El lobo plateado đź‘€
Bruma lunar final
Pensamiento
El lobo plateado đź‘€
Contenido de la publicaciĂłn
Caminaba despacio. No estaba apurada. Mi tapado hacĂa fru fru a cada paso. Nunca he llegado tarde.
Mis zapatos, reciĂ©n comprados, eran parte de una nueva moda que no entendĂa absolutamente nada. La vendedora me asegurĂł que no debĂa preocuparme. AllĂ mismo habĂa adquirido todas mis prendas, desde la camisa hasta el tapado. Lo que me molestaba era que habĂa pagado carĂsimo. La verdad, preferirĂa confeccionarlas yo misma.
Cuando me acerquĂ© a la vitrina de un negocio, vi un equipo de audio nuevo. El dispositivo tenĂa sonido envolvente. DespuĂ©s iba a pasar a comprarlo.
Llegué al edificio donde estaba «mi muchacho»: el agente especial contra la trata infantil y las denuncias de pedofilia. Se llamaba Rafael Osorno.
Vamos a ver qué tal es.
Si el dios del tiempo me lo habĂa enviado, debĂa ser un buen tipo. Si no, serĂa un gran desafĂo descubrir su corrupciĂłn.
Una secretaria de mediana edad me lo presentĂł.
Me acomodĂ© tranquila. La oficina estaba llena de cajas, pero el sillĂłn estaba impecable. HabĂa libros y leyes en una biblioteca enorme, muy lustrosa. Por el rabillo del ojo vi que eran casos mĂos.
Rafael me hizo pasar.
Me acomodé en el sillón y pregunté:
—¿Sabés quién soy?
Mientras me sacaba el saco, continué:
—Soy Urzula Ortiz. Debés conocerme, por mis escritos o por los informes policiales.
El hombre me mirĂł detenidamente y sonriĂł gentilmente antes de devolverme el saludo.
—¿Cómo le va? Una leyenda de estos temas. Perdón... ¿cuántos años tiene ya?
Me quedé sorprendida.
—Soy joven —mentĂ—. Tengo cuarenta años, aunque usted no lo crea.
El hombre rio tanto que se le escapó una lágrima.
—Mire usted... —dijo con dificultad—. Trabaja para el departamento desde hace más de cien años, Urzula.
Y siguió riéndose.
Me hizo reĂr a mĂ tambiĂ©n, pero enseguida le lancĂ© una mirada dura y desafiante.
—No puede chantajearme, señor Rafael. Con nada. Eso es lo bueno de ser yo.
—Mire usted... —dijo pĂcaramente mientras revisaba algunos archivos.
Las cajas estaban pulcramente limpias. Toda la oficina estaba limpia. Me pareciĂł raro.
—¿Por qué está todo tan limpio? —pregunté.
El hombre me contestĂł:
—Sufro de alergias. Tener todo limpio me permite trabajar tranquilo.
Se sentĂł cĂłmodamente, juntĂł las manos y me observĂł.
—Usted es una cosa rara, pero querĂa aclarar unas cosas para que sepa sobre mĂ.
—¿Una cosa rara? —murmuré—. Jamás nadie habĂa sido tan preciso.
Se agachĂł, recogiĂł una de las cajas y sacĂł una carpeta. Se notaba que la habĂa limpiado previamente porque no tenĂa ni una pizca de polvo.
La abriĂł y leyĂł:
—Caso 110: «Chicos y reyes».
LevantĂł la mirada.
—Este caso es suyo.
Luego comenzĂł a leer el informe:
—Dentro de miles de casos, los chicos declararon ante el juez: «El hada trepĂł por la pared y la rompiĂł con el puño. El señor hado tomĂł a los malos por detrás y el hada le pegĂł un puñetazo tan grande que terminĂł desmayado. Otro comenzĂł a disparar. Las balas resbalaron y el señor hado, con un paraguas, las hizo desaparecer. La hada nos tomĂł y salimos hacia un tĂşnel de energĂa. Aparecimos en una ruta donde esperaba la policĂa».
TerminĂł de leer.
—Es una perfecta descripciĂłn de las dimensiones que usamos —expliqué—. Vale decir, portales para trasladarnos. Las balas van a parar a una dimensiĂłn vacĂa y por eso no matan a nadie. Una idea genial de mi ex, debo decir.
