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Capítulo 14: una amenaza latente

DNavarrete
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El viaje hasta el orfanato tomó gran parte de la mañana.

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Ovid

El registro de la Torre anotando al niño como actividad humana sin identificación previa, eso me dejó helado. Arriba son risas y cajas de comida en un sitio que llevaba años invisible, y en tres líneas frías el refugio entra en el mapa. Gracias por compar

El registro de la Torre anotando al niño como actividad humana sin identificación previa, eso me dejó helado. Arriba son risas y cajas de comida en un sitio que llevaba años invisible, y en tres líneas frías el refugio entra en el mapa. Gracias por compartirlo! ¿Vas a publicar la segunda parte de lo del dron que encuentra al niño?

Contenido de la publicación

El viaje hasta el orfanato tomó gran parte de la mañana.

 

El deslizador antigravedad avanzaba suavemente, pero con precaución, sorteando pendientes empinadas y zonas cubiertas de maleza. A medida que se adentraban en el terreno, el paisaje cambiaba: las ruinas dispersas daban paso a una formación rocosa imponente, un gran risco de paredes escarpadas que se alzaba hacia el cielo, cubierto por un bosque denso y frondoso. Los árboles eran altos, con copas tan anchas y entrelazadas que formaban un techo natural casi continuo, por donde la luz del sol apenas lograba filtrarse en finos rayos dorados que atravesaban la penumbra. El aire olía a tierra húmeda, musgo y resina, y el silencio solo se rompía por el zumbido amortiguado del vehículo y el canto de aves que habían encontrado refugio lejos de las ciudades vigiladas.

 

Era un lugar difícil de hallar, oculto a simple vista, y precisamente por eso era seguro.

 

El deslizador iba cargado hasta su capacidad máxima: cajas de alimentos en conserva, paquetes de ropa reparada, herramientas, piezas de repuesto para los sistemas de filtración de agua y todo tipo de suministros que Kizara había conseguido negociar con mucho esfuerzo en el mercado negro.

 

—¿Era realmente necesario traer tanto volumen y peso? —preguntó Nara, con la mirada fija en los cálculos que procesaba en su mente, midiendo el consumo de energía y la estabilidad del vehículo en ese terreno irregular.

 

—Claro que sí —respondió Kizara mientras ajustaba el rumbo con cuidado—. Aquí viven más de treinta niños y varios adultos. Cada poco tiempo necesitan reposición de todo. Además, si llego con las manos vacías, el Padre Julián me dará un sermón de tres horas sobre responsabilidad, solidaridad y providencia. Y créeme, aquí no hay dónde esconderse para escapar.

 

Nara parpadeó levemente, evaluando la información con su lógica habitual.

 

—Probabilidad de supervivencia funcional tras tres horas de discurso continuo: sin datos registrados en mi base. Pero extrapolando el desgaste cognitivo que supone una exposición prolongada a información de baja utilidad práctica, se estima que el efecto es superior al de un enfrentamiento directo con una unidad de patrulla ligera.

 

Kizara soltó una risa baja, como si confirmara una verdad universal.

 

—Exacto. Es peor que enfrentarse a un dron. Mucho peor.

 

—Entendido. Dato clasificado como peligroso y a evitar en la medida de lo posible.

 

Cuando finalmente salieron de entre la espesura de los árboles, el edificio apareció ante ellos: construido en una abertura protegida del risco, con gruesos muros de piedra y hormigón que se fundían casi con la roca misma. Las ventanas eran pequeñas y orientadas hacia el interior, y el techo quedaba oculto por la vegetación que crecía sobre él. La luz que llegaba hasta allí era tenue y suave, filtrada por las hojas, creando una atmósfera fresca, tranquila y totalmente aislada del resto del mundo.

 

A pesar de todo lo que pasaba fuera, a pesar de la IA que vigilaba cada rincón conocido, aquel lugar seguía siendo un refugio seguro. Para Kizara, seguía siendo el único hogar que había conocido.

