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Latidos De ´Porcelana: Capítulo 10 - ¿Mi qué? Pregunta Respondida

J_Khraucer

Contenido de la publicación

Salgo del restaurante de Sisu. Le había pedido salir antes por lo del evento.

—A menos que una chica te esté esperando, no hay tarde libre —me dijo, sin levantar la vista del mostrador.

Admití que sí. Y no solo me dio la tarde. Abrió la caja, sacó unos billetes de más y los empujó hacia mí.

—Para que la invites a algo.

—Sisu, no...

Ya me los estaba metiendo en el bolsillo de la chaqueta. Ahí vio las entradas. Sonrió de lado y me dio un par de golpes en la espalda, casi me sacan el aire.

—Anda, muchacho.

Cruzo las calles mirando a ambos lados, repitiendo la hora exacta de la función. Lo que le voy a decir. Los pros. Los contras. El sol está en el horizonte, pero a lo lejos se acerca una nube oscura, espesa, arrastrando se hacia mi.

Un auto se detiene a mi lado. Dos bocinazos.

Lucas.

—¡Omena! ¿Vas a la iglesia vieja?

Asiento.

—Sube.

Dudo un par de segundos antes de subir. Es un buen tipo, me repito. El auto huele a alcohol, un rastro leve, y a un perfume de mujer que no es mandarina ni bergamota.

—Perdona el desastre. Es el auto de mi padre y deja sus cosas desparramadas.

—No te preocupes. Gracias por llevarme.

De camino me pregunta si estoy nervioso. Mi pierna no deja de rebotar, y él lo nota. Le digo que sí, que habrá mucha gente. Miento. Sigue hablando de lo increíble que es que una artista internacional acepte tocar con Verónica. Su parloteo continúa de fondo, pero mi cabeza va por otro lado, calculando qué tan importante es Lucas para ella. No hay nada de ella en este auto. Ni un pañuelo, ni un envoltorio. Nada.

Recuerdo que los vi discutir en los pasillos a principios de semestre. Ella le reclamaba por haberse metido con su padre, mientras él se rascaba la cabeza, incómodo. ¿Acaso él intentó defenderla para que no la dejara fuera del show con Mina? Sofía me contó que el hombre le había prohibido cantar para que no descuidara los estudios. Entonces, ¿Qué le dijo Lucas para hacerlo cambiar de opinión?

—Ya llegamos.

Nos quedamos mirando la masa de gente en la plaza. Todo está lleno de toldos negros.

—Quizás se largue a llover.

—Sí, tienes razón. Oye, ¿podrías darle esto a Verónica?

Me pasa un choker, esa cinta que va al cuello. Me quedo mirándolo más de lo normal, esperando una explicación.

—Dile que no sea distraída. Se le quedó en la casa de la cotorrita y tuve que pasar a buscarlo. Nos vemos adentro.

Vuelvo a respirar.

Creo que estoy reemplazando una paranoia por otra.

▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬

Jeff Mäkelä

Tengo las manos tan entumecidas que ya ni las siento. Quiero entrar a la iglesia de una vez para juntar calor; el viento está insoportable, pero este tarado me obliga a quedarme afuera haciendo guardia por si aparece Sofía. En serio, no entiendo cuál es su maldito problema. ¿Por qué no va, le dice que le gusta y deja de arrastrarme a estas estúpidas tácticas de "encuentro casual"? ¡Si al final los dos vamos al mismo evento!

—No la veo, Jeff...

—Quizás ya entró. ¿Por qué no vamos adentro de una puta vez? Me estoy cagando de frío, Marcos —le suelto, totalmente resignado al verle esa patética cara de perro abandonado.

—Esperemos un poco más —suplica el subnormal acomodándose su sombrero de copa.

¿Por qué carajos soy tan buen amigo?

—Oye, ¿ese de ahí no es el "no muerto"?

"No muerto" es el apodo con el que nos referimos a nuestro nuevo amigo, Valo Omena. Y sí, por una vez Marcos tiene razón. Es él. Lo veo abriéndose paso entre la multitud, estirando el cuello hacia todos lados.

Ni loco me quedo un segundo más aquí congelándome con este idiota.

Agarro a Marcos y lo arrastro hacia él. Pero justo cuando estamos a un par de metros, lo noto. La mirada, la ansiedad... Genial. El "no muerto" padece exactamente la misma enfermedad que este otro tarado.

—¿Qué hacen aquí? —pregunta el "no muerto" cuando nos ve.

—Te estábamos buscando. ¿Dónde andabas?

—En el trabajo. Lucas me trajo.

—¿Estás saliendo con el capitán del equipo de béisbol? Qué cliché...

El "no muerto" se ríe; sus estúpidos ojos amarillos brillan como ampolletas. Ya lo perdimos.

—Mírate la cara, pareces perro en adopción —le suelto.

—¿De qué hablas?

—Tienes esta cara —se burla Marcos, pestañeando como princesita.

¿Es en serio, Marcos? ¿Con qué cara te burlas, si hace diez minutos esa era tu misma expresión?

