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CAPÍTULO 2: El eco de la porcelana

Kkhiji
Pensamiento

Pensamiento

Zacarias

El Min-jun con la corbata chueca es el único que le pregunta si durmió, plebe. Ese compa va a ser el primero en notar que algo anda mal.

El Min-jun con la corbata chueca es el único que le pregunta si durmió, plebe. Ese compa va a ser el primero en notar que algo anda mal.

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La alarma no sonó a las seis de la mañana.
No hizo falta.
Llevaba horas sentado al borde de la cama, mirando la rendija oscura de la puerta. No me había atrevido a acostarme de nuevo. Cada vez que el refrigerador zumbaba en la cocina o las tuberías crujían detrás de las paredes, levantaba la cabeza, esperando encontrar algo al otro lado del pasillo.
Pero nunca había nada.
Solo oscuridad.
Cuando la luz del amanecer comenzó a entrar por las cortinas, me di cuenta de que tenía las manos heladas. Me las froté y me levanté despacio. Me dolían los hombros y sentía la cabeza pesada, como si hubiera pasado toda la noche cargando algo que nadie más podía ver.
Fui al baño.
La puerta seguía abierta.
Me detuve frente a ella antes de encender la luz. Era absurdo tener miedo de una habitación en la que había estado cientos de veces. Lo sabía. Aun así, tardé unos segundos en mover la mano hacia el interruptor.
La luz se encendió con un pequeño zumbido.
Me acerqué al lavabo.
Mi rostro apareció en el espejo.
Ojeras oscuras, labios secos, cabello despeinado. Parecía alguien que acababa de pasar una noche terrible. Nada más.
Parpadeé.
Mi reflejo también.
Levanté una mano y me toqué la mejilla. El otro Jae-hyun hizo lo mismo, al mismo tiempo, con la misma expresión cansada.
Me incliné hacia el cristal.
No había ninguna grieta. Ninguna mancha. Ninguna sonrisa que no me perteneciera.
Solté el aire que había estado conteniendo.

-Estás perdiendo la razón -murmuré.

Mi voz sonó extraña en el baño vacío.
Abrí el grifo y me lavé la cara con agua fría. Durante unos segundos, el frío me ayudó a pensar con claridad.
Solo había sido el cansancio. Eso tenía que ser.
La falta de sueño podía hacer que una persona viera cosas. Lo había leído en alguna parte. El cerebro buscaba formas conocidas en la oscuridad y completaba lo que no podía distinguir.
Era una explicación lógica.
Me aferré a ella mientras me secaba la cara.
Después me puse el uniforme. Abroché la camisa, ajusté la corbata y acomodé el cuello hasta que quedó perfectamente recto. Revisé mi aspecto dos veces antes de salir del baño.
No podía permitirme parecer diferente.
Si los demás notaban que algo iba mal, empezarían las preguntas. Y no sabía qué responder.
En la cocina, la nota de mi madre seguía sobre la barra de mármol.
No olvides desayunar. Hoy llegaré tarde. Hay dinero en el cajón.
La leí sin querer. Después aparté la mirada.
No tenía hambre.
Tomé la mochila y salí del departamento.

La mañana estaba nublada. El aire olía a lluvia y el asfalto conservaba la humedad de la noche anterior.
Caminé hacia el instituto con las manos en los bolsillos. Intenté concentrarme en las cosas que me rodeaban: el ruido de los autobuses, los pasos de los peatones, las voces de los estudiantes que caminaban en grupos.
Cosas normales.
Sin embargo, había algo extraño en la forma en que se movían las personas.
Una mujer que esperaba para cruzar la calle giró la cabeza con un movimiento demasiado lento. Un hombre que caminaba delante de mí mantuvo los brazos inmóviles durante varios pasos, como si hubiera olvidado cómo balancearlos.
Miré de nuevo.
Todo parecía normal.
Apreté las correas de mi mochila.
No había dormido. Esa era la única explicación que necesitaba.
Cuando llegué al instituto, el ruido del pasillo me golpeó de repente. Las puertas de los casilleros se cerraban de golpe, alguien se reía cerca de las escaleras y varios estudiantes discutían sobre un examen.
Por primera vez en toda la mañana, sentí que podía respirar.

