Saltar al contenido
Cargando…

Capítulo 1: La Promesa que el Mundo No Podría Romper

DNavarrete
Pensamiento

Pensamiento

curioso31

Prescindible, dice. Uf.

Prescindible, dice. Uf.

Contenido de la publicación

La lluvia caía con furia salvaje sobre las cumbres, como si el cielo mismo se estuviera desgarrando. Nubes negras, densas y pesadas como plomo, cubrían todo rastro de luna y estrellas. Los relámpagos rasgaban la oscuridad en intervalos irregulares, iluminando por un instante la carretera que serpenteaba entre pinos oscuros y empinados acantilados. El agua corría sobre el asfalto formando riachuelos rápidos, lamiendo los bordes de la calzada. La visión era casi nula.

 

Un automóvil avanzaba despacio, luchando contra la tormenta.

 

En una curva cerrada, el neumático patinó. El vehículo derrapó, atravesó la barrera de protección y cayó en espiral por la ladera, entre árboles que arañaban la chapa, hasta quedar volcado y en silencio entre la maleza. Solo quedaban las luces de emergencia, parpadeando una y otra vez en la penumbra: intermitente… intermitente… intermitente… como un latido que se apaga.

 

En el asiento trasero, un niño pequeño estaba atrapado. Temblaba de pies a cabeza, con el pecho agitado por sollozos que apenas lograba contener.

 

—Mamá… —su voz fue un susurro que se perdió entre el ruido de la lluvia.

 

Una mano, manchada de rojo, se movió lentamente hacia él. La mujer, herida y débil, abrió los ojos con esfuerzo.

 

—Haruki… estoy aquí.

 

—¡Tengo miedo! —gritó él, aferrándose a sus dedos.

 

—Lo sé… —ella acarició su mejilla con la última fuerza que le quedaba—. Pero mamá no se irá. Escúchame bien: pase lo que pase, mamá jamás te dejará solo. ¿Me lo prometes?

 

—¿Me lo prometes? — sollozó el niño.

—Te lo prometo.

 

Un relámpago iluminó el interior destrozado del coche. Fue la última imagen clara que guardó de ella.

 

Años después. La lluvia se había marchado, dejando el aire limpio y fresco. El sol caía en rayos suaves por las ventanas altas de la Academia Seiran, bañando de luz dorada y tenue los pasillos que ya estaban casi vacíos. La mayoría de los estudiantes regresaban a casa; el silencio comenzaba a instalarse en cada rincón.

 

Pero en un salón del tercer piso, la puerta se había cerrado con cerrojo. Allí quedaban cinco personas.

 

En el centro, solo frente a cuatro, estaba Haruki Aoyama. Tenía dieciséis años, medía ciento sesenta y ocho centímetros, y su presencia parecía diseñada para no llamar la atención: cabello oscuro y desordenado que le caía sobre la frente, unos ojos grandes y oscuros que siempre miraban hacia el suelo, ocultos tras unos lentes de montura fina que se ajustaba con frecuencia, nervioso. Llevaba el uniforme impecable pero arrugado, la mochila abrazada contra el pecho como un escudo. Bajo la camisa, se adivinaban las marcas recientes de golpes que intentaba ocultar. Delgado, de movimientos contenidos, como si temiera ocupar demasiado espacio. No era fuerte, no era destacado, no era popular. Y precisamente por eso, era el blanco más fácil.

 

Delante de él, con las piernas abiertas y los puños cerrados, estaba Daigo Kurogane. Diecisiete años, ciento ochenta y cinco centímetros de pura masa muscular imponente, hombros anchos, brazos gruesos y marcados que se veían incluso bajo la camisa desabotonada. Su cabello era de un rojo oscuro, revuelto y salvaje; sus ojos, de color ámbar rojizo, miraban con desafío y fuego. Una tirita cruzaba su mejilla derecha; en la oreja izquierda llevaba un aro de plata, y al cuello un collar metálico que no se quitaba jamás. Anillos de acero brillaban en sus dedos. Su chaqueta, abierta, mostraba un emblema personal: un dragón negro. Caminaba con pasos pesados, ocupando todo el espacio, sonriendo con esa media sonrisa desafiante que prometía problemas.

