El tereré como respuesta a por dónde andaba su cabeza. Mira, apuesto a que en esa casa servir algo para tomar era la manera de contestar sin contestar nada.
Capítulo 19
“No podemos cambiar aquello de lo que no somos conscientes, pero una vez que somos conscientes, no podemos evitar cambiar.”
In groups
Pensamiento
El tereré como respuesta a por dónde andaba su cabeza. Mira, apuesto a que en esa casa servir algo para tomar era la manera de contestar sin contestar nada.
Contenido de la publicación
“No podemos cambiar aquello de lo que no somos conscientes, pero una vez que somos conscientes, no podemos evitar cambiar.”
Sheryl Sandberg
Volver sobre mis pasos
Hay un momento bisagra en todo proceso de sanación en el que dejamos de mirar nuestra historia únicamente desde el rincón estrecho de la herida personal y comenzamos a observarla desde una perspectiva muchísimo más alta y compasiva.
Cuando empecé a mirar mi vida con la madurez que dan el tiempo y la experiencia, comprendí que, para entender quién era realmente, primero tenía que volver a mi madre. Pero esta vez necesitaba volver con una mirada limpia, no para juzgarla desde el reproche, ni para justificar ciegamente sus errores, sino para conocer, por fin, a la mujer real que existía detrás de la imponente figura materna. Necesitaba descubrir a la mujer que había tenido sueños propios truncados, miedos paralizantes, pérdidas silenciosas y heridas profundas mucho antes de convertirse en mi mamá.
En una de esas tardes de mates compartidos, cuando el tiempo parecía detenerse y podíamos disfrutar simplemente de estar juntas, me animé a hacerle una pregunta que nunca antes le había hecho: ¿qué sueños habían quedado sin cumplir? Al principio respondió que no sabía. Después empezó a contarme lo duro que había sido trabajar desde muy chica en el campo y cómo había tenido que abandonar la escuela para ayudar a su familia. Tras un largo silencio, sonrió con timidez y dijo que siempre le había gustado conocer el sur y ver esa nieve blanca de la que tanto hablaban, esa nieve que, según ella, algún día quería tocar y hasta "comer". Le pregunté si alguna vez había imaginado una vida diferente. Pensó unos segundos y respondió que no, que no se arrepentía de nada porque nos tenía a nosotros. Sus palabras me llenaron de una profunda nostalgia. Comprendí que nunca se había permitido imaginar una vida para ella misma; como si sus propios deseos hubieran quedado sepultados bajo el peso de las obligaciones y el amor por los demás.
Después le pregunté cuál había sido el mayor miedo de toda su vida. Sin dudarlo respondió, "Perder a un hijo". Entonces me contó su historia que me estremeció. Cuando quedó embarazada de mi hermana mayor, mis abuelos querían que interrumpiera ese embarazo. Ella, desesperada, le suplicó a la partera del pueblo que no lo hiciera porque quería tener a su hija. Mientras la escuchaba, intentaba imaginar el dolor y el miedo de aquella joven castigada únicamente por ser una madre soltera. Recién entonces comprendí que mucho antes de ser mi mamá había sido una mujer obligada a luchar por el derecho a ser madre.
Desde chica me intrigaba verla con la mirada perdida. Me preguntaba qué estaría pensando, a quién extrañaría o en qué lugar de su memoria se refugiaba cuando el silencio la envolvía. Una vez le pregunté por dónde andaba su cabeza y, con una sonrisa, solo respondió, "Trae el tereré, vamos a tomar". Nunca hablaba de lo que sentía. Tal vez no encontraba las palabras o tal vez había aprendido que había dolores que simplemente se callaban. Lo único que compartía conmigo eran sus sueños. Le fascinaba que intentara interpretarlos. Hasta le compré un pequeño libro para que aprendiera a leerlos por sí misma, pero siempre encontraba una excusa para que fuera yo quien lo hiciera. Ahora que no está comprendo que, más que comodidad, era una forma de buscar mi compañía.
Urgeteando en mi memoria recuerdo una escena, ella sentada junto al tocadiscos escuchando canciones de Leo Dan, algún chamamé que le gustaba de Veron Palacio como "Pajarito prisionero". Creía que nadie la veía, pero las lágrimas siempre terminaban escapándose. Yo la observaba en silencio, sin comprender del todo qué la hacía llorar. Hoy, cuando vuelvo esa imagen, inevitablemente me encuentro a mí misma. Pienso en cuántas veces mis propios hijos me habrán visto llorar mientras escuchaba música y lavaba los platos y con una sonrisa les decía que estaba bien, intentando protegerlos del dolor, exactamente igual que ella lo hacía.