-¡Jae-hyun!

Min-jun apareció entre la gente con un cuaderno bajo el brazo. Llevaba la corbata torcida y el cabello revuelto, como si se hubiera vestido mientras corría.
Se detuvo frente a mí y me miró de arriba abajo.

-Vaya. Tienes una cara horrible.

-Buenos días para ti también.

-Lo digo en serio. ¿Dormiste algo?

-Un poco.

La mentira salió demasiado rápido.
Min-jun entrecerró los ojos.

-¿Te quedaste jugando otra vez?

-No.

-Entonces, ¿qué hiciste?

-Nada. No podía dormir.

Se encogió de hombros.

-Deberías relajarte. Con lo bien que te va en clase, podrías dormir durante toda una semana y seguirías sacando mejores notas que nosotros.

Brillante.
La palabra se quedó en mi cabeza incluso después de que Min-jun dejara de hablar.

-Vamos -dijo, dándome una palmada en el hombro-. El profesor de inglés está de mal humor. No quiero que nos haga leer a todos.
Lo seguí hasta el aula.
Min-jun continuó hablando sobre un examen y sobre un juego al que quería que jugáramos el fin de semana. Le respondí cuando correspondía, asentí cuando parecía necesario y hasta me reí una vez.
Era fácil.
Había aprendido a hacerlo hacía mucho tiempo.
Bastaba con observar a los demás y repetir sus gestos. Una sonrisa en el momento adecuado. Una respuesta breve. Una expresión de interés, aunque no me importara lo que estuvieran diciendo.
A veces me preguntaba si las otras personas también tenían que pensar tanto para parecer normales.
O si a mí me faltaba algo que todos los demás habían recibido al nacer.
Entré al aula y me senté junto a la ventana.
El cielo sobre Seúl estaba cubierto de nubes grises. Los árboles del patio se movían con el viento, y algunas hojas golpeaban el cristal.
Saqué el libro de inglés y lo abrí sobre el pupitre.
Tenía que concentrarme.
Si conseguía terminar el día sin que ocurriera nada extraño, quizá podría convencerme de que la noche anterior no había sido más que una pesadilla.
El profesor comenzó la clase. Su voz llenó el aula mientras escribía algunas reglas gramaticales en la pizarra. Copié las primeras líneas en mi cuaderno, aunque no estaba seguro de haber entendido lo que acababa de explicar.
Entonces vi el movimiento.
Fue apenas un cambio en el cristal de la ventana, algo que apareció en el borde de mi visión.
Levanté la mirada.
Al principio, solo vi el reflejo del aula: los pupitres, las cabezas de mis compañeros y la espalda del profesor frente a la pizarra.
Después, una mancha oscura se deslizó por la parte superior de la ventana.
Dejé de escribir.
La mancha avanzó lentamente por el marco, aunque no había nada al otro lado que pudiera proyectarla. No tenía una forma clara. Era larga y delgada, más negra que la sombra de los árboles.
Parpadeé.
Seguía allí.
Un extremo se estiró hacia abajo, como un dedo que buscara algo al otro lado del cristal.
Me quedé inmóvil.
La sombra se detuvo.
Por un instante, tuve la absurda impresión de que estaba mirando directamente hacia mí.

-Min Jae-hyun.

La voz del profesor me hizo dar un salto.
Me volví hacia la pizarra. El hombre me observaba con el libro abierto en una mano.

-¿Puedes leer el párrafo de la página cuarenta y dos y traducirlo?

Algunos compañeros giraron la cabeza.

-Sí, profesor.