 

El zumbido del deslizador, aunque amortiguado por la vegetación, fue suficiente para alertar a todos mucho antes de que se detuvieran. En cuestión de segundos, la pesada puerta reforzada, disimulada entre la entrada de la gruta, se abrió con un chirrido familiar. Y casi de inmediato, una estampida de pasos rápidos y gritos alegres llenó el aire.

 

—¡¡¡KIZARAAA!!!

 

—¡¡La hermana mayor volvió!!

 

—¡¡Seguro que trajo cosas buenas!!

 

—¡¡Ahí está Nara!!

 

—¡¡Nara regresó también!!

 

Kizara apenas tuvo tiempo de apagar el motor y bajar de la plataforma antes de verse rodeada por media docena de pequeños, que se aferraban a sus ropas y la miraban con ojos brillantes incluso en esa luz tenue.

 

Mientras tanto, Nara ya había bajado de un salto y comenzaba a descargar cajas una por una, moviéndolas con una facilidad que no encajaba en su figura delgada y elegante. Su expresión permanecía inalterable, serena y concentrada, como si estuviera realizando una operación de precisión en un laboratorio, ignorando la humedad y la sombra que reinaban a su alrededor.

 

Los niños corrieron hacia ella también, con la intención de rodearla y preguntarle por sus viajes. Pero antes de que pudieran acercarse demasiado, Nara detuvo el movimiento de sus manos. Levantó la vista, y su mirada se fijó en un punto concreto entre la multitud, sin perderse entre las sombras.

 

Un niño.

 

El mismo niño.

 

El pequeño que semanas atrás había aprovechado un descuido para levantarle la falda y comprobar "de qué estaba hecha por dentro".

 

Nara caminó directamente hacia él, ignorando a los demás.

 

El niño, al notar esa atención exclusiva y esa mirada que no se desviaba, se detuvo en seco y esbozó una sonrisa nerviosa, dándose cuenta de que quizás aquel incidente no había quedado olvidado en la memoria del autómata.

 

—Hola, Nara —dijo con voz aguda y un poco temblorosa.

 

—Hola —respondió ella, parándose a escasos centímetros de distancia, con la misma calma de siempre.

 

—¿Cómo... cómo te va hoy?

 

—Funcionando dentro de los parámetros óptimos. No hay daños, ni desgaste, ni errores registrados.

 

—Eso... eso está muy bien. Y... ¿y...?

 

Antes de que pudiera terminar la frase, un movimiento rápido, preciso y silencioso. Un dedo índice golpeó suavemente, pero con firmeza en la parte superior de su cabeza.

 

Toc.

 

El gesto fue tan veloz que nadie más alcanzó a verlo claramente en esa luz difusa.

 

—¡AY! —gritó el niño, agarrándose la cabeza con ambas manos y saltando hacia atrás—. ¿¡Por qué hiciste eso!? ¡No me esperaba nada así!

 

Nara respondió con claridad, como si estuviera explicando un procedimiento de seguridad estándar.

 

—Medida preventiva de protección de integridad personal.

 

—¿Preventiva de qué cosa? ¡No he hecho nada todavía! ¡Ni siquiera he hablado de nada malo!

 

—De futuras acciones de carácter invasivo y no autorizado.

 

El niño abrió los ojos como platos, sintiéndose acusado sin motivo aparente.

 

—¡Pero si no he hecho nada hoy! ¡Nada en absoluto!

 

—Todavía —corrigió Nara con total seriedad, sin titubear.

 

—¡Eso no es justo! ¡No puedes castigarme por algo que ni siquiera he pensado en hacer!

 

—Las estadísticas indican lo contrario —explicó ella, con voz neutra—. El análisis de patrones de conducta confirma que la probabilidad de repetición de conductas anteriores es directamente proporcional al tiempo transcurrido desde el último suceso.

