Iván ya lo dijo en voz alta: cada pasajero muerto los debilita y la aguja está en el fondo. Capaz la cuenta también suma a los que matan en el puerto y por eso no sube nunca, pero pues no sé.
Capítulo 10: Corvos y balas
Pensamiento
Iván ya lo dijo en voz alta: cada pasajero muerto los debilita y la aguja está en el fondo. Capaz la cuenta también suma a los que matan en el puerto y por eso no sube nunca, pero pues no sé.
Contenido de la publicación
El sol del norte profundo se hundió en el Pacífico con la pesadez de un herido, tiñendo las fachadas de pino Oregón de un rojo sangriento antes de dejar paso a una oscuridad absoluta. En la plaza de armas, el Transantiago yacía como un fósil de metal moderno. Las veinte almas sobrevivientes se dispersaron por el puerto antiguo de madera en busca de respuestas, pero la noche en el asentamiento colonial traía consigo un pulso criminal que se negaba a apagarse.
A resguardo de las sombras de las rancherías, Byron y su facción comenzaron a repartirse los roles para la jornada. El bando de los cazadores operaba bajo una disciplina mafiosa, acechando los rincones de tierra batida. La mujer se le acercó de frente, acomodándose el vestido y clavándole una mirada cargada de una fría determinación.
—Estoy lista —le siseó en un susurro cortante.
A su alrededor, los siete hombres asintieron en un silencio cómplice. Desenvainaron los aceros oxidados de por puro morbo; las hojas curvas estaban completamente relucientes, vibrando con una latente sed de sangre humana. Byron metió las manos en los bolsillos donde custodiaba sus veintiocho monedas alma.
Se plantó delante de Iván con una fijeza paranoica. Giró el mango de suela de su corvo y le soltó la orden directa con una voz seca que cortó el frío del habitáculo:
—Prepárate, weón. Ten el bus mirando hacia la salida de la ciudad y deja la puerta abierta.
Iván, aferrándose al cuero gastado del manubrio con las pupilas dilatadas por el letargo psicológico, levantó la mirada hacia el delincuente. El bofetón del retén y el eco del grito de la Nachita le mantenían el pulso tiritón, pero la lucidez del chofer emergió ante la amenaza de los aceros.
—Prométeme que no vas a matar a ningún pasajero —le exigió Iván con la voz ronca y quebrada, buscando frenar la carnicería interna antes de que el desierto profundo se los cobrara en masa.
Byron soltó un bufido espeso, una risa de desprecio impregnada con el olor a azufre de la chupilca, y torció la boca en una mueca torva.
—No te prometo ni una weá —le contestó de golpe, dándole la espalda.
Iván dio un paso al frente sobre el metal, plantándose con desesperación ante el líder de los cazadores.
—Escúchame bien, Byron... Creo que cada pasajero muerto nos debilita a todos, así que no lo hagas —le advirtió el conductor, apuntando con el dedo índice el cuadrante muerto de los instrumentos—. La aguja está en el fondo. Si sigues matando, puede que no podamos escapar de este infierno.
—No sé de qué hablas, pero no te prometo ni una weá —le contestó Byron con un bufido de desprecio—. Tú haz tu parte y prepara el bus para escapar.
La profesora Elisa observaba la incómoda charla desde una distancia que le permitía enterarse de todo, con la mirada fija en el líder de los cazadores y sosteniendo la tensión en silencio.
Iván se volvió hacia la profesora y le dijo a Elisa que subiera al grupo al bus para evitar el frío de la pampa costera, pero aquello era solo la excusa para poder mover el bus y dejarlo listo para escapar en cuanto fuera necesario. En mitad de esos preparativos tensos, la facción del hombre silencioso se acercó a la cabina y le avisó a Iván que saldrían un momento a estirar las piernas por el puerto. Iván asintió con la cabeza, tragándose el pánico de la escasez, y les advirtió con voz ronca que no se alejaran mucho de la plaza y que estuvieran alerta por si tenían que escapar de golpe. Sin decir más, los cinco hombres se dieron la vuelta y se perdieron rápidamente entre las oscuras calles de tierra batida de Iquique.