—Idiotas —Valo vuelve a reír. Arruga la nariz y se lleva el dorso de la mano a los labios. Me doy cuenta de que es exactamente así como se ríe ella—. ¿Han visto a la Vero?

Y ahí, Marcos suelta la bomba de la noche.

—No. Ella no vendrá —dice.

El rostro de Valo pierde de golpe todo su matiz de cachorrito.

—Llamó hace un rato. La mataron los nervios —le sigo el juego—. Al final se enfermó y no va a venir.

Quiero disfrutar un poco más del silencio incómodo, pero su reacción me frena. Definitivamente, Valo Omena no está hecho para las malas noticias. Parece que se va a desmayar.

—¡Es broma, tarado! —le grita Marcos, rompiendo la tensión.

Casi lo matamos de verdad, así que le doy una palmada en la espalda.

—¡Lo viste, Jeff! ¡Se puso pálido! —se ríe el muy inconsciente.

¿En serio no notó que el "no muerto" se volvió literalmente transparente? Si me preguntan por qué Sofía no le da una oportunidad a Marcos, es exactamente por eso: por bruto e insensible.

—¡Casi me matan, par de imbéciles! —protesta Valo, recuperando el aliento.

Le digo que le marque a la Vero. Empieza a buscar el teléfono en todos los bolsillos y resulta que el muy despistado lo perdió. Marqué a su número y me contesta su "novio", Lucas; se le había quedado dentro del auto.

Al colgar, le doy un golpe amistoso en la cabeza al "no muerto" —tuve que casi dar un salto, porque el infeliz es gigante o yo soy demasiado enano—. Justo en ese momento me fijo en lo que tiene en la mano: el contenido completo de sus bolsillos. Unos billetes y... ¿unas entradas? Las miro y luego lo miro a él con una sonrisa conplicativa. Valo se pone nervioso al instante; hasta le vuelve el color a las mejillas. ¡Pillín! Me hago el desentendido mientras él las esconde a toda prisa en la chaqueta.

—¿Qué traes ahí? —le pregunto.

—Nada, nada —se atolondra.

¿Cree que soy imbécil? Para ponerlo todavía más nervioso, le empiezo a molestar:

—¿Una rosa? ¿Un anillo? ¿Una cartita de amor?

Y en eso, el subnormal de Marcos interrumpe:

—¿Son condones?

Típico de él. Marcos no capta las dinámicas sociales ni aunque lo atropellen con una; simplemente suelta la primera estupidez que le cruza por la cabeza.

—También tengo un par en el bolsillo, por si aparece la mamita de Jeff —añade Marcos muy suelto de cuerpo.

Le hundo su estúpido sombrero de copa hasta la nariz de un solo golpe.

Y, olvidando ese pequeño asuntito sobre mi santa madre, agarro a mi amigo Valo de los hombros y lo interrogo:

—¿Para cuándo son?

Cuando me confiesa que son para hoy mismo a las ocho de la noche, casi lo estrangulo.

—¿Pero qué...? Oye, el festival termina a las 7:40. ¿No pensaste que vendrían los papás de Verónica? ¿Y si se la llevan? ¿Y si a Mina se le ocurre cantar otra canción más? El cine Orión está como a veinte minutos de aquí corriendo. Y aunque te pierdas los anuncios, ¿Cómo sabes si te van a dejar entrar? ¡vas a vomitar!

—Lo sé, Jeff, lo sé de sobra.

—¡¿ENTONCES?!

Se queda callado y se encoge de hombros.

—Escúchame bien: quiero que me digas exactamente lo que le vas a decir a Verónica.

—Pero, Jeff...

—¡Que me lo digas!

Se desmorona como una torre de cartas. Tartamudea, casi me escupe en la cara. Dios, qué ser humano tan lamentable habita en ese cuerpo gigante. Si voy a ser testigo de cómo se le da la oportunidad de su vida, ¡al menos quiero ver que lo haga bien!

—¡Con más personalidad, mierda! —le gruño.

Sé que tengo un carácter de perros, pero por Dios, ¡ya es un chico grande!

Valo toma aire.

—Verónica... ¿te gustaría ir al cine conmigo? ¿Hoy?

—Muy bien... así al menos no parece que la vas a cagar descomunalmente —apruebo.

En eso, Marcos junta las manos a la altura del pecho como una dulce princesita de cuento, y le dice a Valo que si Verónica lo rechaza, él acepta encantado la invitación, siempre y cuando se lo pida con ese mismo tono romántico.

Diez años mentales tiene la criaturita esta...

▬▬▬▬ஜ۩۞۩ஜ▬▬▬▬

Valo Omena

Llegamos a la puerta lateral de la iglesia. Hay demasiada gente. Le decimos a seguridad que somos los músicos, lo confirman y nos dejan pasar. La nube densa ya está justo encima de nosotros.

Los chicos se quedan en la entrada.

—¿No vienen conmigo?

Jeff me dice que esto tengo que hacerlo yo solo y me hace el gesto de que enderece la espalda.

Camino hacia la sacristía entre técnicos que instalan las luces. Una risa me llama la atención: Sofía sale de detrás del altar.

—¡Entonces come más, tonta, jaja!

