"El barro también se puede llevar en el corazón. Y no pesa. Al contrario, te hace más liviana". Eso. Es exactamente eso.
Capitulo 1
Porque recordar tambien es amar.
Pensamiento
"El barro también se puede llevar en el corazón. Y no pesa. Al contrario, te hace más liviana". Eso. Es exactamente eso.
Contenido de la discusión
Capítulo 1
Porque recordar también es una forma de amar.
Cuando eres niño, ríes sin parar.
Juegas y ves la vida de forma fugaz, superficial. Las cosas materiales no llenaban el corazón: tu helado favorito que se derrite en la mano, correr en el parque con amigos hasta que te duelan las piernas, o tirarte en el sofá a ver televisión mientras devoras papas con sal.
Ser feliz era así de simple.
¿Pero en qué momento cambia?
A veces por una nota mala en la escuela. A veces porque el chico que te gusta mira a otra. A veces sin razón. Solo un día despiertas y la felicidad pesa.
- Ver a mamá sonreír de verdad, no esa sonrisa cansada.
- Reírte de cualquier tontería con tus hermanos hasta que te duela la panza.
- Cocinar tu postre favorito aunque salga duro como piedra.
Uno cambia.
Mamá dice que siempre he estado molesta. Tal vez fue por el secreto que le oculté. Tal vez porque mi corazón dejó de ser puro. Y ahí empezó todo. Ahí empezó mi tormenta.
Donde, en lugar de crecer el amor, creció el odio y el rencor. Con apenas 6 años, cargando odio y enojo. La ansiedad se apoderó de mí sin que me diera cuenta. Llegó en silencio, con calma, con cautela, para instalarse y no soltarme.
Todo empezó con algo tan simple como comer de más, aunque el estómago dijera que no. En ese tiempo nadie hablaba de ansiedad. Le ponían otros nombres: mal genio, edad del burro, antisocial.
¡Vaya! Nadie ve el trasfondo del sufrimiento de una persona. Menos de una niña, porque "solo es un berrinche", porque "solo quiere llamar la atención".
Para mí, aislarme y quedarme callada era la solución. Reprimir las emociones y no mostrar tristeza era mi forma de ser fuerte.
Y hoy me pregunto: ¿Por qué tenía que ser fuerte? Solo tenía 6 años.
Eso me dejó una duda clavada: ¿Cómo nadie a mi alrededor vio las señales? Entender a un niño es difícil, sí. ¿Pero acaso los adultos olvidaron que ellos también fueron niños? ¿Olvidaron el sabor del miedo y la angustia cuando algo malo pasa?
Nada cambió. Mientras crecía, todo se hacía más pesado. Mis notas nunca fueron las mejores, pero al menos no le daba dolores de cabeza a mamá.
Ser la cuarta de 6 hijos te vuelve invisible. Estás en medio. Ni la mayor con sus problemas, ni la pequeña a la que cuidan. Estás a la deriva. Sin protección. Sin que nadie pregunte cómo estás. Los grandes resolvían sus dramas. Los pequeños solo tenían que no perderse en el parque de la esquina.
No todo era oscuro, ¿saben? Cuando papá aparecía con golosinas o algún juguete barato, esos días se prendían. De papá casi no hay historias. Pasó años fuera de casa. Mamá cargó con los 6 sola, sin la abuela cerca para ayudar. Criar no es fácil.
Pero aun en los días de golosinas, pasaban cosas malas. Los monstruos no solo viven afuera.
De eso hablamos después.
Por ahora, déjenme llevarlos a la casita. A esa de madera, con patio de tierra y árboles de papaya. A esa donde todavía se podía reír sin culpa. Donde el maní crecía en las ramas y mamá decía que todo iba a estar bien.
Porque antes de contarles la tormenta, tengo que recordarles la calma.
Es momento de la felicidad. De recordar los buenos momentos.
Aquella casita de madera de dos pisos. Con un patio lleno de árboles de papaya. Mamá me hizo creer que el maní crecía como las moras, en las ramas. Tan ilusa, tan ingenua... ¿Cómo iba a dudar si lo decía mamá?
En ese entonces el maní no me hacía daño. Lo comía tranquila, sin que me diera tos ni me saliera sarpullido en el cuerpo. Me sentaba bajo el árbol y partía las cáscaras con los dedos, imaginando que era una cosechadora experta.
Los días soleados, mamá nos llevaba al río. Claro está: nos llevaba para que nos bañáramos mientras ella lavaba la ropa contra las piedras. El agua estaba helada al principio, pero después el sol te pegaba en la espalda y ya no querías salir.
Entre risas, juegos y algún enojo por un chapuzón de más, terminábamos agotadas. Con la piel arrugada de los dedos y el pelo lleno de nudos. Al regresar, nos tirábamos a una siesta corta. El piso de madera crujía y mamá tarareaba bajito mientras doblaba la ropa.
En aquel entonces la gente no parecía tan mala. O tal vez, como no teníamos tecnología a la mano, no nos enterábamos de nada a menos que saliera en la televisión. El mundo se reducía a esa calle de tierra, al olor de papaya madura y a la voz de mamá diciendo "ya es hora de entrar".