Rafael tomĂł otro expediente.
—Caso 220. «Vimos a una especie de lobo gigante negro que venĂa con veinte perros enfurecidos. Entraron a la casa. Los malos dispararon al lobo gigante negro. El lobo se transformĂł en una bella mujer. De la nada, desde la pared, irrumpiĂł un señor, quien nos trasladĂł a nosotros a un campo. Enseguida vimos a la policĂa. No los vimos más».
SonreĂ orgullosa.
—SĂ. Me transmuto en un lobo cuando quiero. Lo llevo en mi ADN.
Rafael levantĂł las cejas.
—Aceptaron su declaración por la Convención sobre los Derechos del Niño.
—Los niños no mienten.
Le sonreĂ.
El detective sacĂł entonces un libro viejo, bastante maltratado y usado.
Yo tambiĂ©n tenĂa uno, aunque en mucho mejor estado, guardado dentro de una vitrina, en el tercer piso de mi casa.
El libro se llamaba Las aventuras de Urzula, la inmortal.
Me lo mostrĂł y sonriĂł.
—Lindo para irse a dormir pensando en los horrores de los niños.
—¿Te puedo tutear? Me aburre el usted.
—SĂ, no hay problema.
Lo observé un instante.
—¿Tenés hijos, detective?
—SĂ. Tengo tres, en edad escolar.
—Yo no.
Hizo un pequeño silencio.
—Aunque vos no lo creas, esos chicos son mis chicos. Espero que tengan una vida nueva. Me parecerĂa horrible que terminaran en un manicomio o en la cárcel. Todo tiene un propĂłsito. Me gustarĂa saber que hice algo bueno.
Rafael pareciĂł comprenderlo.
—Tranquila. Podés ir a conocerlos —me aseguró—. Muchos de ellos quedaron vivos. Por ejemplo, el caso 610.
TomĂł el expediente y me mostrĂł una fotografĂa.
—Tiene sesenta años ahora.
Lo miré en silencio.
—Yo luché contra la pedofilia, pero en vano.
El detective me observĂł sorprendido.
—Es un asunto pesado —continué—. Involucra mucha corrupciĂłn y nosotros trabajábamos sin confiar en nadie. Me gustarĂa poder decir que, al fin, la gente tiene un verdadero hĂ©roe que la defienda. Uno real.
—Los juicios fueron un poco escandalosos, pero ellos tuvieron justicia. No muy linda que digamos, pero justicia al fin.
AsentĂ.
—Bueno. Por eso vine. Para seguir con lo que estaba haciendo. En este caso me corresponde protegerte, y ahà estaré cuando me necesites.
Rafael sonriĂł.
—A mà no me molesta que me ayudes. Hoy, tipo seis, te veo en la dos y la cinco. Lindo espectáculo vamos a hacer.
Lo miré con atención.
—Te advierto que soy un poco sucio. Hay reglas que no sigo. Respeto las de la calle, a veces. Soy uno más. Vos me entendés. Para encontrar chicos hay que escarbar.
—Yo no interfiero ni me meto. Solo estoy para los momentos complicados, nada más —le respondĂ—. Soy una guardaespaldas. Estoy a tu servicio.
Me levanté y le estreché la mano.
Él hizo lo mismo.
Salà rápidamente. Me tocaba dar clases.
Cuando llegué a la universidad, me tocó Introducción a la Arquitectura. Era una materia pesada y bastante filtradora.
Mientras me acomodaba, una estudiante se acercĂł.
—Ay, profe, ¿vio El extraño mundo de J.? Por la ropa digo... es gótica.
Yo iba a decirle:
En mis tiempos, todos vestĂan asĂ.
Pero no podĂa.
—La tengo que ver —respondĂ—. Seguramente podemos usarla para esta materia.
La chica dio un gritito de alegrĂa y volviĂł a lo suyo.
Si le decĂa que ya la habĂa visto, seguramente me iba a preguntar cuál era mi parte favorita.
Y yo no tenĂa ni idea de quĂ© me estaba hablando.
Me sonreĂ sola.
Cuando volvà a casa, me preparé.
Arco.
Flechas.
Mi lanza.
Me puse unos pantalones elásticos y comprobé que pudiera moverme con facilidad.
Todo estaba listo.