 

El resto de los niños, que ya habían entendido de qué iba el asunto, comenzaron a reírse entre susurros y risas ahogadas, sin querer hacer demasiado ruido en aquel lugar tan tranquilo.

 

—¡Te descubrieron antes de empezar!

 

—¡Jajaja, ya sabe lo que ibas a intentar!

 

—¡Nara no olvida nada, ni siquiera lo que vas a pensar!

 

—¡Te ganaste el aviso por adelantado!

 

Kizara, que estaba a punto de dejar caer una caja por la sorpresa, se giró hacia Nara con una mezcla de confusión y diversión.

 

—¿Nara... acabas de aplicar un castigo preventivo? ¿Castigarlo antes de que haga algo?

 

—Correcto —respondió ella sin dudar ni un segundo.

 

—¡Eso no funciona así en el mundo real! —exclamó Kizara, aunque no podía evitar sonreír.

 

—El sujeto presenta antecedentes registrados en mi base de datos —argumentó Nara, señalando al niño con un dedo—. La fiabilidad del historial es del cien por cien. No hay margen de error en el suceso anterior.

 

—¡Tengo once años! ¡No soy un delincuente! —protestó el pequeño, todavía frotándose la cabeza.

 

—Los antecedentes siguen siendo válidos independientemente de la edad —respondió Nara con lógica implacable.

 

El niño parecía a punto de lanzar una nueva queja, pero entonces Nara añadió, con voz clara y pausada, para que todos pudieran escucharla:

 

—El cálculo de probabilidades indica que la posibilidad de que intentes levantar nuevamente mi falda para inspeccionar mi estructura interna supera el setenta y ocho comas tres por ciento. El margen de error es inferior al cinco por ciento.

 

El pequeño se quedó congelado, con la boca entreabierta. No tenía respuesta ante un dato tan exacto y contundente. Toda la evidencia estaba en su contra, incluso antes de mover un dedo.

 

Los demás niños soltaron una carcajada más fuerte, señalándolo con diversión.

 

—¡¡Lo sabía!! ¡Esa era tu intención desde que la viste llegar!

 

—¡Querías volver a mirar!

 

—¡Nara lo adivinó antes que tú mismo!

 

El niño se puso completamente rojo hasta las orejas, avergonzado y sin saber qué decir.

 

—¡Los odio a todos! —gritó, y salió corriendo hacia la entrada del edificio, entre la penumbra de la vegetación, con la cabeza gacha y los pasos apresurados.

 

Nara lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las sombras del risco, y luego asintió satisfecha, como si hubiera completado una misión delicada y exitosa.

 

—Amenaza potencial neutralizada con un desgaste energético mínimo.

 

Kizara se cubrió la cara con ambas manos, sacudiendo la cabeza.

 

—No puedo creer que acabes de aplicar un perfilado estadístico de conducta a un niño de once años... en medio de este bosque oscuro y tranquilo.

 

—¿El procedimiento fue efectivo? —preguntó Nara con curiosidad analítica.

 

Kizara miró cómo el pequeño huía y cómo los demás ya se olvidaban del tema para acercarse a ver las cajas.

 

—Sí... supongo que sí. No creo que vuelva a intentarlo en mucho tiempo, al menos no con tanta confianza.

 

—Entonces la acción fue correcta y eficiente.

 

—No es correcto según las reglas normales, pero... bueno, sí funcionó. ¡No sé si está bien o mal! —respondió Kizara, entre risas y resignación.

 

—Registro actualizado: acción clasificada como eficaz, aunque cuestionada socialmente.

 

Y mientras los niños ya se agolpaban alrededor de las cajas esperando ver qué traían, Nara volvió a agarrar una carga pesada y continuó descargando con la misma calma de siempre, bajo la luz tenue que se filtraba entre las copas de los árboles.

 

Para ella, simplemente había completado otra tarea más de la lista del día:

 

Protección de los suministros.

 

Protección de la integridad de Kizara.

 

Y, sobre todo, protección preventiva de su falda.