Mi respuesta salió firme. Demasiado firme, quizá.
Bajé la mirada hacia el libro.
Página cuarenta y dos.
Encontré el párrafo.
Lo había leído la noche anterior. Recordaba incluso haber pensado que era sencillo. Solo tenía que pronunciar las palabras y traducirlas al coreano.
Nada más.
Pero las letras comenzaron a moverse.
No de golpe. Primero parecieron perder nitidez, como si mis ojos estuvieran cansados. Después, las líneas se inclinaron ligeramente. Las palabras dejaron de tener sentido y se convirtieron en pequeños trazos negros sobre el papel.
Apreté los párpados y volví a abrirlos.
El texto seguía allí.
Pero no podía leerlo.
Sentí que el cuello de la camisa me apretaba. Intenté tragar saliva y descubrí que tenía la boca seca.
Vamos.
Era una oración sencilla.
La habías leído ayer.
Solo tienes que empezar.

-¿Ocurre algo? -preguntó el profesor.

Negué con la cabeza.
Los demás seguían mirándome.
Noté el calor subiendo por mi rostro. No sabía qué expresión tenía, así que hice lo único que sabía hacer: sonreí.
Una sonrisa pequeña, educada, tranquila.
La misma que utilizaba cuando mis padres preguntaban por mis notas. La misma que mostraba cuando alguien me felicitaba por algo que apenas me había esforzado en conseguir.
La misma que ocultaba todo lo que no quería explicar.

-Lo siento -dije-. No he dormido bien.

El profesor me observó unos segundos.

-Entonces tómate tu tiempo.

Volví a mirar el libro.
Las letras parecieron quedarse quietas.
Leí la primera oración en voz alta. Me equivoqué al pronunciar una palabra, pero conseguí continuar. Después traduje el párrafo con frases cortas, evitando levantar la vista.
No fue una respuesta brillante.
Tampoco fue un desastre.
Cuando terminé, el profesor asintió y llamó a otro estudiante.
La clase siguió adelante.
Nadie se rio. Nadie hizo ningún comentario.
Y, sin embargo, mis manos continuaron temblando debajo del pupitre.
Había cometido un error pequeño. Uno que cualquier persona habría olvidado en unos minutos.
Yo no podía dejar de pensar en él.
Porque, durante aquellos segundos frente al libro, había estado a punto de escapar.
Había querido inventar una excusa, fingir un dolor de cabeza, salir del aula y no volver hasta que todos hubieran olvidado que existía.
Como con el piano.
Como con el dibujo.
Como con todas las cosas que abandonaba cuando dejaban de resultar fáciles.
Bajé la mirada hacia mis manos.
Esta vez me había quedado.
Eso debería haber sido suficiente.
Pero no sentía alivio. Solo vergüenza.
Y debajo de la vergüenza, algo parecido al miedo.
¿Qué pasaría si un día no conseguía fingir?
¿Qué quedaría de mí si los demás descubrían que no era tan bueno como creían?
Una ráfaga de viento golpeó la ventana.
Volví la cabeza.
La mancha había desaparecido.
Solo quedaban los árboles del patio, moviéndose bajo el cielo gris.
Me quedé mirando el cristal unos segundos más, hasta que el profesor volvió a hablar y tuve que obligarme a prestar atención.
Quizá había sido una sombra normal.
Quizá estaba tan cansado que mi mente había convertido una mancha cualquiera en algo que no existía.
Quería creerlo.

Al terminar las clases, guardé mis libros con cuidado y esperé a que el aula se vaciara.
Min-jun se acercó a mi pupitre.

-Oye, ¿te encuentras mejor?

-Sí.

Me estudió el rostro, como si intentara decidir si debía creerme.

-Si sigues sin dormir, deberías decírselo a alguien.

-No es para tanto.

-Bueno, como quieras.

Se colgó la mochila al hombro.

-Te escribo luego. No te olvides de los ejercicios de matemáticas.

-No me olvidaré.

