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CAPÍTULO 2: LA LIBRERÍA

miguellore
Pensamiento

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LauraLetras

Eso que dijiste al final sobre qué estúpido fuiste. ¿Estúpido por creer que no se iba a terminar, o estúpido por no ver que se estaba terminando?

Eso que dijiste al final sobre qué estúpido fuiste. ¿Estúpido por creer que no se iba a terminar, o estúpido por no ver que se estaba terminando?

Contenido de la publicación

CAPÍTULO 2: LA LIBRERÍA

No volví a la librería por el libro.

Volví por ella.

Al día siguiente, a la misma hora. Martes, 5:14 de la tarde. Me puse la misma chamarra para que me reconociera. Estúpido, lo sé. Pero los hombres cuando nos gusta alguien nos volvemos estúpidos con método.

No estaba.

Volví el miércoles. Tampoco.

El jueves la dueña de la librería, una señora de unos 60 años que parecía que ya había visto a demasiados chicos como yo, me dijo sin que le preguntara:

"La chica del subrayador rojo viene solo los martes y los viernes. Y no, no me dejó su número".

Me sentí descubierto. Pagué un libro que no quería y me fui.

El viernes llegué 20 minutos antes. Me senté en el suelo, en la sección de filosofía, exactamente donde la había visto. Abrí un libro que no entendía y esperé.

A las 5:32 apareció.

Traía el cabello mojado por la llovizna, si estaba lloviendo como cuando nos conocimos.

Me vio y se rió.

"¿Otra vez tú? ¿Sigues buscando cómo arreglarte?"

"No", le contesté. "Ahora estoy buscando a la chica que sabe qué libros no sirven".

Se sentó a mi lado. Sin pedirme permiso. Así era Valeria. No pedía espacio, lo tomaba, y de alguna forma uno se lo agradecía.

Hablamos dos horas. De todo y de nada.

Me contó que estudiaba psicología pero odiaba a los psicólogos. Que su mamá le enseñó a subrayar los libros porque "lo que no se subraya, se olvida". Que tenía un ex que le decía que era demasiado intensa. Que había terminado con él porque la intensidad no se negocia.

Yo le conté que yo era de los que se quedaba callado para no echar a perder nada . Que yo solo me enseñe que los hombres no lloran, resuelven. Que yo resolvía todo menos lo que sentía.

Ella me escuchó como nadie me había escuchado. Sin darme consejos. Solo mirándome a los ojos, como si lo que yo decía valiera aunque fuera una pendejada.

En un momento, sacó su lápiz rojo y subrayó una frase del libro que yo tenía en las manos y me lo pasó.

Decía:

"A veces no necesitamos a alguien que nos entienda. Necesitamos a alguien que se quede aunque no entienda".

Abajo, con su letra chueca, escribió:

Valeria - 5:47 pm. Si algún día te vuelves a sentir roto, ya sabes dónde estoy los martes.

Y se fue. No me pidió mi número. Me dejó el suyo escrito de otra forma: dejándome la responsabilidad de volver.

Esa noche no dormí. No por amor. Todavía no era amor. Era esa cosa que viene antes del amor y que es más peligrosa: la curiosidad de saber quién es alguien cuando nadie la está viendo.

Volví el siguiente martes. Y el siguiente. Y todos los martes durante tres meses.

Los martes se volvieron nuestro idioma secreto.

Hasta que un martes, ya no fuimos a la librería. Fuimos a tomar café. Y luego a cenar. Y luego a mi departamento. Y luego, sin darnos cuenta, ya no éramos dos extraños en una librería.

Éramos una historia.

Una que yo pensé que no se iba a terminar nunca.

Qué estúpido fui.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    el detalle del subrayador rojo y lo que escribió. eso me quedó pegado. me hizo acordar de esos momentos que recordás con todas las letras.

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  • LauraLetras

    Eso que dijiste al final sobre qué estúpido fuiste. ¿Estúpido por creer que no se iba a terminar, o estúpido por no ver que se estaba terminando?

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No volví a la librería por el libro. Volví por ella.

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