Byron y su grupo decidieron colocar su emboscada en la cantina, calculando con frialdad que desde allí podrían obtener presas fáciles aprovechando el descuido de la noche. El papel de la mujer iba a ser vital como carnada para atraer a las víctimas hacia la trampa sin levantar sospechas. Para asegurar la jugada, acordaron que uno de los cazadores vigilaría de cerca a la mujer por si algo fallaba, teniendo la orden de socorrerla antes de que se desatara el caos, mientras que el resto del bando se mantendría oculto y agazapado en un callejón aledaño. En mitad de la penumbra que olía a guano y yodo, repasaron el plan varias veces con precisión quirúrgica, incluyendo la ruta de huida hacia la plaza por si el tablero se les ponía en contra.
En el interior del bus, una madre le arregla con dedos temblorosos la manta de lana gris a su hija para que pueda dormir, buscando aislarla del gélido ambiente del puerto. Desde el volante, Iván observa la escena y una desagradable sensación de déjà vu le oprime el pecho; el recuerdo de la Nachita y el dardo perforándole la rodilla vuelve a arañarle la cordura. Elisa lo ve tiritar frente al tablero y trata de consolarlo, bajando la voz en mitad de la penumbra:
—No puedes cargar con el peso de la culpa para siempre, Iván. Debemos encontrar la forma de salir de este lugar.
—Ni siquiera sabemos dónde estamos, ni a dónde debemos ir, Elisa —le dice Iván con una voz ronca que arrastra el cansancio acumulado—. ¿Qué tal si estamos en el camino equivocado?
De repente, la conversación se congela. En el asiento, la niña empieza a convulsionar de forma violenta, arqueando la espalda mientras una espuma blanca y densa le brota en arcadas por las comisuras de los labios. El pánico estalla en el pasillo. La madre y Elisa se abalanzan sobre ella, intentando estabilizar el cuerpo rígido en mitad del piso, pero sus esfuerzos médicos rústicos no dan ningún resultado.
De golpe, los espasmos cesan. Las pupilas de la menor se van hacia atrás, dejando los ojos completamente blancos y fijos hacia el techo de lata. Su cuerpo se queda rígidamente quieto en una parálisis absoluta y, con una voz espectral que no le pertenece a su infancia, la pequeña exhala tres palabras secas que retumban en el habitáculo desierto:
—¡MANUEL! ¡DIAMANTE! ¡LA SERENA!
Tras el grito, la tensión abandona sus músculos y cae inerte, convertida en un peso muerto, en los brazos de su madre.
La niña volvió a quedar sumida en un sueño profundo, respirando con una calma absoluta como si nada hubiera pasado. Sin embargo, en el interior del Transantiago, Iván, Elisa, la madre y los pocos pasajeros del pasillo permanecían petrificados, atrapados en un estado de profunda confusión ante el macabro y enigmático mensaje que acababa de brotar de la boca infantil.
A la distancia, recortándose entre la penumbra de las casas de la plaza de armas, se vio al bando del pasajero silencioso regresar hacia la máquina. Los cinco hombres se aproximaron a la puerta delantera y subieron los peldaños de metal de manera relajada. Su actitud transmitía una tranquilidad desconcertante, pero un nítido e inconfundible sonido metálico tintineó de forma pesada desde el interior de sus ropas sucias. El líder hermético miró fijamente al chofer, se acomodó la casaca deportiva donde custodiaba su botín secreto y le dijo a Iván con una frialdad que cortó el aire helado del habitáculo:
—Hacía falta estirar las piernas... Ya me dolían las articulaciones de la rodilla.
Un soldado que pasaba por la plaza de armas caminaba jugando alegremente con una moneda de plata entre los dedos, haciéndola girar bajo la luz mientras se dirigía a paso lento hacia el retén del puerto. Era el cabo de la aduana de Iquique, el mismo que le había cobrado el peaje a Iván. El militar de la infantería del siglo XIX miraba fijamente el micro-cráneo acuñado en la superficie de la pieza, se acomodaba el quepis con la mano libre y decía para sí mismo en un murmullo alegre, rompiendo la quietud helada:
—Se nos viene un buen vinito esta noche... Hoy paga la suerte.