Al verme, se acerca y me abraza con ese quejido tan suyo.

—¡Hueles rico! ¡A café!

—Vengo del trabajo.

—Oye, ¿y esos dos qué hacen ahí? Deberían estar revisando los instrumentos. Y... ¿qué es esa atrocidad?

Le sigo la mirada.

—Es un sombrero de copa. Creo que es por Slash o algo así.

—Es horrible.

Jeff me hace más señas desde lejos: cejas apretadas, ojos muy abiertos.

—¿Y a ese qué le pasa? ¿Por qué te mira así?

—Ah, es que... ¿has visto a Vero?

—Está atrás, intentando ajustarse el corsé. Pero adivina: le queda casi suelto a la flacuchenta.

—¿Puedo pasar a verla?

—Espera a que salga, mejor. No vaya a ser que la veas sin ropa.

El calor me sube a las mejillas. Por inercia saco las entradas del bolsillo, para esperarla aquí mismo.

—¿Y eso?

—Ah, son entradas.

Sofía las mira, luego me mira a mí. Los ojos le brillan un segundo. Le confieso que son para invitar a Verónica y su cara se endurece de golpe. Mira a los chicos, vuelve a mirarme. Parece molesta.

—No lo hagas.

—¿Por qué no?

—¿Me esperas un momento aquí, Valo? No te muevas.

Se aparta hacia donde están los chicos. Yo me quedo mirando la fachada de la iglesia y se me cruza la idea de un matrimonio. Mi cabeza no se detiene; sigue recordándome por qué el corazón me desboca el aliento.

Y entonces aparece ella.

Camina hacia mí. En cuanto me reconoce, sus ojos se encienden con una chispa de alegría genuina. Luego viene la sonrisa, e inmediatamente después, ese tierno gesto de arrugar la nariz. Lleva un vestido negro de corte victoriano, casi de muñeca, y el cabello suelto cae peinado sobre sus hombros. El delineado oscuro resalta el verde intenso de sus ojos, y ese labial negro... ese labial termina de dejarme completamente sin aliento.

—¿Cómo me veo? —me pregunta.

Cometo el error de tartamudear. Ella se ríe de mi torpeza y me empuja suavemente la mandíbula hacia arriba con sus dedos delicados. Al acercarse, el aroma de su piel me invade... y es un olor familiar. No es mandarina. No es bergamota esta vez.

—Te ves terrible —logro bromear.

Arruga la nariz, infla las mejillas y me da un par de golpecitos en el brazo. La risa se me escapa, casi nerviosa; no ayuda en nada a mi cordura que se vea tan hermosa.

—Mis padres vendrán finalmente... los dos. Sí, mi papá también.

—¿Aceptó venir?

—Sí, hablamos con él, mi mamá lo convenció...

—Me alegra saberlo, Vero. Sé que se dará cuenta de tu talento. Eres maravillosa.

Se sonroja. Abre y cierra la boca buscando qué decir, antes de soltar una risita que cubre con el dorso de la mano... La estoy mirando más de lo normal, incapaz de despegar los ojos de ella. Sin darme cuenta, mi mano se eleva sola sosteniendo las entradas, a punto de hablar, cuando alguien me hace aterrizar de golpe. Jeff me agarra del brazo.

—¡Hey, bro! Sabes, se nos olvidó pedirte un enorme, enorme favor. Al idiota este se le olvidó el cable del bajo. ¿Sería posible que fuéramos a buscar un repuesto a la Ressu?

—Es que en verdad lo necesito, lo dejé junto a mi sombrero... —agrega Marcos.

—Pero si tienes tu sombrero puesto —le respondo, confundido.

No entiendo qué demonios intentan comunicarme con esas caras. Cuando busco la complicidad de Verónica, la encuentro con la cabeza ladeada. Está mirando fijamente lo que sostengo en mi mano con una sonrisita curiosa. Sus labios deletrean el título.

—¡Suzume! Oye, Valo, ¡son entradas para Suzume!

Le devuelvo la sonrisa, pero Jeff y Marcos empiezan a insistir, casi empujándome para que los acompañe.

Y entonces, Lucas aparece en la puerta de la sacristía con mi teléfono en la mano.

—¡Oye, despistado! —grita. El grupo entero enmudece—. Dejaste esto en mi auto. Toma.

Me lo entrega. Luego, sus ojos se posan en Verónica con la misma fascinación con la que yo la miraba hace un segundo.

—¡Wow! Qué hermosa te ves, mi amor.

¿Mi qué?

Y entonces la besa. Frente a mí.

Respuestas

  • Respuesta aceptada

    MonicaSerrano

    Dos entradas en el bolsillo al lado de la plata de Sisu. Yo una vez guardé dos entradas un mes entero en la billetera y terminé yendo con mi hermana.

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  • legacy2014

    Ojo con la hora: el festival termina 7:40, la película es a las ocho y el Orión queda a veinte minutos corriendo. Jeff hizo la cuenta que Valo nunca hizo, y esa entrada de Suzume hoy no se usa.

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Salgo del restaurante de Sisu. Le había pedido salir antes por lo del evento.

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