Por un rato, todo era simple otra vez.
Las noches eran otro mundo. Cuando se iba la luz, que se iba seguido, sacábamos velas y la casa se volvía gigante. Las sombras en la pared de madera parecían monstruos... pero de los buenos. Los que te hacían reír.
Mamá calentaba agua y nos hacía chocolate espeso. Nos sentábamos en las gradas de la escalera, con la taza entre las manos para calentarnos. Afuera solo se escuchaban grillos y, de vez en cuando, algún perro ladrando a lo lejos.
Mi hermana mayor contaba historias inventadas. Ninguna daba miedo de verdad. Siempre terminaban con un tesoro escondido bajo el árbol de papaya. Y al día siguiente, todos salíamos a cavar con cucharas, convencidos de que esta vez sí lo encontraríamos.
No había internet, no había planes. Había tiempo. Tiempo para aburrirse, para inventar, para pelear por la última cucharada de chocolate y después reírnos todos juntos.
Esa casita no era lujosa. Se metía el viento por las rendijas. En invierno el frío calaba los huesos. Pero tenía algo que ninguna casa grande me ha dado después: paz. La paz de sentir que, aunque el mundo afuera fuera un caos, dentro de esas paredes de madera estábamos a salvo.
Al menos por un rato.
Domingo era día de cocina. Mamá nos ponía delantales que nos quedaban gigantes y nos dejaba batir la masa. Terminábamos más enharinadas que el postre. Yo insistía en que mi postre favorito era el que yo hacía, aunque saliera duro como piedra. Mamá se lo comía igual, sonriendo, y decía que era el mejor del mundo.
En la tarde, mi hermana y yo armábamos "casas" con sábanas viejas entre los árboles de papaya. El patio se volvía un reino. Yo era la reina y ella mi guardia. Nos olvidábamos de la hora. Nos olvidábamos de todo, hasta que mamá gritaba desde la puerta: "¡Se hace de noche!".
A veces llegaba papá sin avisar. Con una funda de caramelos que sabía a premio. Corríamos todos. Peleando por el mismo dulce, pero peleando riéndonos. Esos días la casita de madera se llenaba tanto que el techo parecía que iba a levantarse.
Era felicidad sin ruido. Sin fotos. Solo el sonido de los pies descalzos en el piso de madera y mamá diciendo "cuidado, no se caigan".
Y luego, sin avisar, empezó a cambiar:
Pero la casita también aprendió a callar. El patio se hizo más chico. Los árboles de papaya dieron menos fruta. Las peleas de mis hermanos ya no eran por caramelos. Eran por cosas que no entendía.
Empecé a notar que mamá sonreía menos cuando batía la masa. Que se quedaba mirando por la ventana después de que papá se iba, y esa mirada duraba horas.
La escalera de madera, que antes era trono para comer chocolate, se volvió el lugar donde me sentaba a escuchar voces bajitas desde la cocina. Voces de adultos. Voces que no eran para niños.
Y yo, que antes partía maní bajo el árbol sin miedo, empecé a esconderme ahí. Ya no para jugar a la reina. Para no oír. Para no ver.
La casita seguía en pie. Pero algo dentro de mí ya se estaba cayendo.
Necesitábamos respirar de lo otro. Así que volvamos al árbol.
Mi hermana mayor y yo pasábamos horas colgadas de las ramas bajas del árbol de papaya. Jugábamos que era un barco pirata. Ella era la capitana, yo la grumete que se caía a cada rato. Un día encontró un cable viejo tirado. Estaba lleno de espinos oxidados. Para nosotras era "la cuerda mágica del tesoro". Jalamos, nos colgamos, nos reímos... hasta que uno de esos espinos se le enterró en la quijada de mi hermana.
Sangre. Mucha sangre para ser solo un rasguño. Ella no lloró. O al menos no delante de mí. La capitana no llora.
Mi otra hermana, la mayor de las tres, entró en pánico de doctora. "Hay que coserlo", dijo seria, como si hubiera visto eso en la televisión. Corrió a buscar hilo y aguja de mamá. La acostó en la mesa del planchador, esa mesa de madera que siempre olía a ropa caliente.
"Quieta", le ordenó a la herida. Con la lengua de lado, como hacen los adultos cuando se concentran, empezó a pasar la aguja. Mi hermana apretaba los dientes y yo sostenía su mano, más asustada que ella.
No sé si le hizo un punto o diez. Solo sé que terminó con un nudo gigante y mi hermana con una cicatriz que todavía tiene. Y las tres muertas de risa después, porque qué otra cosa hacen las niñas cuando la sangre se seca. Mamá nos regañó después. Mucho. Pero esa tarde, en la mesa del planchador, creímos de verdad que podíamos curar todo con hilo, aguja y valentía de hermanas.
Todavía pienso que, en parte, teníamos razón.
Nos bañábamos en el patio. Balde, jabón y el sol pegando en la espalda. Nada de ducha. El patio era de tierra y tenía bajada, como si la casa estuviera suspirando cuesta abajo.