Me fui al encuentro con el detective.
Rafael abriĂł la puerta y me hizo pasar.
—VenĂ, quiero presentarte a mis hijos.
Los tres estaban en el living. Me miraron con curiosidad.
Yo los miré a ellos.
No habĂa monstruos, ni dioses, ni portales, ni bruma lunar.
Solo tres chicos haciendo ruido, peleándose por el control remoto y preguntándome si de verdad tenĂa más de doscientos años.
—No sean maleducados —dijo Rafael.
—No importa —contesté riéndome—. Me caen bien.
Y por primera vez en mucho tiempo pensé que quizás no necesitaba otra aventura.
HabĂa vivido revoluciones, guerras, matrimonios, pĂ©rdidas, dioses y dimensiones enteras. HabĂa conocido hombres que querĂan ser inmortales y otros que querĂan morir.
Yo solamente querĂa seguir viviendo.
Al dĂa siguiente fui a la universidad.
Di mi primera clase.
VolvĂ a casa al atardecer.
La bruma lunar apareciĂł sobre el jardĂn y los perros comenzaron a ladrar.
Me quedé mirándola desde la ventana.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
El lobo plateado apareció entre los árboles.
Me mirĂł.
Yo sonreĂ.
—Bueno. Mañana vemos.
Cerré la ventana y me fui a dormir.
DespuĂ©s de dos siglos, por fin habĂa aprendido algo:
No todas las historias necesitan terminar con
una batalla.
Algunas simplemente continĂşan.
Thoughts
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PermalinkEl lobo plateado đź‘€
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PermalinkCerrar la ventana con el lobo afuera y decir mañana vemos lo he visto hacer a gente despuĂ©s de media vida corriendo. Uno pasa años creyendo que lo suyo es la siguiente pelea y resulta que lo que querĂa era una sala con tres muchachos peleando por el control. A mĂ me pasĂł algo asĂ cuando dejĂ© de correr: la calma me asustaba más que el lĂo. Por eso me creĂ más este cierre que si hubiera aparecido otro monstruo.
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PermalinkLa leĂ despacio, sin saltarme nada. Lo mejor para mĂ es la estudiante que le pregunta por la pelĂcula gĂłtica y Urzula no puede decirle que en su Ă©poca todos vestĂan asĂ. AhĂ la entendĂ mejor que en todos los casos con hadas: dos siglos encima y lo que le pesa es no poder contar su parte favorita. Me recuerda a una tĂa mĂa que tambiĂ©n se callaba cosas por no explicar de dĂłnde venĂan. Y cuando cierra la ventana con el lobo fuera me alegrĂ© por ella.
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PermalinkUrzula llega a proteger al detective y al final lo que la frena son los tres chicos con el control remoto. Eso lo seguĂ. El lobo plateado del jardĂn no: Âżsabes tĂş quiĂ©n es, aunque no lo digas en la historia?
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PermalinkGuardaespaldas inmortal, loba cuando quiere, y a la bruma lunar la anuncian los perros ladrando como a cualquier gato. Los mĂos harĂan igual. Lo de no necesitar aventuras se lo compro hasta que asoma el lobo plateado.
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PermalinkDoscientos años encima y la vendedora igual le encaja ropa carĂsima. AhĂ me la creĂ de verdad, más que con el lobo.
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PermalinkHasta el tĂşnel de energĂa lo seguĂ bien. Lo de las balas que se van a una dimensiĂłn vacĂa me dejĂł pensando cĂłmo sabe el paraguas cuál bala agarrar y cuál no. Me imagino que el ex lo dejĂł calibrado antes de irse.
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PermalinkLos tres chicos peleandose por el control remoto y preguntandole si de verdad tiene mas de doscientos años me hizo pensar en que despues de tantos casos con hadas y portales lo unico que la deja quieta es una sala con ruido. Apuesto a que Urzula vuelve a esa casa mas veces de las que admite. Gracias por subirla, @ZaidaPaz!
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PermalinkLe dice que tiene cuarenta, el otro le suelta que lleva cien años en el departamento y los chicos le preguntan por más de doscientos. Las cuentas no me salen. Da igual, a ella tampoco le importan.
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Caminaba despacio. No estaba apurada. Mi tapado hacĂa fru fru a cada paso. Nunca he llegado tarde.