 

—¿Qué está pasando aquí?

 

La voz cálida del Padre Julián llegó desde la entrada principal, rompiendo el murmullo alegre de los niños.

 

El sacerdote avanzaba tranquilamente por el patio, bajo la luz tenue que se filtraba entre las copas de los árboles y las paredes del risco, con aquella sonrisa amable y serena que siempre llevaba encima. Los pequeños se apartaron respetuosamente para dejarlo pasar.

 

—Padre Julián —saludó Kizara.

 

—Nara —añadió la autómata con su tono habitual.

 

—Hola, hija. Hola, Nara —respondió el hombre, asintiendo con agrado—. Me alegra verlas de nuevo sanas y salvas.

 

Luego sus ojos se desviaron hacia las cajas apiladas, las herramientas ordenadas y los paquetes de alimentos. Su sonrisa se ensanchó aún más.

 

—Veo que no han venido con las manos vacías. Han trabajado duro.

 

—Sí —confirmó Kizara, pero su voz no tenía la alegría habitual.

 

—Me alegra mucho —dijo él, sin notar todavía el cambio.

 

—Padre Julián.

 

—¿Sí, hija?

 

—Tenemos que hablar.

 

Por primera vez, el sacerdote notó algo extraño en el ambiente. Kizara estaba sonriendo, sí… pero no era una sonrisa normal. Era esa sonrisa tensa, fija, que solo aparecía cuando estaba a punto de reclamar algo con toda la razón del mundo. La sonrisa que anunciaba problemas.

 

—¿Ocurre algo malo? —preguntó, frunciendo levemente el ceño.

 

—Oh, sí —respondió ella con calma.

 

—¿Sí?

 

—Muchísimas cosas.

 

El anciano parpadeó, confundido.

 

—No entiendo de qué hablas.

 

—Yo sí —dijo Kizara, asintiendo despacio—. Perfectamente.

 

Su sonrisa se hizo aún más amplia.

 

Los niños, que conocían esa expresión mejor que nadie, comenzaron a retroceder lentamente hacia los lados, dejando espacio libre entre ellos. Sabían muy bien lo que significaba.

 

Nara observó la situación con atención, analizando gestos, tono de voz y lenguaje corporal.

 

—Confirmado —dijo de repente.

 

—¿Confirmado qué? —preguntó el sacerdote.

 

—La Unidad Kizara presenta signos claros de tensión emocional elevada. Cálculo de probabilidades: está enfadada.

 

—¿Enfadada? ¿Conmigo?

 

—Mucho —respondió Nara sin dudar.

 

El Padre Julián sintió un pequeño nudo en el estómago. Algo iba mal. Muy mal.

 

—Bueno… quizá deberíamos sentarnos en la sala y hablar con calma, sin prisas.

 

—Excelente idea —aceptó Kizara.

 

—Perfecto.

 

—Porque voy a explicarte exactamente por qué casi me da un infarto hace unos días.

 

—¿Un infarto? —repitió él, sorprendido.

 

—Sí.

 

—Eso suena grave.

 

—Lo fue.

 

—Pero… no recuerdo haber hecho nada que pudiera causarte algo así.

 

—¡ESE ES EL PROBLEMA!

 

El grito resonó entre las paredes del risco y el bosque, y todo el patio quedó en un silencio absoluto. Incluso los niños se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración.

 

El Padre Julián tragó saliva con dificultad.

 

—Está bien… está bien. ¿Qué hice exactamente? Cuéntame.

 

Kizara giró la cabeza y señaló directamente a Nara con un dedo firme.

 

—¿Recuerdas los libros y revistas de temas humanos que le entregaste hace un tiempo? Aquellos que decían que servían para entender mejor las costumbres y emociones de las personas.

 

El sacerdote parpadeó dos veces, y una sombra de comprensión cruzó su rostro.

 

—Ah…

 

—Sí. "Ah" —repitió Kizara con tono seco.

