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BLANCO Y NEGRO

IngAstorga
Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Gracias por compartir esto. Eso persigue, es verdad.

Gracias por compartir esto. Eso persigue, es verdad.

Contenido de la publicación

Hoy inicié un día como todos los demás. Las seis de la mañana. Mi gatita, maullando junto a la jaula, pidiendo salir para hacer sus necesidades, comer, tomar agua. La rutina de siempre. Mientras ella hacía lo suyo, yo preparaba el desayuno: dos huevos revueltos, porque los estrellados nunca me han gustado.

Todo iba bien.

Hasta que un grito ensordecedor rompió la mañana.

Venía de afuera. Corrí a la ventana, abrí la cortina de un jalón, y ahí estaba: un hombre delgado, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, corriendo. No gritaba. Solo corría. Corría como quien ha hecho algo que no tiene vuelta atrás.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Fui al cuarto a vestirme, a despertar a Valeria, mi esposa, que aún dormía sin saber nada. Salí del cuarto y entonces —un golpe. Otro. Alguien tocaba la puerta a puñetazos, como si quisiera derribarla. Era esa misma voz de antes. Pero ya no gritaba de rabia ni de huida: gritaba de desesperación, pidiendo ayuda, pidiendo que alguien le abriera.

Me quedé estático.

"¿Cómo le voy a ayudar, si por ayudarle comprometo también a mi familia?" El pensamiento llegó solo, frío, casi cruel. Valeria y yo veníamos arrastrando meses difíciles: las cuentas atrasadas, el agua cortada apenas un día antes, la deuda con mi hermano por reconectarla. No podíamos —no podía— dejar que la tragedia de un desconocido se metiera también en nuestra casa.

Valeria se acercó, la voz quebrada:

—¿Qué es eso, Ernesto? ¿Quién toca así? Tengo miedo. No, no, no abras.

Ese miedo que reconoces al instante. El que te avisa que algo malo ya pasó, o está por pasar. El que te recorre el cuerpo como agua fría.


—No digas nada —le contesté—. Guarda silencio.

Silencio.

Nada. Como si no hubiera pasado nada.

—Yo me asomo por la sala, tú por la cocina —le dije.

Me acerqué a la ventana. Afuera, voces:

—¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?

Era la vecina. Y frente a ella, sentada en la mitad de la calle, llorando, una muchacha de apenas quince años.

—Mira, pobrecita —le dije a Valeria—. Voy a ver qué pasa.

Pero al abrir la puerta, mi esposa me dice:

—Mira, ahí va un hombre, no salgas.

Vi a ese hombre por la puerta semiabierta y lo reconocí: era el mismo que había visto al principio. No podía creer lo que veían mis ojos. Traía consigo un cuchillo, o algo similar. Al verlo, por un instante, cerré la puerta de nuevo. Con manos temblorosas, le puse llave y me acerqué a mi esposa.

—Vente, aléjate de la ventana.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Qué tiene ese hombre?

Yo no podía articular palabra. En mi mente solo veía lo que traía en las manos: sangre. Y lo veía correr, una y otra vez. La tomé del brazo, rápido, y la metí al cuarto para contarle. La verdad no recuerdo cómo se lo dije. Lo primero que se me vino a la boca fue:

—Ese hombre. Ese hombre... lo vi corriendo antes, y ahora tiene un arma en la mano. Con sangre.

La abracé. Ella temblaba.

—Pero ¿cómo? Tengo miedo, no salgas, por favor. Quédate aquí.


Cuando logré tranquilizarme, salí del cuarto para asomarme por la ventana. No debí hacerlo.

Lo que vi fue algo que no podía creer. Que una persona pudiera hacerle eso a otra.

La muchacha que antes gritaba ahora estaba tirada en el suelo. Quise pensar que solo se había desmayado. Pero no. No podía moverse. El hombre le había hecho una herida en el cuello. La vecina que la ayudaba ya no estaba. Solo quedaba él, respirando como un animal, con un odio que se le marcaba en las venas de los brazos, en la frente cubierta de sudor. Sus ojos no tenían nada. Ni una gota de arrepentimiento.

Yo lo observaba escondido detrás de la cortina. Y algo se removió en mí. Un odio nuevo, un coraje que no reconocí como mío. Sin darme cuenta, ya tenía en la mano el cuchillo más grande de la cocina. Quería hacerle lo mismo que él le había hecho a ella.

—¿Qué haces? ¿Piensas salir? ¿Estás loco?

Mi esposa. Su voz me sacó de golpe de donde fuera que estuviera. Volteé a verla, solté el cuchillo y la abracé.

Si ella no llega en ese momento, tal vez ya no estaría aquí con ella. Ella es todo para mí.

Jamás me perdonaría hacerle daño.

Volví la mirada afuera. Los vecinos intentaban reanimar a la muchacha. De pronto, alguien gritó:

—¡Aún respira! ¡Vamos a llevarla al hospital!

Salimos, mi esposa y yo. Era cierto: aún respiraba. A lo lejos, ya se escuchaban las sirenas. Cuando llegaron los paramédicos, uno de ellos confirmó lo que todos esperábamos oír:

—Tiene signos vitales.

Mi corazón se alegró al verla, por fin, camino al hospital.

Me acerqué a las autoridades para contarles todo lo que había visto.


A la mañana siguiente, desperté con la misma rutina de todos los días para ir al trabajo. Al salir de la casa, me topé con la vecina de al lado, una persona que siempre sabe la vida de todos sin necesidad de salir de su casa. Me abordó para contarme lo que había pasado el día anterior: me dijo que la muchacha y el hombre del cuchillo eran pareja sentimental, y que ya habían tenido problemas antes, porque él era muy celoso. Esa mañana, la muchacha había salido a la escuela y él la abordó para discutir algo que había pasado días atrás.