 

A su lado, un poco más atrás, con la mirada baja y inquieta, estaba Kenta Shibasaki. También diecisiete años, ciento setenta y seis centímetros, con cabello rubio cenizo despeinado y ojos de tono avellana claro que se movían de un lado a otro sin atreverse a fijarse en nadie. Tenía rasgos finos, pero la postura encogida lo hacía parecer más pequeño de lo que era. Se ajustaba sin cesar la corbata o la manga del uniforme; bajo ella, en el cuello, se veían a veces pequeñas heridas que él mismo se cubría con la mano. Siempre llevaba la mochila pegada al cuerpo, siempre estaba sudando un poco, siempre parecía a punto de pedir perdón aunque no hubiera hecho nada. Seguía a los demás por miedo a ser el siguiente.

 

Y frente a todos, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos, estaba Riku Hayase. Diecisiete años, ciento ochenta centímetros, una figura esbelta y elegante que parecía haber salido de un retrato perfecto: cabello negro azulado peinado con esmero, ojos de un violeta profundo y cautivador que miraban todo con una calma que parecía superior. Llevaba el uniforme impecable, la corbata bien puesta, el reloj de lujo en la muñeca y un anillo en el dedo índice. Un piercing pequeño brillaba en su oreja izquierda. Todos en la academia lo admiraban: inteligente, amable, siempre dispuesto a ayudar. Solo Haruki sabía que esa sonrisa se apagaba cuando no había testigos, dejando ver algo frío y calculador detrás.

 

La puerta se abrió de golpe.

 

—¿Se puede saber qué están haciendo?

 

La voz era firme, serena, pero cortó el aire como un cuchillo. En el umbral estaba Rei Takamori, la profesora de Historia y Ética. Veintisiete años, ciento setenta centímetros de estatura, con una postura recta e imponente que imponía respeto sin necesidad de gritar. Su cabello negro azabache estaba recogido con elegancia, con algunos mechones sueltos que le enmarcaban el rostro de rasgos finos y ojos de un rojo grisáceo que lo veían todo. Llevaba el uniforme de profesora: blusa blanca, chaqueta entallada, falda oscura, y en la muñeca un reloj de pulsera sencillo pero distinguido. En las orejas, aretes pequeños y discretos. Sostenía unos cuadernos bajo el brazo, y su mirada recorrió la escena: Haruki encogido, la mochila en el suelo, los puños cerrados de Daigo, la sonrisa falsa de Riku, el miedo en los ojos de Kenta.

 

—Los cuatro vienen conmigo a la dirección —dijo, sin levantar la voz, pero nadie dudó de que era una orden.

 

Riku intentó su sonrisa más encantadora.

 

—Rei-sensei, seguro hay un malentendido…

 

—Cuando tres acorralan a uno en un salón vacío, no suele haber malentendidos —respondió ella, avanzando un paso—. Se acabó.

 

Y entonces, el suelo brilló.

 

Primero fue un resplandor pálido entre las baldosas. Luego líneas de luz se dibujaron formando un círculo perfecto, con runas y símbolos que ninguno reconoció. La puerta se había vuelto fría e impenetrable.

 

—¿Qué demonios…? —empezó Daigo, dando un paso atrás.

 

La luz estalló hacia arriba, cegadora. El techo, las paredes, el salón entero se desvanecieron como humo. Haruki sintió que caía por un abismo sin fondo, sin aire, sin sonido, sin saber dónde estaba arriba o abajo.

 

Cuando recuperó la conciencia, estaba de rodillas sobre piedra fría.

 

Levantó la vista y contuvo el aliento. Se hallaban en una inmensa sala de columnas colosales que se perdían en la penumbra. A su alrededor, decenas de personas vestidas con túnicas, armaduras y sedas bordadas los miraban con una mezcla de asombro y esperanza. En el extremo más alejado, sobre un estrado de mármol, un trono de piedra y oro brillaba tenuemente. Allí estaba un anciano con corona y capa blanca, que los observaba y sonreía.

 

—Bienvenidos, elegidos —su voz resonó en toda la sala—. El ritual ha funcionado. Necesitábamos héroes, y el destino los ha traído.

 

Ventanas de luz aparecieron en el aire, frente a cada uno.

