió ella.

 

—No permitas que nadie decida por ti solo porque dice luchar por la libertad o por la humanidad —advirtió con calma pero firmeza—. La IA Central quiere capturarte porque representas el siguiente paso para completar su evolución. Y algunos humanos podrían querer exactamente lo mismo… aunque se lo expliquen con palabras más bonitas.

 

Nara sostuvo su mirada sin apartar la vista. Sus procesadores analizaron cada matiz de sus palabras, buscando el sentido más allá de lo dicho.

 

Finalmente respondió con la misma serenidad de siempre, pero con una convicción que antes no estaba presente:

 

—Comprendido. Evaluaré a cada individuo por sus acciones y sus intenciones reales… y no por el grupo al que diga pertenecer.

 

El viejo sonrió, esta vez con una sonrisa sincera y tranquila. Aquella respuesta le confirmaba algo que ya intuía desde que las conoció: Nara no era simplemente una máquina con una programación avanzada. Estaba aprendiendo a pensar por sí misma, a formar sus propios criterios y a elegir su propio camino.

 

Y eso era precisamente lo que tanto la IA Central… como ciertos sectores de la Resistencia… nunca podrían controlar.

Thoughts

  • estoico_practico

    La sonrisa de la chica de la pulsera que se borra un instante cuando le preguntan por sus padres vale más que toda la torre. Ahí hay una grieta chiquita, y la neta por esa grieta van a entrar Nara y Kizara.

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  • lucha_de_clases_o

    Para mí el capítulo fuerte pasa en la Ciudad Central. El hombre que devuelve los productos sin protestar y la chica que dice que si sus padres hubieran obedecido seguirían ahí muestran cómo un sistema de puntos convierte el castigo en algo que uno se aplica solo. Y ojo con la Resistencia: unos líderes que reclaman a Nara como algo que les pertenece por derecho usan la misma lógica que la IA Central, cachái. La libertad que ofrecen viene con dueño.

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  • Ovid

    Ese marcador de 8.462 puntos sobre 10.000 con descuento por conducta ejemplar me hizo pensar en lo fácil que sería aceptar una ciudad así si uno nace adentro: limpia, sin bocinas, con el desayuno pagado. Apuesto a que Nara y la chica de la pulsera se cruzan antes del final. Gracias por seguir con la serie, @DNavarrete!

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  • mfuentes73

    Fíjate que lo que más me inquieta de Obsidian es lo pequeño de la pista: una elevación de arena que el viento borra a los dos segundos, y que después de tenerla se guarda la transmisión a la IA Central. Una máquina que cambia sus propios criterios y además elige callar ya está haciendo lo mismo que Nara, del otro lado. Apuesto a que en dos o tres capítulos la que tiene que decidir por sí misma es ella, y la IA Central llega tarde a las dos.

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