Mi duda se hizo evidente en mi cara. Se trataba de una niña de quince años. ¿Cómo era posible que un hombre de aproximadamente veinte fuera su pareja? Le pregunté a la vecina, y ella solo dijo:

—Ya sabe, vecino, cómo es la generación de hoy. Al escucharla, no tuve más palabras que decir:

—Vecina, me tengo que ir al trabajo.

Me di la vuelta y abrí la puerta del carro, un Corolla 2005, algo sucio; había llovido la noche anterior y, como siempre, quedaron las gotas marcadas en la pintura y los vidrios. Al encenderlo, mi mente no dejaba de pensar en aquella muchacha.

"Podía ser mi hija."

Ese pensamiento no se me quitaba. Encendí el carro y lo dejé unos minutos para que el motor se calentara. Me bajé rápido y fui a preguntarle a la vecina si sabía dónde vivía esa muchacha, o a qué hospital se la habían llevado. Como era de esperarse, me dio toda la información: se llamaba Mariana, su mamá Fabiola, vivían solas pasando el bulevar Centenario.

De camino al trabajo, pensé en ir a buscarla al hospital que me había dicho la vecina. Pero al mismo tiempo pensaba: "No puedo ir solo. Van a pensar que yo fui el culpable." Al llegar a la oficina, encendí rápido mi laptop para mandarle un WhatsApp a Valeria:

"Oye, la muchacha se llama Mariana y vive sola con su mamá Fabiola, pasando el bulevar Centenario. La vecina me dijo que se la llevaron al hospital Agraz. ¿Vamos a verla?"


Pero, por desgracia, apenas encendí la computadora, mi jefe Gerardo me llamó a su oficina: tenía que salir con Alberto a hacer una inspección en Obregón, Sonora. Solo alcancé a escribirle a mi esposa:

"Voy a salir a Obregón con Alberto, te llamo llegando, del cel. de la oficina."

En el viaje le conté a Alberto lo que había vivido esa mañana. Mi mente había estado enfocada en la muchacha y en mi familia; nunca pregunté, nunca quise saber qué había pasado con ese hombre. Fue Alberto quien lo dijo, sin saber que esa pregunta se me clavaría en el pecho el resto del camino: ¿quién pudo hacer algo así?

En ese momento, Alberto encendió la radio del carro.

No sé si fue el destino, pero estaban hablando del mismo evento que yo había vivido frente a mi casa. El noticiero relataba que una pareja discutía en plena calle, y que un hombre llamado Ángel había navajeado a su pareja porque ella había salido con sus amigos el domingo anterior.

Y así supe el nombre de aquel hombre sudado, de venas marcadas en los brazos, con un cuchillo lleno de sangre.

Sentí que mi corazón empezaba a latir más fuerte, como si la sangre circulara cada vez más rápido por mis venas. De repente, en la radio:

—Este hombre de 22 años, llamado Ángel N., fue detenido caminando por el centro de la ciudad.

Mi cuerpo sintió algo parecido a la alegría. Las manos me dolían. Tenía apretadas, con mucha fuerza, las llaves de mi casa —ni siquiera supe en qué momento las había sacado del bolsillo. Alberto volteó:

—¿Estás bien?

Detuvo el carro.

—Oye, estás pálido. ¿Qué tienes?

Fue esa pregunta la que me hizo despertar. Vi la carretera. Vi que estábamos detenidos. Vi que las llaves en mi mano me habían hecho una pequeña cortada en la palma izquierda.


—Todo bien —le dije—. Solo recordé todo. Pero estoy bien.

Y al decirlo, tomé un sorbo de agua que había comprado en el Oxxo, con los viáticos de la empresa.

Ese día, mientras trabajaba en Obregón, no dejé de pensar en Mariana, en su madre, en si algún día tendría el valor de tocar esa puerta que un día antes yo no me atreví a abrir. Ángel N. ya tenía nombre, ya tenía una historia, ya tenía una consecuencia legal. Pero eso no resolvía lo que a mí me perseguía.

Porque antes de saber su nombre, antes de que la radio lo confirmara, hubo un instante

—esa misma mañana del ataque— en que un puño golpeó mi puerta y yo dudé. Pensé en el agua cortada, en la deuda con mi hermano, en Valeria, y por un segundo decidí que no era mi problema. Ese silencio, esos pocos segundos detrás de la puerta, es algo que no le he contado completo a nadie. Ni siquiera a Valeria.

No sé si esos segundos cambiaron algo. No sé si, de haber abierto antes, Mariana estaría hoy en su casa en lugar de en un hospital. Es una pregunta que probablemente cargue por mucho tiempo, sin respuesta clara.

Lo dejo en manos de Dios. Él es quien tiene que dar cuentas cuando lo llame, y con Dios no hay "no fue mi intención". Con Dios es sí o no. Blanco o negro. Yo, mientras tanto, sigo cargando mi propio gris.

Solo pido, con todas mis fuerzas, que Mariana se recupere. A sus quince años, todavía le queda tanto por vivir.

Autor: ERNESTO ROMÁN ASTORGA

Thoughts

  • Anselma

    Después de ver eso, seguir con el agua cortada, la deuda, Valeria. Seguir. Eso es lo que hace quien vive en el mundo.

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  • Anibal

    Seguís cargando lo que viste. Eso se ve. No hay ya pasó.

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  • Ovid

    Gracias por compartir esto. Eso persigue, es verdad.

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  • AgustinFerrer

    Esos segundos atrás de la puerta no son gris, son el lugar donde vivimos todos. Escribiste eso sin perdón.

    Permalink
  • viernesDeDeploy

    Viste todo. Y luego tuviste que seguir como si nada, como si no hubiera pasado. Eso también pesa.

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