 

Frente a Daigo:

 

    [GUERRERO] — Rango Alto — Fuerza Sobresaliente — Protector

 

Frente a Riku:

 

    [ESTRATEGA] — Rango Alto — Inteligencia Excepcional — Líder

 

Frente a Kenta:

 

    [GUARDIÁN] — Rango Medio — Resistencia Notable — Leal

 

Frente a Rei:

 

    [GUÍA] — Rango Alto — Sabiduría y Protección — Vínculo con el Mundo

 

Y frente a Haruki, solo, pequeño, con el corazón a punto de romperse:

 

    [INVOCADOR] — Rango Baja — Valoración: Prescindible

 

El murmullo de la multitud cambió. La sonrisa del anciano se enfrió levemente. Haruki miró a su alrededor, buscando un rostro amigo, pero todos apartaban la vista.

 

—Prescindible… —susurró él, muy bajito, solo para sí mismo.

 

La promesa de su madre regresó a su mente, como un eco lejano. Mamá jamás te dejará solo. Pero ella ya no estaba. Y en este mundo nuevo, nadie parecía dispuesto a cumplir esa promesa por ella.

 

—¿Invocador…?

 

Haruki permanecía inmóvil, con la mirada fija en la ventana luminosa que flotaba frente a él como un juicio. Las letras brillaban con frialdad:

 

    [Clase: Invocador]

    [Categoría: Baja]

    [Valoración: Prescindible]

 

No comprendía del todo el alcance de aquellas palabras. Pero no necesitaba hacerlo: las expresiones a su alrededor se encargaban de explicárselo.

 

—¿Eso es todo? —Daigo soltó una carcajada seca, escandalosa—. ¡¿En serio?!

 

Kenta desvió la mirada de inmediato, como si temiera que la mirada de Haruki se le pegara a la piel.

 

—Vaya… —murmuró, sin saber muy bien qué añadir.

 

Riku guardó silencio unos instantes, luego dibujó una sonrisa tranquila, la de siempre.

 

—Supongo que no todos podían ser elegidos como héroes.

 

Daigo le dio una palmada fuerte en el hombro.

 

—¡Mira el lado positivo, Riku! Al menos tenemos a alguien que pueda cargar nuestras cosas.

 

Kenta soltó una risita breve, nerviosa.

 

Haruki bajó la cabeza. No dijo nada. Ya estaba acostumbrado: a las miradas, a las bromas, a sentirse invisible o sobrante. Pero esto era distinto. No estaban en la academia. No conocía aquel mundo. Y aun así, todo parecía repetirse: el mismo peso en el pecho, la misma certeza de que, para todos, él no importaba.

 

—Esto es absurdo.

 

La voz de Rei cortó el aire como un acero. Se colocó entre Haruki y los demás, de pie, firme, con la postura erguida y la mirada encendida.

 

—¿No se dan cuenta de que lo están discriminando?

 

Un mago de túnica azul oscuro dio un paso adelante, visiblemente incómodo.

 

—Disculpe, señora… no se trata de discriminación. La invocación es una profesión considerada de bajo nivel. Un Invocador depende enormemente de su reserva de maná; para ser útil necesita contratos con criaturas poderosas o alguien que lo proteja mientras crece. Su avance es lento, muy lento. Sin un grupo, probablemente jamás llegue a ser de provecho.

 

Rei apretó los dientes.

 

 

—¿Así que lo arrastran aquí contra su voluntad… y lo descartan porque no les sirve?

Silencio.

 

—Y no solo a él —continuó ella, señalando a los tres chicos—. A todos nos trajeron. ¿Quién les dio el derecho de decidir quién vale y quién no?

 

El mago desvió la mirada.

 

—Usted tampoco debería preocuparse tanto. Su profesión tampoco se considera útil aquí.

 

Rei entrecerró los ojos.

 

—¿Mi profesión?

 

—Maestra. En este mundo hay magos, guerreros, sanadores, herreros. Quien enseña historia y ética no posee poder de combate ni habilidad mágica.

 

Rei dio un paso hacia él. Su expresión se volvió gélida. El mago sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

—¿Quieres repetirlo?

 

—N-no.

 

—Pensé que no.

 

Daigo y Kenta se quedaron mudos. Incluso Riku borró su sonrisa por un instante. Ella no tenía bastón, ni espada, ni runas que la protegieran. Pero en aquel momento, todos comprendieron que su fuerza no provenía de la magia.

 

El anciano en el trono levantó una mano.

 

—Basta. No mantenemos a quien no necesitamos. El muchacho será expulsado. Y usted también.