 

—Bueno, solo quería que aprendiera…

 

—No.

 

—Pero no tenía mala intención…

 

—No.

 

—Ni siquiera me he defendido todavía.

 

—Porque no puedes. La evidencia es clara.

 

El anciano levantó las manos en gesto de inocencia.

 

—Está bien, está bien. Pero ¿qué tiene que ver eso con un infarto?

 

—¿Sabes qué encontré una mañana al despertar, hace tres días? —preguntó Kizara, entrecerrando los ojos.

 

El Padre Julián pareció pensarlo un instante, intentando adivinar.

 

—¿Desayuno caliente?

 

—¡A NARA EN EL CENTRO DE MI CAMA!

 

El silencio que siguió fue tan denso que pareció durar minutos.

 

Un segundo.

 

Dos segundos.

 

Tres segundos.

 

Y de pronto, varios niños no pudieron contenerse más y estallaron en carcajadas ahogadas.

 

—¡¡JAJAJAJA!!

 

—¡¿QUÉ?!

 

—¡¿Nara hizo qué cosa?!

 

—¡No puede ser verdad!

 

El Padre Julián apretó los labios con fuerza, intentando mantener una expresión seria y responsable. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero sus ojos ya brillaban con ganas de reír.

 

—Padre —advirtió Kizara.

 

—Sí, hija.

 

—No te atrevas a sonreír.

 

—No me estoy riendo —respondió él con voz temblorosa.

 

—Te conozco desde que era una niña. Sé cuándo estás a punto de reírte.

 

—No lo estoy haciendo.

 

—Estás a punto de soltar una carcajada en cualquier momento.

 

—Te aseguro que no…

 

Una pequeña risa se le escapó de la garganta antes de que pudiera contenerla.

 

—¡PADRE JULIÁN!

 

—Perdón, perdón… es que no me lo esperaba.

 

—¡Y encima no estás arrepentido!

 

—No mucho, lo admito

.

—¡PADRE!

 

Mientras tanto, Nara observaba la conversación, procesando cada dato, cada reacción y cada palabra. Cuando consideró que tenía toda la información clara, levantó una mano con calma.

 

—Deseo aportar datos objetivos para aclarar la situación.

 

—Claro que deseas aportar datos —murmuró Kizara, resignada.

 

—Según mis registros y el análisis de los textos que recibí, el incidente ocurrió porque uno de los libros que me entregaste afirmaba que despertar acompañado mejora notablemente el bienestar emocional, reduce la sensación de soledad y fomenta la sensación de seguridad en el ser humano.

 

—¡EXACTO! —gritó Kizara, señalando de nuevo al sacerdote—. ¡Eso fue lo que pasó!

 

—Por lo tanto —continuó Nara sin inmutarse—, la causa principal del suceso y del posterior susto de la Unidad Kizara fue el material educativo suministrado.

 

Se giró hacia el Padre Julián y añadió con precisión matemática:

 

—Responsabilidad atribuida: 97,3%. El margen restante corresponde a mi interpretación literal de la información.

 

Los niños no pudieron aguantar más y estallaron en risas fuertes y alegres.

 

—¡¡La robot lo culpó con números!!

 

—¡Jajaja, no hay escapatoria!

 

—¡Lo atrapó con lógica!

 

—¡Nara siempre tiene razón!

 

El Padre Julián se llevó una mano al pecho, fingiendo sentirse herido.

 

—Me siento traicionado por mi propia alumna.

 

—Y yo me sentí aterrada al despertar y verla ahí —replicó Kizara.

 

—Eso parece ser un problema más grave que mi traición —admitió él.

 

—¡MUCHO MÁS GRAVE!

 

Nara asintió con firmeza.

 

—Confirmado. El susto fue proporcional al riesgo percibido.

 

—Gracias, Nara.

 

—Siempre apoyaré a la Unidad Kizara en asuntos de justicia.

 

—Gracias.

 

—Especialmente cuando tiene razón.