Empezó a llover de repente. De esas lluvias de verano que caen duras y te empapan en 3 segundos. La tierra se volvió lodo en nada.
Mi hermana me miró, yo la miré a ella, y sin decir nada lo entendimos: el patio era una resbaladera gigante.
Tiramos el jabón. Corrimos. Nos tirábamos de panza y nos dejábamos ir cuesta abajo, chillando y llenándonos de barro hasta el pelo. Cada bajada era más rápida. Cada risa más fuerte.
Salimos todas salpicadas. Piernas, cara, dientes. Parecíamos monstruos de barro felices.
Mamá salió con la toalla en la mano para regañarnos... y se quedó ahí, en la puerta, riéndose. Con esa risa suya que empezaba bajito y terminaba en carcajada. No nos gritó. Solo dijo: "Después me ayudan a limpiar todo este chiquero".
Y ayudamos. Pero primero nos tiramos una bajada más. Porque la lluvia no espera.
Ese día entendí que el barro también se puede llevar en el corazón. Y no pesa. Al contrario, te hace más liviana.
Pasaron días así. Días de sol, de barro, de risa en la mesa del planchador. Días normales.
Hasta que llegó una mañana diferente.
La mañana cambió sin avisar.
Los minutos pasaron. La escuela tocó el timbre y yo seguía en la puerta, mirando la calle vacía. El huerto se llenó de silencio. Las libélulas ya no brillaban igual.
Llegó una vecina corriendo. Sin aliento. Con la cara que ponen los adultos cuando traen malas noticias.
"Mamá tuvo un accidente", dijo. Y esas cuatro palabras pesaron más que toda la casa de madera junta.
No recuerdo bien el camino. Solo recuerdo la puerta abriéndose despacio. Y ahí estaba mamá.
Tenía la cara hinchada. Un moretón que le cruzaba el pómulo. Un corte en el labio que todavía sangraba poquito. Pero lo peor no era la sangre. Lo peor era la sonrisa. Esa sonrisa chiquita, torcida, que ella sacaba cuando no quería que nos diéramos cuenta de que le dolía.
"Estoy bien, mija", nos dijo. Y nos alborotó el pelo a mí y a mis hermanos, con la mano que no tenía dolor. "No es nada. Ya vayan a la escuela, que se les hace tarde".
Todos llorábamos. Mis hermanos mayores trataban de ser fuertes. Yo no podía dejar de mirarle el labio. Pensaba que si se le cerraba la herida, entonces todo iba a volver a ser normal.
Ella repetía: "Vayan, estudien. Eso es lo importante". Como si su dolor fuera menos urgente que nuestras letras y números. Aprendí ahí, sin que nadie me enseñara, que los adultos también mienten. Pero mienten bonito. Mienten para cuidarte.
Yo tenía 5 años y entendí dos cosas ese día: que el mundo se puede romper en un segundo... y que mamá iba a seguir sonriendo aunque le doliera el alma.
Ir a la escuela con mamá así no era opción. No podía cruzar la calle para aprender a leer, mientras a ella le costaba trabajo hablar.
Ese día no crucé. Me quedé junto a su cama. Le sostuve la mano buena. Y entendí que a veces crecer es elegir quedarte, aunque te digan que te vayas.
Pasaron los días. Mamá se curó despacito, con remedios de la abuela y con esa terquedad suya de no quejarse. El moretón se volvió amarillo, después café, después nada. Pero la sonrisa fingida de ese día se me quedó grabada.
Volví a la escuela una semana después. Crucé la calle sola, como me había enseñado. Las libélulas seguían en el huerto. El timbre seguía sonando. Todo parecía igual.
Pero yo ya no era el mismo.
Entendí que crecer no es cumplir años. Crecer es cuando te toca elegir entre lo que te dicen que hagas... y lo que el corazón te grita que hagas.
Ese día elegí quedarme. Y no me arrepiento.
Porque hay cosas más importantes que llegar temprano a clases. Hay manos que sostener cuando tiemblan. Hay madres que sonreír aunque les duela.
Desde entonces, cada vez que cruzo una calle, miro a los dos lados. No por los carros. Miro para asegurarme de que nada de lo que amo se quede atrás.
El barro de la resbaladera se lavó. La cicatriz del cable se cerró. Pero la lección de esa mañana se quedó para siempre:
A veces, la tarea más importante no está en el cuaderno. Está en la mano que aprietas cuando el mundo se pone a llorar.
Thoughts
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PermalinkDe toda la casita, el chocolate en las gradas de la escalera es lo que me genera más curiosidad. ¿Tu hermana sigue contando historias así?
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PermalinkEl momento de correr por el barro en la lluvia. Eso es. Eso es el inicio de entender que la vida puede tener felicidad sin guión.
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Permalink"El barro también se puede llevar en el corazón. Y no pesa. Al contrario, te hace más liviana". Eso. Es exactamente eso.
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PermalinkQuizá es por todo lo que pasó después, pero cada detalle de la casita suena como algo que solo vos podías ver así. Como si la memoria tuviera lentes particulares.
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