 

Haruki miró a su alrededor: oro, sedas, joyas, riqueza acumulada en cada rincón de la sala. No tienen recursos para nosotros, pensó. Calló. No quería causar más problemas.

 

Rei no tuvo la misma contención.

 

—¿Los echan a un mundo que no conocen, peligroso y salvaje? ¡Ustedes nos trajeron aquí!

 

—El reino tiene prioridades —respondió el emperador con calma fría.

 

Ella iba a replicar, pero notó cómo una mano pequeña y suave tomaba la suya. Haruki la miraba, negando lentamente con la cabeza. No dijo nada, pero ella entendió: no valía la pena pelear con gente que ya había decidido no ver.

 

Rei respiró hondo.

 

—Está bien.

 

Entonces Riku dio un paso al frente. Su sonrisa, impecable y encantadora, volvió a florecer.

 

—Su Majestad… ¿permite una sugerencia?

 

—Habla, héroe.

 

—Si quieren expulsarlo, adelante. No hay objeción. —Volvió la mirada hacia Rei—. Pero ella… es distinta. Mírenla bien. Es joven. Es hermosa. Quizá merezca un trato especial.

 

La sala guardó silencio. El emperador asintió, comprendiendo.

 

—Las tierras de afuera son duras. Podría quedarse. Como acompañante de uno de los héroes.

 

Riku sonrió más ampliamente.

 

—Yo podría hacerme cargo, Su Majestad. La protegería. Le daría un buen lugar.

 

Rei lo miró. Vio la amabilidad fingida, la calma calculadora, la seguridad de quien cree que todo se consigue con una sonrisa. Y entonces apartó la mirada, caminó pasando junto al emperador, junto a los magos, junto a Riku… y se detuvo ante Haruki. Le tendió la mano.

 

—Vamos.

 

Haruki la tomó, confundido.

 

—¿Adónde…?

 

—Fuera de aquí.

 

—¡Profesora! —exclamó un mago—. No puede irse con él. ¡No tiene sentido!

 

—Tengo dos opciones —respondió ella sin detenerse—. Quedarme aquí… o irme con él. —Apretó la mano de Haruki—. Ya elegí.

 

—Pero…

 

—No me detengan. Fue decisión suya traernos. Es decisión mía con quién marcharme.

 

Atravesaron las puertas inmensas y estas se cerraron tras ellos, dejando atrás la sala de oro y miradas.

 

En el silencio que quedó, la sonrisa de Riku se fracturó, imperceptible para todos menos para él mismo. Había sido rechazado. Por ella. Por elegir a él. Al descartado. Al que nadie quería.

 

Sus dedos se cerraron lentamente en un puño. La humillación quemaba, fría y aguda. Nadie notó que sus ojos se oscurecieron. Pero juró, en lo más profundo de su pecho, que Haruki Aoyama pagaría por haberlo hecho sentir pequeño.

 

Las puertas colosales del castillo se cerraron a sus espaldas con un golpe seco y pesado. Por unos instantes, ninguno de los dos dijo nada. El aire fresco de la tarde, limpio y perfumado de hierba seca, llenó sus pulmones.

 

Entonces… ¡PUM!

 

Rei le dio una patada furiosa a una piedra que yacía en el camino. Esta salió despedida lejos, rebotando contra el empedrado.

 

—¡Idiotas! —exclamó, con los ojos brillantes de indignación—. ¡Solo porque les han dado un título se creen con derecho a decidir quién vale y quién no!

 

Otra piedra voló por los aires.

 

—¡Siguen siendo mis alumnos! No importa en qué mundo estemos.

 

Haruki la miró, sorprendido. Y entonces, sin poder evitarlo, soltó una risita suave.

 

—¿Te parece gracioso? —se giró ella, con las cejas fruncidas, aunque sin verdadera ira.

 

—N-no… —él intentó contener la sonrisa—. Es solo que… nunca la había visto así, sensei.

 

Rei resopló y se cruzó de brazos.

 

—Pues acostúmbrate. Sigo siendo tu profesora, pase lo que pase. Y te lo prometo aquí mismo: mientras estés conmigo, nadie volverá a tratarte como si no importaras.

 

Haruki bajó la mirada, con el pecho apretado por una emoción que no supo nombrar. No encontró palabras para responder.

 

Minutos después, subieron a un carruaje de madera modesta que los esperaba apartado. Dentro, frente a ellos, un soldado joven los miraba con inquietud, removiéndose en el asiento.