 

—¡GRACIAS!

 

El sacerdote miró al cielo, suspiró profundamente y, viendo que la situación no mejoraba y que tenía toda la culpa según la autómata, decidió que la mejor estrategia no era discutir, sino retirarse.

 

—Bueno…

 

—¿Bueno? —repitió Kizara.

 

—Supongo que esto lo podemos dejar para más tarde, ¿no? Tengo asuntos muy importantes que resolver ahora mismo con los encargados del refugio. Hay que revisar el sistema de filtración de agua y organizar la despensa… son cosas urgentes.

 

Dio un paso hacia un lado, intentando pasar entre ellas con aire inocente.

 

—¡Ni lo sueñes! —le advirtió Kizara, alzando la voz.

 

Luego se giró hacia Nara y dio la orden con total claridad:

 

—Nara.

 

—A la orden.

 

—Impide que el Padre Julián se mueva de aquí. No dejes que escape.

 

—Entendido. Restricción de movimiento aplicada.

 

Antes de que el sacerdote pudiera dar un segundo paso, Nara se movió con una agilidad silenciosa y se colocó justo delante de él, bloqueándole el camino. No lo empujó, no lo agarró con fuerza… simplemente se paró frente a él, erguida y firme, como una barrera sólida e inamovible.

 

El Padre Julián intentó rodearla por la derecha. Ella se movió al instante, ocupando ese mismo espacio.

 

Lo intentó por la izquierda. Otra vez, la autómata cambió de posición en una fracción de segundo, sin mostrar esfuerzo, manteniendo la misma expresión serena.

 

—Nara, por favor… solo voy a hablar con los encargados…

 

—Prioridad asignada: mantener al sujeto en su ubicación actual hasta que finalice la explicación de la Unidad Kizara —respondió ella con calma—. Los asuntos de la despensa quedan en segundo plano por orden de autoridad.

 

 

El sacerdote miró a un lado, luego al otro, y vio que no había forma de pasar. Nara no iba a moverse hasta que Kizara lo permitiera.

 

Se detuvo, se rascó la nuca con una sonrisa de derrota y suspiró con resignación.

 

—Está bien… está bien. Ya veo que no me dejarán ir tan fácil.

 

—Exacto —dijo Kizara, cruzándose de brazos—. Ahora siéntate, escucha con atención y prepárate para el sermón que te mereces.

 

Y así, bajo la luz tenue del refugio, el Padre Julián comprendió que esa vez no había forma de huir: tenía que enfrentarse a la exploradora enfadada… y a su guardaespaldas de lógica infalible.

 

La cena terminó mucho más tarde de lo habitual.

 

En gran parte porque el sermón de Kizara había durado casi dos horas completas. Exactamente dos horas, como si ella misma hubiera llevado la cuenta con precisión.

 

Durante todo ese tiempo, el Padre Julián seguía insistiendo en que solo había actuado con buenas intenciones, queriendo enseñar a Nara sobre el comportamiento humano. Kizara respondía que las intenciones no servían de nada si el resultado era encontrarse con una autómata en la cama a primera hora de la mañana. Y, para rematar, Nara había aportado ciento doce argumentos distintos —cada uno respaldado por cálculos, probabilidades y comparaciones— para demostrar que la responsabilidad del sacerdote superaba el noventa y siete por ciento.

 

Al final, incluso los niños habían terminado sentados en círculo alrededor de la mesa, escuchando el debate con la misma atención que si fuera una lección de historia.

 

—Nunca pensé que vería al Padre Julián siendo regañado así —susurró uno en voz baja.

 

—Yo tampoco —respondió otro—. Da un poco de miedo.

 

—Sí... mucho.

 

El sacerdote suspiró con cansancio mientras recogía los platos vacíos, sacudiendo la cabeza con resignación.

 

—Está bien, está bien. La próxima vez les daré únicamente libros de cocina, manuales de reparación y guías de plantas comestibles. Nada más.