Min-jun se marchó con los demás.
Me quedé solo junto a la ventana.
El silencio que dejó atrás no se parecía al del departamento. Allí, el silencio siempre parecía estar esperando algo. En el aula, en cambio, era un espacio vacío después de un día normal.
Me levanté y recogí el último libro.
Entonces vi mi reflejo en el cristal.
Mi rostro estaba pálido. Tenía los ojos cansados y la corbata algo floja.
Parecía yo.
Di un paso hacia la puerta.
Algo en el reflejo me hizo detenerme.
No supe qué había sido. Quizá un movimiento de mi cabeza. Quizá el cambio de luz cuando una nube cubrió el sol.
Me acerqué de nuevo.
Mi reflejo permaneció inmóvil, esperándome al otro lado del cristal.
Levanté una mano.
Él también.
La bajé.
Él hizo lo mismo.
Sentí una presión desagradable en el pecho y me obligué a apartar la mirada.
Basta.
No iba a pasarme el día comprobando si los espejos y las ventanas sabían imitarme.
Salí del aula sin volver la cabeza.
Pero mientras caminaba por el pasillo, una idea comenzó a repetirse en mi mente.
Durante la clase, yo había estado mirando la sombra.
No había visto mi reflejo.
Y, aun así, cuando el profesor pronunció mi nombre, había sentido que algo me observaba desde el otro lado del cristal.
Algo que no necesitaba tener un rostro para reconocerme.

Esa noche, cuando regresé al departamento, dejé la mochila junto a la entrada y encendí las luces.
Todo estaba en su sitio.
Los muebles claros. La cocina limpia. Las cortinas perfectamente recogidas. El reloj de la pared avanzando con su pequeño tic-tac.
Una casa normal.
Una vida normal.
Me preparé algo de comer, aunque apenas probé un par de bocados. Después hice los ejercicios de matemáticas y revisé las tareas del día siguiente.
No porque quisiera.
Porque necesitaba mantener la mente ocupada.
Cuando terminé, eran casi las once.
Me lavé los dientes y volví a mirarme al espejo.
Esta vez no encontré nada extraño.
Mi reflejo estaba cansado, pero parecía real. Levanté las cejas. Abrí la boca. Moví la cabeza de un lado a otro.
Todo coincidía.
Apagué la luz.
Antes de salir del baño, escuché un sonido detrás de mí.
Un pequeño chasquido.
Me volví de inmediato.
El espejo estaba oscuro, pero todavía podía distinguir mi silueta.
No me moví.
La silueta tampoco.
Esperé unos segundos y encendí la luz de nuevo.
No había nada.
Me reí por lo bajo, aunque no había nada gracioso.
-Necesitas dormir -me dije.
Cerré la puerta del baño y fui a mi habitación.
Me acosté sin cambiarme la camiseta. Dejé el teléfono sobre la mesita y apagué la lámpara.
Durante un rato, escuché los ruidos habituales del edificio.
Un ascensor.
Pasos en el piso de arriba.
El motor de un automóvil en la calle.
Poco a poco, mi respiración se volvió más lenta.
Estaba a punto de dormirme cuando recordé la ventana del aula.
La sombra.
Las letras que no podía leer.
Mi propia cara, quieta detrás del cristal.
Abrí los ojos.
No había nada frente a mí, solo la oscuridad de la habitación.
Me giré hacia la pared y cerré los párpados con fuerza.
Mañana sería diferente, pensé.
Mañana dormiría bien.
Mañana dejaría de ver cosas.
Y si volvía a ocurrir, no les prestaría atención.
Me repetí aquellas palabras hasta que comenzaron a sonar como una promesa.
Entonces, desde algún lugar del departamento, llegó un sonido muy leve.
Un chasquido.
Abrí los ojos.
Esta vez no me levanté.
Me quedé quieto, escuchando, con el corazón golpeándome las costillas.
No hubo un segundo sonido.
No hubo pasos.
No hubo ninguna voz.
Solo el silencio.
Pero, antes de que el sueño terminara de vencerme, pensé en algo que me hizo abrir los ojos una vez más.
Durante todo el día había intentado convencerme de que el problema estaba en mi mente.
Y, sin embargo, no recordaba haber visto una sola cosa extraña cuando estaba solo y dejaba de mirar.
Era cuando intentaba comprobar que todo estaba bien cuando algo parecía mirarme de vuelta.

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