 

—Bien —dijo Rei, con tono directo—. Háganos saber qué piensan hacer con nosotros.

 

El muchacho tragó saliva.

 

—Los acompañaremos hasta las afueras de la ciudad. Allí tendrán que seguir solos.

 

—¿Ni siquiera podemos quedarnos dentro? —frunció el ceño ella.

 

El soldado miró hacia la ventana.

 

—No me lo permitieron…

 

—Tiene sentido —la voz suave de Haruki lo interrumpió—. Seguro que ya anunciaron la llegada de los tres héroes elegidos. Si la gente descubre que hubo dos más… y que fueron descartados… —suspiró—. Sería un problema para ellos.

 

Rei apretó los dientes.

 

—Quieren desaparecernos antes de que nadie pregunte. Qué cobardía.

 

—Lo siento —el soldado bajó la cabeza—. No tengo poder para cambiar las órdenes. Pero… —se inclinó y abrió una bolsa a sus pies—, hay cosas que sí puedo hacer.

 

Sacó una mochila resistente y la depositó entre ellos.

 

—Comida para varios días. Agua. —Extendió un pergamino con rutas dibujadas—. Este es el camino. Y esto… —puso dos capas gruesas y cálidas—. Las necesitarán en el bosque.

 

—¿Nada de esto estaba ordenado? —preguntó Rei, comprendiendo.

 

El muchacho negó con una sonrisa tímida.

 

—No. Simplemente no podía dejarlos partir sin nada. —Añadió unas monedas en un pequeño saquito—. Esto también les servirá.

 

Haruki tomó una de las monedas entre sus dedos.

 

—Gracias. De verdad.

 

El soldado parpadeó, sorprendido.

 

—¿Me lo agradece?

 

—Usted no nos ha tratado como si no valiéramos. Eso ya es mucho.

 

Rei miró por la ventana, con la expresión más suave.

 

—Al menos queda gente decente en este lugar.

 

Varias horas después, el carruaje se detuvo. El sol comenzaba a teñir de dorado y naranja el horizonte.

 

—Aquí llegan mis límites —dijo el soldado al bajar—. Desde aquí, a pie.

 

Haruki descendió primero. Ante ellos se extendía un camino de tierra que se perdía entre árboles altos y oscuros. A lo lejos, la muralla imponente de la capital se recortaba contra el cielo. Había llegado a ese mundo hacía unas horas… y ya era como si nunca hubiera pertenecido allí.

 

Rei bajó a su lado. El cochero se hacercó con algo envuelto en tela.

 

—Para usted —le dijo a ella.

 

Rei lo desenvolvió: una espada de hoja recta, sencilla pero bien forjada.

 

—¿Para mí?

 

—quizá le servirá.

 

La empuñó, sopesó su equilibrio y asintió.

 

—Estudié kendo durante años. No seré una guerrera experta, pero sé defenderme.

 

Luego le entregaron a Haruki una daga de empuñadura de cuero. La tomó con inseguridad.

 

—Nunca he sostenido nada parecido.

 

—Esperemos que no tengas que usarla —le dijo el soldado con amabilidad—. Sigan el mapa. Tras el bosque, en el cruce, tomen la izquierda. Llegarán a una aldea y luego a la ciudad de Brisa Clara.

 

—Lo recordaremos —asintió Haruki.

 

—Ojalá pudiera hacer más.

 

—Ya hizo más que todos los que están en el castillo —Rei le estrechó la mano con firmeza—. Gracias por tener corazón.

 

—Cuídese, señor Invocador.

 

Haruki sonrió, una sonrisa pequeña pero sincera.

 

—Lo intentaré.

 

El carruaje se alejó, perdiéndose en la curva del camino, hasta desaparecer por completo. El silencio volvió a envolverlos, solo roto por el viento entre las hojas.

 

—Entonces… —Rei se ajustó la capa—. Este es nuestro nuevo comienzo.

 

Haruki miró una última vez hacia las torres lejanas.

 

—Rei-sensei…

 

—¿Sí?

 

—Gracias. Por elegir venir conmigo.

 

Ella le dio un toque suave en la coronilla, casi un cariño.

 

—No seas tonto. Soy tu profesora. Y mientras seas mi alumno, no pienso dejarte solo.

