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Las aventuras del capitán barba tuerca y el Perro que vende seguros

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“¿Por qué es que las olas parecen abrazarse entre ellas llenándose todo lo que somos, Perro que vende seguros?”, resopló el capitán apoyado levemente en la barandilla de la cubierta… o como mierda…

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Contenido de la publicación

“¿Por qué es que las olas parecen abrazarse entre ellas llenándose todo lo que somos, Perro que vende seguros?”, resopló el capitán apoyado levemente en la barandilla de la cubierta… o como mierda se llame, no sé de barcos.

El Perro que vende seguros miró a su viejo y perturbado amigo que olía a loción de vainilla y, con el rabillo del ojo, percibía los rayos del estúpido sol reflejando el todavía más estúpido mar y dijo: “¡BAAAH BAH BAH BAH, BAAAAHH!” Obviamente era un perro y no podía hablar; curioso, porque era un excelente vendedor de seguros que se ganó una cesta de regalo una vez por su excelente desempeño… Qué mierda de incentivo, pero así son las grandes compañías de seguros, supongo.

“¡El escorbuto no me pudrió el cerebro! Es sólo…!”, cortó el capitán volviendo la mirada al mar. “... que tiene que existir y haber más que sólo nuestro mar”. El capitán no se refería al mar, pero como había sido criado en un entorno marginal, su precisión léxica no le daba más que para hacer expresiones simplonas de los desfiguros conceptuales de un viejo loco podrido por tantos años alzado en el mar.

El Perro que vende seguros replicó nuevamente con sus estúpidos ladridos. “¡Ya sé que es azul y está mojado, tarado!”, suspiró el capitán después de caer en cuenta que estaba discutiendo con un perro y que, además, iba perdiendo. “Quiero decir y quiero pensar que así como el mar es inmenso y se traga toda posibilidad para mostrarnos más de sí, tiene que haber algo más allá con todo lo que el mar se lleva de nuestra mirada. Y así como más allá del mar tiene que haber algo más –según lo que debo y quiero creer–, así en mi vida ha de alzarse algo sobre mí que aún no veo”.

El perro que vende seguros asumió enseguida que su amigo estaba total e irremediablemente drogado y que moriría de un aneurisma en cualquier momento, por lo que se estaba preparando mentalmente para comérselo si ese era el caso. Claro, no podría comerlo todo y tendría que decidir si guardar el resto para luego o prescindir de las sobras por la borda, pero se estaba adelantando de más al igual que yo al describir los profilácticos pensamientos de un pinche perro. Puede que ni siquiera haya pensado en nada de eso y sólo le estoy dando demasiado crédito debido a… E- E-el Perro que vende seguros de esta lamiendo sus genitales mientras… mientras trato de… Bueno…, la cosa es que el Perro que vende seguros podría estar o no pensando en comerse a su amigo mientras éste último reflexiona sobre no sé qué mierda del mar.

“Algo más allá de levantarse, izar las velas, evitar que los muchachos arrojen el cargamento al mar por sus creencias estúpidas sobre los derechos de la cajas y algo sobre el neocolonialismo de las rutas comerciales, ponerme mi pijama de Hello Kitty, llorar hasta quedarme dormido y repetir”, continuó el capitán mientras el Perro que vende seguros seguía lamiendo descuidadamente sus genitales.

“Tan tranquilo y uniforme, destinado a matarme por el tedio y el desazón de la maldita nada…”, dijo el capitán con una lágrima traicionera cayendo por su mejilla. Un pobre hombre sin esperanzas sufriendo por ver su vida reducirse a una estúpida analogía del mar y la vida… podridas por la inefable y asfixiante quietud.

El Perro que vende seguros miró por la borda subiendo por un pequeño banquito adaptado para él, ya que…, bueno, es un perro y no alcanza la… No importa. Miro por la borda al mar y –oh, sorpresa– el mar estaba de todo menos quieto: habían peces exóticos, una gran orca irguiéndose al romper el mar en dos, anda flotilla de barcos fiesteros que venían desde Miami yendo directamente a un ciclón con forma de aguacate…; el mar estaba de todo menos calmado haciendo que cada cosa que salió de la boca del capitán no fuera más que los tristes desvaríos de un viejo loco. Pero, entonces, el Perro que vende seguros de paro a pensar, a pensar en algo más que morder los cojines de la sala o hacer popo en el lavabo del camarote –¿xómo rayos hizo eso?–, se puso a pensar en su amigo. En cómo habla perdido la capacidad para ver delante suya los más grandes milagros de la naturaleza y los resultados de la decadente y licenciosa vida de la clase privilegiada de Miami, por lo que atendió racionalizar que el vacío que su amigo describía no era algo que podía ser llenado con un gran paisaje o jóvenes fiesteros, sino algo que lo dotaría de un propósito. Más allá del mar, más allá de su estúpida alegoría del mar producto de su paupérrima y mediocre educación debido a sus condiciones sociales…; era el vacío que llama al propósito, la dirección que calma la mente, aquello por lo que el ser humano ha expandido su conciencia a niveles ridículos, porque ese hombre mirando al mar perdido en sus ridículas estupideces de miraba a sí mismo a través de los jóvenes fiesteros propensos a morir de sobredosis durante los siguientes años y eso… Bueno, eso era… Ah… N-no lo sé,¿bueno?, ¿raro? Quién sabe. Ay, wey…