El crucifijo chiquito encima del espejo del baño, mi abuela tiene uno igualito en el suyo. Por eso me quedé con él de rodillas en los azulejos, llorando para no volverse de piedra.
Beyond the World: Mas Allá del Mundo
Capítulo 1: Mas allá del mundo
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Pensamiento
El crucifijo chiquito encima del espejo del baño, mi abuela tiene uno igualito en el suyo. Por eso me quedé con él de rodillas en los azulejos, llorando para no volverse de piedra.
Contenido de la publicación
Capítulo 1: Mas allá del mundo
Hay una delgada línea entre la paz y la nada, y yo la crucé hace meses.
Tengo quince años y el mundo se ha vuelto sordo. No es un decir: cuando mi madre me habla desde la cocina, sus palabras me llegan desprovistas de peso, como si flotaran en un fluido espeso que les roba la intención. Miro mis manos y sé que son mías porque responden si decido mover un dedo, pero no hay calor en el tacto. No hay frío. El sol de la tarde que entra por la ventana golpea mi piel, pero no genera ninguna sensación. Es una apatía gris, una anestesia del espíritu que me vacía por dentro hasta hacerme dudar de si realmente sigo respirando.
Por eso, cuando la noche cae y el silencio de la habitación se vuelve insoportable, mi mente busca desesperadamente un chispazo que la devuelva a la vida. Cualquier cosa. Un destello de euforia, una punzada de rabia, o la urgencia ciega de la lujuria. Caigo en ella no por placer, sino por pura supervivencia biológica; es el único momento del día donde la dopamina obliga a mi corazón a latir con prisa, recordándome que la sangre todavía corre.
Pero el chispazo se apaga en un segundo. Y lo que queda después es el verdadero calvario.
Me encuentro de rodillas en el suelo del baño, a oscuras, frotándome los brazos con el agua más helada del grifo. Me tallo la piel con el jabón hasta dejármela roja, buscando con desesperación que el frío o la fricción arranquen la sensación de suciedad. Miro el pequeño crucifijo de madera que cuelga sobre el espejo. La culpa me oprime el pecho con un peso físico, una roca que no me deja expandir los pulmones. Siento que he traicionado al Dios que amo, que he manchado el templo de mi cuerpo solo por el miedo cobarde a la nada. Me duele el alma, me escuece el remordimiento, pero mientras lloro con la frente apoyada en los azulejos, una parte retorcida de mí respira aliviada: si me duele así, es porque sigo vivo. Dios no me ha dejado volverme de piedra.
Sin embargo, sé que no puedo seguir viviendo de migajas de culpa. Necesito un orden. Un freno de hierro que curve mi voluntad.
Salgo del baño y me acerco al escritorio rústico de mi cuarto. Bajo una pesada Biblia de estudio de cuero negro, guardo mis cuadernos privados. Meses de investigación meticulosa en foros oscuros, traducciones de textos teológicos antiguos y archivos digitalizados de bibliotecas prohibidas.
Sé exactamente lo que hay más allá de nuestra percepción. Sé que la teología cristiana describe el espíritu, pero los textos antiguos hablan de un tejido: el plano astral. Un océano de energía que rodea la Tierra, donde los pensamientos humanos toman forma y donde criaturas parásitas se alimentan de la apatía y la debilidad de los hombres. Sé que existe porque he leído los síntomas. Mi vacío no es una enfermedad; es el velo de mi alma volviéndose extrañamente delgado.
Un cristiano devoto debería alejarse de esto. La Biblia condena la hechicería. Pero yo no busco invocar demonios ni alterar la voluntad de nadie; busco defenderme. Para mí, las runas nórdicas que he dibujado en estas hojas no son ídolos paganos. Son geometría pura. Un lenguaje primitivo y matemático que el Creador dejó impreso en las leyes del universo para estructurar el caos.
Saco un pequeño trozo de madera de fresno que corté yo mismo. Con una cuchilla, comienzo a tallar las líneas. Mis dedos, habitualmente torpes por la apatía, se mueven ahora con una precisión quirúrgica.
Primero, el trazo vertical de Isa, la runa del hielo. La tallo pensando en mis impulsos, en la lujuria que me domina, pidiendo que esa energía congele la debilidad de mi carne. Luego, cruzando el centro, dibujo los tres brazos de Algiz, el escudo, orientándolos hacia el crucifijo de la pared como una antena que busca la protección del Padre Celestial.
Al terminar de unir los símbolos, una sensación inédita me recorre el cuerpo.
Es una ligereza absoluta. De pronto, el aire de la habitación deja de sentirse pesado. El gris de las paredes parece adquirir un relieve nítido, casi brillante. Por primera vez en meses, el vacío en mi pecho se detiene, reemplazado por una corriente limpia y cristalina que me hace ensanchar los hombros. Me siento libre. Increíblemente libre. Es como si hubiera pasado toda mi vida encadenado a la gravedad de la carne y, de repente, alguien me hubiera quitado las esposas místicas que me ataban al suelo.
Sonrío en la penumbra, maravillado por el poder que acabo de canalizar. Sostengo el amuleto en una mano y presiono el crucifijo con la otra, uniendo las dos fuerzas en un equilibrio perfecto. Siento que he encontrado la llave maestra, la salida de mi tormento. Creo que, con estos símbolos y mi fe, finalmente soy el dueño de mi propio destino.
Cierro los ojos, me acuesto en la cama y me dejo llevar por esa hermosa e ingrávida libertad, sin saber que acabo de abrir la puerta de una celda infinita. Ignorando por completo que, en el mundo espiritual, la verdadera esclavitud siempre comienza haciéndote sentir que puedes volar.
Thoughts
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PermalinkLlegué al final con ganas de saber qué hay detrás de esa celda infinita y quién lo está esperando ahí. ¿Tienes más textos sobre el plano astral?
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PermalinkEl crucifijo chiquito encima del espejo del baño, mi abuela tiene uno igualito en el suyo. Por eso me quedé con él de rodillas en los azulejos, llorando para no volverse de piedra.
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PermalinkMe dejó fría el final, parce. Todo el capítulo el chico siente que por fin encontró la llave, y la última línea te dice que la esclavitud empieza haciéndote sentir que puedes volar. Uno le cree a él hasta ese renglón. Me da la impresión de que esa frase la tenías desde antes y que todo lo demás camina hacia ella.
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