La mujer vio a un hombre salir de la cantina y lo llamó de forma coqueta, modulando la voz en la penumbra. El sujeto, notablemente ebrio, simplemente se dejó llevar por la sensualidad del momento. Con sutileza, ella lo convenció para desviarse hacia el callejón oscuro, y él, con los sentidos completamente nublados por el alcohol, aceptó sin dudar.
Apenas pisaron la boca de la oscuridad, la trampa se cerró. Uno de los cazadores se le abalanzó por la espalda y le tapó la boca con fuerza, mientras dos más le neutralizaban los brazos con un agarre neumático. De inmediato, se desató una lluvia frenética de puñaladas; los aceros oxidados subieron y bajaron con una violencia ciega, buscando liquidar al hombre lo más rápido posible. El bando de Byron vio cómo el cuerpo perdía la tensión y colapsaba en mitad del pasaje sobre un espeso charco negro de alquitrán humeante.
Sin embargo, las leyes del R.U.T. arrojaron una anomalía que congeló a la jauría. El cadáver se disolvió en menos de diez segundos exactos, pero en el centro del fluido negro no cayó ninguna tarjeta plástica. En su lugar, brillando con un resplandor pálido sobre la tierra sucia, aparecieron únicamente treinta y cuatro monedas alma y un pequeño envoltorio de papel de diario de la época: un papelillo amarrado con un cáñamo podrido que contenía un polvo blanco-amarillento.
Uno de los cazadores se agachó de golpe, estiró los dedos tiritones hacia el botín y reconoció de inmediato:
—¡Polvo de hadas, hermano! —exclamó en un susurro desorbitado
—. La media cuea.
El bando de los cazadores repitió la estrategia de la carnada dos veces más en la oscuridad del callejón batido, acumulando un botín total de 71 monedas alma, un papelillo adicional de polvo de hadas y una cantimplora metálica de campaña que traía el oleaje espeso de la chupilca del diablo. Con los bolsillos pesados y los corvos tintineando bajo las chaquetas, Byron les dio la orden en un susurro cortante: era hora de volver al bus antes de que la noche del puerto se les cerrara encima.
Al salir del pasaje, la jauría se agazapó entre las sombras de las barracas al divisar una silueta en mitad de la calle de arena. Era el cabo de la aduana de Iquique, quien avanzaba a paso lento en dirección al retén portuario. El militar caminaba absorto, ajeno a los ojos que lo medían desde la penumbra; en sus manos resecas llevaba la moneda alma que Byron habían dejado caer por el forado del Transantiago. La felicidad del soldado por aquel tesoro era total, acariciando los relieves de plata con una sonrisa lúgubre, sabiendo de sobra que esa pequeña pieza pronto se convertiría en una deliciosa botella de vino para capear el frío de la caleta.
En mitad de la calle de arena, el cabo de la aduana se detuvo de golpe. Sus ojos resecos se abrieron con fijeza paranoica al ver que un vapor denso y blanquecino comenzaba a brotar de la superficie de la moneda de plata. Con un movimiento mecánico, acercó la pieza a su rostro para ver mejor y, de forma violenta, quedó completamente envuelto por aquel humo místico. La bruma entró a la fuerza por su nariz y su boca, quemándole las mucosas; sus pupilas se dilataron en hilos de sangre y sus ojos se volvieron rojos como el carbón encendido. La fisonomía del militar perdió toda rigidez marcial cuando su voz cambió por completo, mutando en el tono seco, denso y rítmico del viejo del número 111, que tomó control absoluto de la carne del cabo. El espectro posicionó el fusil Comblain en dirección al bando de Byron y, con una precisión quirúrgica parida por el tormento, jaló el gatillo.