Después de mi separación con Gustavo, nuestras conversaciones se hicieron más frecuentes. Ella intentaba convencerme de que, con el tiempo, iba a acostumbrarme a estar sola. Ella había tomado esa decisión cuando se separó de mi padre y estaba convencida de que era el único camino posible. Quería que yo cerrara definitivamente las puertas al amor, como ella lo había hecho. Pero, aunque entendía de dónde nacía ese consejo, yo no quería repetir esa historia. No quería sobrevivir resignándome a la soledad; quería volver a vivir sin dejar de ser yo.
Hoy comprendo que mi madre no me entregó sus miedos para dañarme, sino para protegerme con la única sabiduría que conocía. Me heredó una forma de amar atravesada por sus propias heridas, creyendo que así me mantenía a salvo del dolor que ella había vivido. Y, inconscientemente cargué esa herencia como si fuera mi destino. Hoy elijo honrar su historia sin repetirla. Puedo agradecer el amor con el que intentó cuidarme y, al mismo tiempo, construir un camino diferente. Porque entendí que estar bien conmigo misma no significa renunciar al amor, sino elegir compartir mi vida con quienes también sepan cuidarla.
Fue entonces cuando entendí que volver sobre mis propios pasos para rescatar la historia de mi madre también era una forma de rescatarme a mí misma. Detrás de nuestras diferencias, de nuestras heridas y de tantos desencuentros, existían dos mujeres haciendo lo que podían para seguir sobreviviendo.
Al final, descubrí que sanar no consiste en señalar culpables, sino en comprender las tramas que nos habitan. Mi madre no fue únicamente la mujer que me transmitió mandatos; también fue una hija atravesada por los miedos de su tiempo, una mujer que sobrevivió como pudo y que me amó con el aprendizaje que la vida le permitió construir. Y, así creí que para encontrar mi libertad debía alejarme de su mirada. Hoy sé que la verdadera libertad nació cuando pude comprenderla con compasión, sin dejar de elegirme a mí misma.
Esa comprensión transformó mi manera de entender no solo a mi madre, sino también a las mujeres que vinieron antes que nosotras. Las heridas, los silencios, los sacrificios y las renuncias no comenzaron en una sola generación. Viajan de madre a hija, de abuela a nieta, sostenidos por una cultura que durante décadas enseñó a las mujeres a sobrevivir antes que a vivir. Ninguna nace deseando callar sus sueños, resignar su libertad o creer que el amor exige desaparecer. Esas ideas también se heredan.
Por eso creo que cada mujer que decide romper el silencio y vivir de un modo diferente no camina solo por sí misma. Con cada paso honra la historia de quienes la antecedieron y deja un sendero un poco más libre para quienes llegarán después. Porque la sanación nunca termina en una sola persona, se expande, se comparte y transforma la memoria colectiva de las mujeres.
Hoy ya no siento la necesidad de romper con mi historia. Elijo abrazarla completa, con sus luces, sus sombras, sus dolores y su inmenso amor. Porque el mejor homenaje que puedo hacerles no es caminar sobre sus mismas huellas, sino abrir un camino donde ellas ya no tuvieron la oportunidad de hacerlo y asumir la responsabilidad de transformarla. Tal vez ese sea el legado más profundo que puedo dejarles a mis hijos y a las mujeres que algún día lean estas páginas, demostrar que siempre es posible interrumpir una herencia de dolor sin romper el hilo del amor. Que podemos recordar de dónde venimos sin quedar atrapadas allí. Y que cuando una mujer se atreve a recuperar su propia voz, nunca se libera ella sola; abre un camino para que otras también descubran que tienen derecho a escribir una historia diferente.
© Alejandra, 2026. Todos los derechos reservados. Texto protegido por ley.
Thoughts
-
PermalinkEl tereré como respuesta a por dónde andaba su cabeza. Mira, apuesto a que en esa casa servir algo para tomar era la manera de contestar sin contestar nada.
-
PermalinkLa nieve del sur que tu mamá quería tocar y hasta comer, contada entre mates, apuesto a que es la imagen que más se va a quedar de todo el libro, porque es el único sueño suyo que aparece sin estar al servicio de nadie. Me hizo pensar en cuántas madres tienen guardado un deseo así de chiquito y nadie se lo pregunta nunca.
Related posts
-
Prologo
Prólogo
-
Capítulo 20
“La libertad es siempre la libertad de quien piensa diferente.”
-
CAPÍTULO XIII: DESPUÉS DE LA TORMENTA SALE EL SOL
A veces sí. A veces no. A veces la tormenta dura mucho más de lo que alguien te prometió.
-
Capítulo VII: El cobro de la cuenta
Hay una aritmética cruel en la memoria de un hombre que ha hecho daño, pero sobre todo de un hombre que también ha sido destruido.
-
Latidos De Porcelana: Capitulo 2 - Cicatrices
La luz de la mañana se cuela por la ventana empañada de la cocina, haciendo lo que puede contra el frío. No es mucho. Me hundo las manos bajo las axilas en busca de un calor que mi propio cuerpo me…