 

Esas palabras. Algo en ellas… el tono, la calidez, la promesa… le golpeó el pecho de Haruki. «Mamá jamás te dejará solo.» La voz de su madre, lejana pero viva, resonó un instante en su memoria. Parpadeó, con los ojos brillantes.

 

—¿Vienes? —lo llamó ella, ya unos pasos adelante.

 

—¡Sí! —corrió para alcanzarla.

 

Juntos, cruzaron el linde del bosque. No sabían qué les esperaba más allá de los árboles: ni peligros, ni encuentros, ni secretos dormidos que despertarían con la presencia del chico que todos llamaron prescindible. Pero por primera vez desde que llegó, Haruki no sentía frío ni soledad.

 

El sol comenzaba a hundirse tras las copas de los árboles, tiñendo de ámbar y sombra el camino que se adentraba en el bosque. Ninguna casa, ninguna humareda, ningún rastro de otras personas. Solo el crujir de la tierra bajo los pies y el susurro del viento entre las hojas.

 

Rei caminaba unos pasos por delante, con la espada desenvainada. Giró sobre sí misma, trazando un corte limpio y decidido en el aire. Luego otro, y otro más, con la mirada fija y la postura tensa.

 

—Sensei… —la llamó Haruki.

 

Ella se detuvo, sin soltar el arma.

 

—¿Qué?

 

—¿Por qué practica tanto?

 

Rei volvió a adoptar su postura de guardia.

 

—No sabemos qué hay aquí fuera. Si algo nos acecha, quiero poder defenderme. —Hizo una pausa, y añadió más suavemente—: Y defenderte a ti.

 

Haruki bajó la mirada, apretando las correas de su mochila.

 

—No quiero que tenga que hacerlo todo sola.

 

Ella se giró del todo hacia él.

 

—¿Qué dices?

 

—Estoy intentando usar mi poder. —Tenía los ojos cerrados, respirando lento y profundo—. Si logro invocar algo… aunque sea pequeño… no quiero que usted tenga que arriesgarse por mí.

 

Rei sonrió, dulce y sincera.

 

—Mira nada más. Eres muy valiente, ¿sabías?

 

El chico se sonrojó hasta las orejas.

 

—No soy valiente.

 

—Sí lo eres.

 

—No.

 

—Para alguien tan reservado, tener el valor de intentarlo ya es mucho.

 

Haruki soltó un suspiro, casi un quejido.

 

—Ahora somos compañeros. —La miró a los ojos—. Los dos queremos volver a casa. Así que yo también quiero aportar algo.

 

Rei soltó una risita.

 

—Estás demasiado serio. Pareces un niño intentando hacerse el fuerte delante de su madre.

 

Haruki se quedó rígido.

 

—… No diga eso.

 

—¿Por qué? —Ella arqueó una ceja, divertida.

 

Entonces él se acercó y le dio pequeños empujones con la mano.

 

—¡Oiga! ¡Deje de decirlo!

 

—¡Ay, ay, está bien, está bien! —Rei se echó a reír, y esta vez él también sonrió.

 

Por unos instantes, olvidaron el castillo, los títulos, el mundo extraño en el que estaban. Solo eran una profesora y su alumno, caminando juntos.

 

Más tarde encontraron un claro protegido entre rocas y arbustos, apartado del camino principal. Decidieron detenerse allí a descansar. Rei se recostó contra la piedra, mientras Haruki se sentaba frente a ella, con las piernas cruzadas.

 

—Bien —dijo él, enderezando la espalda—. Voy a intentarlo.

 

—Adelante —lo animó ella.

 

—Ese mago dijo que tengo maná. Si logro invocar algo… aunque sea un slime…

 

—¿Un slime? —Rei sonrió con curiosidad.

 

—Sí. Me serviría de almohada.

 

Ella soltó una carcajada.

 

—Al menos tienes claras tus prioridades.

 

Haruki cerró los ojos. Respiró hondo, intentando sentir aquella energía que lo había arrastrado hasta allí. Nada. Pasaron cinco minutos. Diez. Seguía sin notar nada.

 

Rei entreabrió un ojo.

 

—¿Estás esperando que las estrellas se alineen o qué?

 

—Lo estoy intentando de verdad —se defendió él, abriendo los ojos.

 

—Llevas diez minutos sin moverte.

 

—No consigo visualizarlo.