El fogonazo de pólvora desgarró la penumbra del puerto. El impacto de plomo dio en pleno rostro de uno de los hombres del grupo de cazadores, destrozándole la mandíbula y el cráneo en un estallido carmesí. El muchacho ni siquiera alcanzó a soltar un quejido; cayó como un saco de papas sobre la tierra. El estruendo ensordecedor alertó al resto de la jauría, que rompió la formación en un parpadeo, separándose en varias direcciones entre las barracas para dificultar la línea de tiro del cabo poseído. El sonido del disparo no solo golpeó los oídos del grupo; las detonaciones en mitad de la noche pusieron de inmediato en alerta al retén militar del puerto, donde los cerrojos comenzaron a crujir.
—¡Byron, tenemos que volver al bus, hermano! —le gritó uno de los cazadores desesperado, tiritando por la resaca de la pólvora.
A los diez segundos cronometrados de haber recibido el tiro. El cuerpo perdió su solidez, crujiendo y vibrando hasta que se convirtió por completo en un charco negro de alquitrán humeante. Byron, arrastrando las zapatillas con una frialdad cínica impulsada por la avaricia, fijó sus pupilas en el fluido viscoso: su objetivo único era tomar la tarjeta plástica para no regalarle el saldo al desierto profundo.
A unos metros, el cabo poseído, operando el cerrojo del fusil con una rapidez espantosa para preparar el siguiente disparo, manteniendo el cañón de acero apuntando fijamente en dirección al charco negro. En el centro exacto del petróleo humeante, reflejando las estrellas, apareció la tarjeta plástica negra con el número 1999 grabado en blanco. El grupo sabía perfectamente que debía tomar la tarjeta a como diera lugar, pero el riesgo de cruzar la línea de fuego les oprimía el pecho.
Moviéndose con el sigilo, la jauría comenzó a reptar entre los pilotes de madera; unos avanzaban con la intención sutil de acercarse al flanco del cabo para cortarle la respiración a puros tajos, mientras otros estiraban las manos hacia el plástico del charco. Fue en ese milisegundo de máxima tensión acústica que a lo lejos se escuchó el crujido rítmico y pesado de las botas de la infantería: se acercaban soldados en marcha desde el retén portuario.
—¡Byron, vienen los milicos, hay que dejar la weá! —apremió uno, pero el líder interino se negó a soltar el botín.
Rompiendo la inmovilidad, la mujer dio un paso felino y tomó la tarjeta plástica del charco negro. El cabo poseído reaccionó al movimiento y le disparó a quemarropa: el plomo macizo rasgó el aire y le dio de lleno en el hombro izquierdo, atravesándole la carne con un impacto limpio y con salida de proyectil que salpicó de alquitrán las paredes. La mujer soltó un rugido de animal herido, pero se aferró al plástico con los nudillos blancos.
El cabo intentó operar el mecanismo del fusil para introducir un nuevo cartucho, pero el tiempo que le tomaba recargar el arma les dio el margen necesario al bando de los cazadores para ejecutar la venganza callejera. Se le abalanzaron encima en una jauría ciega; lo neutralizaron tirándolo contra la tierra y procedieron a apuñalarlo de forma frenética con los corvos militares, hundiéndole el acero curvo una y otra vez en el abdomen hasta que el fluido negro brotó a borbotones sobre las botas.
El cobro estaba consumado, pero el tablero de Iquique se cerró sobre ellos. Las patrullas de soldados de la Guerra del Pacífico doblaron la esquina de la plaza de armas en una columna rígida. Al ver la carnicería bajo las luces mortecinas y contemplar cómo un grupo de civiles con ropa moderna terminaba de asesinar y ver caer a uno de los suyos en mitad de la calle, la disciplina militar del R.U.T. estalló sin contemplaciones. Un oficial alzó el brazo, el siseo de veinte fusiles Comblain listos para ejecutar la sentencia congeló la caleta, y el grito del sargento retumbó con una solemnidad colonial que sepultó el puerto antiguo de madera:
—¡APUNTEEEN... FUEGOOOO!
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