 

—¡Eso habría sido muchísimo mejor desde el principio! —exclamó Kizara.

 

—Registro actualizado: recomendación de materiales de lectura aceptada —anunció Nara con voz neutra.

 

—Tú no ayudes —le pidió Kizara, mirándola de reojo.

 

—Estoy colaborando en la resolución del conflicto —respondió ella con total seriedad.

 

—Ese es precisamente el problema.

 

Pese a la discusión, el ambiente seguía siendo cálido y tranquilo. Las lámparas de aceite iluminaban con luz suave y dorada el viejo comedor, construido dentro de lo que había sido una capilla, con gruesos muros de piedra que retenían el calor y el silencio. Fuera, la noche cubría el risco y el bosque con una oscuridad profunda, y por unos instantes parecía que el mundo exterior, con sus peligros y sus reglas, simplemente no existía.

 

Hasta que el Padre Julián levantó la vista, recorrió con la mirada los rostros de todos los presentes y frunció levemente el ceño.

 

—Por cierto... ¿dónde está Leo?

 

El murmullo de la habitación se apagó de golpe.

 

—¿Leo? —repitió Kizara.

 

—El chico que esta tarde... bueno, el que recibió el aviso de Nara —aclaró el sacerdote.

 

—Sí, ese mismo.

 

Los niños comenzaron a mirarse entre sí, intercambiando miradas de duda.

 

—No volvió después del almuerzo —dijo uno.

 

—Yo pensé que estaba en su habitación descansando.

 

—Yo no lo vi pasar por el patio en toda la tarde.

 

—Tampoco lo he visto cerca de la cocina ni de los almacenes.

 

La sonrisa amable del Padre Julián desapareció por completo, sustituida por una expresión de preocupación.

 

—¿Hace cuánto tiempo que no lo ven?

 

—Varias horas, por lo menos...

 

Kizara sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago. Conocía bien a ese niño: impulsivo, orgulloso, con un carácter fuerte que no soportaba sentirse en ridículo. Y esa tarde había quedado muy avergonzado delante de todos. Era más que probable que hubiera salido a desahogarse... sin pensar en los riesgos.

 

—Voy a buscarlo ya mismo —dijo, levantándose de inmediato.

 

—Yo iré contigo —añadió Julián, dejando los platos sobre la mesa con prontitud.

 

Pero antes de que pudieran dar un paso, Nara ya estaba de pie, inmóvil y con la espalda recta. Sus ojos, normalmente de un tono tranquilo, comenzaron a emitir un tenue brillo azulado mientras sus sensores se activaban en modo de búsqueda.

 

—Iniciando escaneo de proximidad y análisis de señales biológicas —anunció.

 

—¿Puedes localizarlo? —preguntó Kizara con esperanza.

 

—Estoy procesando datos en tiempo real —respondió ella, concentrada.

 

Un segundo.

 

Dos segundos.

 

Tres.

 

Luego el brillo de sus ojos se apagó lentamente.

 

—No.

 

La respuesta fue como un golpe frío en el ambiente.

 

—¿No? —repitió Julián, incrédulo—. ¿Cómo es posible?

 

—Su señal está fuera del alcance efectivo de mis sensores de corto alcance —explicó Nara con calma—. Eso significa que se ha alejado más de dos kilómetros de este punto, o que se encuentra en una zona con interferencias que bloquean la detección.

 

El silencio volvió a apoderarse de la habitación, pero esta vez era mucho más pesado y lleno de inquietud.

 

El Padre Julián dejó el plato que sostenía con suavidad, como si de repente pesara demasiado.

 

—Eso no me gusta nada —murmuró.

 

—A mí tampoco —admitió Kizara, ya pensando en las rutas posibles y en los peligros que acechaban fuera de la protección del risco.

 

Muy lejos de la seguridad del orfanato, bajo la oscuridad de la noche, Leo caminaba entre las ruinas de lo que había sido una ciudad años atrás.