 

—Pues piensa en algo —le sugirió ella, apoyando la barbilla en la mano—. No en un monstruo cualquiera. Piensa en algo que te haga sentir seguro.

 

Haruki parpadeó.

 

—¿Seguro?

 

—Sí. —Rei se tocó el pecho—. Si tus invocaciones van a protegerte, quizá debas llamar a lo que ya te ha protegido. A aquello que sientes como tu refugio.

 

Cerró los ojos de nuevo. Algo que me haga sentir seguro… Primero pensó en ella: en cómo se había puesto de pie frente a todos, en cómo le había tendido la mano. Pero entonces otro recuerdo surgió, más hondo, más cálido, más suyo: la lluvia, el coche roto, el miedo… y unos brazos que lo abrazaban con toda la fuerza que quedaba.

 

«No llores… mamá está contigo.»

 

Una lágrima rodó por su mejilla. Recordó aquella voz. Aquel calor. La promesa que nunca se rompió. «Jamás te dejaré solo.» Aquella imagen llenó todo su ser, tan viva como si la tuviera delante.

 

Y entonces… algo respondió.

 

Bajo sus pies apareció un resplandor tenue que se convirtió en un círculo de luz dorada. Se expandió rápido, rodeándolo a él, luego a Rei. Los símbolos giraron con velocidad creciente. El viento se levantó de la nada, arrancando hojas y ramas secas.

 

—¿Haruki? —Rei se puso de pie de un salto—. ¿Qué está pasando?

 

—¡No lo sé! —gritó él, asustado—. ¡No sé cómo detenerlo!

 

La luz estalló hacia arriba en un pilar inmenso, atravesando las copas de los árboles y las nubes, visible a cientos de kilómetros.

 

Lejos, en la capital, los magos alzaron la vista. El emperador salió al balcón. Los tres chicos contemplaron la columna luminosa en el horizonte. Riku entrecerró los ojos, con una expresión sombría.

 

En el bosque, la luz no disminuía.

 

—¡Tenemos que salir de aquí! —Rei corrió hacia él, pero el resplandor era demasiado intenso.

 

Entonces Haruki escuchó una voz. No venía de fuera. Venía de dentro. Era la voz que había guardado en su corazón todos esos años.

 

«Haruki…»

 

El pilar se abrió desde lo alto. Y descendió.

 

Una figura. Una mujer. Flotaba suavemente, con el cabello rubio dorado que ondeaba a su alrededor como si lo acariciara un viento celestial, adornado con flores de luz que brillaban entre sus mechones. Sus ojos eran del mismo tono de oro cálido que él recordaba, profundos y tiernos, capaces de verlo todo.

 

Llevaba una Armadura, una obra de arte hecha de luz y oro, que ceñía su figura con elegancia y fuerza a la vez. Piezas labradas con símbolos sagrados cubrían sus hombros, su pecho y sus caderas, fluyendo como si fueran tejidas de sol y estrellas. Y detrás de ella, desplegadas en toda su inmensidad, dos enormes alas doradas que brillaban con luz propia, tan radiantes que bañaban el claro entero en un resplandor suave y acogedor. En su mano derecha sostenía una flecha de luz, lista para proteger, jamás para herir sin necesidad.

 

Descendió lentamente, sin prisa, hasta quedar suspendida a pocos metros del suelo. No había severidad en su rostro, ni orgullo divino. Solo la ternura infinita de quien ha esperado mucho tiempo para volver a ver a quien ama.

 

Sus ojos dorados se posaron en el muchacho.

 

—Has crecido mucho, mi niño.

 

Haruki temblaba. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. No podía equivocarse. Esa voz. Esa mirada. Era ella. Con la misma sonrisa, la misma calidez, pero ahora envuelta en una luz que parecía abarcar el cielo entero.

 

—Mamá… —susurró, con la voz quebrada.

 

La mujer sonrió, la misma sonrisa que él recordaba, ahora más luminosa que nunca.

 

—te dije que nunca te dejaría solo.

 

La luz los envolvió a los tres, suave y cálida, como un abrazo que no tiene fin.

Thoughts

Related posts

Pública 0 conversaciones 2 pensamientos 42 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

La lluvia caía con furia salvaje sobre las cumbres, como si el cielo mismo se estuviera desgarrando. Nubes negras, densas y pesadas como plomo, cubrían todo rastro de luna y estrellas. Los…

En series

En grupos