Vana la vehemencia, distendido entre los augurios de mi abdomen atolondrado, regurgita mi corazón refulgurante...
Excita mucho el calor y el pensamiento, declives agotan su deslumbramiento. El sol ardiente da luz de verdad en una manzana caliente en su lecho, esperando algo... una mujer que no ofrenda... que es algo indiferente... que es indulgente.
Y si nos dan ganas de volver... de ir a un manantial para refrescar esos momentos grises... ojalá fueran grises esos cielos amargos, pastel gradiente que, como címbalos, resuenan en mi mente. Esos tugurios de cristal en la arena, dejando huellas en mi sien palpitante... desordenado, sí, pero ¿qué se puede esperar de ese camino sin sendero que nos lleva el calor sin sentido? Sin nada que hacer sigo un lugar sin lugar aparente.
Apaciguados los campos en la marea, abandonamos los senderos que nos llevaron a esa playa... nos olvidamos hasta de nuestro nombre, sin presión, como aquella vez en que todo no dio más vuelta atrás, tras esa desgracia que nos consagró a la destrucción, anteponiéndose a lo absurdo...