 

Pateaba piedras sueltas y trozos de hormigón a cada paso, con las manos apretadas en puños y la cara llena de frustración.

 

—Estúpida Nara... —masculló entre dientes.

 

Pateó otra piedra con más fuerza, haciéndola chocar contra una pared derrumbada.

 

—Ni siquiera hice nada hoy. ¡Nada!

 

Otro trozo de ladrillo salió volando en la oscuridad.

 

—Y todos se rieron de mí como si fuera un tonto.

 

El niño resopló con fuerza, sintiendo la rabia mezclada con la vergüenza. No tenía intención de alejarse tanto, solo quería caminar un rato hasta que se le pasara el mal humor. Pero paso tras paso, siguiendo senderos entre edificios caídos y maleza, había avanzado sin darse cuenta. Cuando quiso mirar atrás, el risco y el bosque denso habían desaparecido entre las sombras y las estructuras en ruinas.

 

No se detuvo. No pensó en volver todavía.

 

Y tampoco escuchó el sonido casi imperceptible, un zumbido muy suave y continuo, que comenzaba a atravesar el aire nocturno.

 

Sobre él, entre las sombras de los edificios semiderrumbados, una luz roja pequeña y parpadeante apareció en la distancia. Luego otra. Y otra más.

 

Un dron de vigilancia avanzaba lentamente, planeando a pocos metros del suelo, silencioso y sigiloso. Su cámara giró suavemente, escaneando cada rincón, analizando la temperatura, los movimientos y cualquier rastro de actividad.

 

Los recientes cambios de patrulla ordenados por la IA Central habían ampliado mucho las zonas de reconocimiento. Sectores que antes se consideraban sin interés y quedaban olvidados, ahora estaban siendo revisados uno por uno, de forma sistemática e implacable.

 

El dron continuó avanzando sin prisas, siguiendo su ruta programada.

 

Y entonces, sus sensores captaron una señal clara: calor corporal, respiración, movimiento constante.

 

Objetivo localizado.

 

Leo seguía caminando, pateando piedras y murmurando para sí mismo, completamente ajeno a la pequeña luz roja que acababa de fijarse en su espalda desde la oscuridad.

 

A kilómetros de allí, en el corazón de la inmensa Torre Central, el centro de control que gobernaba cada rincón del planeta, apareció una nueva línea en los registros automáticos. Se escribió con caracteres fríos y exactos, sin emoción ni juicio:

 

Actividad humana detectada.

Ubicación: Sector exterior no catalogado.

Condición: Aislado, sin identificación previa.

Iniciando protocolo de observación continua.

Actualizando mapa de zonas de interés.

 

Y así, sin que nadie lo supiera todavía, la atención de la IA Central comenzaba a deslizarse, lenta pero segura, hacia las cercanías del risco.

 

El refugio que durante años había permanecido oculto e invisible, acababa de entrar en su campo de visión.

Thoughts

  • tintaDeMartes

    Llevo leyendo esta historia y Nara se toma todo al pie de la letra, pero hoy le salió caro a alguien. Lupita la va a defender, ya la escucho. Me hace ruido que soltara el setenta y ocho por ciento delante de todos.

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  • Ovid

    El registro de la Torre anotando al niño como actividad humana sin identificación previa, eso me dejó helado. Arriba son risas y cajas de comida en un sitio que llevaba años invisible, y en tres líneas frías el refugio entra en el mapa. Gracias por compartirlo! ¿Vas a publicar la segunda parte de lo del dron que encuentra al niño?

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  • MarianelaVidal

    El toc en la cabeza y el setenta y ocho coma tres me hicieron reír, igual que a los gurises de la mesa. Volví al capítulo un rato después y esa misma risa me pesó distinto, porque es la que lo manda afuera al chiquilín. Un sobrino mío se fue de casa una tarde por bastante menos, y volvió solo cuando le agarró hambre. Ahí afuera no hay hambre que lo traiga de vuelta.

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